El libro de Damián Selci, Plenario para un manifiesto de la militancia, es uno de esos pocos que resultan para todos y para ninguno. Señala un camino, y eso todos agradecemos sin reservas. Pero al descartar la vieja alternativa entre patria socialista o patria peronista desnuda nuestra idolatría por el mercado. Y esa trampa ninguno sabe evitar. En su tercera y última parte de la reseña a este texto, Tort propone aprender a resistirla profundizando en los conceptos centrales de una teoría de la militancia: responsabilidad absoluta, e inocencia.
1- Si bien las tres presidencias kirchneristas tuvieron, sin ninguna duda, el mérito de recuperar el protagonismo del Estado, es también innegable que sin el previo quiebre de la institucionalidad, expresado en la fórmula “que se vayan todos”, ni Néstor ni Cristina hubiesen tenido lugar. La insolencia de una teoría de la militancia es dar cuenta del kirchnerismo, por lo tanto, como la modalidad que adquirió el movimiento justicialista a partir del descrédito de lo político que tuvo como epicentro las jornadas de diciembre de 2001. Y si bien esta situación es admitida por cualquier analista político, la osadía de la teoría de la militancia es sin embargo rayana en la herejía, dado que su propuesta consiste, básicamente, en sostener la instancia característica destituyente del 2001 como única garantía de una institucionalidad genuina.
La teoría de la militancia interpreta que la vuelta a la política de la década ganada en definitiva se perdió, primero a medias tintas con el macrismo, y luego de manera vergonzosa con los libertarios, debido a que la institucionalidad kirchnerista abjuró progresivamente de su carácter destituyente. Scioli, Alberto y Massa, son los nombres de este derrape por el cual el kirchnerismo, olvidando entonces que todo lo que hay está en relación con una praxis determinada, se convirtió en un partido político del montón que sólo podía ofrecer, en la defensa del Estado como solución mágica a todos los males, la mera cáscara de lo que en su momento glorioso había sido. Y por eso la propuesta de un Plenario para un manifiesto de la militancia podría resumirse en ponerse al hombro la recuperación de esa rebeldía sin la cual la torpe defensa del Estado resulta, en última instancia, nuestro peor lastre.
Es para convertir al 21 en el siglo de la militancia que este Plenario toma entonces, como punto de partida, una suerte de inversión de la tesis XI de Marx con la que, paradójicamente, se abriera en cambio en el s. 20 la tendencia revolucionaria. Considera que en lugar de afirmar, como en ese comienzo de la revolución industrial, que los filósofos sólo se ocuparon de interpretar el mundo cuando de lo que se trataba era de transformarlo, hoy es la izquierda la que se ocupa nada más que de interpretar si el mundo que nos ha tocado en suerte ha de llamarse o no fascista, si puede o no ser revertido, y en todo caso con qué sujeto revolucionario cuando, de lo que en realidad se trata, es de hacerse responsable. Ni siquiera transformarlo, sino cambiar de praxis.
Para la militancia, la derecha avanzó tan sólo porque la izquierda quedó sin programa cuando el muro cayó y su propuesta empezó a deconstruirse naturalmente. En ello anida por lo tanto su actual desafío: en la formulación de un programa que le permita salir de la pura deconstrucción, dejar de victimizarse y, dar cuenta del avance de la derecha como puro bluf. Necesitados de no diferenciarnos sólo a través de la crítica, urge aprender entonces recién para empezar qué queremos, y el original concepto que desde la teoría de la militancia nombra nuestro deseo es el de ‘responsabilidad absoluta’.
Hacerse responsable es, para un militante, todo lo contrario a asumir las consecuencias de sus actos o la proyección de sus deseos: consiste actuar sin reparar en las consecuencias, o desear sin atender incluso a la proyección de lo deseado. La responsabilidad militante es conscientemente desfachatada, entonces, pues si de algo extrae su potencia es justo de su falta de ‘responsabilidad’, en la acepción ahora más tradicional de la palabra. Y si puede decirse que para nosotros la responsabilidad resulta en cierta forma ‘irresponsable’ es, precisamente, por expresar una actitud que no sólo carece de todo fundamento sino incluso, y sobre todo, una decidida resolución a no dejarse vencer otra vez por una supuesta pretensión de inocencia.
