viernes, 13 de febrero de 2026

CRISTIANISMO MILITANTE




Desde que la militancia no se define por otra cosa que por la responsabilidad absoluta, su asimilación a un acto de servicio salta en consecuencia a la vista. Resulta obvio que la militancia entonces tiene algo importante que decir acerca de la fe pero, al mismo tiempo, la fe misma exige para ella recuperar un tono militante en este siglo de manera urgente. Una y otra no pueden permanecer ya separadas y esta nota confronta las perspectivas que del cristianismo ofrecieran J-L Nancy y G. Vattimo intentando desplegar una asociación que se anuncia inevitable.


Los nórdicos no sólo hacen sólo excelentes series policiales. También se destacan por esos dramas de carácter religioso que tiene como botón de muestra la enorme obra de Bergman, aunque los ejemplos son múltiples y variados. Pero la admiración por la profundidad de sus manifestaciones, sin embargo, no puede ocular que el tratamiento que hacen ellos del asunto, por supuesto generalizando mucho, no deja de parecer siempre cercano al paganismo. Lo que en líneas generales convoca su problematización es el asunto de la creencia. O mas bien, el de las condiciones de posibilidad de la creencia. Por eso es que el milagro y lo milagroso, como aparece por caso de manera manifiesta en la película Ordet, de Dreyer, resulta central para sostener de algo a la fe.

Los latinos, en cambio, y siempre generalizando, por supuesto, pareciéramos aceptar desde el vamos a la fe como algo que de nada se sostiene y que, por lo tanto, no resulta necesariamente como para los nórdicos un problema de razón. Ese círculo hermenéutico que inaugurara Agustín de Hipona, afirmando que creía para entender y entendía para creer, nos resulta entonces un lugar más hogareño que extraño. Y al no ofrecernos conflictivos análisis psicológicos, en tanto modo de existencia la fe explaya en nuestro ámbito cultural su propia comprensión del mundo con relativa comodidad.

Pero si bien la cuestión de la creencia no aparece con la misma intensidad en el ambiente latino que en el nórdico, de todas maneras tampoco puede afirmarse que, tan sólo por adaptarnos con mayor habilidad al carácter hermenéutico de la fe, el trato con Dios resulte en nuestro caso por ello totalmente sincero. Todo lo contrario, puede decirse que entre nosotros pierde su protagonismo la cuestión del trato personal con Dios, con lo que el cristianismo se convierte así en una mera imagen amable del mundo. Y un destacado representante de esta tendencia latina es el filósofo italiano G. Vattimo.


1- Es en Creer que se cree donde Vattimo desarrolla de manera muy conveniente una concepción de la fe que, si bien interesa teóricamente por el excelente desarrollo del carácter latino, no alcanza sin embargo a dar cuenta del verdadero motivo por el cual la creencia solicita, por sí misma, carecer de una identidad ciega. Y si bien lo más rico del texto de Vattimo resulta su título, la explicación que da del mismo, sin embargo, desilusiona entonces sobremanera.

La expresión 'creer que se cree' no admite sólo una interpretación. Por un lado, puede ser una mera alocución en la cual alguien le da cuenta al interlocutor de una cierta duda acerca de su propia creencia, o tal vez incluso hasta de su forma de creer. Pero la expresión ‘creer que se cree’ admite al menos dos interpretaciones debido a que la misma palabra ‘creer’ resulta por supuesto ambigua. Puede significar ‘me parece’, por un lado, de acuerdo al sentido que le da Vattimo. Por otro lado, significa también ‘doy crédito’.
Son dos acepciones si se quiere opuestas: el sentido de la expresión ‘me parece que creo’ es completamente diferente a ‘doy crédito que creo’. Pero mientras ‘me parece que creo’ tiene un sentido evidente, ‘doy crédito que creo’ resulta confusa, o cuando menos redundante. ¿Cuál sería la necesidad de expresar ‘creer que se cree’ en este segundo sentido? O mejor: ¿qué diferencia hay entre expresar que se ‘cree’, y ‘creer que se cree’? Y más concretamente: ¿por qué sería preciso para un cristiano, en definitiva, acreditar su creencia?

Si la fe fuese sin mas una creencia no habría respuestas para ninguna de estas preguntas. Pero si por algo resulta distinguible de la mera creencia es precisamente por la imposibilidad de la fe de ser idéntica a sí misma. Y ‘creer que se cree’ es una expresión que daría acabadamente cuenta, entonces, de ese movimiento que mantiene a la fe tomándose a sí misma de la cola para sostenerse sobre la nada. De esta forma, cuando alguien dice creer en Dios, por ejemplo, no estaría diciendo que Dios es el objeto de su creencia. Dios resultaría, en todo caso, el nombre que para él recibiría el intersticio que impide a la fe la solidez y opacidad propias de lo mismo.

Y entonces surge la pregunta acerca de esta última interpretación: ¿qué puede querer implicar 'creer que se cree', además de expresar la falta de certeza acerca de nuestra creencia o forma de creer? Para responder este interrogante es preciso, sin embargo, definir espiritualmente antes a la creencia como tal, porque dar crédito acerca de lo que se cree difiere del lugar común que le asigna, inevitablemente, a la creencia el refugio de un objeto. Para el sentido común, un hombre de fe es alguien que cree en Dios. Algo que quizás necesita ser reconsiderado ya que la fe, para quien la profese, expresaría al revés una liberación por supuesto momentánea y deliberada de la necesidad de fundar el pensar.

Partiendo de una comprensión de la fe como esta, 'creer que se cree' ya no expresaría sólo una creencia que se admite sin los rasgos de una certeza: mas bien y sobre todo, da cuenta del compromiso mismo del creyente a sostenerse en la incertidumbre. Y de esta forma, de paso y como remate, quedan expuestas entonces dos formas predominantes de concebir al desfondamiento contemporáneo del pensar. Una intelectual, que simplemente se contenta como Vattimo en acentuar sus beneficios para la concordia entre los hombres, y otra de naturaleza claramente política que hace hincapié en la exigencia militante que ella supone.

En líneas generales, para ambos ámbitos culturales, los latinos y los nórdicos, se cumple entonces lo que el teólogo Franz Overbeck, gran amigo de F. Nietzsche, señalara en soledad: que el cristianismo, cuya fuente hay que buscarla indefectiblemente en el siglo primero, no tiene ninguna relación con lo que cabría calificar más simple y apropiadamente como ‘cristiandad’ debido al completo abandono del carácter político, escatológico y mesiánico, que definiera al cristianismo en sus comienzos,y sin lo cual carece de razón de ser.

Lo que Overbeck reclamaba era, sin mas ni menos, el restablecimiento de una concepción política de la fe. Porque para los primeros cristianos el asunto que los convocaba era el deseo de ponerse de parte de Dios en la contienda con su opositor, el Diablo. Sólo en el marco que presentaba la soberanía de Dios, puesta en entredicho desde la desobediencia original, el sacrificio de Jesús oficiaba realmente como un rescate para aquella humanidad que lo testimoniara en palabra y por obra. Y apartarse del mundo, muy lejos de ser una cuestión moral, implicaba entonces para ellos un sentido muy concreto que no tenía que ver con el abstracto e intelectual creer o no en Dios, sino en su promesa: el restablecimiento del Reino.


2- La fe no puede sino ser militante, su creencia necesita ser acreditada permanentemente. Y eso es algo que otro latino, para el caso, lo describe de manera muy clara: J-L Nancy. Porque la historia da vuelta muchas veces nuestras verdades más firmes. Y la idea de tomar el cielo por asalto, que pareció guiar en el s. 20 cantidad enorme de ilusiones, parece haber sido una de ellas. Sucintamente, con ella se indicaba que el cielo no se alcanzaba llamando amablemente a su puerta a partir de un consenso, sino que debía ser tomado por la fuerza de manera inevitable. Pero… ¿qué significaba para esas ilusiones el cielo?

