La época de la insustancia resulta un desafío muy similar para el cristianismo y la militancia. La manera como esta falta de solidez los nutre mutuamente es tomada por G. Vattimo y J-L Nancy, sin embargo, de manera diferente. Y en esta nota se recogen sus respectivas lecturas para abordar una eventual vuelta a lo religioso como a la política que prescinda ya del viejo humanismo.
1- Si el Plenario para un Manifiesto de la Militancia, el excelente y voluminoso libro de D. Selci, carece de una Comisión que acerque una reflexión sobre lo religioso puede haberse debido, quizás, a la variedad de cuestiones que están imbricadas en dicho asunto. Porque, ¿de qué hablamos, estrictamente, cuando nos referimos a una cuestión como ésta?: una cosa es lo sagrado sin mas, otra distinta el cristianismo como religión particular y muy otra, por supuesto, la Iglesia como institución.
Claro que también pueden darse todas ellas asociadas, como seguro sucede en la cada vez más masiva peregrinación a Lujan. Muy probablemente, esos casi tres millones de personas que participaron en Septiembre mezclaron estos tres grandes aspectos que, al menos en el mundo latino, caracteriza a lo religioso. Pero la actualidad de la cuestión no se limita a la vigencia que muestra poseer aún en este siglo el fenómeno en nuestra región. Mas bien, se desprende hoy de una renovada preocupación de la Iglesia por la cuestión social que, si había sido retomada en el papado de Francisco I, el actual parece querer también continuar.
La visita al Rio de la Plata de León XIV a pocos meses de haber publicado la primera Encíclica, Magnifica Humanitas, es como una corriente de aire fresco sobre una desolación que amenaza ir ganando terreno, incluso, dentro del mismo campo nacional y popular. Aunque también en nuestro medio la Iglesia viene dando particulares muestras de sensibilidad social, y el documento 'Puentes para el bien común' con el que la Conferencia Episcopal Argentina cerró su encuentro el mismo mes de septiembre en Córdoba es fiel ejemplo. Todo esto muestra que la Doctrina Social de la Iglesia, promulgada ya en 1891 por León XIII, ha cobrado hoy nuevo impulso, a punto tal que una institución que había perdido progresivamente su tradicional influencia de pronto ha ganado protagonismo global y renovado prestigio para quienes buscamos salida a una situación que aparenta tenerla ya clausurada. Reconociendo, sin embargo, lo saludable que este aggiornamento pueda resultar para la Iglesia misma, y agradeciendo incluso por supuesto la ayuda que ello representa en nuestra desangelada situación política, resulta lícito analizar los alcances de esta ocurrencia. Porque es la Iglesia misma la que por boca del actual Papa admite en su Encíclica que se propone reflexionar de forma actualizada cuál es su papel en la historia. Y admitiendo, en consecuencia, que el lugar al que remitió tradicionalmente las cosas eternas puede haber estado demasiado desligado de las temporales, es que se propone remediarlo con un relanzamiento de la Doctrina Social.
¿Sentar posición sobre determinadas cuestiones sociales, sin embargo, resulta acaso la única forma de aggiornamento posible?... Mas allá, por ejemplo, de que la opinión de la Iglesia sobre el 'bien común' no sea vinculante para ningún gobierno, la cuestión a considerar es más profunda. Lo realmente vinculante, al menos desde el punto de vista de la militancia, sería clarificar en cambio lo que implica ese concepto de 'bien común' esgrimido como alternativa al egoísmo desenfrenado de la sociedad neoliberal. Porque, ¿qué es realmente el bien común?: ¿algo que todos poseeríamos o, mas bien, algo que nadie jamás poseería al estar más allá de lo mío o lo tuyo?
La Iglesia parece adherir a la primera opción. Si algo define a la militancia, al revés, es su decidida y explícita apuesta por la segunda alternativa. Como el mundo parece estar desmoronándose ante nuestros ojos, resulta lícito sin embargo dar lugar a la objeción de rigor: ¿tiene sentido y resulta oportuno, dadas las cosas como están, poner en cuestión la forma como se entiende lo común? ¿Y sobre todo, por la manera como la Iglesia pretende resolver un enfoque espiritual de lo social?
Sin dejar de reconocer la pertinencia y el sentido de urgencia que legítimamente da origen a estas preguntas, la militancia entiende sin embargo que la cuestión, no sólo tiene sentido, sino que es precisamente una vía regia para que todo cobre sentido. No deseando faltarle a nadie el respeto, considera por eso que la cuestión a plantear es más bien la inversa: ¿a dónde nos condujo el intento de sustancializar lo común?... Y sobre todo: ¿cómo es que permitimos, todavía, que lo espiritual se reduzca a una mera norma de convivencia?
