“Acaso a alguien puede hacerle sufrir el no estar en el mundo a la manera de una ola perdida en la multiplicidad de las olas, ignorando los desdoblamientos y las fusiones de los más simples entre los seres. Pero esa nostalgia gobierna y ordena, en todos los hombres, las tres formas del erotismo – el de los cuerpos, el de los corazones y el sagrado.”
G. Bataille
G. Bataille
1- La sexualidad humana se distingue por contemplar junto con ella ámbitos culturales como el psicológico, el social o el ético, áreas todas claramente más allá de la reproducción como fundamento. Pero si bien la sexualidad animal, en cambio, se encuentra ligada al hecho objetivo de la continuidad de la especie, no toda
sexualidad humana resulta por eso, de manera necesaria, un fenómeno cuya naturaleza subjetiva lo convierta así en propia y esencialmente erótico.
La sexualidad resulta una posibilidad sin par de integración del ser humano consigo mismo además de entre dos seres, pero se convierte muchas veces en elemento de desintegración por excelencia. Y por eso las preguntas que orientan una indagación sobre el deseo erótico distinguido, de esta manera, respecto de la sexualidad animal, pueden sintetizarse en la siguiente: ¿qué es lo que la separa afirmativamente de su objeto, para poder definirse pues con propiedad como erotismo?
De acuerdo con esta interpretación afirmativa del deseo, la sexualidad no resulta necesariamente una línea de vivencia que necesite propiamente liberarse, tal como W. Reich, el padre del freudo-marxismo, sostenía por ejemplo en su famosa La Función
del Orgasmo. Porque reducir la cuestión del deseo a la necesidad de salir de su encierro, como se sostenía a mediados del siglo pasado, suponiendo que lo único que contaba era satisfacerlo,
reduce la sexualidad a una mera descarga anti-represiva. Y es partiendo del cuestionamiento responsable de esta hipótesis represiva, entonces, como comienza a perfilarse a partir de los desarrollos de M. Foucault, G. Deleuze y F. Guattari una hipótesis erótica del deseo que se caracteriza por estar más ligada con lo estrictamente ético que con el mero rechazo a una moral puritana.
2- La idea de ‘transgresión’ ligada de manera íntima a lo ético resulta, según sostiene G.Bataille en su ensayo sobre El Erotismo, el concepto clave que nos permitiría entender, en definitiva, la diferencia entre la sexualidad animal y la humana. Pero llegar a comprenderlo requiere partir de un marco teórico que distingue, en principio, dos tipos de vivencia temporal: una continua, propia del animal, y otra discontinua que resulta característica del mundo humano.
Bataille afirma que son las
prohibiciones culturales en torno a la muerte y al sexo - propias y exclusivas del mundo humano – las que rompen esa continuidad del ser que caracteriza al mundo animal y que, por someternos a
ellas, los hombres vivimos así en un mundo profano. Pero, al mismo tiempo, señala que es la misma posibilidad de transgredir dichas prohibiciones, sin embargo, lo que habilita justamente al ámbito de lo
erótico y lo sagrado, ligándose entonces la sexualidad con la
trascendencia para recuperar, aunque mas no sea pasajeramente, algo de esa continuidad del ser propia del mundo animal. Hay dos operaciones fundamentales que caracterizarían al mundo propiamente humano, en consecuencia: la más importante es la transgresión, pero sin la previa instalación de prohibiciones que transgredir ella no podría ser posible.
La paradoja de la prohibición cultural consiste en que, si bien
instaura la discontinuidad, lo erótico y lo sagrado serían sin ella imposibles
ya que, como tantas veces dice Bataille respecto de los animales, los humanos seguiríamos permaneciendo de esa manera indistintos “como el agua dentro del agua” y careceríamos, así, de distancia alguna que
salvar. Asumir nuestra sexualidad no implica renegar de ninguna manera entonces del
ámbito de la cultura por represivo sino, al revés, concebir y apreciar en consecuencia al erotismo como un
fenómeno propiamente cultural.
La posibilidad de erotizar la vida, lejos de consistir un mero retorno a lo natural,
representa de manera eminente una suerte de visita así que hacemos a lo natural, desde nuestro profano mundo humano, una vez que nos permitimos considerar a esa sexualidad que fuera reducida por las prohibiciones a lo genital como un mero producto – y no ya como
causa – de la prohibición en sí misma.
La fusión erótica, a diferencia de la mera continuidad natural del mundo animal, no ignora la discontinuidad propiamente humana, y es así como nos abrimos a lo sagrado y la trascendencia al entrar en íntimo y
contradictorio contacto, a través de ella, en definitiva con la muerte. Porque Eros y Tanatos representan una energía bifronte
para un deseo entendido como potencia. Y muy lejos de esa delirante utopía freudomarxista que se proponía derrotar a la muerte (como sugería H. Marcuse en Eros y Civilización), la
muerte representa para Bataille al contrario eso que resulta preciso asumir paradójicamente también como deseada para comenzar a comprender entonces lo que está profundamente en juego en el
erotismo:
“Somos seres
discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible;
pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida. Nos resulta difícil
soportar la situación que nos deja clavados en una individualidad fruto del
azar, en la individualidad perecedera que somos. A la vez que tenemos un deseo
angustioso de que dure para siempre eso que es perecedero, nos obsesiona la
continuidad primera, aquella que nos vincula al ser de un modo general.”
Bataille nos enseña que el deseo deja de estar regido por la carencia y se descubre propiamente erótico cuando, al asumirnos como seres sexuados, reconocemos en definitiva nuestra peculiar relación de amor/odio con la muerte: es decir, con la
muerte como aquello que por un lado nos amenaza pero que, al mismo tiempo, nos redime del profano mundo del trabajo y el cálculo.
El hastío que a muchos nos provoca el orden y lo
previsible, la conservación y la seguridad, ante lo erótico se trastoca entonces peligrosamente.
Un nuevo impulso, esta vez desorganizado e imprevisible, nos arroja ahora entonces al despilfarro y
al riesgo sin fundamento, convirtiéndonos inevitablemente en presa fácil del error. Y allá
vamos, entonces, de pronto pródigos de una abundancia tan nueva como insospechada que no por ser propia de
la vida capaz de amigarse con la muerte nos resulta ajena, sin embargo, sabiéndonos y
sintiéndonos parte ahora de algo que nos excede y que se excede incluso y por sobre todo a sí
mismo, ya que "el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte”.