Desde que la militancia no se define por otra cosa que por la responsabilidad absoluta, su semejanza con un acto de servicio salta en consecuencia a la vista. Resulta obvio que la militancia entonces tiene algo importante que decir acerca de la fe pero, al mismo tiempo, cae también por su propio peso que la fe misma exige para ella recuperar un tratamiento militante en este siglo de manera urgente. Una y otra se complementan y como no pueden permanecer ya separadas en esta nota buscamos confrontar las perspectivas que del cristianismo ofrecieran J-L Nancy y G. Vattimo intentando de esta forma desplegar una modalidad posible para esa conciliación que se anuncia inevitable.
1- Los nórdicos no sólo hacen sólo excelentes series policiales. También se destacan por sus dramas de carácter religioso que tiene como botón de muestra la enorme obra de Bergman, aunque los ejemplos son variados. Pero la admiración por la profundidad de sus manifestaciones, sin embargo, no puede ocular que el tratamiento que hacen ellos del asunto no deja de parecer, por supuesto generalizando mucho, siempre cercano al paganismo. Lo que en líneas generales convoca su problematización es el de la creencia. O mas bien, el de las condiciones de posibilidad de la creencia. Por eso es que el milagro y lo milagroso, como aparece de manera manifiesta en la película Ordet, de Dreyer, resulta siempre central para sostener de algo a la fe.
Los latinos, en cambio, y siempre generalizando, por supuesto, pareciéramos aceptar desde el vamos a la fe como algo que de nada se sostiene y que, por lo tanto, no resulta necesariamente como para los nórdicos un problema de razón. Ese círculo hermenéutico que inaugurara Agustín de Hipona, afirmando que creía para entender y entendía para creer, nos resulta entonces un lugar más hogareño que extraño. Y al no ofrecer conflictivos análisis psicológicos, en tanto modo de existencia la fe explaya en nuestro ámbito cultural su propia comprensión del mundo con relativa comodidad.
Pero si bien la cuestión de la creencia no aparece con la misma intensidad en el ambiente latino que en el nórdico, de todas maneras tampoco puede afirmarse que, tan sólo por adaptarnos con mayor habilidad al carácter hermenéutico de la fe, el trato con Dios resulte en nuestro caso por ello totalmente sincero. Todo lo contrario, puede decirse que entre nosotros pierde su protagonismo la cuestión del trato personal con Dios, con lo que el cristianismo se convierte así en una mera imagen light del mundo. Y un destacado representante latino de esta tendencia es el filósofo italiano G. Vattimo.
Son dos acepciones si se quiere opuestas, y por eso el sentido de la expresión ‘me parece que creo’ es completamente diferente a ‘doy crédito que creo’. Pero mientras ‘me parece que creo’ tiene un sentido evidente, ‘doy crédito que creo’ resulta confusa, o cuando menos redundante.
¿Cuál sería la necesidad de expresar ‘creer que se cree’ en este segundo sentido? O mejor: ¿qué diferencia hay entre expresar que se ‘cree’, y ‘creer que se cree’? Y más concretamente: ¿por qué sería preciso para un cristiano, en definitiva, acreditar su creencia?
Si la fe fuese una creencia no habría respuestas para ninguna de estas preguntas. Pero si por algo resulta distinguible una de otra es precisamente por la imposibilidad de la fe de ser idéntica a sí misma. Y ‘creer que se cree’ es una expresión que daría cuenta, entonces, de ese movimiento que mantiene a la fe tomándose a sí misma para sostenerse sobre la nada.
De esta forma, cuando alguien dice creer en Dios, por ejemplo, no estaría diciendo que Dios es el objeto de su creencia. Dios resultaría, en todo caso, el nombre que para él recibiría el intersticio que impide a la fe la solidez de lo mismo.
Para responderme a mí mismo este interrogante tengo que plantearme antes, sin embargo, definir a la creencia, porque desde el comienzo advierto que mi propia concepción acerca de la misma difiere del lugar común que le asigna inevitablemente a la creencia un objeto. Para el sentido común, un hombre de fe es alguien que cree en Dios. Algo que, en mi humilde opinión, necesita ser reconsiderado ya que la fe para mí precisamente expresaría la liberación por supuesto momentánea y deliberada de la necesidad de fundar el pensar.
