(primera parte)
Desde que la militancia no se define por otra cosa que por la responsabilidad absoluta surge la pregunta si ella es un acto de servicio y, en todo caso, quién sería su destinatario principal. Resulta obvio que la militancia entonces tiene algo para decir acerca de la fe pero, al mismo tiempo, que la fe misma exige recuperar su tono militante en este siglo. Una y otra no pueden permanecer ya separadas, y por ello aquí se confronta las perspectivas que del cristianismo ofrecieran J-L Nancy y G. Vattimo intentando desplegar una asociación que se anuncia inevitable.
1- Los nórdicos no sólo hacen sólo excelentes series policiales. También se destacan por esos dramas de carácter religioso que tiene como botón de muestra la enorme obra de Bergman, aunque los ejemplos son múltiples y variados. Pero la admiración por la profundidad de sus manifestaciones, sin embargo, no puede ocultar que el tratamiento que hacen ellos del asunto, por supuesto generalizando mucho, no deja de parecer siempre cercano al paganismo. Lo que en líneas generales convoca su problematización es el asunto de la creencia. O mas bien, el de las condiciones de posibilidad de la creencia. Por eso es que el milagro y lo milagroso, como aparece por caso de manera manifiesta en la película Ordet, de Dreyer, resulta central para sostener de algo a la fe.
Los latinos, en cambio, y siempre generalizando, por supuesto, pareciéramos aceptar desde el vamos a la fe como algo que de nada se sostiene y que, por lo tanto, no resulta necesariamente como para los nórdicos un problema de razón. Ese círculo hermenéutico que inaugurara Agustín de Hipona, afirmando que creía para entender y entendía para creer, nos resulta entonces un lugar más hogareño que extraño. Y al no ofrecernos conflictivos análisis psicológicos, en tanto modo de existencia la fe explaya en nuestro ámbito cultural su propia comprensión del mundo con relativa comodidad.
Pero si bien la cuestión de las condiciones para la creencia no aparece con la misma intensidad en el ambiente latino que en el nórdico, de todas maneras tampoco puede afirmarse que, tan sólo por adaptarnos con mayor habilidad al carácter hermenéutico de la fe, el trato con Dios resulte en nuestro caso por ello totalmente sincero. Todo lo contrario, puede decirse que entre nosotros pierde su protagonismo la cuestión del trato personal con Dios, con lo que el cristianismo se convierte así en una mera imagen amable del mundo. Y un destacado representante de esta tendencia latina es el filósofo italiano G. Vattimo.
Es en Creer que se cree donde Vattimo desarrolla de manera muy conveniente una concepción de la fe que, si bien interesa teóricamente por el excelente desarrollo del carácter latino de la fe, no alcanza sin embargo a dar cuenta del verdadero motivo por el cual la creencia solicita, por sí misma, carecer de una identidad ciega. Y si bien lo más rico del texto de Vattimo resulta su título, la explicación que da del mismo, sin embargo, desilusiona entonces sobremanera.
La expresión 'creer que se cree' no admite una sola interpretación. Por un lado, puede ser una mera alocución en la cual alguien da cuenta al interlocutor de una cierta duda acerca de su propia creencia, o tal vez incluso hasta de su forma de creer. Pero la expresión ‘creer que se cree’ admite al menos dos interpretaciones debido a que la misma palabra ‘creer’ resulta por supuesto ambigua. Puede significar ‘me parece’, por un lado, de acuerdo al sentido que le da Vattimo. Por otro lado, significa también ‘doy crédito’.
Son dos acepciones si se quiere opuestas: el sentido de la expresión ‘me parece que creo’ es completamente diferente a ‘doy crédito que creo’. Pero mientras ‘me parece que creo’ tiene un sentido evidente, ‘doy crédito que creo’ resulta confusa, o cuando menos redundante. ¿Cuál sería la necesidad de expresar ‘creer que se cree’ en este segundo sentido? O mejor: ¿qué diferencia hay entre expresar que se ‘cree’, y ‘creer que se cree’? Y más concretamente: ¿por qué sería preciso para un cristiano, en definitiva, acreditar su creencia?