Para tener al menos un esbozo de lo que con ello se quería indicar, se podría resumir como una metáfora de la ideología. Tomar el cielo por asalto era romper una matrix. Y en una época en la que era indispensable explicar cómo el capitalismo se legitima a sí mismo ocultando que una mercancía es una estafa, el cielo representaba algo así como el guardián de dicha estafa. En el s. 21 a nadie más le preocupa eso, sin embargo. Estamos al tanto, pero queremos hacer como que no nos importa. Nadie nos oculta ya que el mercado nos ha transformado en cosas, y la idea de que eso mismo haya de ser denunciado pareciera que nos resulta absurda.

Nancy piensa que si su espectro pudiera escapar a través de su lápida rajada, Marx podría pensar que lo que al cielo le ocurra ya no es de nuestra incumbencia. Pero también que la posibilidad de que se esté preparando silenciosamente, al mismo tiempo, la gran ocasión de llegar a habitar el cielo. De alguna manera, Nancy resulta sumamente contemporáneo cuando desde el mismo título de su hermoso texto En el cielo y sobre la tierra parece estar pensando en la posibilidad de tener incluso ahora nosotros mismos una oportunidad. Por supuesto que el cielo para él no tiene ya el significado de algo que nos domina sino mas bien todo lo contrario. Pero justo por eso se advierte en dicha noción un cambio de perspectiva que resulta una bocanada de aire fresco en nuestra actual incertidumbre.

Para dejar de aspirar a tomar el cielo por asalto, la incertidumbre pareciera ser el sapo que hay que tragar. Y no sólo una vez y ya está, sino para siempre, porque la incertidumbre, ese lugar a atravesar para llegar a una supuesta zona de confort, era justo el esquema que se hacían los asaltantes del cielo. Nada más alejado que la idea de consenso para el concepto que Nancy se hace de la comunidad, obviamente. Pero ocurre que para él de ninguna manera se trata de tomar al cielo, sino de aprender a vivir en el cielo sobre la tierra misma. Y si la incertidumbre es el elemento de esta forma de vivir es porque, precisamente, el cielo no sería algo que compartiríamos socialmente.

El cielo de Nancy es mas parecido a ese abismo nietzscheano a cuyo alrededor cada uno, por su cuenta y riesgo, necesita aprender a danzar. No una supuesta comunión de almas bellas. Pero es esta misma característica lo que lo hace contemporáneo. Porque, con la mano en el corazón: ¿quién aceptaría hoy que le sigan hablando de igualdad, libertad y fraternidad, cuando todo a su alrededor parece contradecirlos como ideales? Es esta misma renuncia a toda ilusión de comunión lo que, al mismo tiempo que nos mantiene en la incertidumbre más atroz, hace del cielo de Nancy entonces no sólo algo comprensible, sino incluso hasta algo a lo que hoy nos parecería razonable aspirar.

Hablar del cielo, para Nancy, es claramente una excusa para hacerlo de la diferencia ontológica. De alguna manera, el subtitulo de este pequeño texto, En el cielo y sobre la tierra, antes que una conferencia sobre Dios a los niños debería ser una conferencia sobre la diferencia ontológica a los niños. Pero sin dejar sugerir, por supuesto, que los niños no somos sino nosotros mismos cuando seguimos creyendo que la liberación consiste en tomar el cielo por asalto.

¿Bajar el cielo a la tierra, en lugar de tomarlo por asalto o de conseguirlo por consenso?: quizás pueda graficarse de esta manera la consigna propuesta de Nancy. Porque considerada la frase literalmente, por supuesto, en el cielo y sobre la tierra resulta sin embargo hasta más utópica que el viejo convencimiento de que la toma de conciencia de la explotación capitalista podría revertir nuestra civilización. Pero… ¿qué significado tiene acaso el cielo de Nancy? El cielo para Nancy no es sinónimo de ideología pero tampoco de algún lugar, sea físico o espiritual, donde ocurrirían y se establecerían determinadas cosas. Mas bien, si el cielo representa lo Altísimo es porque según Nancy no se trata sino de un no-lugar: es decir, no de algo más allá de la tierra, sino de una tierra que ya no resulta concebida como algo cerrado de manera irreversible. Pero ojo: no abierta a algo otro, sino propiamente en el cielo mismo de por sí.

El cielo, dice Nancy, no es como la otra cara de la tierra, porque fuera de la tierra nada es. Pero justamente por eso su cielo expresa que cualquier toma de conciencia, incluida la de la explotación capitalista, resulta finita por definición. Y que la señal de salida brilla vivenciando, en cambio, que nuestro ser en la tierra nos abre a algo más que a cosas: a ser justos, a amar, y a la misericordia. Aquello a lo que la apertura se abre no es propiamente hablando un otro porque, para empezar, no habría siquiera un mismo que aparecería como supuesto punto de partida. De alguna manera, sería entonces una apertura absoluta, o si se quiere un absoluto concebido precisamente como apertura. Lo cual, y a riesgo de mezclar quizás innecesariamente los conceptos, no resultaría para mí sino eso que para Heidegger representa la famosa 'physis'.

Cuando Nancy terminó su conferencia sobre Dios a los niños comprendió que para ellos no bastaba con admitir que las personas podemos relacionarnos con algo que no son exclusivamente cosas o otros seres. Era preciso hablarles entonces de las cuestiones más generales que, básicamente, tienen siempre que ver con la instalada idea de que eso otro, con lo cual entraríamos entonces en relación, ha de ser considerado responsable y en definitiva como el creador de estas relaciones a las que estamos habituados. Las preguntas de los niños, después de su discurso, giraron justo en torno a eso.

Nancy había querido evitar enfocarse en la cuestión de la creación como asunto exclusivo de la fe: su pensamiento rompe precisamente con el concepto de un Dios trascendente. Y les responde con paciencia que “la creación, lo que se llama así, no puede en absoluto ser del mismo orden que la fabricación de lo que sea”. En definitiva, la noción de apertura que desplegó en su conferencia de alguna manera da cuenta de un concepto propiamente divino de la creación por el cual Dios y lo creado coinciden de forma dinámica: pero no como algo que ocurre sin embargo en el orden del tiempo, donde existiría un antes y un después de la creación, sino en el de la eternidad.

Para entender a este Dios, o a este cambio en la forma de entender a Dios que Nancy propone, resulta útil la imagen propuesta en el ensayo "La Esfera de Pascal". Porque allí Borges da cuenta de la transformación implicada entre la forma de concebir a Dios como el centro de una esfera, por un lado, o como una esfera cuyo centro estaría en todas partes. Claramente, una esfera cuyo centro estaría en todas partes no tendría propiamente centro, y su circunferencia carecería por definición de lugar. Y como esta esfera representante de Dios anula su propia representación, saca en definitiva al pensamiento de sí mismo enfrentándolo a un imposible.

Existe una interpretación literal muy difundida acerca de un concepto que sin embargo resulta una metáfora: la famosa muerte de Dios. Porque con Dios mismo no se podría en cambio tener una relación sincera si no fuese a partir y en función de dicha muerte metafórica que tan bien expresa o representa, precisamente, a la época de la insubstancia.
Quizás esta confusión resulte inevitable, por supuesto, dado que sólo un pensamiento desfondado resulta capaz de trascender el sentido literal de las palabras. De este sencillo modo, lo verdadero resulta debidamente resguardado bajo siete sellos que están graciosamente a la vista de cualquiera que quisiera en su momento aprender a ver.

Borges señala que esa otra metáfora de la metáfora de la muerte de Dios, la de una misteriosa Esfera cuya circunferencia no estaría en ninguna parte porque su centro en cambio habitaría en todos lados, resulta algo que Pascal no sabe si señalar o no como espantosa. Y ello se debe a que la muerte de Dios es precisamente sin embargo algo que duele ver.