Partiendo entonces de una definición de la fe como esta salta a la vista que creer que se cree ya no expresaría sólo una creencia que se admite sin los rasgos de una certeza sino que, mas bien, da cuenta del compromiso mismo a sostenerse en la incertidumbre. De esta forma quedan expuestas me parece dos formas predominantes de concebir al desfondamiento contemporáneo del pensar: una intelectual, que pone el acento en sus beneficios para la concordia entre los hombres, y otra de naturaleza política que hace hincapié en la exigencia militante que supone
La disolución de lo sagrado entendido en términos violentos,
abriría para Vattimo una comprensión de lo sagrado diferente, propia de la fe
cristiana, opuesta entonces a la religión natural.
Esta definición resulta el axioma del que parte toda su
problematización del cristianismo y no resulta por tanto desarrollada.
Fundamentalmente, surge la pregunta de qué violencia está hablando entonces
Vattimo en relación a la religión natural. Porque es imposible suponer que no
haya leído a Benjamin y a Bataille, quienes precisamente deslindan lo divino de
lo profano en virtud de una violencia implícita en el ámbito del derecho que
sería completamente diferente a la violencia implícita en una justicia entendida
en sentido noble, es decir, que no se funda en reparación alguna de
injusticias.
Y como Vattimo parte en mi opinión de un axioma que es no
sólo confuso sino equivocado, toda su argumentación se cae. O mejor dicho, termina
siendo intérprete sin querer de la profanación del cristianismo. Porque con la
lícita y bien intencionada pretensión de mostrar que somos herederos del
cristianismo lo que logra es justamente
poner en evidencia que el sistema político a que ha dado lugar y que hoy nos
aterroriza es el que la apostasía católica puso en marcha cuando se alió al
poder temporal.
Pensar que la caridad está, como sin duda pretendería
Vattimo, más allá del bien y del mal porque carece de un sujeto que la soporte,
no tiene para mí asidero alguno. Entiendo por supuesto que resulta su
intención, pero el resultado al que llega es precisamente el opuesto.
Con su distinción entre religión natural y fe cristiana,
Vattimo pretende marcar el antes y el después que, sin duda alguna, representó
la aparición de Jesús. Es decir, señalar la diferencia entre la fe y el
paganismo. Pero dicha diferencia no consistió nunca, sin embargo, en la forma
de concebir a la violencia en cada caso, sino en la manera como lo sagrado en
una y otro interpelarían a lo profano.
Si para el paganismo lo sagrado se representa mediante un
ídolo es porque lo sagrado mismo resulta concebido exclusivamente en relación
con lo profano: el problema del pagano es lograr que el dios no se enoje y con
ello aumente su desamparo. Todo la novedad que trajo Jesús es precisamente la
de una participación en lo sagrado que estaría sin relación alguna con lo
profano, ya que seguirlo sólo tenía que ver con la posibilidad de ser parte de
una contienda celestial.
Por supuesto, en lugar de ver en ello la condición misma del
desinterés, y por tanto de la partición del creyente, pronto se leyó esta
trascendencia de lo sagrado propia de la fe cristiana como lo absolutamente
opuesto: la salvación personal. Esto es lo que se conoce como apostasía, y las
consecuencias de este error son las que arrastramos hasta hoy. De tan terrible,
parece hasta gracioso.
La caridad entendida en sentido no asistencial sería, por
supuesto, no otra cosa que el amor. El
amor se distinguiría así de la caridad por su sentido extramoral, ya que el
punto de partida no es nunca el individuo sino la alteridad. Pero lejos de ser
la caridad cristiana de la que habla Vattimo algo distinto a la caridad
entendida en sentido no asistencial, lo que ofrece como distintivo para él es
exclusivamente su carácter no violento. Y si no ser violento puede ser una
buena descripción del amor, no resulta su condición suficiente.
Suponer en consecuencia que la caridad tal como Vattimo la
define puede ser propuesta como criterio de una política por venir no termina
de cerrar. Sólo satisface el criterio de las buenas intenciones liberales y
nada mas. El problema con el que se enfrenta por supuesto que no es para nada
sencillo, puesto que proponer al amor como criterio de una política por venir,
como sabemos todos los que militamos esta apuesta, sólo da lugar a un pueblo
que no es de este mundo.