Si la fe fuese sin mas una creencia no habría respuestas para ninguna de estas preguntas. Pero si por algo la primera resulta distinguible de la segunda es, precisamente, por la imposibilidad de la fe de ser idéntica a sí misma. Y ‘creer que se cree’ es una expresión que daría acabadamente cuenta, entonces, de ese movimiento que mantiene a la fe tomándose a sí misma de la cola para sostenerse sobre la nada. De esta forma, cuando alguien dice creer en Dios, por ejemplo, no estaría diciendo que Dios es el objeto de su creencia. Dios resultaría, en todo caso, el nombre que para él recibiría el intersticio que impide a la fe la solidez y opacidad propias de lo mismo.
'Creer que se cree', además de expresar la ausencia de certeza de nuestra creencia o forma de creer da cuente que la fe difiere del lugar común que le asigna a la creencia, inevitablemente, el refugio de un objeto. Para el sentido común, un hombre de fe es alguien que cree en Dios. Algo que desde esta perspectiva necesita ser reconsiderado ya que la fe, para quien la profese, expresaría al revés una liberación por supuesto momentánea y deliberada de la necesidad de fundar el pensar.
Partiendo de una comprensión de la fe como esta, 'creer que se cree' da cuenta del compromiso mismo del creyente a sostenerse en la incertidumbre. Y de esta forma, de paso y como remate, quedan expuestas entonces dos formas predominantes de concebir al desfondamiento contemporáneo del pensar. Una intelectual, que simplemente se contenta como Vattimo en acentuar sus beneficios para la concordia entre los hombres, y otra de naturaleza claramente política que hace hincapié en la exigencia militante que ella supone.
En líneas generales, para ambos ámbitos culturales, los latinos y los nórdicos, se cumple entonces lo que el teólogo Franz Overbeck, gran amigo de F. Nietzsche, señalara en soledad: que el cristianismo, cuya fuente hay que buscarla indefectiblemente en el siglo primero, no tiene ninguna relación con lo que cabría calificar más simple y apropiadamente como ‘cristiandad’ debido al completo abandono del carácter político, escatológico y mesiánico, que definiera al cristianismo en sus comienzos y sin lo cual carece de razón de ser.
Lo que Overbeck reclamaba era, sin mas ni menos, el restablecimiento de una concepción política de la fe, porque para los primeros cristianos el asunto que los convocaba era el deseo de ponerse de parte de Dios en la contienda con su opositor, el Diablo. Sólo en el marco que presentaba la soberanía de Dios, puesta en entredicho desde la desobediencia original, el sacrificio de Jesús oficiaba realmente como un rescate para aquella humanidad que lo testimoniara en palabra y por obra. Y apartarse del mundo, muy lejos de ser una cuestión moral, implicaba entonces para ellos un sentido muy concreto que no tenía que ver con el abstracto e intelectual creer o no en Dios, sino en su promesa: el restablecimiento del Reino.
La fe no puede sino ser militante puesto que su creencia necesita ser acreditada, y de manera permanentemente. Esta comprensión política de la fe, por supuesto, es algo ni siquiera sospechamos hoy que se guarda celosamente en el cajón de los recuerdos. Pero es algo que otro latino continuador de Heidegger como Vattimo, sin embargo, sacó oportunamente del olvido al confrontarlo ente valiente con la forma como en el pasado siglo se concibiera la acción política revolucionaria. El pensador francés J-L Nancy.
2- La historia da vuelta muchas veces nuestras verdades más firmes. Y la idea de ‘tomar el cielo por asalto’, que guió y cobijó en el s. 20 cantidad enorme de ilusiones, resultaría muy seguramente la metáfora que para Nancy mejor la representaría. Sucintamente, con ella se indicaba que el cielo no se alcanzaba llamando amablemente a su puerta, es decir, a partir de un consenso racional, sino que debía ser tomado a la fuerza, y muchas veces por medio de las armas, de manera inevitable. Pero… ¿qué significaba, para esas ilusiones, ‘el cielo’?
Tomar el cielo por asalto era la consigna de Marx que mejor graficaba la pretensión de romper una matrix. Pues una época en la que era indispensable explicar cómo el capitalismo se legitima a sí mismo ocultando que una mercancía es una estafa, el cielo representaba algo así como el guardián y la fuente de dicha estafa. En el s. 21 a nadie más le preocupa por supuesto ya nada de eso, sin embargo. Estamos al tanto, sabemos de la existencia de la matrix, pero queremos hacer como que no nos importa. Nadie nos oculta ya que el mercado nos ha transformado en cosas, y la idea de que haya de ser denunciado nos resulta absurda.
