Hacer
de la militancia una ‘teoría’ no significa explicar cómo militar sino, todo lo contrario,
buscar que la teoría salga espantada de su propio reflejo. Un pensamiento
socialmente comprometido implica entonces, para una teoría de la militancia,
evitar así la trampa que reduce lo político a la mera elección de representantes.
Y partiendo del complejo vínculo entre fútbol y política, esta nota propone pensar
la apelación propiamente militante a hacerse presente apoyándose para ello,
entre otros, en J. Ranciere, P. Ricoeur o S. Sontang.
La Argentina era este año a
comienzos de junio bastante distinta: el funeral del Indio algo había
despertado, pero el verdadero catalizador popular que tanto se estaba
necesitando fue el Mundial de Futbol. No por habilitar de pronto la impresión
de que todas nuestras frustraciones entonces se borraban como por arte de magia,
sino por permitirnos aprender que aún así podíamos hacernos un espacio, si bien
simplemente deportivo y obviamente circunstancial, en un escenario privilegiado.
Y la sensación de que el otro cuenta, en definitiva, porque él cuenta también
con uno, se redescubrió entonces como una posibilidad cierta.
La Final se jugó para nosotros en
el enfrentamiento con Inglaterra. Allí apareció el trapo que nos dio una voz,
pero ese trapo apareció porque también allí supimos, fundamentalmente y para
empezar, que éramos capaces de sobreponernos a la adversidad con fe: el trapo
apareció porque hicimos tres goles en diez minutos. Y así fue que en la
Argentina de Agosto, a casi dos meses de la Final oficial, se respiró un aire algo
distinto. Esa épica victoria trajo una consecuencia política concreta en la
postergación de la Ley de Tierras y, de ahí en mas, cierta ilusión de que
podemos seguir hinchando uno con el otro se hizo realidad.
En un partido
de Argentina, los que juegan no son sólo los 12 que están en la cancha. Porque
los millones de hinchas no están esperando pasivamente que gane su equipo, sino
jugando efectivamente con ellos. La relación que se da en entre el hincha y el
espectáculo deportivo resulta tiene por eso un carácter muy especial, y el mismo
doble sentido que suscita la selección que lleva por nombre ‘Argentina’ lo
demuestra. Porque Argentina es este caso obviamente el nombre del equipo, no el
país a quien su selección representa. Pero cualquier hincha sabe que es
precisamente en la ambivalencia de dicho significante donde anida su pasión.
‘Hincha’ es
una palabra que no existe en el castellano, se trata de un neologismo, o más
precisamente de un americanismo. El que hincha no forma parte del equipo que
está en la cancha: es el que infla la pelota. Y con la palabra ‘hinchar’ se
pasó a designar la pasión que lo mueve porque, en un sentido muy técnico de la
expresión, lo que a un hincha anima no es algo externo sino íntimo: ese compartir
del propio aire para que su equipo se destaque es algo que sólo le ocurre a
quien se descubra a sí mismo entonces siendo, más que propiamente un actor, algo
que Jackes Ranciere llamó un ‘espectador emancipado’.
La figura del
espectador recibió un tratamiento que tradicionalmente lo ha relegado a un
lugar puramente pasivo: espectador sería así quien recibe la mera imagen de una
realidad que le resultaría ajena porque se juega en el escenario y con los
actores. El espectador, en este sentido, sólo ve u observa porque esencialmente
carecería de la inteligencia suficiente como para proponer su propio punto de
vista, y por eso el teatro socialmente comprometido, por ejemplo, lo que se
propone es provocar una conciencia crítica en el espectador al que, en su seguramente
bien intencionado criterio, es preciso emancipar.
Cuando Guy
Debord, en línea con este mismo planteo, calificó despectivamente a nuestro
mundo como ‘la sociedad del espectáculo’, descartó completamente toda posible
emancipación. Para Debord el espectador es alguien reducido a la más completa
subordinación, pues el dominio de la imagen señalaría a una sociedad que ha
renunciado a la posibilidad de ser y se complace con meramente parecer. El
espectador, entonces, es sólo alguien que ha renunciado a vivir en plenitud,
degradado a ser una mera representación de sí mismo.
