El propósito de una teoría de la militancia nunca es explicar cómo militar, sino favorecer que la teoría salga espantada de su propio reflejo. Un pensamiento socialmente comprometido implica entonces, para una teoría semejante, evitar esa trampa que reduce lo político a la mera elección de representantes. Y partiendo del complejo vínculo entre fútbol y política, en esta nota Tort propone repensar el sentido militante de hacerse presente con el apoyo de J. Ranciere, P. Ricoeur y S. Sontang.
1- El sentido de un pensamiento emancipatorio estuvo ligado desde el s.19 a la necesidad de rescatar al ser humano del engaño de los sentidos, un esquema que se remonta históricamente desde Platón y se ilustra con su famosa Alegoría de la Caverna. La propuesta general de los pensadores postfundacionales, en cambio, en lugar de reemplazar este fundamento por otro más contemporáneo y atractivo anima a atreverse al delirio y al erotismo. Como es obvio, un cambio de perspectiva semejante provoca un rechazo casi generalizado. Pero afortunadamente siempre hay acontecimientos que hacen temblar, para regocijo de muchos, esos pilares sobre los que se asientan los valores tradicionales.
A comienzos de junio, por ejemplo, Argentina era este año ligeramente distinta: el funeral rockero del Indio algo nuevo había despertado, pero el verdadero catalizador popular tan esperado fue el Mundial de Futbol. No por habilitarse con éste de pronto la impresión de que todas nuestras frustraciones entonces se borraban como por arte de magia, sino por permitirnos atisbar que aún juntándolas a todas podíamos hacernos un espacio, si bien meramente deportivo y circunstancial, en un escenario privilegiado. Y la sensación de que el otro en general cuenta, en definitiva, porque él cuenta también con uno, resultó desde entonces una posibilidad cierta.
Fuera de toda duda, la Final se jugó para nosotros en el enfrentamiento con Inglaterra. Ese no fue sólo algo más que un partido de futbol, sino que ese algo mas hizo que este Mundial no fuese sólo desde acá un Mundial de futbol. Allí apareció el trapo que nos dio una voz, pero ese trapo apareció porque también allí supimos, fundamentalmente y para empezar, que éramos capaces de sobreponernos a la adversidad con fe: el trapo no hubiera aparecido sin los dos goles que hicimos en los últimos diez minutos. Y así fue como en la Argentina de Agosto, a casi dos meses de la Final oficial, cierta ilusión de que podemos seguir hinchando uno junto al otro comienza a hacerse realidad.
La palabra ‘hincha’ no existe en el castellano porque se trata de un neologismo, o más precisamente de un americanismo. El que hincha no forma parte del equipo que está en la cancha: es el que infla la pelota. Y si con la palabra ‘hinchar’ se pasó a designar la pasión que mueve a una persona es porque, en un sentido bien técnico de la expresión, lo que a un hincha anima no es algo externo sino íntimo: ese compartir del propio aire para que su equipo se destaque es algo que sólo le ocurre a quien se descubra a sí mismo por eso siendo, más que propiamente un actor, algo que se relaciona con eso que Jackes Ranciere llamó ‘espectador emancipado’.
La figura del espectador recibió un tratamiento por el que se lo relegó tradicionalmente a un lugar puramente pasivo: espectador sería así únicamente alguien que recibe la mera imagen de una realidad que le resultaría ajena porque ella sólo se despliega en un escenario que pertenece de manera exclusiva a los actores. El espectador, en este sentido, sería quien apenas ve u observa por carecer de la inteligencia suficiente para proponer un punto de vista propio. Y por eso el teatro socialmente comprometido, por ejemplo, se propuso provocar una conciencia crítica en el espectador al que, en su seguramente bien intencionado criterio, resultaría preciso emancipar.
Cuando Guy Debord, en línea con este mismo planteo mimético, calificó despectivamente a nuestro mundo como ‘sociedad del espectáculo’, fue para descartar completamente ya toda posible emancipación y condenar a nuestra civilización a un irremediable fracaso. Para Debord, tal como lo desarrolla en La Sociedad del Espectáculo (1967), el espectador es alguien a quien se ha reducido a la más completa subordinación, pues el dominio de la imagen nombraría a una sociedad en donde las personas han renunciado a la posibilidad de ser y se complacen con meramente parecer, quedando degradadas a figurar como una mera representación de sí mismas.