Esperar el Reino de Dios es estar en el mundo pero fuera de
él. Y esto es lo que define a un cristiano militante. Si su Dios resultase
débil sólo lo sería porque le pide que forme parte de su pueblo: no es un Dios
que lo satisfaga, sino uno que le pide servirle. Pero porque su hijo haya
caminado en la tierra no significa que El traicionó alguno de su principios. Sería
una contradicción en los términos tan sólo pensar entonces en un cristianismo
débil, ya que para lo que Dios nos convoca a los cristianos hace falta
dedicación. Militancia, espíritu de cuerpo
En líneas generales, para ambos ámbitos culturales se cumple entonces lo que el teólogo Franz Overbeck, gran amigo de F. Nietzsche, señalara en soledad: que el cristianismo, cuya fuente hay que buscarla indefectiblemente en el siglo primero, no tiene ninguna relación con lo que cabría calificar más simple y apropiadamente como ‘cristiandad’ debido al completo abandono del carácter escatológico y mesiánico que definiera al cristianismo en sus comienzos, y sin lo cual carece de razón de ser.
Lo que Overbeck reclamaba era, sin mas ni menos, el restablecimiento de una concepción política de la fe. Porque para los primeros cristianos el asunto que los convocaba era el deseo de ponerse de parte de Dios en la contienda con su opositor, el Diablo. Sólo en el marco que presentaba la soberanía de Dios, puesta en entredicho desde la desobediencia original, el sacrificio de Jesús oficiaba realmente como un rescate para aquella humanidad que lo testimoniara en palabra y por obra. Y apartarse del mundo, muy lejos de ser una cuestión moral, implicaba entonces para ellos un sentido muy concreto que no tenía que ver con el abstracto e intelectual creer o no en Dios, sino en su promesa: el restablecimiento del Reino.
2- Nancy y el cielo
La historia da vuelta muchas veces nuestras verdades más firmes. Y la idea de tomar el cielo por asalto, que pareció guiar en el s. 20 cantidad enorme de ilusiones, parece haber sido una de ellas. Sucintamente, con ella se indicaba que el cielo no se alcanzaba llamando amablemente a su puerta, sino que debía ser tomado por la fuerza de manera inevitable. Pero… ¿qué significaba el cielo?
Eso es mucho más complejo de explicar. Para tener al menos un esbozo de lo que con ello se quería indicar, se podría resumir como una metáfora de la ideología. Y en una época en la que era indispensable explicar cómo el capitalismo se legitima a sí mismo ocultando que una mercancía es una estafa, el cielo representaba el guardián de dicha estafa.
En el s. 21 a nadie más le preocupa eso, sin embargo. Lo sabemos, pero queremos hacer como que no nos importa. Nadie nos oculta ya que el mercado nos ha transformado en cosas, y la idea de que eso mismo haya de ser denunciado pareciera que nos resulta absurda.
Si su espectro pudiera escapar a través de su lápida rajada, Marx podría pensar que lo que al cielo le ocurra ya no es de nuestra incumbencia. Sin embargo, la posibilidad de que se esté preparando silenciosamente la gran ocasión de llegar a habitar el cielo no puede ser definitivamente descartada.
De alguna manera, Nancy resulta sumamente contemporáneo cuando desde el mismo título de su hermoso texto En el cielo y sobre la tierra parece estar pensando en la posibilidad de no abandonar al cielo. Por supuesto, el cielo para él no tiene ya el significado de algo que nos domina sino mas bien todo lo contrario. Pero justo por eso se advierte en dicha noción un cambio de perspectiva que resulta una bocanada de aire fresco en nuestra actual incertidumbre.
Para dejar de aspirar a tomar el cielo por asalto, sin embargo, la incertidumbre pareciera ser el sapo que hay que tragar. Y no sólo una vez y ya está, sino para siempre, porque la incertidumbre como un lugar a atravesar para llegar a una supuesta zona de confort era justo el esquema que se hacían los asaltantes del cielo
Nada más alejado que la idea de consenso para el concepto que Nancy se hace de la comunidad, obviamente. Pero ocurre que para él de ninguna manera se trata de tomar al cielo, sino de aprender a vivir en el cielo sobre la tierra misma. Y si la incertidumbre es el elemento de esta forma de vivir es porque, precisamente, el cielo no sería algo que compartiríamos socialmente.