2- La distinción que es posible hacer entre lo común algo compartible entre muchos, por un lado, o algo por definición inapropiable, por el otro, se corresponde con la que se da, en el ámbito religioso, entre lo profano y lo sagrado. Es decir, entre lo que sólo expresa la lógica del intercambio del cálculo racional, y la lógica del don de lo que simplemente se regala.
Respecto de lo sagrado, sin embargo, el cristianismo sacó a la luz esta otra distinción crucial: cuando podemos representarlo con una imagen, está en relación casi exclusiva con un beneficio a lograr. De modo que la esencia de la idolatría se expresa, entonces, en este concepto de lo sagrado que resulta organizado, en definitiva, por el profano deseo de contener el desamparo vital. En tanto que la novedad que trajo Jesús se resume así, por tanto, en haber inaugurado en cambio una participación en lo sagrado sin relación inmediata con lo profano, pues atestiguarse cristiano se correspondía de manera exclusiva, al menos en el primer siglo, con la oportunidad de ser parte de una contienda primordialmente celestial.
Fundando la fe en una mera esperanza de salvación personal, esta original comprensión cristiana de lo sagrado terminó luego tergiversada, lamentablemente, en unos términos absolutamente opuestos a la de su intención inicial. Y la
distinción entre un ídolo y el Dios de justicia del
cristianismo se resolvió así muy pronto a favor exclusivo del primero. ¿Cómo fue posible que un Dios de justicia, sin embargo, se convirtiera tan fácilmente en su contrario?: muy probablemente debido a una confusión humana, demasiado humana de la justicia - como diría F. Nietzsche -, con una la lucha entre el bien y el mal. Y el Dios no violento que ofrece históricamente la Iglesia es, precisamente, expresión de este error garrafal que arrastra una civilización con inquietantes muestras de haber llegado hoy a un punto de no retorno.
Proponer a la no violencia como criterio suficiente de la fe representa, llana y directamente, tomar el camino de la destrucción del cristianismo, pues entonces se confunde así al amor con la caridad. Y a la justicia, en definitiva, con un ídolo. Porque es cierto que si la caridad resultase entendida en sentido no asistencial no sería otra cosa que el amor, pues su punto de partida no resultaría nunca el individuo sino la alteridad. Pero lejos de ser la caridad eclesiástica un afecto no asistencial, lo que efectivamente ofrece como distintivo suyo es exclusivamente su carácter no violento. Y si no ser violento puede ser una buena descripción del amor, claramente no resulta en cambio su condición suficiente.
Según los actuales términos eclesiásticos, el cristianismo resulta una comprensión superadora a la de la idolatría sólo por no estar ligada a la violencia propia de las religiones paganas o pre-cristianas. Y dar cuenta de esa diferencia resultaría para el cristiano, según esta interpretación, toda la 'buena nueva' a comunicar. Pero si bien esta distinción axiomática entre paganismo y fe cristiana permite marcar, y dar un sentido, al antes y el después que representa la aparición de Jesús - y en consecuencia de lo que sería propiamente sagrado-, no sólo resulta confusa sino fundamentalmente equívoca, y por eso toda su argumentación se cae. O mejor dicho: termina con ella siendo
partícipe sin querer de la
profanación del cristianismo.
Pensar que
la caridad entendida en términos no violentos estaría más allá del bien y del mal, como pretendería seguramente un seguidor de Nietzsche y de
Heidegger como fue G. Vattimo, no tiene asidero alguno. Probablemente, la intención actual de la Iglesia al reflotar la Doctrina Social se asiente en algo parecido, pero el resultado al que llega es precisamente el opuesto: sólo satisface el criterio de las buenas intenciones liberales, y poco o nada
mas. Para su descargo, es sin embargo preciso reconocer que el problema al que teóricamente se enfrenta no es para nada menor: proponer al amor y no a la caridad como criterio de una política por venir sólo da lugar a un pueblo que no
es de este mundo. Y resolver esta paradoja es propiamente el desafío de un cristianismo militante.
3- Vattimo se manifiesta contra el concepto de alteridad en Derrida y Levinas porque, según él, llevaría a reinstaurar el transmundo. Una tesis, esta última, que se limita a fundamentar por el rechazo que ambos experimentarían hacia la idea de un Dios amistoso. Mas allá de que Vattimo acierte o no en su consideración del cristianismo, sin embargo, y haciendo también abstracción de esta querella contra los franceses que resulta previa incluso a sus escritos sobre el cristianismo, cabe igual reflexionar como conclusión en qué sentido puede pensarse que un retorno de lo religioso, y del cristianismo en especial, podría tener como pilar a la amistad de Dios con los hombres. Porque, políticamente hablando: ¿a quién puede beneficiar un Dios amistoso que resulta, en definitiva, la contracara de un Dios de Justicia?