De acuerdo con
una concepción del espectador semejante, la pasión del hincha debiera ser coherentemente
concebida como la falsa cohesión o el engañoso sentido de comunidad que por un momento,
al menos, al espectador le permitiría olvidar la separación inconmensurable que
existe entre todas personas que se hallan subordinadas a su imagen. Pero Ranciere
opina en cambio todo lo contrario, pues esta concepción de la imagen como
instancia alienante estaría ligada para él a esa concepción platónica de la
política por la cual, como la sociedad estaría separada de su verdad, la
función del intelectual es lograr su reconciliación enseñando al pueblo.
Buen conocedor de este tradicional planteo, Ranciere se pregunta por eso en El
Espectador Emancipado (2008) en qué sentido o hasta qué punto la imagen nos
aliena. A esta postura le cuestiona, agudamente, que los fundamentos teóricos
de la crítica del espectáculo han sido tomados en préstamo, a través de Marx, a
la crítica feuerbachiana de la religión, cuyo principio se encuentra en la
visión romántica de la verdad como no-separación. Y como esta idea depende ella
misma de la concepción platónica de la mimesis, Ranciere se permite concluir
que la “ contemplación” que Debord denuncia es la contemplación de la
apariencia separada de su verdad y, de últimas, es el espectáculo de
sufrimiento producido por esta separación.‘
El supuesto de
que la teoría necesaria y únicamente puede ser algo a ser transmitido resulta,
según Ranciere, deudor de un pensamiento que toma como axioma la desigualdad de
las inteligencias y que, justo de esa manera, termina perpetuando el dominio y
la explotación del otro que define al capitalismo que pretende sin embargo denunciar.
Por eso rechaza el principio de la desigualdad de las inteligencias como un
prejuicio y propone partir en cambio de un principio de igualdad: aquel a quien
el maestro se dirige es su alumno, entonces, sólo porque aprende de sí mismo. Y
como lo único que este maestro enseñaría es realmente su propia ignorancia él
resultaría, propiamente hablando, un ‘maestro ignorante’.
Así, en El
Maestro Ignorante (1987) Ranciere se expresa enfáticamente en contra de la
modalidad tan habitual de ese pensamiento crítico que supone tener algo que
comunicar para así, supuestamente, llegar a vencer esas imágenes-sombras que
mantienen a los hombres en la caverna. Por eso propone cambiar radicalmente
dicho punto de vista y volver a empezar de cero: hacer de la emancipación algo
intelectual, que tenga inmediatamente que ver con la posibilidad de establecer,
no nuevas relaciones de producción, como proponía la emancipación social, sino
nuevas relaciones con las cosas y con las palabras.
Al comienzo,
una descripción semejante de lo que la emancipación sea puede parecer, por
supuesto, bastante modesta. ¿Acaso noo habría entonces nada qué decir acerca de
la justicia social, de la soberanía política y de la independencia
económica?... Ranciere diría, sin embargo, que ninguno de esos ideales resulta
traicionado de acuerdo con este sentido intelectual de la emancipación sino
que, muy por el contrario, es desde este nuevo lugar de enunciación como encuentra
su forma de manifestarse. De modo que esta manera suya de comprender a la
emancipación como un desplante a la idea de verdad que viene a resultar un
zambullirse propiamente en la fluidez del mundo que nos ha tocado en suerte,
está muy lejos de renunciar a un carácter militante.
La
emancipación ha estado ligada desde el s 19, para Ranciere, a un pensamiento
que tiene como fundamento a la alienación y que tuvo históricamente como ilustración
de la misma a la famosa Alegoría de la Caverna. Pero siguiendo la propuesta
general de los pensadores políticos postfundacionales, la idea que tiene en
mente Ranciere no es por supuesto reemplazar este fundamento por otro ad hoc,
sino atreverse valientemente al delirio.
Ranciere
piensa que esa alternativa entre educar al soberano por parte del político, o
intentar que el soberano eduque al político, en definitiva deviene falsa. Pues
la única alternativa real, para un pensamiento socialmente comprometido, pasa en
cambio por la que habría entre la postura para la cual la distancia entre quien
enseña y quien aprende es irreductible, y la postura que parte en cambio de la
igualdad entre las inteligencias.