El cielo de Nancy es mas parecido a ese abismo nietzscheano, en derredor del cual cada uno por su cuenta y riesgo necesita aprender a danzar, que a una supuesta comunión de almas bellas. Pero es esta misma característica lo que lo hace contemporáneo. Porque ¿quién aceptaría que le sigan hablando de igualdad, libertad y fraternidad, cuando todo a su alrededor parece contradecirlos como ideales?
Es esta misma renuncia a toda ilusión de comunión lo que, al mismo tiempo que nos mantiene en la incertidumbre más atroz, hace del cielo de Nancy no sólo algo comprensible, sino incluso hasta algo a lo que hoy nos parecería razonable aspirar…
Hablar del cielo, para Nancy, es una excusa para hacerlo de la diferencia ontológica. De alguna manera, el subtitulo de este pequeño texto debería ser, antes que una conferencia sobre Dios a los niños, una conferencia sobre la diferencia ontológica a los niños. Pero sin dejar sugerir, por supuesto, que los niños no somos sino nosotros mismos cuando seguimos creyendo que la liberación consiste en tomar el cielo por asalto.
¿Bajar el cielo a la tierra, en lugar de tomarlo por asalto, o de conseguirlo por consenso?: quizás pueda graficarse con esta consigna la propuesta de Nancy. Considerada literalmente, por supuesto, resulta sin embargo hasta más utópica que el convencimiento de que la toma de conciencia de la explotación capitalista podía revertir la situación de nuestra civilización. Pero… ¿qué significado tiene acaso el cielo de Nancy?
El cielo para Nancy no es sinónimo de ideología pero tampoco de algún lugar, ya sea físico o espiritual, donde ocurrirían y se establecerían determinadas cosas. Mas bien, si el cielo representa lo Altísimo es porque según Nancy no se trata sino de un no-lugar: es decir, no de algo más allá de la tierra, sino de una tierra que ya no resulta concebida como algo cerrado de manera irreversible. Pero ojo: no abierta a algo otro, sino propiamente en el cielo mismo de por sí.
El cielo, dice Nancy, no es como la otra cara de la tierra, porque fuera de la tierra nada es. Pero justamente por eso su cielo expresa que cualquier toma de conciencia, incluida la de la explotación capitalista, resulta finita por definición. Y que la señal de salida brilla vivenciando, en cambio, que nuestro ser en la tierra nos abre a algo más que a cosas: a ser justos, a amar, y a la misericordia.
Aquello a lo que la apertura se abre no es propiamente hablando un otro porque, para empezar, no habría siquiera un mismo que aparecería como supuesto punto de partida. De alguna manera, sería entonces una apertura absoluta, o si se quiere un absoluto concebido precisamente como apertura. Lo cual, y a riesgo de mezclar quizás innecesariamente los conceptos, no resultaría para mí sino eso que para Heidegger representa la famosa 'physis'
Borges y la esfera
Cuando Nancy terminó su conferencia sobre Dios a los niños comprendió que no bastaba con señalar que las personas no tienen por qué relacionarse exclusivamente con cosas o con otros seres. Era preciso abordar las cuestiones más generales que básicamente tienen que ver con la instalada idea de que eso otro, con lo cual entraríamos entonces en relación, ha de ser considerado responsable y en definitiva creador de estas relaciones a las que estamos habituados. Y las preguntas de los niños giraron en torno a eso mismo.
Nancy, supongo, habrá querido evitar hablar de Dios enfocándose en la cuestión de la creación porque su pensamiento rompe precisamente con el concepto de un Dios trascendente. Por eso, les responde que “la creación, lo que se llama así, no puede en absoluto ser del mismo orden que la fabricación de lo que sea”. Y, en definitiva, la noción de apertura que desplegó en su conferencia de alguna manera viene a dar cuenta entonces de un concepto propiamente divino de la creación por el cual Dios y lo creado coinciden de forma dinámica: pero no como algo que ocurre sin embargo en el orden del tiempo, donde existiría un antes y un después de la creación, sino en el de la eternidad.