Los pueblos colonizados lo sabemos muy bien por experiencia propia: este Dios débil sólo a sirve a los colonizadores. El papel fundamental de la religión en el sometimiento de los pueblos originarios, por ejemplo, sin duda no fue otro que el de justificar todo tipo de opresión temporal bajo el manto de la bondad eterna. El retorno de lo religioso por lo tanto esta hoy día amparado aún por una contraposición falaz: o un Dios bueno que nada pide, mandado a hacer para esta sociedad que a su vez ya nada ofrece, o un Dios vengativo y sumamente estricto, ejemplarmente protagonizado por el fundamentalismo islámico pero que quizás no se limite más adelante sólo a él si el mundo sigue en esta dirección.
Sólo un Dios que no sólo entrega sino que fundamentalmente pide la amistad de los hombres podría cumplir una función revolucionaria, pero esa alternativa parece estar aún para la Iglesia, desde el Concilio de Nicea en el 325, sin la más mínima consideración. La militancia ha demostrado en cambio que es su deber recuperarlo, pues sólo un Dios de justicia da sentido a una apuesta política revolucionaria que ya no tiene al Estado como objetivo final de su práctica sino, por el contrario, un bien común entendido como resultado intangible de una organización permanente.
La militancia no rechaza de plano ese bien común entendido simplemente como aquello a tener en cuenta para beneficio de todos y cada uno. Lo que cuestiona es que eso sea lo único que importa. Por supuesto, admite que dicho bien común necesita ser potenciado frente a la pérdida de todo sentido solidario en el mundo actual, pero a su vez entiende y propone que eso es algo que sólo la potencia mesiánica de un bien común entendido como la esperanza puesta en el reino de lo inapropiable resultaría capaz de garantizarlo.
4- Si algo podría definir a un cristiano militante es su compromiso a vivir en el mundo sin formar parte de él. Es decir, a comprometerse políticamente con una comunidad imposible. Y si
su Dios resultase de alguna cierta manera 'débil', en consecuencia, sólo lo sería porque necesita de él para que forme parte de
su pueblo: no es un Dios que satisfaga las inquietudes humanas, sino uno que solicita servicio. Y que Su Hijo haya caminado en la tierra en forma humana no significa que haya traicionado sólo por eso sus principios sobre la justicia. Sería una contradicción en los
términos pensar entonces en un cristianismo débil, ya que para
lo que Dios convoca indudablemente hace falta una dedicación de tiempo completo: militancia, compromiso y espíritu de
cuerpo.
Para alguien como J-L Nancy, un pensador del que sí puede decirse que toma el camino militante que lleva a la vida, el cristianismo
supone esa apertura a la alteridad que hizo de Occidente un escenario
deconstructivo privilegiado donde ateísmo y cristianismo terminan siendo
sinónimos en la insustancialidad que abre la muerte de Dios. Pero no porque Dios se debilite, sino todo lo contrario. Ambos pensadores, Nancy y Vattimo, parecen llegar a la misma conclusión respecto de cómo interpretar la relación del cristianismo con nuestra situación actual. Pero sus perspectivas resultan opuestas, y el punto de inflexión se manifiesta de forma plena en sus
diferencias respecto de la naturaleza de Jesús.
Cuando piensa
el cristianismo, Nancy no abandona las reflexiones acerca de la
corporalidad que lo hicieron famoso como filósofo, e interpreta que la encarnación no consiste por eso un proceso de
entrada en el cuerpo de alguna entidad no corporal: el cuerpo mismo, para él, y más aún en el caso de Jesús, no sería otra cosa que espíritu. O sea, el cuerpo es de por sí espíritu que sale de sí mismo o de su pura identidad. Y esto sería
algo incluso prefigurado ya en la Creación como tal, porque desde el Génesis mismo el espíritu sería ya fuera de sí. Es sólo en este
sentido que Nancy puede decir que el Dios cristiano es uno entonces que se
aliena, y por tanto se 'ateologiza'. Nunca un Dios que se debilita.