Desde una
perspectiva como la que Ranciere propone, la cuestión que levantó Spinoza e interroga por qué los pueblos luchan
por su servidumbre como si fuera su salvación, resulta en cierta forma fuera de
lugar. En resumen, para militante que se toma a sí como un maestro ignorante,
el pueblo nunca se equivocaría, y no porque todo lo que parta de él sea palabra
santa, sino porque la idea misma de la reconciliación de la sociedad con su
verdad le resulta ajena.
Pero una
teoría que se reconoce ignorante no estaría sin embargo dictaminando que los maestros
mismos dejen de existir: mas bien, aporta la intención de un maestro que no
explique. Partir de la igualdad de las inteligencias supone inevitablemente
enfrentarse a todo un sistema cultural por el cual la desigualdad resulta el
instrumento de batalla que aún goza por supuesto de un vigor inquebrantable, y
por ello mismo los maestros ignorantes resultan indispensables.
Hacen falta maestros,
entonces, pero maestros que no expliquen, y no sólo que no expliquen sino que
des- expliquen: es decir, que pongan siempre de manifiesto esa desigualdad de
las inteligencias como el axioma que sostiene la dominación. Y esta sería entonces
para Ranciere la función militante de la política hoy día. El supuesto
implícito en toda esta concepción de la emancipación, por supuesto, consiste en
que no resulta, al menos en principio, un hecho de conciencia. Porque esta comprensión de la emancipación,
en definitiva, no recibe propiamente el nombre de ‘intelectual’ más que indirectamente,
dado su punto de partida no puede sino ser emocional, afectiva y sensible.
En la entrevista
que le realizz Verónica Gago, cuando en el 2012 visitó Argentina, Ranciere dice
algo muy sencillo pero que resume todo su empeño: sobre la explotación no haría
falta hablar porque ya todo el mundo sabe lo que el capitalismo reproduce. Pero
de lo que ahora es preciso hablar es del modo mediante el cual ese sometimiento
ha sido expuesto por parte de quienes buscaban la emancipación social: algo más
pertinente para nuestro momento político este planteo no podría ser. Y cuando
lo entrevista Horacio Gonzalez le explica que Madame Bobary, al revés de toda
lectura que se ha hecho sobre el mentado bovarismo, para él consiste al
contrario la aparición de un nuevo sentido de la emancipación ligado a la innovación
que representa para un ser completamente insignificante socialmente la posibilidad
de sentir, de experimentar, de soñar. Es a eso a lo que le llama Ranciere una
'emancipación intelectual'.
El principio
que guiaba a la ‘emancipación social’ era la liberación: vencer el obstáculo
por el cual lo social está disociado de sí mismo. La emancipación, de esta
forma, estaba sometida a la idea de verdad. El que guía a la emancipación intelectual
en cambio está más ligada a la idea de
tomar lo que sea sin tanta seriedad. Algo de esto se ejemplifica con las
imágenes producidas por la IA e incluso con las fake news, y algo de eso
entendió la derecha para que tanto penetre. Pero otra vez, si a la imagen la
interpretamos como algo relacionada con la mera apariencia todavía habitamos
esa misma dicotomía que mantuvo presa a la tesis de una emancipación social:
que para ser era preciso llegar a ser el que se es en verdad. Y esa hipótesis
es justo lo que un pensamiento postfundacional, como el de Ranciere, aspira a definitivamente
evitar. O al menos, más modestamente, a poner en evidencia.
La idea de contraponer
hermenéutica a erótica tiene en Sontang, por supuesto, una doble finalidad: por
un lado, orientar nuestro acercamiento al arte y, por el otro, orientar el
acercamiento del arte a la vida. O mejor, dicho de otra manera, cómo debiéramos
reconocer algo como artístico y, a la vez, cómo conducirnos nosotros mismos de
modo artístico. Y para las dos cosas esta contraposición resulta muy clara:
dicho mal y pronto, de lo que se trata es de pensar menos y sentir mas.
Una objeción que tal vez no sea demasiado relevante es quizás con respecto al
término utilizado por Sontang para el desarrollo de esta idea. Porque Sontang
no es sólo una novelista que escribe un ensayo, sino una doctora en filosofía
en Harvard y La Sorbona y por lo tanto no se puede pensar que desconoce el
sentido técnico del concepto de ‘hermenéutica’ que en ese mismo momento,
precisamente, estaba siendo desarrollado en extenso por H. Gadamer.