¿Es posible que se esté preparando silenciosamente, al mismo tiempo, la gran ocasión de llegar a habitar ahora en el cielo?... De alguna manera, Nancy resulta sumamente contemporáneo cuando desde el mismo título del hermoso texto En el cielo y sobre la tierra parece estar pensando en la posibilidad de que, incluso ahora, nosotros mismos, tendríamos una oportunidad sin par. Por supuesto que el cielo para él no tiene ya el significado de una matrix sino mas bien todo lo contrario. Pero justo por advertir él en dicha noción un cambio completo de perspectiva es que resulta una bocanada de aire fresco en nuestra actual falta de rumbo.
El esquema que se hacían de la historia los asaltantes del cielo era que la incertidumbre sólo consistía ese lugar a atravesar para llegar a una supuesta zona de confort. Y la incertidumbre, por eso mismo, es el sapo que hay que tragar entonces para dejar de querer tomar el cielo por asalto. Porque no se trata ya de recuperar tampoco ahora la ilusión de llegar al cielo por consenso: no hay nada más alejado que la idea de consenso para el concepto que Nancy se hace de la comunidad. Pero ocurre que de ninguna manera se trata ya de tomar al cielo, siquiera, sino de aprender a vivir ahora mismo en el cielo sobre la tierra.
Si la incertidumbre es el elemento de esta nueva forma de vivir es porque el cielo no sería algo que compartiríamos socialmente. El cielo de Nancy nunca es una supuesta comunión de almas bellas, sino mas parecido a ese abismo nietzscheano a cuyo alrededor cada uno, por su cuenta y riesgo, necesita aprender a danzar. Es esta misma renuncia expresa a toda ilusión de comunión lo que, al mismo tiempo que nos mantiene en la incertidumbre más atroz, hace del cielo de Nancy entonces comprensible e incluso hasta algo a lo que hoy nos parecería razonable aspirar.
Hablar del cielo, para Nancy, es por supuesto y claramente una excusa para hacerlo de la diferencia ontológica. De alguna manera, el subtitulo de este pequeño pero brillante texto, En el cielo y sobre la tierra, antes que el de una ‘Conferencia sobre Dios a los niños’ debería ser una conferencia sobre la diferencia ontológica a los niños. Pero sin dejar sugerir, por supuesto, que los niños no somos sino nosotros mismos cuando seguimos creyendo que la liberación consiste en tomar el cielo por asalto. Es precisamente en esta conjunción de lo político con la fe donde radica la riqueza de su texto.
La consigna propuesta por Nancy quizás pueda graficarse de esta manera: bajar el cielo a la tierra en lugar de tomarlo por asalto o de conseguirlo por consenso. Pero considerada la frase literalmente, por supuesto, ‘en el cielo y sobre la tierra’ resulta, si la consideramos en toda su dimensión, hasta más revolucionaria incluso que el viejo convencimiento de que la toma de conciencia de la explotación capitalista podría llegar a revertir los valores de nuestra civilización. Pero… ¿qué significado tiene entonces, en definitiva, cielo de Nancy?
El cielo para Nancy no es sinónimo de matrix pero tampoco de algún lugar, sea físico o espiritual, donde ocurrirían o se establecerían determinadas cosas. Mas bien, si el cielo representa lo Altísimo es porque, según Nancy, se trata de algo que no sería propiamente ni un lugar ni un no-lugar: es decir, no de algo que se podría imaginar más allá de la tierra sino de una tierra, al contrario, que ya no resulta concebida como cerrada en sí misma de manera irreversible. Ni tampoco siquiera abierta a algo otro, sino propiamente en el cielo mismo de por sí.
El cielo, dice Nancy, no sería algo así como la otra cara de la tierra porque fuera de la tierra nada es. Pero justamente por eso este cielo expresaría que cualquier toma de conciencia, por ejemplo, incluida la de la mismísima explotación capitalista, resulta finita por definición. Y que la señal de salida es una que brilla vivenciando, en cambio, nuestro ser en la tierra abriéndonos a algo más que a cosas: a ser justos, a amar, y a la misericordia. Es esta posibilidad de relacionarnos con nuestra afectividad lo que para Nancy, independientemente de aquello con lo cual la afectividad se relacione, haría así de nuestro caminar la tierra una forma de hacerlo en el cielo.