Si hubiera que graficar esta manera de entender a Dios, o este cambio en la forma de entender a Dios que Nancy propone, se podría recurrir al artículo La Esfera de Pascal. Este ensayo de Borges da cuenta de la transformación implicada en la forma de concebir a Dios como el centro de una esfera, por un lado, para presentarlo luego al revés como una esfera cuyo centro estaría en todas partes. Claramente, una esfera cuyo centro estaría en todas partes no tendría propiamente centro, y su circunferencia carecería por definición de lugar. Y como esta esfera que representaría a Dios anula su propia representación, saca en definitiva al pensamiento de sí mismo enfrentándolo a un imposible.
Existe una interpretación literal muy difundida acerca de un concepto que sin embargo resulta una metáfora: la famosa muerte de Dios. Porque con Dios mismo no se podría en cambio tener una relación sincera si no fuese a partir y en función de dicha muerte metafórica que tan bien expresa o representa, precisamente, el fin mismo del pensamiento fundacional.
Quizás esta confusión resulte inevitable, por supuesto, dado que sólo un pensamiento desfondado resulta capaz de trascender el sentido literal de las palabras. De este sencillo modo, lo verdadero resulta debidamente resguardado bajo siete sellos que están graciosamente a la vista de cualquiera que quisiera en su momento aprender a ver.
Borges señala que esa otra metáfora de la metáfora de la muerte de Dios, la de una misteriosa Esfera cuya circunferencia no estaría en ninguna parte porque su centro en cambio habitaría en todos lados, resulta algo que Pascal no sabe si señalar o no como espantosa. Y ello se debe a que la muerte de Dios es precisamente sin embargo algo que duele ver.
El mundo literal y sus espejitos de colores es demasiado fascinante, y la comparación con el duelo imposible que supone la fe es tan poco razonable que atreverse a elegir la segunda opción supone haber perdido seguramente el juicio.
Para Nancy, el cristianismo supone la apertura de la alteridad que hizo de Occidente un
escenario deconstructivo privilegiado, donde ateísmo y cristianismo terminan siendo
sinónimos. Para Vattimo, el cristianismo resulta la herencia que anticipa y condiciona el
proceso secularizador que ofrece y representa a Occidente y culmina, en el pensamiento,
como una ontología débil. Ambos parecen llegar a la misma conclusión, sin embargo en cierta medida resultan opuestas, y el punto de inflexión quizás sea el de sus diferencias respecto de la naturaleza de Jesús.
Cuando piensa el cristianismo, Nancy no abandona sus reflexiones previas acerca de la corporalidad, e interpreta que la encarnación no consiste un proceso de entrada en el cuerpo de alguna entidad no corporal: el cuerpo mismo aún en el caso de Jesús no es otra cosa que espíritu. O sea, es el espíritu que sale de sí mismo o de su pura identidad. Y esto sería algo que está incluso prefigurado ya en la Creación como tal, porque el espíritu es desde el Génesis mismo ya fuera de sí. Es sólo en este sentido que Nancy puede decir que el Dios cristiano es uno que se aliena, y por tanto se ateologiza.
Para Vattimo ocurre si lo miramos a profundidad todo lo contrario. El espíritu encarna en forma humana, y este supuesto debilitamiento divino facilitaría en y por el cristianismo cierta humanización de la violencia característica de lo sagrado, al mismo tiempo que anunciaría la progresiva pérdida de los fundamentos últimos en el ámbito del pensar. Lo que prima en la concepción del cristianismo que anima a Vattimo es entonces una perspectiva ética que hace de la caridad su principio, entendida como rechazo a la violencia.
Son dos concepciones del cristianismo muy diferentes. Porque Nancy, antes que
la debilidad privilegia la función dinamizadora del cristianismo, algo que sin duda resulta la
característica mas relevante de Occidente. En cambio Vattimo presenta una visión edulcorada
tanto del cristianismo como de Occidente, buscando por sobre todo una conciliación de su
historia personal. Ocurre que ambos tienen un concepto distinto, no sólo del cristianismo y de
Occidente, sino por sobretodo de lo que significa un pensamiento desfondado y la diferencia ontológica: para el primero es sinónimo del ser en común, mientras que para el segundo lo sería sólo de la tolerancia.



