Plenario para un Manifiesto de la Militancia es un regalo
al pensamiento. Damián Selci sigue ampliando su original teoría en
un texto voluminoso y multifacético que nos obliga a sacar punta al tiempo
para seguirle el ritmo. Esta reseña pretende colaborar con ese
debate a que su autor explícitamente convoca sugiriendo aquí una línea de
lectura que, como toda lectura atenta, se reconoce por supuesto tan
acotada como seguramente sesgada.
1- La inauguración de este Plenario para un Manifiesto de la Militancia presenta a nuestra Argentina como la nueva Grecia del s. 21. Esta sorpresiva idea no sólo rompe con la manera de entender hasta hoy un pensamiento política y geográficamente situado sino que, a la vez, permea y explica la perspectiva de las comisiones de ficción que nombran luego cada uno de sus capítulos. Se trataría de una original idea rectora que viene muy a cuento tener presente, sin embargo, porque si Argentina ha resultado un excelente laboratorio de recetas neoliberales y gobernanzas neofacistas se debe, muy probablemente, a que existe un límite demasiado sutil y extremadamente fácil de pasar por alto entre el rechazo al Estado que expresa un emprendedor, por un lado, y el de una manifestación militante.
La condición de posibilidad de un posible manifiesto de la militancia nace paradójicamente, entonces, de una interpretación revolucionaria del pobre individualismo nacional que toma a un pequeño ensayo de J.L. Borges en Otras Inquisiciones como fuente de inspiración. El motivo por el cual Argentina resultaría una nueva Grecia no es otro que la circunstancia de que esta interpretación calificaría adecuadamente hoy también al mundo entero, y el propósito expreso de Damián Selci en este nuevo texto suyo es permitir que en el Plenario dichas condiciones propiamente se manifiesten, dado que esa y no otra es la razón de ser militante: manifestarse.
Si llama la atención que el debate para un manifiesto militante pueda comenzar como una interpretación sin recelos y hasta laudatoria del individualismo argentino es porque, o bien no se leyeron los dos libros anteriores de Selci, o acaso se los leyó sin atender a lo que su planteo tiene de original. El término mismo de ‘militancia’ adquiere en ellos un significado técnico que progresivamente discrepa con la interpretación moralista tradicional. Pero aún cuando en Teoría de la Militancia y en Organización Permanente todo esto ya está debida y explícitamente desarrollado, es en Plenario donde su tratamiento adquiere verdadero protagonismo.
En la primera entrega de esta trilogía, sobre todo, la descripción desfondada de la militancia convivía, todavía, con la práctica de quien se liga moralmente a una Causa y a la Organización. Pero el tono de la tercera es diferente a las dos anteriores o, al menos, se ajusta más al espíritu de la propuesta. Menos subordinada a una circunstancia inmediata, se da espacio para proyectarse así al futuro e, incluso, al mundo entero. Para decirlo en pocas palabras: si en Teoría de la Militancia el discurso se orientaba, por sobre todo, a una militancia activa y existente, ahora se dirige a una sociedad aturdida y a la deriva. Y de esta forma el concepto de militancia adquiere finalmente en Plenario entonces su real envergadura, proponiéndose explícita y concretamente como un pensamiento revolucionario.
Es verdad que sumergirnos hoy en el desarrollo de estas novedosas ideas ha de parecer algo en cierta forma banal para muchos de los que, a comienzos del 2026, nos desayunamos con la noticia de que la globalización ha fracasado, que el derecho internacional no rige mas y que el nuevo orden mundial se está configurando de una manera descabellada. Pero es justamente debido a que esta civilización ha entrado en una etapa cuya enfermedad también a varios nos parece terminal cuando el mismo intento de reflotar una apuesta revolucionaria adquiere su oportunidad y sentido. Es un mundo enloquecido el mismo que, de manera paradójica, hace que una propuesta que no se contente con sólo mejorar las cosas, y se enfoque en la raíz de los problemas, haya dejado de ser hoy una locura.
2- ¿Cuál sería el límite en función del cual se distinguen, respectivamente, los rechazos liberal y militante al Estado?... Es preciso no perder de vista esta pregunta porque, si bien la militancia designa para Selci una práctica, eso no significa que necesariamente signifique sólo una forma de alcanzar determinado objetivo relacionado, exclusiva e incondicionalmente, con la toma del poder. La originalidad de una teoría de la militancia, y el axioma que podría encabezar seguramente su potencial Manifiesto, consiste en barrer desde un comienzo entonces con una definición como esa que la confunde con una técnica y en cambio, simplemente, propone entenderla como el único lazo social digno de ese nombre.
Incluso cuando se la propone teóricamente, la militancia resulta una práctica porque el lazo social mismo resulta para nosotros una práctica: es decir, algo nunca dado por sentado sino que necesita, justa y precisamente, militarse. Y no una vez para siempre sino de manera constante, motivo por el cual el nombre alternativo que reciba una teoría de la militancia sea, de manera tan precisa, el de una organización permanente. Planteadas así las cosas ya desde entrada, resulta en consecuencia casi obvio que la toma del poder sea en cierta forma superflua desde esta perspectiva pero que, además y sobre todo, no habría tampoco una idea determinada de lo social que serviría de norte a su práctica dado que la práctica en sí misma consiste su propio norte y soporte.