De acuerdo con una concepción del espectador semejante, la pasión del hincha queda reducida al engañoso sentido de comunidad que por un momento, al menos, le permitiría al pueblo olvidar la separación inconmensurable que existe entre todas las personas, subordinadas ya de manera irrevocable a la falsedad. Pero Ranciere opina en cambio todo lo contrario, pues esta concepción de la imagen como instancia alienante se halla ligada para él a esa concepción platónica de la política por la cual, como la sociedad estaría separada de su verdad, la función del intelectual es instruir al soberano para lograr su reconciliación.
Buen conocedor de este tradicional planteo decimonónico, Ranciere se pregunta en El Espectador Emancipado (2008) por qué motivo o hasta qué punto la imagen nos alienaría. A esta postura mimética le cuestiona, entonces, que los fundamentos teóricos de la crítica del espectáculo han sido tomados en préstamo, a través de Marx, a la crítica feuerbachiana de la religión, cuyo principio se encuentra en la visión romántica de la verdad como no-separación. Y como esta idea depende ella misma de la concepción platónica de la mimesis, Ranciere se permite concluir que la contemplación que Debord denuncia es la de la apariencia separada de su verdad y, de últimas, ella resultaría el espectáculo del sufrimiento producido por esta separación.
2- El supuesto de que la teoría necesaria y únicamente pueda ser algo que exige ser transmitido resulta, según Ranciere, deudor de un pensamiento que toma como axioma la desigualdad de las inteligencias y que, justo de esa manera, termina perpetuando así el dominio y la explotación del otro que define a ese mismo capitalismo que pretendería sin embargo denunciar. Por eso Ranciere denuncia la desigualdad de las inteligencias como un desastroso prejuicio, y propone partir en cambio de un principio de igualdad: aquel a quien el maestro se dirige es su alumno, desde esta nueva perspectiva, sólo porque este último aprendería en cambio de sí mismo. Y como lo único que este maestro enseñaría es realmente su propia ignorancia él sólo resultaría, propiamente hablando, un ‘maestro ignorante’.
Desarrollando esta perspectiva, en El Maestro Ignorante (1987) Ranciere se expresa enfáticamente en contra de la modalidad tan habitual de ese pensamiento crítico que supone tener algo que comunicar para con ello llegar a vencer, supuestamente, esas imágenes-sombras que mantienen a los hombres en la caverna. Y para cambiar radicalmente dicho punto de vista, su propuesta consiste hacer de la emancipación algo de carácter intelectual, entonces, que tenga inmediatamente que ver con la posibilidad de establecer, no nuevas relaciones de producción como quiso la emancipación social, sino apenas nuevas relaciones con las cosas y con las palabras.
Al comienzo, una descripción semejante de lo que la emancipación sea puede parecer, por supuesto, bastante modesta e incluso molesta. ¿Acaso habría entonces que enterrar a la justicia social, la soberanía política y la independencia económica?... Ranciere diría, sin embargo, que ninguno de esos ideales resulta traicionado de acuerdo con este sentido intelectual de la emancipación sino que, muy por el contrario, es desde este nuevo lugar de enunciación como encuentra su forma de manifestarse. Y que esta manera de comprender a la emancipación como un desplante a la idea de verdad que, en la práctica, viene a resultar un zambullirse propiamente en la fluidez del mundo que nos ha tocado en suerte, está muy lejos por lo tanto de renunciar a un carácter militante.
Desde una perspectiva como la que Ranciere propone, la cuestión que desde y con Spinoza interroga por qué los pueblos luchan por su servidumbre como si fuera su salvación, resulta en cierta forma fuera de lugar. Porque para el militante que se asuma siendo un maestro ignorante el pueblo nunca se equivocaría: y no porque todo lo que parta de él sea palabra santa, sino porque la idea misma de esa supuesta posible reconciliación de la sociedad con su verdad le resulta ajena.
