24 de marzo: la fecha tuvo un significado especial en Argentina cuando, veinte años después del golpe de Estado, diversas organizaciones de derechos humanos unificaron su marcha. A partir de 1996, se convirtió así en el cumpleaños de un compromiso que buscaría una cierta y especial despedida. ¿En qué invertimos estos años?, ¿qué hicimos con lo que quedó?, son las banderas que Damián Selci despliega en Plenario para un manifiesto de la militancia y que esta nota interpreta como manifestando ya dicho adiós.
1- Este año es probable que caiga Cuba, esa isla que muchos latinos guardábamos en un lugar sagrado del corazón, en especial, por una curiosa jugada del destino. Este glorioso territorio caribeño muy pronto representará lo último que quedó, entonces, de esa gran ilusión de convertir a la verdad y la política en una identidad incuestionable. Y partir de ese momento podrá decirse así que el s. 20 entonces en rigor definitivamente terminó, pues no quedará lugar alguno en la tierra libre de la gran desilusión.
Si la democracia se corresponde hoy globalmente a una postdictadura es porque ella se define, sin mas y por el completo, por el triunfo de la no verdad. Este estado de cosas tuvo su comienzo simbólico con la caída de la Unión Soviética en 1989, aún cuando en Argentina haya comenzado por supuesto en 1983. Por eso Damián Selci propone una audaz comisión en su Plenario para un manifiesto militante que se titula “El fantasma de la izquierda peronista” con la intención de reflexionar cómo nos plantamos hoy, justamente, frente a los primeros militantes. En definitiva, aprender a reconocernos - o no - militantes en el s. 21 supone medirnos con estos fantasmas.
Como la postdictadura no es otra cosa que una manera de callarnos la boca, Damián incluso se pregunta, con sincero rigor, si él debería haber escrito una “Teoría del guerrillero montonero” en lugar de una teoría de la militancia. Y con ello explicita que los fantasmas asedian de manera especial a quien hoy se propone militante. ¿Cómo dar cuenta especialmente de ese linaje?... Cuál es nuestra forma de heredar, o de heredar traicionando lo menos posible, resulta por eso ese desafío inconfesable que la militancia, sin embargo, debe resolverse a confesar.
Si desde el ’83 hasta acá esto que llamamos ‘democracia’ en realidad
resultase una mera postdictadura sería porque, en general y a pesar
de todas sus variantes, dicho período no hubiera hecho otra cosa sino aceptar bien o mal -
explícita o tácitamente - que la no verdad ha triunfado. Pero el punto de partida que en esta comisión Damián propone es que el kirchnerismo, en Argentina, aún cuando no se propuso nunca reflotar el ideal de una patria socialista sino, apenas, refundar el Estado burgués, no pertenecería al período postdictatorial sin mas debido a que ofreció ya un recambio dentro suyo.
El convencimiento de que la patria es el otro puso un norte en y por el cual la patria socialista pudo ser tranquilamente relegada sin que eso implicase ya una claudicación a la vida de derecha. El latido implícito en el kirchnerismo, entonces, y que resulta tan digno de señalar, es este peregrino intento de rechazar la no verdad sin reeditar por ello a la verdad sin mas. Toda la reflexión sobre nuestra insubstancialidad epocal tiene que ver por eso con esta apuesta propiamente militante que, en definitiva, no viene a ser otra cosa que la reformulación teórica de una tercera posición capaz de permitirnos hoy recuperar algo del espíritu que animó a la izquierda peronista sin asumirnos por eso ya por eso de izquierda.
Si la teoría de la militancia recorre ese delicado y peligroso intersticio no es porque se lo proponga teóricamente, por supuesto, sino sólo porque de alguna misteriosa manera se lo dicta su propia herencia. Son nuestros fantasmas quienes solicitan que se conmemore el inicio de la dictadura en Argentina y no su fin: y la militancia se configura por eso, en esta misma línea, como ese mas allá de la postdictadura que no puede sin embargo formularse en tanto su fin mismo no ha propiamente llegado.