Aquello a lo que la apertura se abre no es propiamente hablando un otro porque, para empezar, no habría siquiera un mismo que apareciera como supuesto punto de partida. De alguna manera, sería entonces una apertura propiamente absoluta, o si se quiere un absoluto concebido precisamente como apertura. Lo cual, y a riesgo de mezclar quizás innecesariamente los conceptos, no resultaría sino eso mismo que para Heidegger representa lo que los griegos llamaban 'physis'.
Cuando Nancy terminó su conferencia sobre Dios comprendió sin embargo que a su público infantil podía admitir que las personas podemos relacionarnos con algo que no son exclusivamente cosas o otros seres. Pero que era preciso hablarles a ellos también de las cuestiones más comunes que, básicamente, tienen siempre que ver con la instalada idea de que eso otro, con lo cual entraríamos entonces en relación, ha de ser considerado responsable y en definitiva creador de estas relaciones a las que estamos habituados.
Por supuesto, la noción de apertura que había desplegado en su conferencia daba ya cuenta de un concepto propiamente divino de la creación por el cual Dios y lo creado coinciden de forma dinámica: pero no como algo que ocurre sin embargo en el orden del tiempo, donde existiría un antes y un después de la creación, sino en el de la eternidad. Pero Nancy había querido evitar enfocarse en la cuestión de la creación como asunto exclusivo de la fe porque su pensamiento rompe precisamente con el concepto de un Dios trascendente.
Para entender a este Dios, o a este cambio en la forma de entender a Dios que Nancy propone, se puede entre nosotros recurrir a la propuesta por J. L. Borges en el ensayo "La Esfera de Pascal". En él se da expresa cuenta de la transformación implicada entre una forma de concebir a Dios como el centro de una esfera, por un lado o, mas bien, como una esfera cuyo centro estaría en cambio en todas partes. Claramente, una esfera cuyo centro estaría en todas partes no tendría propiamente centro y su circunferencia carecería por definición de lugar. Esta última esfera representante de Dios anula así su propia representación, sacando en definitiva al pensamiento de sí mismo enfrentándolo simplemente a un imposible.
Pero Borges de manera muy oportuna destaca, también, que esa otra metáfora de la metáfora de la muerte de Dios que en definitiva resulta la de una misteriosa Esfera cuyo centro habitaría en todos lados, resulta algo que Pascal no sabe, o no se decide, señalar o no como espantosa. Y muy probablemente ello se debe a que la muerte de Dios es precisamente para Pascal también algo que duele espantosamente de ver. El mundo literal y sus espejitos de colores es demasiado fascinante, y la comparación con el duelo imposible que supone la fe es algo tan poco razonable que atreverse a elegir la segunda opción supone, para los no militantes de la vida, haber perdido muy seguramente el juicio.
- Continuará -
(segunda parte)
Existe una interpretación literal muy difundida sobre una expresión que, sin embargo, es a todas luces una metáfora: la famosa ‘muerte de Dios’. Porque con Dios mismo no podríamos en cambio tener una relación sincera sino a partir y en función de dicha muerte metafórica que tan bien representa, precisamente, a la época de la insubstancia. Y puesto que sólo un pensamiento desfondado resulta capaz de trascender el sentido literal de las palabras, esta segunda parte profundiza el análisis sobre el cristianismo de dos pensadores que, aunque en diferente grado de intensidad, se atrevieron a pensar metafóricamente: J-L Nancy y G. Vattimo
3- La fe y el consenso no terminan nunca de congeniar, el cristianismo es militante o no lo es. Y caminar en el cielo sobre la tierra supone sostener una comunidad imposible, es decir, y finalmente, acreditar que creemos. Pero Vattimo toma el camino ancho del consenso al aceptar como criterio de la fe a la no violencia, motivo por el cual confunde de paso al amor con la caridad.
La disolución de lo sagrado entendido en términos violentos abriría, para Vattimo, una nueva comprensión de lo sagrado, propia de la fe cristiana, opuesta y superadora entonces a la de la religión natural. Esta afirmación para él caede maduro y resulta en consecuencia el axioma del que parte toda su problematización del cristianismo. Fundamentalmente, sin embargo, surge la pregunta de qué violencia está hablando Vattimo entonces en relación a la religión natural. Porque es imposible suponer que no haya leído a Benjamin y a Bataille, quienes precisamente deslindan lo divino de lo profano en virtud de una violencia implícita en el ámbito del derecho completamente diferente a la violencia de una justicia entendida en sentido noble, es decir, que no se funda en reparación alguna de injusticias.