El mundo literal y sus espejitos de colores es demasiado fascinante, y la comparación con el duelo imposible que supone la fe es tan poco razonable que atreverse a elegir la segunda opción supone haber perdido seguramente el juicio.


3- La fe y el consenso no terminan nunca de congeniar, el cristianismo es militante o no lo es. Y caminar en el cielo sobre la tierra supone sostener una comunidad imposible, acreditar que creemos. Pero Vattimo toma el camino ancho del consenso y como criterio de la fe a la no violencia. motivo por el cual confunde finalmente al amor con la caridad.

La disolución de lo sagrado entendido en términos violentos abriría, para Vattimo, una comprensión de lo sagrado diferente, propia de la fe cristiana, opuesta entonces a la religión natural. Esta definición resulta el axioma del que parte toda su problematización del cristianismo y no resulta por tanto explicado el motivo. Fundamentalmente, surge la pregunta de qué violencia está hablando él entonces en relación a la religión natural. Porque es imposible suponer que no haya leído a Benjamin y a Bataille, quienes precisamente deslindan lo divino de lo profano en virtud de una violencia implícita en el ámbito del derecho completamente diferente a la violencia de una justicia entendida en sentido noble, es decir, que no se funda en reparación alguna de injusticias.

Y como Vattimo parte de un axioma que es no sólo confuso sino equivocado, toda su argumentación se cae. O mejor dicho, se convierte en una argumentación que termina siendo intérprete o portavoz sin querer de la profanación del cristianismo. Porque con la lícita y bien intencionada pretensión de mostrar que somos herederos del cristianismo logra justamente poner en evidencia que el sistema político a que ha dado lugar, y que hoy nos aterroriza porque no le vemos la vuelta, es el que la Iglesia puso en marcha cuando se alió al poder temporal.

Con su distinción axiomática entre religión natural y fe cristiana, es muy probable que Vattimo pretende remarcar el antes y el después que, sin duda alguna, representó la aparición de Jesús para los cristianos. Es decir, señalar la diferencia entre la fe y el paganismo. Pero dicha diferencia no consistió nunca, sin embargo, en la forma de concebir a la violencia en cada caso, sino en la manera como lo sagrado en una y otro interpelarían a lo profano.

Si para el paganismo lo sagrado se representa mediante un ídolo es porque lo sagrado mismo resulta concebido exclusivamente en relación con lo profano: el problema del pagano es lograr que el dios no se enoje y con ello aumente su desamparo. Todo la novedad que trajo Jesús es precisamente la de una participación en lo sagrado que estaría sin relación alguna con lo profano, ya que seguirlo sólo tenía que ver con la posibilidad de ser parte de una contienda celestial.

Por supuesto, en lugar de ver en ello la condición misma del desinterés, y por tanto de la partición del creyente, pronto se leyó esta trascendencia de lo sagrado propia de la fe cristiana como lo absolutamente opuesto: la salvación personal. Esto es lo que se conoce como apostasía, y las consecuencias de este error son las que arrastramos hasta hoy. Y que de tan terrible, parece hasta gracioso.

La caridad entendida en sentido no asistencial sería, por supuesto, no otra cosa que el amor. El amor se distinguiría así de la caridad por su sentido extramoral, ya que el punto de partida para el amor no es nunca el individuo sino la alteridad. Pero lejos de ser la caridad cristiana de la que habla Vattimo algo distinto a la caridad entendida en sentido no asistencial, lo que ofrece como distintivo para él es exclusivamente su carácter no violento. Y si no ser violento puede ser una buena descripción del amor, no resulta su condición suficiente.

Pensar que la caridad estaría, como sin duda pretende un seguidor de Nietzsche y de Heidegger como es Vattimo, más allá del bien y del mal porque carece de un sujeto que la soporte, no tiene asidero alguno. Sin duda resulta su intención, pero el resultado al que llega es precisamente el opuesto. Sólo satisface el criterio de las buenas intenciones liberales y nada mas. Aunque para su descargo es preciso reconocer que el problema con el que se teóricamente se enfrenta por supuesto que no es para nada sencillo, puesto que proponer al amor como criterio de una política por venir, como sabemos todos los que militamos esta apuesta, sólo da lugar a un pueblo que no es de este mundo.

Estar en el mundo pero fuera de él es estar en el cielo y en la tierra. Y esto es lo que define a un cristiano militante. Si su Dios resultase débil sólo lo sería porque le pide que forme parte de su pueblo: no es un Dios que lo satisfaga, sino uno que le pide servirle. Pero que su hijo haya caminado en la tierra no significa que traicionó alguno de su principios. Sería una contradicción en los términos tan sólo pensar entonces en un cristianismo débil, ya que para lo que Dios nos convoca a los cristianos hace falta dedicación. Militancia, espíritu de cuerpo.


4- La mirada que del cristianismo hace la clave a partir de la cual interpretar a Occidente no resulta en Nancy y Vattimo semejantes, ni siquiera coincidentes. Sólo estarían de acuerdo en que resulta una buena clave: nada mas.

Para Nancy, el cristianismo supone esa apertura a la alteridad que hizo de Occidente un
escenario deconstructivo privilegiado, donde ateísmo y cristianismo terminan siendo
sinónimos. Para Vattimo, el cristianismo resulta la herencia que anticipa y condiciona el
proceso secularizador que ofrece y representa a Occidente y culmina, en el pensamiento,
como una ontología débil. Ambos parecen llegar a la misma conclusión, sin embargo en cierta medida resultan opuestas, y el punto de inflexión quizás sea el de sus diferencias respecto de la naturaleza de Jesús.

Cuando piensa el cristianismo, Nancy no abandona sus reflexiones previas acerca de la corporalidad, e interpreta que la encarnación no consiste un proceso de entrada en el cuerpo de alguna entidad no corporal: el cuerpo mismo, aún y más aún en el caso de Jesús, no es otra cosa que espíritu. O sea, es el espíritu que sale de sí mismo o de su pura identidad. Y esto sería algo que estaría incluso prefigurado ya en la Creación como tal, porque el espíritu es desde el Génesis mismo ya fuera de sí. Es sólo en este sentido que Nancy puede decir que el Dios cristiano es uno que se aliena, y por tanto se ateologiza.

Para Vattimo ocurre si lo miramos a profundidad todo lo contrario. El espíritu encarna en forma humana, y este supuesto debilitamiento divino facilitaría en y por el cristianismo cierta humanización de la violencia característica de lo sagrado, al mismo tiempo que anunciaría la progresiva pérdida de los fundamentos últimos en el ámbito del pensar. Lo que prima en la concepción del cristianismo que anima a Vattimo es entonces una perspectiva ética que hace de la caridad su principio, entendida como rechazo a la violencia.

Son dos concepciones del cristianismo en consecuencia muy diferentes. Porque Nancy, antes que la debilidad privilegia la función dinamizadora del cristianismo, algo que sin duda resulta la característica mas relevante de Occidente. En cambio Vattimo presenta una visión edulcorada tanto del cristianismo como de Occidente, buscando por sobre todo una conciliación de su historia personal. Ocurre que ambos tienen un concepto distinto, no sólo del cristianismo y de Occidente, sino por sobre todo de lo que significa un pensamiento desfondado y la diferencia ontológica: para el primero es sinónimo del ser en común, para el segundo lo sería sólo de la tolerancia.