Para Vattimo - como para toda la tradición cristiana occidental - ocurre en cambio todo lo contrario: el espíritu propiamente encarnaría en forma humana, y este supuesto debilitamiento divino sería lo que en última instancia fundaría en y por el cristianismo cierta humanización de la violencia, al mismo tiempo que anunciaría supuestamente así la progresiva pérdida de los fundamentos últimos en el ámbito del pensar contemporáneo. Lo que prima en la concepción del cristianismo que anima a un fiel representante del sentir de la Iglesia como Vattimo resulta, por eso, apenas una perspectiva ética que hace del rechazo a la violencia entonces su único principio.
De todo esto se desprende que hay dos concepciones del cristianismo, en consecuencia, y totalmente diferentes. La de Nancy, antes que a la debilidad
privilegia a la función dinamizadora del cristianismo, algo que no cabe duda
resultó la característica mas relevante de Occidente al menos hasta ahora. En cambio, la de Vattimo
ofrece una visión edulcorada tanto del cristianismo como de Occidente.
Ocurre que ambos tienen entonces un concepto distinto, no sólo del cristianismo y
de Occidente sino, por sobre todo, de lo que significa un pensamiento
desfondado y de la diferencia ontológica: para Nancy es sinónimo del
ser-en-común, mientras que para Vattimo lo sería sólo de la tolerancia.
5- Cuando Nietzsche afirma que el mundo verdadero se
convirtió en fábula no esta poniendo al mundo sensible en el lugar del
de las ideas, sino aboliendo directamente la distinción. Ya no hay un
lugar verdadero. Es decir, Dios ha muerto. Y si en eso hay quizás un
acuerdo unánime actualmente, la lectura de esta 'muerte' es materia aún
de interpretación. Porque están quienes dicen que si murió todo depende
de uno, y quienes consideran que es preciso transitar en cambio por ello un
duelo imposible.
Una formulación débil de la fe ofrece, indirecta y generosamente, la exacta descripción de una perspectiva meramente relativista y por tanto no militante acerca de la muerte de Dios. El ‘cristianismo débil’ de Vattimo se
asienta en el supuesto ‘abajamiento’ de Dios expresado en la kenosis, es
decir, en el hipotético ‘vaciamiento’ de la divinidad de Jesús al
asumir su forma humana. Interpretación por supuesto tan válida como
cualquier otra pero que convalida, de paso, eso que Kierkegaard
calificara peyorativamente como ‘cristiandad’: el cristianismo de esos
tibios que el propio Jesús dice que vomitaría de su boca. El
cristianismo de Vattimo es entonces una interpretación. Pero de ese
carácter interpretativo no se sigue necesariamente su debilidad.
Una perspectiva militante no tendría inconveniente en adherir cuando menos formalmente a su hipótesis
general, a saber, que el cristianismo se relaciona con la insustancialidad epocal. Pero discrepa, por supuesto, en sus consideraciones acerca del alcance de la
muerte de Dios dentro del cristianismo. Entiende que esa noción de
‘debilidad’ aplicada por Vattimo tanto a la fe como al pensamiento es
un calificativo que permite apreciar cierta relación entre ambos pero no
agota toda interpretación posible. De modo que el disenso de una perspectiva militante es
en todo caso uno de carácter afirmativo ya que, ubicado por supuesto dentro de su mismo marco
teórico, considera que un debilitamiento no profundiza sin embargo el
asunto.
La muerte de Dios y el cristianismo resultan para la militancia también
asuntos solidarios, pero bajo un signo por completo
distinto. Vattimo hace de la muerte de Dios el imperio de la no
violencia, y desde ese prisma interpreta al cristianismo. Para la
militancia, en cambio, la muerte de Dios no puede sino ser algo
absolutamente diferente: la imposibilidad de sostener de algo sustancial la propia
esperanza. Es desde este prisma que interpreta y adhiere a un cristianismo
militante, en consecuencia, para el cual la desesperación queda
identificada no ya como un pecado sino, al decir del mismo Kierkegaard,
el pecado por excelencia.
Un cristianismo resulta militante cuando la esperanza ciertamente deja de ser una certeza. Lo mismo que para el cristianismo débil, sea de Vattimo o del cristiano actual en general, la fe se distingue para la militancia entonces de la mera creencia: reflexionando sobre sí se torna creencia de una
creencia, con lo cual pierde toda pretensión de ser idéntica a sí
misma. Pero a diferencia de Vattimo, quienes se oponen decididamente a eso que él llama las 'filosofías del salto' - y de las cuales
Kierkegaard sería, por supuesto, fiel representante - entienden a la
militancia como un decidido compromiso a mantenerse de forma permanente, y
al mismo tiempo, practicando así un delicado equilibrio entre el cielo y la tierra.