En Verdad y Método la interpretación es abordada por Gadamer como una práctica
que precisamente abdica de la búsqueda de la verdad objetiva y reconoce, como
su mismo punto de partida, que ninguna interpretación es transparente y recoge
la mirada misma del intérprete. Por supuesto que Gadamer, en tanto discípulo de
Heidegger, parte como este último de la comprensión como modo de ser en el
mundo. Y en este sentido puede ser objetado de haber privilegiado una
concepción ontológica y no ética, tal como Levinas reprocha por su parte a
Heidegger.
Aún cuando Sontang utiliza el término ‘hermenéutica’ en un sentido coloquial y
no técnico, la idea que propone es manifiesta. Pero su sentido técnico no sólo
no la contradice sino que la profundiza, ya que de alguna indirecta manera está
sugiriendo que la salida de la comprensión, como estructura fundamental del ser
ahí, no tiene una sólo vía sino dos: o una ética, basada en la responsabilidad
por el otro, o una erótica, basada en la mera capacidad de ser afectado.
Lo que está en discusión respecto
de la interpretación como modo de acercarnos al arte y a la vida es no tanto la
intención querer buscarle un sentido a todo, quizás, como la de querer
brindarle mas bien un sentido a las cosas que pretendemos objetivo pero que no
es sino una proyección personal. El problema no es por eso tanto el privilegio
concedido al pensar, sino al de un pensamiento que no puede salir de sí. Y se
me ocurre como ejemplo lo sucedido con la última de W. Wenders, Días perfectos,
que para toda la intelectualidad paqueta sorda a toda poesía no podía ser otra
cosa que la resignación de un tipo a la humillación.
Interpretar, para la hermeútica técnica, no es otra cosa que ser. Y por eso
cuando una interpretación responde a esta inquietud ontológica se cuida muy
mucho de esa mirada ideológica de las cosas de la vida, y sobre todo del arte,
que lo reduzca al negro o blanco de la explotación o la revolución. Pero
Sontang está apuntando incluso más allá, y pretende que no basta con hacer ya
de la interpretación un mero modo de ser, sino que es indispensable cortar
relaciones intelectuales con el mundo y con el arte para empezar a practicar
relaciones en todo caso carnales.
Si ya hacer de la interpretación un mero modo de ser podía ser una meta
altísima para muchos de nosotros, la propuesta de una erótica por supuesto es
algo que la supera enormemente en dificultad. ¿Cómo describir esta nueva
modalidad? ¿Cuáles serían sus condiciones de posibilidad? ¿Es posible indicar
los pasos a seguir para lograrla? Etc Etc
Todo relato abre allí mismo un
horizonte tanto de espera como de experiencia y presenta un mundo que se puede en
todo caso habitar. El sentido de un texto, por ejemplo, se muestra surgiendo
así en la intersección del mundo de la historia con la del lector. Y en ello la
hermenéutica entonces se opone a la lingüística, en tanto que esta última
considera que el análisis debiera limitarse al asunto de la historia en sí
mismo y prohibirse toda salida. Desde un punto de vista hermenéutico, como el que
Paul Ricoeur por el contrario comparte, la historia en cambio es
fundamentalmente una mediación: entre el hombre y el mundo, primero, entre el
hombre y el hombre, después, y finalmente entre el hombre y sí mismo.
Para el sentido común, la distinción entre vida es clara: la vida se vive y las historias se
narran. Pero para la hermenéutica dicha distinción no es absoluta: las
historias se viven, y la vida se narra. La construcción de la trama es así obra
común del texto y el lector, pues al seguir un relato resulta entonces
inevitable, según Ricoeur, actualizar el acto configurador que le dio forma. De
esta forma relato y vida pueden concebirse reconciliados, puesto que la lectura
es así una manera de vivir en el universo ficticio de la obra. Y vivir, en
consecuencia, hacer del mundo un texto.