Pero la importancia de esta formulación débil de la fe que ofrece Vattimo generosamente consiste en ofrecernos la descripción de una perspectiva relativista acerca de la muerte de Dios. Cuando Nietzsche afirma en "Verdad y mentira en sentido extramoral" que el mundo verdadero se convirtió en fábula no esta poniendo al mundo sensible en el lugar del de las ideas sino aboliendo directamente la distinción. Ya no hay un lugar verdadero. Es decir, Dios ha muerto. Y en eso hay quizás un acuerdo unánime actualmente, pero la lectura de su muerte es materia aún de interpretación. Porque hay quienes dicen que si murió todo depende de uno y hay quienes consideran que es preciso transitar en cambio un duelo imposible.

Vattimo propone un círculo hermenéutico por el cual la herencia cristiana explicaría la muerte de Dios y, a la vez, la muerte de Dios serviría para retomar dicha herencia. Como esta interpretación se basa en su propio recorrido personal se siente obligado a reconocer que a él mismo un círculo así le parece hasta demasiado bonito para ser real, y alienta entonces a los lectores a presentar su propia interpretación alternativa. Y claro que la hay, aunque ella no se escribe en primera sino necesariamente en tercera persona del plural.

Una perspectiva militante no tiene inconveniente en adherir a su hipótesis general, pero discrepa en sus consideraciones acerca de la muerte de Dios y del cristianismo. Considera que la noción de ‘debilidad’, que aplicaría para Vattimo tanto a la fe como al pensamiento, es un calificativo que permite apreciar cierta relación entre ambos pero no agota toda interpretación posible. Se trata entonces el nuestro de un disenso afirmativo ya que, ubicado dentro de su mismo marco teórico, terminamos entendiendo que no lo profundiza sin embargo como el asunto lo requiere.

 El ‘cristianismo débil’ de Vattimo se asienta en el abajamiento de Dios expresado en la kenosis, es decir, en el supuesto ‘vaciamiento’ de la divinidad de Jesús al asumir forma humana. Interpretación por supuesto tan válida como cualquier otra pero que convalida eso que Kierkegaard calificara peyorativamente como ‘cristiandad’, es decir, el cristianismo de esos tibios que el propio Jesús dice que vomitaría de su boca. 
El cristianismo de Vattimo es entonces una interpretación. Pero de ese carácter no se sigue necesariamente su debilidad.

La muerte de Dios y el cristianismo resultan para nosotros también asuntos solidarios, por supuesto, pero bajo un signo por completo distinto. Vattimo hace de la muerte de Dios el imperio de la no violencia, y desde ese prisma interpreta al cristianismo. Para la militancia la muerte de Dios no puede sino ser algo absolutamente diferente: la imposibilidad de sostener la esperanza. Y desde este prisma interpreta y adhiere a un cristianismo militante, en consecuencia, para el cual la desesperación queda identificada no como un pecado sino, al decir del mismo Kierkegaard, el pecado por excelencia.

Si llamamos militante a nuestro cristianismo, concluyendo, es porque la esperanza para nosotros no es una certeza. Lo mismo que para el cristianismo débil, la fe se distingue para nosotros de la creencia: reflexionando sobre sí se torna creencia de una creencia, con lo cual pierde toda pretensión de ser idéntica a sí misma. Pero a diferencia del compañero Vattimo, quien se opone decididamente a eso que él llama las 'filosofías del salto' y de las cuales Kierkegaard sería, por supuesto, fiel representante, entendemos a la militancia como un decidido compromiso a mantenernos permanentemente en el cielo sobre la tierra.

viernes, 9 de enero de 2026

REVOLUCIÓN ARGENTINA

 

Plenario para un Manifiesto de la Militancia es un regalo al pensamiento. Damián Selci sigue ampliando su original teoría en un texto voluminoso y multifacético que nos obliga a sacar punta al tiempo para seguirle el ritmo. Esta reseña pretende colaborar con ese debate a que su autor explícitamente convoca sugiriendo aquí una línea de lectura que, como toda lectura atenta, se reconoce por supuesto tan acotada como seguramente sesgada. 

 

 1- La inauguración de este Plenario para un Manifiesto de la Militancia presenta a nuestra Argentina como la nueva Grecia del s. 21. Esta sorpresiva idea no sólo rompe con la manera de entender hasta hoy un pensamiento política y geográficamente situado sino que, a la vez, permea y explica la perspectiva de las comisiones de ficción que nombran luego cada uno de sus capítulos. Se trataría de una original idea rectora que viene muy a cuento tener presente, sin embargo, porque si Argentina ha resultado un excelente laboratorio de recetas neoliberales y gobernanzas neofacistas se debe, muy probablemente, a que existe un límite demasiado sutil y extremadamente fácil de pasar por alto entre el rechazo al Estado que expresa un emprendedor, por un lado, y el de una manifestación militante. 

La condición de posibilidad de un posible manifiesto de la militancia nace paradójicamente, entonces, de una interpretación revolucionaria del pobre individualismo nacional que toma a un pequeño ensayo de  J.L. Borges en Otras Inquisiciones como fuente de inspiración. El motivo por el cual Argentina resultaría una nueva Grecia no es otro que la circunstancia de que esta interpretación calificaría adecuadamente hoy también al mundo entero, y el propósito expreso de Damián Selci en este nuevo texto suyo es permitir que en el Plenario dichas condiciones propiamente se manifiesten, dado que esa y no otra es la razón de ser militante: manifestarse.

Si llama la atención que el debate para un manifiesto militante pueda comenzar como una interpretación sin recelos y hasta laudatoria del individualismo argentino es porque, o bien no se leyeron los dos libros anteriores de Selci, o acaso se los leyó sin atender a lo que su planteo tiene de original. El término mismo de ‘militancia’ adquiere en ellos un significado técnico que progresivamente discrepa con la interpretación moralista tradicional. Pero aún cuando en Teoría de la Militancia y en Organización Permanente todo esto ya está debida y explícitamente desarrollado, es en Plenario donde su tratamiento adquiere verdadero protagonismo.

En la primera entrega de esta trilogía, sobre todo, la descripción desfondada de la militancia convivía, todavía, con la práctica de quien se liga moralmente a una Causa y a la Organización. Pero el tono de la tercera es diferente a las dos anteriores o, al menos, se ajusta más al espíritu de la propuesta. Menos subordinada a una circunstancia inmediata, se da espacio para proyectarse así al futuro e, incluso, al mundo entero. Para decirlo en pocas palabras: si en Teoría de la Militancia el discurso se orientaba, por sobre todo, a una militancia activa y existente, ahora se dirige a una sociedad aturdida y a la deriva. Y de esta forma el concepto de militancia adquiere finalmente en Plenario entonces su real envergadura, proponiéndose explícita y concretamente como un pensamiento revolucionario.

Es verdad que sumergirnos hoy en el desarrollo de estas novedosas ideas ha de parecer algo en cierta forma banal para muchos de los que, a comienzos del 2026, nos desayunamos con la noticia de que la globalización ha fracasado, que el derecho internacional no rige mas y que el nuevo orden mundial se está configurando de una manera descabellada. Pero es justamente debido a que esta civilización ha entrado en una etapa cuya enfermedad también a varios nos parece terminal cuando el mismo intento de reflotar una apuesta revolucionaria adquiere su oportunidad y sentido. Es un mundo enloquecido el mismo que, de manera paradójica, hace que una propuesta que no se contente con sólo mejorar las cosas, y se enfoque en la raíz de los problemas, haya dejado de ser hoy una locura.

 

2- ¿Cuál sería el límite en función del cual se distinguen, respectivamente, los rechazos liberal y militante al Estado?... Es preciso no perder de vista esta pregunta porque, si bien la militancia designa para Selci una práctica, eso no significa que necesariamente signifique sólo una forma de alcanzar determinado objetivo relacionado, exclusiva e incondicionalmente, con la toma del poder. La originalidad de una teoría de la militancia, y el axioma que podría encabezar seguramente su potencial Manifiesto, consiste en barrer desde un comienzo entonces con una definición como esa que la confunde con una técnica y en cambio, simplemente, propone entenderla como el único lazo social digno de ese nombre.