El supuesto mas allá de la postdictadura es, sin dudas, una peligrosa arma de doble filo. Por eso hay que manejarla en todo caso con sumo cuidado, y pensar ese supuesto e hipotético más allá en realidad como un más acá, también, donde el fin mismo no importe tanto como salirnos en cambio de las antinomias y artimañas temporales para ofrecernos así, nosotros a nosotros mismos, en cierta forma tan fantasmáticos casi como nuestros compañeros desaparecidos.
2- Mantener contra viento y marea la vigencia fantasmática del comunismo, y de la izquierda peronista muy en especial, es un programa político en sí mismo para la teoría de la militancia. Pero el reconocimiento de esta herencia no se confunde nunca para ella con un deber pues, mas bien y al contrario, resulta esa actitud sin la cual la misma apuesta de la militancia carecería de razón de ser. Porque si dichos fantasmas servían de reaseguro contra las imposiciones de una vida de derecha en los s. 19 y 20, hoy más que nunca los precisamos acechando y conjurando la impresión de que la vida no verdadera sea lo único que hay, supuestamente, sólo por que la vía de izquierda haya fracasado.
Entre la vida verdadera que animaba a la izquierda, y la no verdadera que ofrece y promete la derecha, Damián distingue a la vida no individual que anima a la militancia. Si ella es realmente una alternativa tanto a la verdad como a la no verdad es porque lo que la anima nunca es algo que compete al pueblo, abstractamente, sino a cada ser individualmente y en sí mismo considerado. Antes que la vida no individual, sin embargo, al militante de izquierda lo que le preocupaba era sostener en todo caso una muerte no individual. Y si la via de izquierda fue derrotada no es porque el plano de las armas no la haya favorecido, finalmente, sino porque hoy ese pueblo al que se le ofrendaba una muerte no individual, es el que ya en sí mismo ha muerto.
La postdictadura de alguna manera es también es también la muerte del pueblo porque la derrota de la vida verdadera no se define porque ya nos parezca absurda la muerte no individual, sino porque nos hemos percatado de que al hacerlo en su nombre lo convierte en inocente. Lo que murió en consecuencia es una idea errónea, no su espíritu: de ahí que nuestro trato con los fantasmas sea tan necesario. Damián lo dice muy claramente: no se trata de repetir entonces esa crítica berreta que adjudica a la izquierda el error de pretender representarlo y no haber tenido en cuenta realmente a su pueblo, sino de entender que pretender actuar en su nombre es lo que sencilla y directamente ha dejado de ser interesante.
El pueblo que ha muerto es justo aquel que, por intentar representarlo, la izquierda le atribuyó en definitiva una tácita pretensión de inocencia: como dice Damián, de esta manera, el pueblo existiría sólo en la hipótesis de la victoria, mientras tranquilamente se retira a sus aposentos en la certeza de la derrota. Por eso para la militancia, precisamente al revés, lo importante ya no es más representar al pueblo, sino organizar al contrario su presentación. Y esta presentación supone no otra cosa que la responsabilidad absoluta, es decir: la responsabilidad ya no por uno sino por el otro, y la responsabilidad por el otro ya no sólo por él, sino por su propia responsabilidad. En ello consiste la vida no individual militante.
El pueblo de la militancia sería uno que ya no pide entonces muerte sino vida no individual. Esto no restablecería, por supuesto, al pueblo que ya definitivamente murió, pero sigue operando entonces entre la vida y la muerte, y por eso fantasmáticamente, como una rebelión efectiva contra la vida de derecha. ¿Es este pueblo militante un pueblo imposible?: muy probablemente, pero pueblo al fin. Y la mejor forma que encuentra Damián de describir esta nueva formulación revolucionaria, al menos en la introducción a esta comisión en especial, es objetando el concepto de responsabilidad en Levinas y Derrida.
3- Cuando se habla de la responsabilidad, inmediatamente la relacionamos con algo que atañe a la propia persona. Uno resulta así 'responsable' cuando es capaz de responder por los propios actos. Pero para Levinas no es de uno la responsabilidad, sino del otro. ¿Qué puede significar, sin embargo, esta inversión sin sentido aparente? La responsabilidad del otro es un concepto complicado si no lo resumimos, en cambio, como otro nombre del amor. Así todo se aclara. Pero justo porque es preciso resaltar este carácter militante, sin el cual el amor no es tal, la palabra responsabilidad que le sirve como sinónimo viene como anillo al dedo para potenciarlo. Porque si esta específica responsabilidad no se confunde con la mera caridad, por ejemplo, es porque su potencia abreva en no postular, precisamente, un caritativo más allá de la violencia.