Para entender la relación entre el aspecto de la cuestión, es decir, para
atisbar la especial armonía que se da entre vida y relato, se debe partir
entonces de la idea suprema de que una vida resultará tan sólo un fenómeno biológico en tanto y en
cuanto no resulte interpretada. Cuando la experiencia posee una narratividad
virtual que no procede de una mera proyección de la literatura sobre la vida y
constituye, al contrario, una demanda auténtica de relato, la vida adquiere así
carácter propiamente espiritual. Esta estructura pre-narrativa de la
experiencia está íntimamente ligada a la comprensión de sí como otro, dado que
lo que llamamos subjetividad nunca resulta así ni una serie inconexa de
elementos ni tampoco, por supuesto, una sustancia inmutable al devenir.
Ricoeur entiende la comprensión de sí como una identidad narrativa porque, al
igual que el relato, ella pretendería una concordancia ‘en’ la discordancia a
la vez que una discordancia ‘en’ la concordancia. Pues al convertirnos en el
narrador de nosotros mismos aprendemos a no ser propiamente actores sino,
apenas, los intérpretes de las diferentes voces narrativas que dan vida a un
texto. Para una identidad narrativa ya no hay un autor que hace las veces de
narrador, y en ello consiste la gran diferencia que Reicoeur señala entre la
vida y la mera ficción.
Lo que la identidad narrativa busca es una comprensión de sí a través de las
variaciones imaginativas sobre nuestro propio ego, y así ella juega o escapa de
la alternativa excluyente entre cambio puro e identidad absoluta que desvela a
la identidad. Y de esta manera se dota a sí de una unidad narrativa no
sustancial, que sólo colisiona con la erótica cuando se pretende otra vez
fundamento y criterio moral y pierde de vista que es una mera descripción de lo
que ocurre cuando el sujeto, supuesto agente responsable, ya no se concibe como
autor sino como narrador.
¿Fisher es el
teórico que cancela todo futuro, o el que cuestiona a la izquierda que pretende
sólo reformar el capitalismo?... Una de dos. No me queda nada claro. Comprendo
perfectamente que mi duda es propia de un pensamiento muy básico que sólo parte
de blancos y negros, y que la riqueza de este pensador consista en cambio en
transitar tal vez un gris que no alcanzo entonces a distinguir.
Entiendo creo su concepto de ‘realismo
capitalista’ como una suerte de stalisnismo de mercado. Es decir, algo que se
presenta como del orden de lo necesario al que es preciso entonces
desnaturalizar. Pero dicho planteo no se distingue en consecuencia así, en mi
opinión, del esquema clásico de la ideología como velo que es preciso quitar
para ver la realidad. Y en este sentido me surge el segundo interrogante, dado
que permanece demasiado apegado al paradigma entonces donde lo propio del
‘realismo’ del capitalismo debería ser denunciado como una apariencia.
Acaso la ‘depresiòn’ tiene para él la función
revolucionaria de buscar una alternativa al esquema de realidad-apariencia?...
Esa sería una buena punta si fuera el caso. Pero no lo sé.
En Bueno para
Nada advierto la misma ambivalencia que provoca la lectura de Cómo Matar a un
Zombi. Fisher, acaso, se contradice entonces a sí mismo?: esa proclama final
tan extemporánea para alguien que casi alegremente se reconoce bueno para nada
pareciera ser pronunciada por otra voz ventrílocua que le dicta al mismo
personaje un guión por el cual la reconstrucción de la conciencia de clase no
sólo resultaría posible sino 'necesaria'. Y aquí es donde problablemente se
encuentre la raiz de esta ambivalencia, porque más que una contradicción discursiva
parece ser una confrontación entre dos lógicas diferentes: una emocional y otra
de órden exclusivamente teórico.