Incluso cuando se la propone teóricamente, la militancia resulta una práctica porque el lazo social mismo resulta para nosotros una práctica: es decir, algo nunca dado por sentado sino que necesita, justa y precisamente, militarse. Y no una vez para siempre sino de manera constante, motivo por el cual el nombre alternativo que reciba una teoría de la militancia sea, de manera tan precisa, el de una organización permanente. Planteadas así las cosas ya desde entrada, resulta en consecuencia casi obvio que la toma del poder sea en cierta forma superflua desde esta perspectiva pero que, además y sobre todo, no habría tampoco una idea determinada de lo social que serviría de norte a su práctica dado que la práctica en sí misma consiste su propio norte y soporte.

Esta es sin duda la explicación por la cual la comisión con la que nos topamos inmediatamente a la de la nueva Grecia dentro del Plenario se titule, de manera tan apropiada, simplemente Marx. Porque si bien allí, como es lógico, también se habla del capital, de la mercancía y de la explotación, aquello con lo que una teoría de la militancia necesita en primera instancia medirse resulta, sin dudas, con un concepto decimonónico de emancipación. Pero medirse quizás no sea del todo la palabra adecuada, puesto que el propósito con este contraste no es rescatar lo que nos quede de la revolución una vez que la gran esperanza utópica ha muerto sino mas bien, y muy por el contrario, señalar cómo ella sólo puede ser concebida ahora en términos militantes.

Resulta imprescindible evitar una lectura de la teoría de la militancia que la presente como la respuesta nostálgica de un pensamiento que acusa la pérdida de fundamentos. Por eso Plenario manifiesta la oportunidad que significa hoy para nosotros vivir en este siglo y en este país que, con todos sus desmadres, habilita sin embargo también a una apuesta totalmente impensada en otro momento de la historia. Y esto no como consecuencia de una mera expresión de deseo sino porque, imposibilitados ya de justificar racionalmente nuestros actos, nadie puede actualmente recurrir a una supuesta atribución de inocencia.

Vivimos en un tiempo bisagra excepcional, donde la posibilidad de que el egoísmo más desenfrenado triunfe convive con la oportunidad de hacer del s. 21 el siglo de la militancia. Y ninguna de estas sendas opciones tiene mayores garantías que la otra. Si resulta tan importante manifestar que la militancia no se defina más en función de determinado objetivo sino de determinada práctica, es entonces porque la ocasión misma de que el s. 21 haya de ser el de la militancia pende de cómo logremos evadir cuanto antes el viejo esquema que haría aparecer este calificativo como si fuese el resultado de una esencia que se realiza y lo comprendamos, en cambio, como un acontecimiento sin fantasma alguno que lo celebre o lo justifique.


3- Plenario para un Manifiesto de la Militancia parte de una vindicación del pobre individualismo argentino debido a que sólo un país con un Estado fallido, como sin duda es el nuestro, puede convertirse en el escenario donde manifestar que la unidad debe ser construida sin que ello signifique para nadie alumbrar repentinamente algo oculto y permita en consecuencia confiar, a partir de entonces, en un feliz Estado logrado que garantice mediante la fuerza su continuidad. 

La militancia no puede manifestar otra cosa que la unidad propiamente no existe si quiere mantenerse fiel al fin de la inocencia. Y su propuesta sólo resulta comprensible a partir de este decidido rechazo a ese uso de la fuerza que históricamente ha servido, con la excusa de representar el imperio de la ley, justo para hacernos olvidar que la unidad no existe y así librarnos de asumir nuestra responsabilidad por la responsabilidad del otro.

Si la militancia es el único nombre digno del lazo social no es porque ella conozca el secreto, sin embargo, del nudo que la mantenga sólidamente unida con un cierto pase de magia. Esta misma convicción militante acerca de la total ausencia de todo lazo, preexistente o futuro, claramente explica por qué la utopía marxista haya quedado demasiado chica para este momento de la humanidad.  Y por eso un manifiesto militante propondría valientemente, en todo caso, un comunismo de nuevo cuño incapaz de pretenderse ya como una necesidad histórica, por un lado, pero por sobre todo demasiado comprometido con el otro militante como para ofrecer, todavía, dejar con ello atrás pomposamente la prehistoria de la humanidad. 

Una utopía militante sería un concepto contradictorio, técnicamente hablando, dado que ahora la Causa que anima a la militancia queda en el Plenario ya claramente identificada como siendo inmanente a su propio efecto. No es un telos a que la acción apunte, sino la propia causa eficiente de su actuar. La militancia es causa de sí. Lo cual significa que eso a que la militancia apunta no es otra cosa entonces que a la militancia misma, y que al tenerse a sí como objeto no puede sino estar aferrada a un aquí y ahora específicos. No porque carezca de horizonte alguno, sino porque lo proyecta al contrario en su propio tiempo y lugar.

Es muy apropiado, otra vez, que la comisión con la que termina Plenario escuetamente se titule en consecuencia Revolución, porque esa misma palabra tan fuera hoy de moda precisa ser rescatada y actualizada desde una perspectiva que se precie militante. Y ello, según Selci, por varios motivos. En primer lugar, porque la militancia admitiría cierta dosis de inocencia si es administrada con responsabilidad. En segundo lugar, porque la palabra 'emancipación', con la que se ha pretendido hasta ahora reemplazarla, no sólo no mueve un pelo a nadie sino que está demasiado ligada conceptualmente aún al sujeto y a su libertad. Y en tercer lugar, aunque primero seguro en orden de importancia, debido a que la militancia misma, entendida como responsabilidad absoluta, no hace otra cosa que cambiar el mundo.

Mientras la revolución comunista suponía una unidad encubierta que debíamos sacar a luz, la militante la inventa en cambio de la nada pues no está nunca fuera de su práctica misma. Esta revolución no constituye así un objetivo que nos podamos representar sino, tan sólo, hacerla presente en cada caso. Y dado que no ofrece más a la imaginación cierto no-lugar paradisíaco, un proyecto revolucionario semejante ya no será en consecuencia propiamente utópico sino propia y orgullosamente topológico. 


 

jueves, 18 de diciembre de 2025

MATRIZ DE RENACIMIENTO


Le comenté a una compañera de un grupo mío anterior que el de este año me había enriquecido de una manera que hace mucho no sentía. Ella pensó que prefería a mis actuales compañeros que a los anteriores, y lamenté no haber tenido voluntad para  aclarar que a mi entender hay una enorme confusión respecto a lo que significa para uno el grupo que acompaña nuestro proceso. Rolando Toro llamaba al grupo de biodanza una matriz de renacimiento no porque allí las cosas fuesen tanto más fáciles o felices. Muchas veces puede ser al revés, pues si en la matriz se gestan cosas nuevas, el nacimiento en cambio es responsabilidad de cada cual.



1-  El mayor obstáculo para una agrupación de tipo vivencial representa confundir la contención afectiva con dependencia afectiva. E idéntico peligro presenta tanto esa falsa contención que resulta compartir una esperanza ciega como suponer un peligro interno o externo para agruparnos. Teniendo todo esto en cuenta, el psicólogo social Wilfred Bion resumió tres formas básicas que asumen esos supuestos que terminan homogenizando las relaciones y volviendo normativa, en consecuencia, una forma de asociarnos que paradójicamente se ofrece como la solución a la normatividad:
 
i) estimular y aprovechar deliberadamente la dependencia, convirtiendo a los demás en objeto de nuestra propia debilidad
ii) introyectar en el grupo una esperanza de tipo mesiánico
iii) basar la cohesión grupal negativamente, por oposición a un otro considerado como no-amigo

Estos supuestos representan los vicios característicos de la forma como nos asociamos habitualmente cuando no ponemos la vida al centro. Si los invertimos, obtenemos resumidas las características de una buena facilitación. E incluso, por contraste, a partir de ellos destila la descripción más acabada de una dinámica grupal fundada en el respeto, el compromiso, la afectividad y, por sobre todas las cosas, la búsqueda sincera del propio deseo por parte de cada uno de sus participantes.  