Y como Vattimo parte de un axioma que es no sólo confuso sino equivocado, toda su argumentación se cae. O mejor dicho, se convierte en una argumentación que termina siendo intérprete o portavoz sin querer de la profanación del cristianismo. Porque con la lícita y bien intencionada pretensión de mostrar que somos herederos del cristianismo logra justamente poner en evidencia que el sistema político a que ha dado lugar, y que hoy nos aterroriza porque no le vemos la vuelta, es el que la Iglesia puso en marcha cuando se alió al poder temporal.
Con esa distinción axiomática entre religión natural y fe cristiana es muy probable que Vattimo pretende remarcar el antes y el después que, sin duda alguna, representó la aparición de Jesús para los cristianos. Es decir, en definitiva, señalar cuál es a diferencia entre la fe y el paganismo. Pero dicha diferencia no consistió nunca, sin embargo, en la forma de concebir a la violencia en cada caso como Vattimo da por sentado, sino en la manera como lo sagrado en una y otro interpelarían a lo profano.
Si para el paganismo lo sagrado se representa mediante un ídolo es porque lo sagrado mismo resulta concebido exclusivamente en relación con lo profano: el problema del pagano es lograr que el dios no se enoje y con ello aumente su desamparo. Y toda la novedad que trajo Jesús, precisamente, fue la ocasión de inaugurar una participación en lo sagrado que estaría sin relación alguna en cambio con lo profano, ya que seguirlo sólo tenía que ver con la posibilidad de ser parte de una contienda celestial.
Por supuesto, en lugar de ver en ello la condición misma del desinterés, y por tanto de la partición del creyente, pronto se leyó esta trascendencia de lo sagrado propia de la fe cristiana como lo absolutamente opuesto: la salvación personal. Esto es lo que se conoce como apostasía, y las consecuencias de este error son las que arrastramos hasta hoy. Y que de tan terrible, parece hasta gracioso.
Si la caridad pudiera ser entendida en sentido no asistencial no sería otra cosa que el amor. El amor por lo tanto se distinguiría así de la caridad porque su punto de partida para no es nunca el individuo sino la alteridad. Pero lejos de ser la caridad cristiana de la que habla Vattimo algo distinto a la caridad entendida en sentido no asistencial, lo que ella ofrece como distintivo para él es exclusivamente su carácter no violento. Y si no ser violento puede ser una buena descripción del amor, no resulta en cambio su condición suficiente.
Pensar que la caridad estaría, como sin duda pretende un seguidor de Nietzsche y de Heidegger como es Vattimo, más allá del bien y del mal porque carece de un sujeto que la soporte, no tiene asidero alguno. Sin duda resulta su intención, pero el resultado al que llega es precisamente el opuesto. Sólo satisface el criterio de las buenas intenciones liberales y nada mas. Aunque para su descargo es preciso reconocer que el problema con el que teóricamente se enfrenta no es para nada sencillo, puesto que proponer al amor como criterio de una política por venir, como sabemos todos los que militamos esta apuesta, sólo da lugar a un pueblo que no es de este mundo.
Estar en el mundo pero fuera de él resulta justo lo que Nancy quiere dar a entender con su expresión“en el cielo y sobre la tierra”. Y esto es lo que define a un cristiano militante. Si su Dios resultase débil sólo lo sería porque le pide que forme parte de su pueblo: no es un Dios que lo satisfaga, sino uno que le pide servirle. Pero que su hijo haya caminado en la tierra no significa que traicionó alguno de sus principios. Sería una contradicción en los términos tan sólo pensar entonces en un cristianismo débil, ya que para lo que Dios convoca hace falta dedicación. Militancia, espíritu de cuerpo.
4- La mirada que del cristianismo hace la clave a partir de la cual interpretar a Occidente no resulta en Nancy y Vattimo semejantes, ni siquiera coincidentes. Sólo estarían de acuerdo en que resulta una buena clave: nada mas.
Para Nancy, el cristianismo supone esa apertura a la alteridad que hizo de Occidente un escenario deconstructivo privilegiado donde ateísmo y cristianismo terminan siendo sinónimos. Para Vattimo, el cristianismo resulta la herencia que anticipa y condiciona el proceso secularizador que ofrece y representa a Occidente y culmina, en el pensamiento, como una ontología débil. Ambos parecen llegar a la misma conclusión, sin embargo en cierta medida resultan opuestas, y el punto de inflexión quizás sea el de sus diferencias respecto de la naturaleza de Jesús.