‘Inocencia’, sin embargo, es otra palabra que desde la militancia adquiere un sentido original y específico, puesto que no significa lo contrario de ‘culpable’ sino lo opuesto en cambio al delirio que supone desear algo que no tiene fundamento en la realidad. Esta inocencia es entonces, para la militancia, la que termina emboscando a la izquierda de hoy y de siempre pues, obligándola a limitar su propuesta a remediar asuntos que en la realidad podrían ser mejorados y exigen solución, jamás logra proponer algo que exprese su deseo de manera completamente independiente respecto de quién sea nuestro enemigo o cuál sea nuestro obstáculo. ¿Qué deseamos?
2- La Comisión titulada ‘Nietzsche’ es, de todas las del Plenario, la que resulta sin dudas más incisiva. Pues sólo a partir del anclaje con dicho pensador se esclarece que existen dos tipos de responsabilidades: la del esclavo, que sólo atina a reaccionar, y la del amo, que se anima a desear. Es decir, una reactiva y otra activa. Y el regalo teórico de esta comisión en especial consiste en atreverse a indicar que la responsabilidad del amo es la sin mas definiría a una responsabilidad activa o militante, dado que no se presentan nunca encerradas egoístamente en su deseo sino, al revés, rechazando tozudamente la comodidad que brinda toda pretensión de inocencia.
Lo que para Nietzsche representa la postura del amo está íntimamente relacionada con el rechazo de una inocencia que no tiene nada que ver con descargo de culpabilidad alguna sino, todo lo contrario, con una progresiva pérdida de ingenuidad. Y para entender el sentido de esta responsabilidad - que se desentiende de las consecuencias y del cálculo de las proyecciones - es preciso confrontarla con la astucia entonces de quien asume el compromiso, propiamente militante, de ya no dejarse engañar otra vez por la ilusión de que las cosas sean de una manera irreversible, como supuesta realización de alguna esencia. La responsabilidad activa resulta así la que parte axiomáticamente, por lo tanto, del convencimiento incondicional de que todo es así resultado de una praxis específica.
Si la responsabilidad reactiva y esclava está en íntima relación al deber, es sólo porque una responsabilidad activa y militante no tiene tanto que ver con el deber propio sino, en todo caso, con el del otro. Y así, ser responsables de la responsabilidad del otro es por eso algo que cae por su propio peso cuando surge de forma natural, sin proponérselo expresamente, como consecuencia recién del compromiso a resistir la ingenuidad y asumir así que no podemos ser nunca de forma plena. Es sólo de esta forma como podemos encarar gustosos, de paso y como quien no quiere la cosa, el merecido privilegio de militar contra la yocracia: nunca como un mandato moral, sino como el más propio acto de rebeldía.
El Plenario para un manifiesto de la militancia es, directamente, un manifiesto contra la yocracia. Propone que acabó ya el tiempo donde luchar contra el capitalismo expresaba y resumía la rebeldía contra el sistema: la patria militante que deseamos en todo caso es otra cosa. Aunque tampoco se diferenciarían tanto una y otra, porque yocracia y capitalismo bien pueden ser uno y lo mismo. Lo que ha cambiado de forma notoria, en todo caso, es la forma de encarar aquello contra lo que nos enfrentemos, por supuesto, porque en cualquier momento hoy podemos encontrarnos a nosotros en ese odiado lugar contra el que suponemos rebelarnos. Y eso de que el amigo de mi enemigo es mi enemigo puede costarnos entonces muy caro.
Que la responsabilidad sea, para la militancia, una responsabilidad por la responsabilidad del otro, es algo que se desprende como una exigencia propia de la perdida de la inocencia. Sin ésta específica pérdida es inútil querer entender entonces el carácter activo de la responsabilidad militante. Porque rebelarse contra la pérdida de sentido que sin querer arrastra como a su compañero inevitable la época de la insubstancia implica, en este caso, sobreponerse al cimbronazo que conlleva la imposibilidad definitiva de poder ya volver a ser de forma plena. Ser responsable es así por eso sinónimo de ser y no ser inocente al mismo tiempo: y en definitiva asumir así que yo sea otro, en consecuencia, y no otro cualquiera, sino otro militante.
Inocente es, sencillamente, el nombre que para la militancia recibe la ilusión de que uno y las cosas puedan ser de forma plena. Es decir, de poder permanecer así en la zona de confort que ofrecía la época de la sustancia, donde uno y todas lo que nos rodee pueden ser independientes de todas las demás. En la época de la insubstancia, en cambio, todo tiene que ver con todo porque, a la vez, ninguna relación sin duda es tampoco por eso necesaria. Y como lo único real es así de azaroso, resulta imprescindible organizarlo. En ello radica la responsabilidad: en que la práxis decide cómo las cosas sean. Y por eso es que la lucha contra la yocracia sólo puede ser encarada por y cuando yo es otro, es decir, no como un mandato moral sino cuando el individuo comienza a dividirse, a distanciarse de sí.