Pero una teoría que se reconoce ignorante, como hace la teoría de la militancia, no estaría sin embargo dictaminando que los maestros mismos dejen de existir: mas bien, aporta la intención de un maestro tan generoso que renuncia a explicar. Partir de la igualdad de las inteligencias supone inevitablemente enfrentarse a todo un sistema cultural por el cual la desigualdad resulta el eficaz instrumento de batalla que aún goza por supuesto de un vigor inquebrantable y, por ello mismo, los maestros ignorantes no sólo se necesitan, sino que resultan indispensables.
Hacen falta maestros, entonces, pero maestros que no expliquen. Y no sólo que no expliquen sino que des-expliquen: es decir, que pongan siempre de manifiesto que esa desigualdad de las inteligencias resulta el axioma mismo por el cual, a sabiendas o no, se sostiene finalmente la dominación. El supuesto implícito en toda esta origianal concepción de la emancipación, por supuesto, consiste en que ella no resultaría, al menos en principio, un hecho de conciencia. Porque esta emancipación, en definitiva, no recibe propiamente el nombre ‘intelectual’ más que indirectamente y en sentido amplio, dado que su punto de partida no puede sino ser emocional, afectiva y sensible.
En la entrevista que le realizó Verónica Gago, cuando en el 2012 visitó Argentina, Ranciere le dice en palabras muy sencillas algo que resume todo su empeño militante: sobre la explotación no haría falta hablar porque ya todo el mundo sabe lo que el capitalismo reproduce. Pero de lo que ahora sí es preciso hablar es del modo mediante el cual ese sometimiento ha sido expuesto por parte de quienes buscaban la emancipación social. Y cuando lo entrevista luego el gran Horacio Gonzalez, Ranciere explica que Madame Bobary, al revés de toda la lectura que se ha hecho sobre el tan mentado bovarismo, consistiría al contrario la aparición de un nuevo sentido de la emancipación ligado a la innovación que representa para seres considerados completamente insignificantes, socialmente hablando, la posibilidad de sentir, amar y soñar. Es a algo tan simple como eso a lo que Ranciere llama una 'emancipación intelectual'.
El principio que guiaba a la ‘emancipación social’ era la liberación: vencer el obstáculo por el cual lo social estaría disociado de sí mismo. La emancipación, de esta forma, estuvo sometida a la idea platónica de verdad. El que guía a la 'emancipación intelectual' en cambio está más ligado a uno de carácter lúdico pues toma todo lo que sea sin tanta seriedad. Algo de esto se ejemplifica con las imágenes producidas por la IA e incluso con las fake news, y seguramente mucho de eso entendió también la derecha para que tanto haya penetrado. Pero otra vez, si a la imagen se la interpreta relacionada con la mera apariencia todavía se habita en esa misma dicotomía de la tesis de una emancipación social cuando dictaba que para ser era preciso llegar a ser el que se es en verdad. Y esa hipótesis es justo lo que un pensador postfundacional como Ranciere aspira a definitivamente evitar. O, más modestamente, a poner al menos en evidencia.
3- Aún cuando es preciso dejar de considerar a la emancipación como una tarea a realizar para que ella no se contradiga a sí misma, partir de un ser ya emancipado no significa por supuesto considerar que dicho ser no tenga más nada que hacer: al contrario, lo que un ser emancipado presupone es que dicho punto de partida consiste el verdadero comienzo de una tarea interminable que no posee una meta externa y prefijada sino que, de alguna manera, se persigue a sí misma. De lo que se ha emancipado este ser es propia y precisamente de la idea de verdad, entonces, y es por eso que en definitiva lo que esta nueva concepción de la emancipación propone es una nueva configuración de la identidad personal que se desarrollar a partir de una sutil indistinción entre la vida y el relato.
P. Pasolini expresó una vez que el futbol es un sistema de signos no verbal cuyas unidades mínimas de significación se forman con los pies para convertirse en un discurso con sus propias reglas sintácticas. El sentido de ese discurso hecho de pases tiene momentos, señala, en que deja de ser puramente instrumental y resulta netamente expresivo. Los de gol, según Pasolini, son por ejemplo poéticos, lo mismo que las gambetas, debido a que siempre interrumpen como producto de una invención. Pero su sagaz mirada de cineasta advierte que lo más llamativo son las características particulares, en unos casos prosística y en otros poética, que más allá de esos momentos señalan a los determinados equipos.