Fisher de ninguna manera presupone en la
depresión algo que atravesar, y mucho menos acelerar, para lograr un tipo
especial de cambio social ni un tipo diferente de acción. Y esto porque el
único requisito revolucionario que a Fisher le cabe es la conciencia de clase
Se me ocurre
que, de alguna extraña manera, entiendo que la depresión misma es la que debe
ser acelerada en lugar de negada como una mera contracara de ese 'voluntarismo
mágico' que, sin duda alguna, ha roto la conciencia de clase. Se me ocurre que,
tal vez, es precisamente a partir de esa misma depresión como puede sortearse
la disyuntiva entre la apuesta de una acción revolucionaria y la afirmación de
que dicha acción ya no podría hacerse valer puesto que el capitalismo es lo
único que hay
El
acelerecianismo de izquierda supone necesario extremar cuanto antes el
desquicio capitalista para hacerlo explotar?.. Si así fuera, qué principio
revolucionario enarbola?.. Una suerte de no-acción?.. O se trataría, al
contrario, una declaración de su rendición?.. Una caída en la noche negra en la
que todos los gatos serán pardos?
Quizás esta tendencia sea más comprensible
cuando, al compararla con la que supuestamente sería su contrincante - ese
pensamiento de izquierda que no sólo no reniegue de la acción sino que la tenga
como principio - notamos que su perspectiva se diluye como sustancial: los
paradigmas aceleracionistas y revolucionarios sólo existen como antónimos.
Cuando se diga así que el capitalismo no tiene
alternativa se estaría diciendo, para el aceleracionismo, no que no haya nada
que hacer, sino que lo que haya que hacer no tiene fundamento ajeno a la
realidad. No hay un más allá del capital, para decirlo en una sola frase, y por
lo tanto no se trata de desalienarse, como pretendía el pensamiento
revolucionario, sino aprender a meternos en el barro.
El principio revolucionario del aceleracionismo
no supone entonces un más allá del capital pero tampoco una esencia escondida
aguardando hallar realidad. Es más bien lo opuesto, ya que su apuesta es no
tomar en consideración ninguna de estas alternativas. Porque cuando de matar a
un zombi se trata, ambas resultan obsoletas.
El cuadro de
situación que presenta Fisher sin duda está en línea con el desarrollo novedoso
de una concepción de la ideología que puede rastrearse desde Althusser y
Foucault a Deleuze y Zizek por el cual, obviando las obvias diferentes
formulaciones, ponen el acento en una circunstancia sistemáticamente pasada por
alto por la izquierda tradicional: que la ideología no sólo no es un resultado
de determinadas prácticas sociales sino que son realmente materiales, es decir,
que en lugar de ser cuestiones que atañen a las ideas competen de manera
inmanente a las prácticas sociales mismas.
Qué significado trae esta consideración, para un
pensamiento comprometido socialmente?: asumir la triste conclusión de que los
deseos de libertad y autonomía, por ejemplo, que la izquierda supuestamente
pretendió representar en el s. 20 fueron usurpados desde o hacia la derecha
cuando las personas advirtieron que dichos deseos no estarían directamente
relacionados con una dimensión social pues podrían ser satisfechos siguiendo la
vía ancha y rápida del sálvese quién pueda.
El capitalismo en versión neoliberal no es otra
cosa que esta tentación ideológica por la cual la realización personal se
identifica con su propia prisión. Y la responsabilidad de la izquierda, como
Fisher bien señala, consistió en haber habilitado por defecto esta deriva
contrarrevolucionaria al no haber sabido dar real envergadura en su momento al
caracter material de la ideología.
Qué significa
el triunfo de esa razón cínica que dicta dejarse engañar?... No el abandono del
concepto de ideología sino directamente su reconfiguración dado que, según
Zizek, la ideología sigue operando internamente, es decir, ya no como un
instrumento de las clases dominantes sino de las propias dominadas: para qué, o
por qué?
Una vez, en un grupo de estudio sobre
Kierkegaard muy de izquierda, cada uno expuso su deseo. Cuando me tocó a mí
dije lo más suelto de cuerpo "que las mujeres me busquen y los hombres me
teman". La cara de todos fue para morirme de risa, pero yo me mantuve serio
en mis trece. Y no hubo forma de convencerlos de que ese era el deseo de todos.
O mejor, de que la utopía de un deseo santo debía partir del barro como
condición indispensable para no traicionarse a sí mismo.
Creo que la cuestión que aborda Fisher pasa por
ahí, aunque en mi opinión se queda justo en la puerta. Porque cuando la
ideología se comprende como algo material la cuestión ya no es vencer al
enemigo que la imparte y con ello nos domina, sino poder ver el enemigo de
nosotros mismos en el que por momentos nos convertimos.