El primordial objetivo de la gobernanza, en la praxis occidente, consiste en formar individuos. Aún
cuando la yocracia sea una cuestión estructural a la identidad, entonces, es
innegable que tuvo en y por ella el ascenso que la llevó a convertirse en . Y si hoy reconocemos en el avance de la derecha que este proyecto ha alcanzado su pico más alto, de ello no se extrae necesariamente la confirmación de su triunfo, ni que ese triunfo nos haya condenado irreversiblemente. Es verdad que tampoco hay garantía alguna de que rebelarnos contra la praxis occidente llegue a buen término, pero la posibilidad está abierta, y darle curso es emprender una delirante apuesta.
3- El marxismo supuso que el capitalismo se clava a sí mismo el puñal cuando crea al obrero asalariado. Y que todo el asunto consistía, entonces, en afilar ese puñal para acelerar las contradicciones propias del sistema capitalista. Pero dicha confianza metafísica en que las cosas estallarían desde adentro y por sí mismas supone una inocencia muy hermana a la pereza para asumir la absoluta responsabilidad en la formulación de un objetivo utópico. Es por eso que, más que en Marx, la militancia encuentra así en Nietzsche el referente adecuado a su propia intempestiva insolencia. Y un mérito especial de este Plenario es dejarlo por primera vez expresamente señalado.
Marx nos dona la osadía, pero su utopía sólo podía formularse como la realización de la esencia del hombre. En liberarlo de su alienación. Y por eso en este tiempo la izquierda ha quedado sin predicamento. Nietzsche, nos permite la osadía de pensar como militantes para militantes, con independencia de quién sea aquello que declaramos enemigo. Por eso es que, más que de realizar esencia alguna, es preciso manifestar que de lo que para nosotros se trata es al contrario de ser otros. Pues decir, como Nietzsche, que el hombre es una flecha lanzada hacia el superhombre, es lo mismo que decir que el hombre no tiene esencia alguna que alcanzar.
La alternativa política que enlutó a Argentina en los ’70, entre patria socialista y patria peronista, no fue sin embargo tan excluyente entonces como se la pretendía: ambas tenían a la propiedad como enemiga o como amiga, y en consecuencia de denominador común. Mientras que a la patria militante eso la tiene en cambio absolutamente sin cuidado, dado que a ella lo que le interesa es desapropiarse completamente - incluso y sobre todo de sí misma. En lugar de buscar restituir al productor su producto, la utopía de la patria militante es plantear insolentemente, al revés, que la propiedad es siempre otra y de otro.
4- Desde el mismo discurso de apertura, el Plenario nos advierte lo más perturbador: el programa emancipatorio ya no consiste en la socialización de la riqueza ni en satisfacción de demanda popular alguna sino, antes bien, en que todos y cada uno nos convirtamos en militantes. De modo que, a contramano de la patria socialista o desde la patria peronista, el nuevo ideario ya no considera mas a la militancia un mero momento de la política sino a la política, al revés, como un momento de la militancia.
Antes
mismo de anunciar en qué consiste privilegiar la militancia por sobre la
política, queda manifiesto que dicho programa nos exige renunciar, como
condición indispensable, a esa lógica del mercado donde todo se mide,
económicamente, en exclusiva función de costo/beneficio. Y por eso, como
poniéndonos ante una primera prueba, nos pide empezar a pensar que
nuestro deseo de una patria militante sólo podría darse en un entero
planeta militante. Es indudable que no hay elementos que nos permitan suponer
que algo así sería acaso posible, pero el propósito de este Plenario
de ficción parece ser transmitirnos precisamente la sospecha de que el deseo, en
definitiva, surge y se sostiene dando cuenta de lo imposible.
Recuperar
entonces la insolencia es la primera tarea. Pero no cualquier
insolencia, porque la violencia hoy ya no es opción ni siquiera con el disfraz de la pedantería. Se trata de una insolencia que resulta la
responsabilidad más absoluta, en cambio, dado que es creada por la
praxis militante sin que sea posible extraerla de coyuntura ninguna. Es
inventada, pero en ello reside la potencia de su fragilidad. Porque lo
absoluto de esta responsabilidad no se agota en que nada deje de
concernirle sino, sobre todo, en que es responsable de su propia
responsabilidad. La responsabilidad militante es absoluta entonces
porque nada la funda y porque, en consecuencia, al tomarse a sí misma de
objeto resulta su propio fundamento.