Pasolini escribió estas reflexiones como un homenaje al juego poético del futbol latinoamericano, y brasileño en especial, que se había consagrado campeón del Mundial de México en 1970. Y aún cuando haya dicho algo que cualquier hincha intuye, ponerlo en palabras permite profundizar en el peculiar sentido de la pasión que despierta este deporte a nivel global como algo que excede lo exclusivamente deportivo pero que, al mismo tiempo, lo descarga en cierta forma también del estigma que arrastra de instigar sólo las expresiones más violentas y encerradas en sí mismas.
Si se admite que el futbol resulta un lenguaje, dicho lenguaje permite tanto un análisis cuyo sentido sería interno al discurso mismo, como propone la linguística, o un análisis cuyo sentido surge en cambio en la intersección en cada caso del discurso con el espectador. Y desde este segundo punto de vista, propiamente hermenéutico, el relato que ofrece el discurso resulta fundamentalmente una triple mediación entre el hombre y el mundo, primero, entre el hombre y los demás hombres, después, y finalmente entre el hombre y sí mismo. Y Paul Ricoeur, uno de los más grandes filósofos de la corriente hermenéutica de pensamiento, dedicó una fina reflexión sobre esta relación de sí a sí que define la vida de persona.
Para el sentido común, la distinción entre vida y el relato es absolutamente clara y distinta: la vida se vive, y las historias se narran. Para la hermenéutica, al contrario, dicha distinción no es nunca tan clara: las historias se viven, mas bien, e incluso la vida también se narra. La construcción de la trama de un relato es así el común resultado del texto y el lector, pues seguir un relato supone de manera inevitable, según Ricoeur, actualizar siempre el mismo acto configurador que le dio forma. Y de esta manera relato y vida resultan desde una perspectiva hermenéutica finamente reconciliados, puesto que el espectador vive propiamente en el universo ficticio de la obra y su propio vivir, al mismo tiempo, hace del mundo un texto.
Esta especial armonía entre vida y relato que propone Ricoeur tiene importantes consecuencias, pues sugiere que una vida resultaría un fenómeno tan sólo biológico si se renuncia a interpretarla. Sólo cuando la experiencia posee una narratividad virtual, que no procede de una mera proyección literaria sobre la vida sino que constituye, al contrario, una demanda auténtica de relato, es como la vida adquiere un carácter propiamente espiritual. Y lo que llamamos subjetividad nunca resulta así una serie inconexa de elementos ni tampoco, por supuesto, una sustancia inmutable al devenir. Para Ricoeur, por lo tanto, la identidad que en este caso se arroga la persona nunca resulta tautológica y cerrada en sí misma, sino que se toma extrañamente a sí como siendo permanentemente otra.
En Sí Mismo Como Otro (1990), la comprensión de sí adquiere entonces las características de una identidad a medias que Ricoeur gusta en llamar 'identidad narrativa' pues, como sólo pretende una comprensión de sí a través de las variaciones imaginativas del propio ego, ella escapa así de la alternativa excluyente entre cambio puro y sustancia inmutable que desvela a la identidad. De esta manera, la persona se dota de una unidad no sustancial, y ella sólo implosiona cuando pretende otra vez convertirse en su fundamento y pierde de vista que es una mera descripción de lo que ocurre si el sujeto, supuesto agente responsable, ya no se concibe siendo el autor sino tan sólo el mero narrador del relato de sí mismo.
4- Cuando se piensa que el artista poseería una vocación política y se le adjudica una supuesta intención por romper las formas instaladas de percibir la realidad, se procede repitiendo sin embargo el criterio tradicional por el cual el contenido le resultaría al arte esencial. Pero si el arte tiene una naturaleza política no es necesariamente para el artista algo intencional sino una característica que le vendría como añadida pues no pertenece a la propuesta artística misma hasta que el espectador, en todo caso, se deje afectar en tal sentido. Para el artista, la realidad nunca es sospechosa de ocultar una verdad que el espectador necesita descubrir. De alguna manera, puede entonces colegirse que el mismo Ricoeur sería deudor de un pensamiento aún comandado por la idea fuerte de verdad cuando, sin distinción, mete a Freud, Marx y Nietzsche en una misma bolsa clasificándolos como 'los tres maestros de la sospecha'.