Cuando piensa el cristianismo, Nancy no abandona sus reflexiones previas acerca de la corporalidad, e interpreta que la encarnación no consiste un proceso de entrada en el cuerpo de alguna entidad no corporal: el cuerpo mismo, aún y más aún en el caso de Jesús, no es otra cosa que espíritu. O sea, es el espíritu que sale de sí mismo o de su pura identidad. Y esto sería algo que estaría incluso prefigurado ya en la Creación como tal, porque el espíritu es desde el Génesis mismo ya fuera de sí. Es sólo en este sentido que Nancy puede decir que el Dios cristiano es uno que se aliena, y por tanto se ateologiza.
Para Vattimo ocurre si lo miramos a profundidad todo lo contrario. El espíritu encarna en forma humana, y este supuesto debilitamiento divino facilitaría en y por el cristianismo cierta humanización de la violencia característica de lo sagrado, al mismo tiempo que anunciaría la progresiva pérdida de los fundamentos últimos en el ámbito del pensar. Lo que prima en la concepción del cristianismo que anima a Vattimo es entonces una perspectiva ética que hace de la caridad su principio, entendida como rechazo a la violencia.
Son dos concepciones del cristianismo en consecuencia muy diferentes. Porque Nancy, antes que la debilidad privilegia la función dinamizadora del cristianismo, algo que sin duda resulta la característica mas relevante de Occidente. En cambio Vattimo presenta una visión edulcorada tanto del cristianismo como de Occidente, buscando por sobre todo una conciliación de su historia personal. Ocurre que ambos tienen un concepto distinto, no sólo del cristianismo y de Occidente, sino por sobre todo de lo que significa un pensamiento desfondado y la diferencia ontológica: para el primero es sinónimo del ser en común, para el segundo lo sería sólo de la tolerancia.
Pero la importancia de esta formulación débil de la fe que ofrece Vattimo consiste en ofrecernos generosamente la descripción de una perspectiva relativista acerca de la muerte de Dios. Cuando Nietzsche afirma en "Verdad y mentira en sentido extramoral" que el mundo verdadero se convirtió en fábula no esta poniendo al mundo sensible en el lugar del de las ideas sino aboliendo directamente la distinción. Ya no hay un lugar verdadero. Es decir, Dios ha muerto. Y en eso hay quizás un acuerdo unánime actualmente, pero la lectura de su muerte es materia aún de interpretación. Porque hay quienes dicen que si murió todo depende de uno y hay quienes consideran que es preciso transitar en cambio un duelo imposible.
Vattimo propone un círculo hermenéutico por el cual la herencia cristiana explicaría la muerte de Dios y, a la vez, la muerte de Dios serviría para retomar dicha herencia. Como esta interpretación se basa en su propio recorrido personal se siente obligado a reconocer que a él mismo un círculo así le parece hasta demasiado bonito para ser real, y alienta entonces a los lectores a presentar su propia interpretación alternativa. Y claro que la hay, aunque ella no se escribe en primera sino necesariamente en tercera persona del plural.
Una perspectiva militante no tiene inconveniente en adherir cuando menos formalmente a su hipótesis general, pero discrepa por supuesto en sus consideraciones acerca de la muerte de Dios y del cristianismo. Entiende que esa noción de ‘debilidad’ aplicada por Vattimo tanto a la fe como al pensamiento, es un calificativo que permite apreciar cierta relación entre ambos pero no agota toda interpretación posible. De modo que el disenso militante es en todo caso afirmativo ya que, ubicado dentro de su mismo marco teórico, termina entendiendo que no lo profundiza sin embargo como el asunto lo requiere.
El ‘cristianismo débil’ de Vattimo se asienta en el supuesto ‘abajamiento’ de Dios expresado en la kenosis, es decir, en el hipotético ‘vaciamiento’ de la divinidad de Jesús al asumir su forma humana. Interpretación por supuesto tan válida como cualquier otra pero que convalida, de paso, eso que Kierkegaard calificara peyorativamente como ‘cristiandad’: el cristianismo de esos tibios que el propio Jesús dice que vomitaría de su boca. El cristianismo de Vattimo es entonces una interpretación. Pero de ese carácter interpretativo no se sigue necesariamente su debilidad.