La responsabilidad del otro no se funda en nada porque no se apoya, como la responsabilidad de uno mismo, en un resultado. Y mucho menos en la no violencia, porque cuando no tiene al yo sino al otro como protagónico la responsabilidad se descubre así como un acto de servicio que resulta todo lo contrario a la caridad. Para la responsabilidad por el otro, un supuesto más allá de la violencia no sólo sería imposible sino que ni siquiera le sirve como parámetro.
4-
Damián se cuida y mucho de escribir directamente un manifiesto de la
militancia, y se limita a proponer los asuntos entonces que, a su
juicio, un manifiesto de tal característica debería incluir. Su Plenario…
de ficción se trata, de alguna manera y de acuerdo a su forma así de un
verdadero work in progress del pensar, donde la pregunta sobre si sería
posible formular de manera efectiva un manifiesto de la militancia
sobrevuela al lector a cada paso. Pero que Damián mismo haya sugerido
para ello la forma de un Plenario, sin embargo, sugiere en sí mismo ya
algo que vale la pena tener en cuenta.
En primer lugar, que las
condiciones para un Plenario semejante en vivo y en directo están, por
el momento, cuando menos diferidas. O sea, que las condiciones teóricas,
y muy por encima de todo políticas, no están dadas de ninguna manera.
En segundo lugar, que dicho manifiesto habría de surgir, exclusiva e
indudablemente, de una formulación colectiva. O sea, que su formulación
exige madurar y debatir, debatir y madurar. Y en tercer lugar, muy
probablemente, haya que concluir que un manifiesto de la militancia
determinado sea - aunque Damián mismo no lo reconozca de forma explícita
- técnicamente y por definición imposible.
La imposibilidad de
un manifiesto de la militancia no señalaría, por supuesto, el abandono
de su apuesta sino, simplemente, su específica modalidad insubstancial.
La posibilidad misma de un manifiesto de la militancia tal vez sea
necesariamente contradictoria dado que trazaría una continuidad teórica
que jamás podría cubrir con el Manifiesto Comunista, el más famoso
exponente político de una época que la militancia reconoce cancelada y
que sólo puede heredar traicionándola. Si un manifiesto de la militancia
resultase efectivamente imposible, entonces, no sería sino porque el
más allá de la postdictadura es algo que anima a la militancia siempre y
cuando, dicho más allá, no pueda ser determinado.
No se trata,
sin embargo, de que un manifiesto de la militancia se atenga sólo a la
forma de un plenario para adecuarse, simplemente, a los dictados de una
época insubstancial. Mas bien al contrario, es sólo porque el ideal
decimonónico de identificar la verdad y la política no sólo fracasó,
sino que ha perdido ya la fuerza incluso de una ilusión, como la
militancia puede manifestarse hoy con naturalidad y sentido de
oportunidad. Y todas las dificultades que tenemos hoy para enfrentar a
la ultraderecha no son sino resultado de esta paradoja por la cual, lo
que sin dudas podemos de nuestra parte ofrecer como alternativa, resulta
algo que la mera intención de representarlo termina atentando
cruelmente contra sí misma.
Manifestarnos sin manifiesto
seguramente sea, por supuesto, un verdadero desafío. Quizás un desafío
insalvable, o al menos sobrehumano. Pero sería por eso mismo el desafío
militante propiamente dicho, pues saberlo y asumirlo debería bastarnos
para afrontarlo juntos y, por sobre todo, junto a nuestros fantasmas.
Esta curiosa alianza entre la teoría de la militancia y la espectrología
se demuestra por eso portando un peso político y teórico crucial puesto
que, desde que M. Heidegger ayudara a identificar a la metafísica de la
presencia como característica fundamental del pensar occidental, quedó
al desnudo que acallar y negar la ausencia resume toda la prepotencia
individualista que la militancia se propone rebatir.