Marx y Freud son dignos representantes, por supuesto, de ese pensamiento decimonónico que pretendía desenmascarar el engaño culpable de mantener a los hombres en la opresión, y por eso les cabe perfectamente a ellos el mote de 'maestros de la sospecha'. Pero con Nietzsche, en cambio, se inaugura una corriente de pensamiento propiamente artística para la cual el único engaño consistiría en suponer que debajo del engaño mismo se ocultase una verdad, de modo tal que lo que él sospecharía sería, en todo caso, de la propia sospecha. Y es esta especial clase de sospecha la que llevó a Susang Sontang a publicar un libro con el curioso título de Contra la Interpretación (1966).
El arte en sí mismo nada busca. Cabe hablar de una expresión propiamente artística, incluso, sólo y cuando el contenido resulta puesto en un segundo plano y no presenta nada detrás de la expresión por sobre la expresión en sí misma. Sospechar hasta de la sospecha resulta entonces por eso la condición de posibilidad de un pensamiento postcrítico que aún hoy, lamentablemente, todavía precisa ser validado frente a quienes lo acusan de ser responsable del auge de la derecha. Y es con el objetivo expreso de facilitar las condiciones para el desarrollo de una política capaz de desligar a la conciencia como centro indiscutible de la acción que Sontang discutió provocativamente el privilegio concedido por la hermenéutica a la interpretación.
Lo que está en cuestión para Sontang, respecto de la interpretación, no es tanto la intención de querer buscarle un sentido a todo como, mas bien, la de brindar un sentido a las cosas que, si bien se pretende más allá de la idea fuerte de verdad no es, en última instancia, sino una proyección de la conciencia. El problema que se pone de manifiesto en Contra la Interpretación no es por eso el privilegio concedido al pensar como tal, sino a un pensamiento que no puede sentir porque, en definitiva, no puede salir de sí. Y por eso el provocativo intento de Sontang consiste en poner de manifiesto la necesidad de rescatar, para el espectador, la posibilidad de recepcionar una obra desde una perspectiva meramente sensual.
Como doctora en filosofía en Harvard y La Sorbona, Sontang no desconocía por supuesto el sentido técnico del concepto de ‘hermenéutica’. En Verdad y Método (1960), la interpretación había sido abordada por Hans Gadamer como una práctica que ya abdica expresamente de la búsqueda de la verdad objetiva y reconoce, en su mismo punto de partida, que una interpretación nunca resulta transparente pues recoge la mirada del intérprete en cuestión. Pero Sontang señala que Gadamer, en tanto confeso discípulo de Heidegger, parte de la comprensión como modo de ser en el mundo y, en este sentido, su punto de vista de la vivencia siempre resulta ontológico y heredero fiel, en última instancia, de esa misma metafísica de la subjetividad que sin embargo pretende superar.
Interpretar, para la hermenéutica, no era otra cosa que un sinónimo de ser. Y cuando una interpretación responde a esta inquietud ontológica se cuida mucho, por supuesto, de esa otra cerrada mirada ideológica de las cosas de la vida, y sobre todo del arte, que reduciría todo al negro o blanco de la explotación o la revolución. Pero Sontang objeta que no basta con hacer de la interpretación un mero modo de ser para combatir a la metafísica de la subjetividad, sino que es indispensable cortar relaciones intelectuales con el mundo y con el arte para volverlas propiamente eróticas.
La interpretación contra la que Sontang discute no es sino la de una forma de ser en el mundo que sólo se rebela contra la objetividad de lo dado sin ponerse en jaque con ello a sí misma. Y la erótica por la que Sontang aboga es la que garantizaría esa manera de ser propiamente militante que, sin resignación ni prepotencia, ya no busca nada externo a sí misma porque es tan solo la genuina expresión de un puro surgir.