Esta es sin duda la
explicación por la cual la comisión con la que nos topamos inmediatamente a la de la nueva Grecia dentro del
Plenario se titule, de manera tan apropiada, simplemente Marx. Porque si bien
allí, como es lógico, también se habla del capital, de la mercancía y de la
explotación, aquello con lo que una teoría de la militancia necesita en primera
instancia medirse resulta, sin dudas, con un concepto decimonónico de
emancipación. Pero medirse quizás no sea del todo la palabra adecuada, puesto
que el propósito con este contraste no es rescatar lo que nos quede de la revolución una vez que la gran esperanza utópica ha muerto sino mas bien, y
muy por el contrario, señalar cómo ella sólo puede ser concebida ahora en
términos militantes.
Resulta imprescindible
evitar una lectura de la teoría de la militancia que la presente como la respuesta nostálgica de un pensamiento que acusa la
pérdida de fundamentos. Por eso Plenario manifiesta la oportunidad que significa hoy para nosotros vivir
en este siglo y en este país que, con todos sus desmadres, habilita sin embargo también a
una apuesta totalmente impensada en otro momento de la historia. Y esto no como
consecuencia de una mera expresión de deseo sino porque, imposibilitados ya de
justificar racionalmente nuestros actos, nadie puede actualmente
recurrir a una supuesta atribución de inocencia.
Vivimos en un tiempo
bisagra excepcional, donde la posibilidad de que el egoísmo más desenfrenado triunfe convive
con la oportunidad de hacer del s. 21 el siglo de la militancia. Y ninguna de estas sendas opciones tiene mayores garantías que la otra. Si resulta tan importante
manifestar que la militancia no se defina más en función de determinado
objetivo sino de determinada práctica, es entonces porque la ocasión misma de
que el s. 21 haya de ser el de la militancia pende de cómo logremos evadir cuanto antes el viejo esquema que haría aparecer este calificativo como si fuese el resultado de una
esencia que se realiza y lo comprendamos, en cambio, como un acontecimiento sin fantasma alguno que lo
celebre o lo justifique.
3- Plenario para un Manifiesto de la Militancia parte de una vindicación del pobre individualismo argentino debido a que sólo un país con un Estado fallido, como sin duda es el nuestro, puede convertirse en el escenario donde manifestar que la unidad debe ser construida sin que ello signifique para nadie alumbrar repentinamente algo oculto y permita en consecuencia confiar, a partir de entonces, en un feliz Estado logrado que garantice mediante la fuerza su continuidad.
La militancia
no puede manifestar otra cosa que la unidad propiamente no existe si quiere mantenerse fiel al fin
de la inocencia. Y su propuesta sólo resulta comprensible a partir de este decidido rechazo
a ese uso de la fuerza que históricamente ha servido, con la excusa de representar el imperio
de la ley, justo para hacernos olvidar que la unidad no existe y así librarnos de
asumir nuestra responsabilidad por la responsabilidad del otro.
Si la militancia es el único
nombre digno del lazo social no es porque ella conozca el secreto, sin embargo, del nudo que
la mantenga sólidamente unida con un cierto pase de magia. Esta misma convicción militante acerca
de la total ausencia de todo lazo, preexistente o futuro, claramente explica por qué la utopía marxista haya quedado
demasiado chica para este momento de la humanidad. Y por eso un manifiesto militante propondría valientemente, en todo caso, un comunismo de nuevo cuño incapaz que fuera incapaz de pretenderse ya como una necesidad histórica, por un lado, pero sobre todo demasiado
comprometido con el otro militante como para ofrecer todavía dejar con ello atrás la
prehistoria de la humanidad.
Una utopía militante sería un concepto contradictorio, técnicamente hablando, dado que ahora la Causa que anima a la militancia queda en el Plenario ya claramente identificada como siendo inmanente a su propio efecto. No es un telos a que la acción apunte, sino la propia causa eficiente de su actuar. La militancia es causa de sí. Lo cual significa que eso a que la militancia apunta no es otra cosa entonces que a la militancia misma, y que al tenerse a sí como objeto no puede sino estar aferrada a un aquí y ahora específicos. No porque carezca de horizonte alguno, sino porque lo proyecta al contrario en su propio tiempo y lugar.
Es muy apropiado, otra vez, que la comisión con la que termina Plenario escuetamente se titule en consecuencia Revolución, porque esa misma palabra tan fuera hoy de moda precisa ser rescatada y actualizada desde una perspectiva que se precie militante. Y ello, según Selci, por varios motivos. En primer lugar, porque la militancia admitiría cierta dosis de inocencia si es administrada con responsabilidad. En segundo lugar, porque la palabra 'emancipación', con la que se ha pretendido hasta ahora reemplazarla, no sólo no mueve un pelo a nadie sino que está demasiado ligada conceptualmente aún al sujeto y a su libertad. Y en tercer lugar, aunque primero seguro en orden de importancia, debido a que la militancia misma, entendida como responsabilidad absoluta, no hace otra cosa que cambiar el mundo.
Mientras la revolución comunista suponía una unidad encubierta que debíamos sacar a luz, la militante la inventa en cambio de la nada pues no está nunca fuera de su práctica misma. Esta revolución no constituye así un objetivo que nos podamos representar sino, tan sólo, hacerla presente en cada caso. Y dado que no ofrece más a la imaginación cierto no-lugar paradisíaco, un proyecto revolucionario semejante ya no será en consecuencia propiamente utópico sino propia y orgullosamente topológico.