Cabría señalar entonces dos formas de agruparnos en función de una determinada tarea. La que proviene de los supuestos básicos descriptos por Bion claramente apunta, por un lado, a fundir la identidad individual en lo grupal a partir de la dependencia afectiva, a la vez que le otorga al mismo grupo, incluso, una entidad que supuestamente preexistiría y sobreviviría a lo individual. La que resulta de una afectividad biocéntrica, en cambio, mantiene siempre al individuo en permanente oscilación entre el adentro y el afuera, y la específica grupalidad generada replica así en consecuencia dicha ambigüedad haciendo que ella subsista sólo en tanto y en cuanto los individuos la generen para que luego desaparezca, sin aviso previo, como un puño cuando se abre la mano.

Resulta cuando menos cuestionable, desde esta perspectiva, considerar a un grupo vivencial entonces como uno al que podríamos propiamente pertenecer.  Porque los así llamados 'grupos de pertenencia' resultan agrupaciones conformadas por esos supuestos básicos detallados por Bion que, muy lejos de estimular la sintonía con el propio deseo a partir del reconocimiento irrestricto de la diferencia, perpetúan en cambio la inercia característica del deseo fundado en la carencia y, en definitiva, del mero consumo. Un grupo vivencial, en lugar de estimular la pertenencia buscaría al contrario inhibirla: técnicamente, habría que decir por eso que los participantes de un grupo de este tipo no poseen nada en común pues eso que  circunstancialmente los relaciona es justo lo que los distingue y disocia.

Pertenecer a un grupo al que, paradójicamente, no se 'pertenece' en sentido estricto, no sería por supuesto un problema que los participantes de un grupo vivencial necesiten plantearse explícitamente. Mas bien, resulta tal vez la pregunta sin respuesta que define entonces la tarea más profunda de un facilitador biocéntrico: convocar a las personas a tener noticias de sí mismas a partir del otro, sabiendo que los encuentros van a traer consigo también todo lo que el intento de definirse aisladamente pretendía precisamente evitar. Celos, miedos, amotinamientos, envidias y resentimientos nunca desaparecerán en un grupo vivencial, por supuesto, pero se mezclarán sin embargo entonces con impulsos que reconocemos puros,  libres de todas y cada una de esas ocurrencias perniciosas que saldrán ahora amorosamente a la luz.


2- Uno de los argumentos relevantes en nuestro compromiso a continuar cualquier emprendimiento resulta la contención que un grupo nos brinde. Prestar atención al tipo de contención característico de una agrupación vivencial se torna entonces crucial, sobre todo cuando, como ya advertía no sin razón S. Freud, tal grupo puede ser fuente de potenciación o, también, de naturalización de patologías personales.

Si algo define a un grupo como ‘matriz de renacimiento’, tal como el que nosotros buscamos, es entonces esa vincularidad propia de lo vivencial por la cual nos relacionamos con los demás sin identificarnos con nada, ni mucho menos con nadie. Y alguien que muy apropiadamente advirtiera esta determinada forma de vincularnos fue por ejemplo Elias Canetti, con su conocida distinción entre 'masa' y 'manada'. En tanto la masa estaría representada, según él la describió en Masa y Poder, por el seguimiento a ese líder totalitario que mantiene la unidad del grupo apelando al mesianismo o a la rivalidad con otros grupos, la manada expresa esa agrupación salvaje, en cambio, aunque no por episódica menos intensa, en la cual los participantes deciden estar, desapegada y voluntariamente, hasta que llegue el momento de migrar :

“En las constelaciones cambiantes de la manada, el individuo se mantendrá siempre en su borde. Estará adentro e inmediatamente después en el margen, en el margen e inmediatamente después adentro. Cuando la manada hace círculo alrededor del fuego -es muy conmovedor-, cada uno podrá tener vecinos a derecha e izquierda, pero la espalda esta libre. La espalda es expuesta descubierta a la naturaleza salvaje.”

Es de fundamental importancia que el participante de un grupo vivencial se comprenda a sí mismo como un ser altruista sólo partiendo de esa particular forma de egoísmo, entonces, que consiste en reconocer como lo más propio en uno al deseo de donarse: es decir, y de esta forma, que lo más propio es lo que nos expropia. Y para ello, dirá luego G. Deleuze siguiendo a Canetti, es preciso reconocer como nuestro peor enemigo, en consecuencia, a ese miedo de quedar en los márgenes que se manifiesta como deseo de habitar el centro en lugar de los márgenes, tanto como jefe o como seguidor:

“La posición paranoica de masa es: yo estaría en la masa, no me separaría de la masa, estaría en el corazón de la masa; con dos títulos posibles: sea como jefe, entonces teniendo una cierta relación de identificación con la masa, pues la masa puede ser la tumba, puede ser masa vacía, poco importa -sea a título de seguidor donde, de todas maneras, hay que estar preso en la masa, estar muy cerca de la masa, con una condición: evitar estar en los lindes[...]Se puede decir que no hay fenómeno de margen, por la simple razón de que el problema de la masa es: determinar la segregación y la exclusión; simplemente, hay caídas, ascensos”.

Para poder dejar de lado ese individualismo tan caro a nuestra cultura no basta con proclamar, en consecuencia, que los hombres somos seres en relación y que nadie se salva solo. Es imprescindible detectar los elementos estructurales que hacen que nos relacionemos sin salir en definitiva de nosotros mismos, siendo uno de los más importantes, si no el principal, esa falsa idea de lo grupal como siendo simplemente un individuo más grande.

Si el grupo vivencial es lo opuesto a un individuo mas grande es justo porque, al constituirse por participantes que habitan los márgenes, no puede ser concebido como una unidad cerrada, compacta e indiferenciada. Por eso, el arte del facilitador de tal grupo consistirá básicamente, entonces, en ayudar a legitimar la marginalidad misma como lugar vivencial por excelencia. Un lugar que todo facilitador debiera poder reconocer para sí mismo entonces al mismo tiempo como el de su propia residencia, naturalmente, si es que fuese acaso posible habitar constantemente donde soplan los vientos desolados de F. Perls:

“Yo soy Yo, Tú eres Tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas. Tú no estás en este mundo para cumplir las mías. Tú eres Tú, Yo soy Yo. Si en algún momento o en algún punto nos encontramos, será maravilloso. Si no, no puede remediarse. Falto de amor a Mí mismo cuando, en el intento de complacerte, me traiciono. Falto de amor a Ti cuando intento que seas como yo quiero, en vez de aceptarte como realmente eres. Tú eres Tú y Yo soy Yo”.
 
 

domingo, 7 de diciembre de 2025

EL GIRO DE UNA RAZON MILITANTE



Un parte de batalla cultural debiera conceder, al cierre de este año, que el resultado de las elecciones de medio término en octubre del 2025 nos pide desensillar hasta que aclare. El oficialismo lleva para nuestro pesar las de ganar, y se impone reflexionar en la manera como hasta hoy nos presentamos en esta batalla e, incluso, si ella no estaba perdida de antemano. Lo que aquí se propone, asumiendo esta encrucijada, es un repaso de la teoría de la militancia que pueda resaltar sus aciertos e insinuar, a su vez, aspectos que merecerían quizás una respetuosa revisión.