La muerte de Dios y el cristianismo resultan para nosotros también asuntos solidarios, por supuesto, pero bajo un signo por completo distinto. Vattimo hace de la muerte de Dios el imperio de la no violencia, y desde ese prisma interpreta al cristianismo. Para la militancia, en cambio, la muerte de Dios no puede sino ser algo absolutamente diferente: la imposibilidad de sostener de algo la propia esperanza. Y desde este prisma interpreta y adhiere a un cristianismo militante, en consecuencia, para el cual la desesperación queda identificada no ya como un pecado sino, al decir del mismo Kierkegaard, el pecado por excelencia.
Si llamamos militante a nuestro cristianismo, concluyendo, es porque la esperanza para nosotros ciertamente no es una certeza. Lo mismo que para el cristianismo débil, de Vattimo y del cristiano actual en general, la fe se distingue para nosotros de la creencia: reflexionando sobre sí se torna creencia de una creencia, con lo cual pierde toda pretensión de ser idéntica a sí misma. Pero a diferencia del compañero debilucho, quien se opone decididamente a eso que llama las 'filosofías del salto' y de las cuales Kierkegaard sería, por supuesto, fiel representante, entendemos a la militancia como un decidido compromiso a mantenernos, permanentemente y al mismo tiempo, tanto en el cielo como sobre la tierra.
Cuando se habla de la responsabilidad, inmediatamente la relacionamos con algo que atañe a la propia persona. Uno resulta así responsable cuando es capaz de responder por los propios actos. Pero para Levinas no es de uno la responsabilidad, sino del otro. ¿Qué puede significar esta inversión sin sentido aparente?
La responsabilidad del otro es un concepto complicado si no lo resumimos, en cambio, como otro nombre del amor. Así todo se aclara. Pero justo porque es preciso resaltar el carácter militante sin el cual el amor no es tal, la palabra responsabilidad como sinónimo le viene como anillo al dedo para potenciarlo. Porque si la responsabilidad no se confunde con la mera caridad, por ejemplo, es porque su potencia abreva en no postular un más allá de la violencia.
La responsabilidad del otro no se funda en nada porque no se apoya en un resultado posible. Por eso mismo, cuando no tiene al yo como principio sino al otro como protagónico ella se descubre como un acto de servicio. Todo lo contrario sucede en el caso de la caridad propuesta por Vattimo como un principio anárquico al que se ajustaría supuestamente el cristiano, dado que al definirse la caridad como lo opuesto a la violencia dicho principio todo lo que hace es postular un más allá de la violencia que le sirve de soporte.
En Creer que se cree, sin embargo, Vattimo la emprende contra el concepto de alteridad en Derrida y Levinas porque, según él, ello llevaría a reinstaurar el transmundo. Una tesis, esta última, que se limita a fundamentar por el rechazo que ambos experimentarían hacia la idea de un Dios amistoso. Y como, de alguna manera, esta es justo la postura central que anima toda la argumentación de Vattimo, el lector descubre al final del libro lo que hubiera tenido entonces que estar en su misma introducción.
Mas allá de que Vattimo acierte o no en su consideración del cristianismo, sin embargo, y haciendo ahora abstracción de esta silenciosa querella contra los franceses, cabe igual reflexionar como conclusión en qué sentido puede pensarse que un retorno de lo religioso, y del cristianismo en especial, podría tener como pilar a la amistad de Dios con los hombres. Políticamente hablando, entonces: ¿a quién puede beneficiar este Dios amistoso?
Los pueblos colonizados lo sabemos demasiado bien por experiencia: a los colonizadores. Porque el papel fundamental de la religión en el sometimiento de los pueblos originarios sin duda no fue otro que el de justificar todo tipo de opresión temporal bajo el manto de la bondad eterna. El retorno de lo religioso esta hoy día amparado por una contraposición falaz: o un Dios bueno que nada pide, mandado a hacer para esta sociedad que a su vez ya nada pide, o un Dios vengativo y sumamente estricto, ejemplarmente protagonizado por el fundamentalismo islámico pero que quizás no se limite más adelante sólo a él si el mundo sigue en esta dirección.
Sólo un Dios que pide la amistad de los hombres podría, en cambio, cumplir una función revolucionaria, pero esa alternativa parece estar, desde el Concilio de Nice en el 325, aún sin la más mínima consideración.