 


1- Aunque Teoría de la Militancia sea un texto que Damián Selci publicara hace apenas siete años, bien puede decirse que fue escrito para un mundo que ya no existe. El Justicialismo había perdido entonces las elecciones, pero su fuego estaba de alguna manera intacto. Y aun cuando el triunfo del macrismo nos había resultado difícil de asimilar, todavía podíamos interpretarlo como un golpe de mala suerte, simplemente, mas que como un preámbulo de lo que efectivamente sobrevino: la pandemia, el albertismo y sobre todo el neofascismo, no estaban en su horizonte - ni, por supuesto, en el de nadie. 

Si resulta pertinente reflexionar acerca de la teoría de la militancia es porque, a pesar de que las circunstancias hayan cambiado en pocos años enormemente, el interrogante que a ella la animó es hoy el mismo de entonces: ¿por qué el poder nos resulta esquivo?... Y releer hoy sus principios, a la sombra de todo lo ocurrido, genera entonces una sensación por lo tanto ambivalente. No porque su explícito llamado a pasar a la ofensiva parezca hoy innecesario, por supuesto. Sino porque un estado de movilización popular, todavía en ese momento real, es algo que hoy sería necio pretender vigente y tomar como punto de partida. 

Cuando perdimos las generales de noviembre de 2023 teníamos muchas maneras de justificarlo: la sequía, la inflación y la pandemia oficiaban de chivos expiatorios. Transcurridos dos años, sin embargo, el oficialismo no sólo no se derrumbó, como pontificábamos, sino que adquirió una insólita mayoría legislativa. La disyuntiva política a fin de 2025 puede ser planteada entonces de esta manera: ¿el pueblo dio la espalda a nuestro movimiento? ¿o fue nuestro movimiento quien dio la espalda al pueblo?... No animarnos a explicitar este interrogante puede hacernos permanecer en la rosca eterna, y pasar así finalmente a ser lo peor que podría ocurrirnos como movimiento: un partido político mas del montón.

Hoy no alcanza con reflexionar acerca de los errores que, como movimiento, puedan habernos conducido sin querer a este estado de situación. El asunto a considerar no es más, como entonces, tratar de entender por qué perdimos el poder sino, directamente y aunque duela, por qué perdimos al pueblo. Pues ya no se trata de interpretar cómo, dónde o por qué se ralentizó la movilización popular, sino de entender por qué el pueblo, o lo que sea entendamos hoy por pueblo, la rechaza de manera cada vez más acentuada y explícita.
 
Encarar sinceramente esta cuestión resulta algo que decantaría por su propio peso, sin embargo, alcanzando a comprender que no está sólo en juego así el destino de nuestro movimiento, sino el de una propuesta emancipatoria universal. Pero aceptar este desafío secular implicaría, para nuestro movimiento, superar su actual tono provinciano y asumir que los males de nuestra nación no sólo son también los de la entera América Latina, sino a su vez y sobre todo de la civilización como tal. 
 
Pensar en grande, por fuera de toda chicana política y con verdadera vocación universal, fue y aún es, sin dudas, otro de los méritos de una teoría de la militancia. Por primera vez en la historia del Justicialismo, con ella se hace dialogar los principios de una comunidad organizada no sólo con los de los filósofos ya consagrados históricamente, sino con las ideas contemporáneas más novedosas. Y con la excusa de medir los alcances prácticos de la teoría del populismo de E. Laclau - quien, obviamente, juega un rol protagónico dentro de esta apuesta de una teoría de la militancia -, tremendos personajes intelectuales como S. Zizek, A. Badiou y P. Sloterdick terminan convirtiéndose, de esta forma, en interlocutores con quienes entablar de ahora en adelante una discusión de igual a igual.

La teoría de la militancia tuvo como premisa que la derrota de los gobiernos populares de Brasil, Ecuador, Bolivia y Argentina, en la segunda década de este siglo, no debe ser interpretada como una mala aplicación de la teoría populista sino como una posible falla dentro de la misma teoría. Pero que el señalamiento de dicha falla, a su vez, no pretende realizarse con espíritu crítico sino constructivo, pues lo esencial del populismo no sólo resulta compartido sino que debería ser mejor sostenido, incluso, incorporando las críticas de Zizek a Laclau.

Debido a que, básicamente, coincide con Laclau en que el sujeto colectivo que lleve adelante una política emancipatoria no puede ya presentarse con una característica esencialista, l
a teoría de la militancia se propone a sí misma como una profundización y no como una corrección del populismo. ¿Qué significado tiene este antiesencialismo en política?: que un sujeto colectivo, por ejemplo, no está de ninguna manera destinado de manera irreversible a llevar adelante una transformación de sí mismo ni de su mundo, como suponía el marxismo con respecto al proletariado, sino que todo depende de su determinada forma de organizarse.

Pero esta puesta en cuestión del esencialismo – que va a adquirir mayor protagonismo aún en Organización Permanente, el segundo libro de Damián Selci, y sobre todo en Comunología, de Nicolás Vilela – no se agota en una mera crítica al enfoque político clasista sino que define, para empezar, la constitución de un sujeto que resulta siempre episódica dado que, técnicamente hablando, tanto en su formato individual como colectivo carecería de identidad. Para Laclau, y por extensión para la teoría de la militancia, ningún sujeto tiene características dadas de una vez y para siempre sino que debe construirse a sí mismo: no es sustancial, y por consiguiente no tiene existencia independiente de su determinada articulación.

Si bien puede decirse que el pueblo vendría a reemplazar entonces a la clase obrera como sujeto revolucionario, el pueblo del populismo es uno que ha perdido la consistencia tradicional. Todos aquellos valores, mitos y costumbres, que acostumbrábamos atribuirle y ciegamente veíamos reflejados en características culturales, estéticas o ideológicas, incluso, resultan barridas así de un plumazo. Y por este motivo puede decirse, con cierto rigor, que más que hablar del pueblo el populismo trata, directa y simplemente, de la muerte del pueblo.

Así como la muerte de Dios, por supuesto, nunca significó para Nietzsche sino la imposibilidad de seguir pensando en términos esencialistas, la muerte del pueblo no representaría tampoco nada malo en sí mismo sino, mas bien, un comienzo completamente liberador. Pero aún cuando la teoría de la militancia buscó extraer las consecuencias positivas de esta insubstancialidad del pueblo, hasta ahora quizás no las haya explotado al máximo y debamos seguir destilando comunitariamente, entonces, toda esa potencialidad que, en forma gratuita, carga esta época que apropiadamente llamamos de la insubstancia.


2- El concepto que del pueblo presenta el populismo puede chocarnos 
de entrada por su curioso aspecto desangelado. No tiene identidad, historia ni tradiciones comunes: sólo demandas. Y si bien la teoría de la militancia rescata, sin duda, el papel articulador de las demandas como resortes para la acción, ello no le impide terminar planteando que articular la subjetividad en función de demandas insatisfechas, en definitiva, pueda condenarla sin mas a la pasividad y la dependencia. Porque aún cuando ellas alcanzaran verdadera satisfacción, una subjetividad ligada meramente a demandas permanecería presa siempre de una ilusión de completitud que atenta contra toda verdadera responsabilidad.

La segunda objeción a la teoría del populismo, relacionada íntimamente con la primera, expresa un ajuste de cuentas más explícito y concreto porque operaría, al mismo tiempo, como causa del fracaso de los populismos americanos. Y la idea que propiamente inaugura entonces una teoría alternativa como la de la militancia es que la razón populista no sería fiel a su propia propuesta pues, en lugar de concebir al pueblo como un sujeto que de manera incondicional necesita actualizarse permanentemente, termina concediéndole sin embargo la luego la gracia de un instante de reposo y plenitud.

La tesis que propone la teoría de la militancia es que si bien el lazo popular está en principio subordinado para el populismo a las demandas, dicho lazo pasaría a convertirse luego misteriosamente según Laclau en su fundamento. Y aún cuando el pueblo para el populismo sea sólo el resultado de articular demandas, y nada mas, en última instancia entonces cristalizaría supuestamente en él cierta identidad. Esta resubstancialización no sólo definiría al populismo en el plano de la idea sino también en los hechos, y por eso una teoría de la militancia propone en cambio militar por un pueblo capaz de mantenerse fiel a su propia insubstancialidad. 

Lo interesante de esta objeción es que ofrece un diagnóstico político del momento totalmente original, pues atribuye el fracaso de los populismos a una falta de radicalidad que no se reduce sin embargo a sus contenidos sino que se origina, mas bien, en su propia forma. Según esta perspectiva propiamente militante, es la poca atención prestada por el pueblo a su propia insubstancialidad lo que atenta contra lo popular en sí mismo. Es decir: no precisamente su debilidad para llevar adelante tal o cual propuesta, sino su convencimiento de que poseería al contrario un supuesto derecho a realizarlas.

Un pueblo sólo resulta un verdadero sujeto político si renuncia de manera constante y metódica a su propia identidad, única forma de comprometerse así a su organización permanente. La teoría de la militancia se formula en torno a este postulado. Aunque mejor cabría decir militando concretamente este postulado, dado que el mismo carece como tal de todo fundamento. Y si la militancia tiene algún sentido, es precisamente ese: crear de la nada su propio lugar de enunciación.

Pero la teoría de la militancia no se limita a denunciar que la razón populista no sostiene de manera consecuente la muerte del pueblo que presenta sin embargo como su punto de partida. Como para una razón militante sólo la renuncia explícita a resucitarlo garantiza su potencia, en cambio, el verdadero asunto es desnudar por tanto la raíz de dicha inconsecuencia en una concesión que hace el populismo a cierta idea esencialista del pueblo por la cual éste se constituiría, exclusiva y supuestamente, en oposición a la oligarquía. 

La tercera objeción de la teoría de la militancia al populismo, y la más importante por sus consecuencias, es que el antagonismo tradicional entre el pueblo y la oligarquía interpreta erróneamente que el pueblo en definitiva sería idéntico a sí mismo, sin contradicciones internas y con una sola vocación transparente a la que la oligarquía pretendería anular. Aún estando relacionada con las otras dos como su consecuencia lógica, esta idea de lo popular resulta justo la que, precisamente por estar tan arraigada en toda práctica política que se pretenda emancipatoria, en definitiva funda las fallas institucionales que el populismo como teoría luego sólo traduce discursivamente.

El repetido ciclo de un empoderamiento popular que inevitablemente pierde potencia al cosificarse, hasta que vuelve a tomar la iniciativa para cosificarse otra vez, es el vicio que la teoría de la militancia propone romper al internalizar el antagonismo que para Laclau sólo sería externo: el pueblo ya no se constituye entonces para ella en oposición a la oligarquía, sino a los sectores del pueblo mismo que lo traicionan. Y como la necesidad de esta internalización del antagonismo es la crítica que hace Zizek al populismo, la teoría de la militancia la asume ahora explícitamente como propia con tal de seguir concibiendo al pueblo como sujeto político.

Para la teoría de la militancia, tal como hasta ahora fuera desarrollada, el pueblo se mantiene entonces libre de la tentación de una resubstancialización teniendo claro que aquello contra lo que combate no sería algo externo a sí mismo. Y es por eso que los resultados de su lucha, mas que en conquistas sociales se medirían en esas conquistas culturales por las cuales los representantes del anti pueblo se convencería de su pertenencia al campo popular. Este cambio de perspectiva es por supuesto interesante: en primer lugar porque da cuenta de la realidad social contradictoria que hoy vivimos de manera mucho más eficaz que la anterior y, en segundo lugar, porque sienta además las bases de una práctica política que hoy se asume explícitamente como una batalla cultural.


3- Más allá de que los motivos por los cuales la batalla cultural no está dando por ahora los resultados esperados, y de que ellos puedan ser identificados y ampliamente discutidos en un bien venido plenario, cabe razonablemente preguntarnos si estamos también dispuestos a poner en cuestión la forma como la teoría de la militancia resolvió - o creyó resolver - la tercera objeción al populismo.

Dos circunstancias al menos legitimarían un replanteo como este: en primer lugar, la apropiación descarada que hace hoy la derecha de los conceptos mismos de batalla cultural y de hegemonía para su beneficio y, en segundo lugar, la sospecha de que una interiorización del antagonismo no ha garantizado, en ninguno de los dos lados de la grieta cultural, ninguna insubstancialidad - sino mas bien todo lo contrario.

¿Es coherente plantear la muerte del pueblo y, al mismo tiempo, mantener incólume la idea de antagonismo?: esta sería la cuestión que la teoría de la militancia de alguna manera admite como inconciliable, si bien tácitamente, cuando hace de la responsabilidad por la responsabilidad del otro, al menos en un plano teórico, el eje de su práctica política. Pero la idea del antagonismo, aunque sea interno, sigue operando allí todavía como fundamento último e impidiendo, en definitiva, esa organización permanente que pregonamos sin embargo como sinónimo de comunidad.

De alguna manera, es posible identificar en esta actual falla de la teoría de la militancia las razones mismas por las cuales fuimos derrotados en noviembre de 2023. El error del último y tumultuoso período en el poder no sería su debilidad, de acuerdo con esta perspectiva, sino haber persistido y acentuado, pandemia mediante, los términos de la batalla cultural. Es cierto que admitirlo nos sume en la mayor incertidumbre porque: ¿cómo sostener una política emancipatoria desterrando por completo todo antagonismo?... Pero esta y no otra es la encrucijada a la que la época de la insubstancia nos arroja, y cabe cuestionar si necesariamente alcanzaríamos a dilucidar una elección responsable tomados de la mano, todavía hoy, de un materialismo dialéctico de Zizek o de cualquier otro. 

No sólo no precisamos seguir necesariamente presos de la idea de antagonismo, sino que podría ser preciso dejarla  decididamente de lado para adherir, de manera coherente, a una propuesta que parte de un concepto de pueblo que no precisa militar contra nada, sino que él mismo resulta, mas bien y al contrario, el objeto a favor de su propia militancia. Casi podría decirse que la teoría de la militancia se organizaría hoy en contra de la idea misma de antagonismo, pero ni tan siquiera, porque eso significaría una contradicción en los términos. Al antagonismo propiamente no se lo combatiría porque ambas ideas, de antagonismo y de combate, son solidarias. Al antagonismo simplemente lo respetaríamos para aprender a caminar sin él.

De acuerdo a este orden de ideas, un pueblo militante no sería ya ese que, triunfante de una batalla cultural, renacería consciente de las contradicciones del sistema en que le toca desarrollarse. Pueblo militante, en este sentido técnico de la palabra, resultaría uno capaz de asumir mas bien su propia muerte. Y como semejante duelo nunca podría confundirse, por supuesto, con una toma de conciencia, es justo ahí, cuando la época de la insubstancia nos atraviesa corporalmente, que una razón militante daría un giro inevitablemente entonces de carácter contracultural

Mientras toda batalla cultural se libra siempre en el campo de marte de la moral, una militancia de carácter contracultural renunciaría a imponer unos valores por sobre otros, en cambio, ya que en ese mismo terreno está obligada a aceptar las condiciones de quien precisamente la pretende derrotar. Y en un caso como el del actual debate por la reforma laboral, por poner un ejemplo urgente, el desafío consecuente con esta perspectiva pasaría por diseñar una estrategia que no tuviera como único objetivo fundar nuestra posición en la justicia social ya que, partiendo de que nuestra oposición al oficialismo carece por sí de fundamento alguno, no extraeríamos nuestra potencia pretendiendo tener la verdad de nuestro lado sino poniendo la vida al centro. 








CRISTIANISMO MILITANTE

Desde que la militancia no se define por otra cosa que por la responsabilidad absoluta, su asimilación a un acto de servicio salta en consec...