Lo que significa para uno el grupo que acompaña nuestro proceso se presta muchas veces a una peligrosa confusión. Rolando Toro llamaba al grupo de biodanza una matriz de renacimiento no porque allí las cosas fuesen tanto más fáciles o felices. Muchas veces puede ser totalmente al revés, porque si bien en la matriz se gestan cosas nuevas el nacimiento, en cambio, es responsabilidad de cada cual.
1- El
mayor obstáculo para una agrupación de tipo vivencial representa
confundir la contención afectiva con dependencia afectiva. E idéntico
peligro presenta tanto esa falsa contención que resulta compartir una
esperanza ciega como suponer un peligro interno o externo para
agruparnos. Teniendo todo esto en cuenta, el psicólogo social Wilfred
Bion resumió tres formas básicas que asumen esos supuestos que
terminan homogenizando las relaciones y volviendo normativa, en consecuencia, una forma de asociarnos que paradójicamente se ofrece como la solución a la normatividad:
i) estimular y aprovechar deliberadamente la dependencia, convirtiendo a los demás en objeto de nuestra propia debilidad
ii) introyectar en el grupo una esperanza de tipo mesiánico
iii) basar la cohesión grupal negativamente, por oposición a un otro considerado como no-amigo
Estos supuestos representan los vicios característicos de la forma como nos asociamos habitualmente cuando no ponemos la vida al centro. Si los invertimos, obtenemos resumidas las características de una buena facilitación. E incluso, por contraste, a partir de ellos destila la descripción más acabada de una dinámica grupal fundada en el respeto, el compromiso, la afectividad y, por sobre todas las cosas, la búsqueda sincera del propio deseo por parte de cada uno de sus participantes.
Estos supuestos representan los vicios característicos de la forma como nos asociamos habitualmente cuando no ponemos la vida al centro. Si los invertimos, obtenemos resumidas las características de una buena facilitación. E incluso, por contraste, a partir de ellos destila la descripción más acabada de una dinámica grupal fundada en el respeto, el compromiso, la afectividad y, por sobre todas las cosas, la búsqueda sincera del propio deseo por parte de cada uno de sus participantes.
Cabría
señalar entonces dos formas de agruparnos en función de una determinada
tarea. La que proviene de los supuestos básicos descriptos por Bion
claramente apunta, por un lado, a fundir la identidad individual en lo
grupal a partir de la dependencia afectiva, a la vez que le otorga al
mismo grupo, incluso, una entidad que supuestamente preexistiría y
sobreviviría a lo individual. La que resulta de una afectividad
biocéntrica, en cambio, mantiene siempre al individuo en permanente
oscilación entre el adentro y el afuera, y la específica grupalidad
generada replica así en consecuencia dicha ambigüedad haciendo que ella
subsista sólo en tanto y en cuanto los individuos la generen para que
luego desaparezca, sin aviso previo, como un puño cuando se abre la
mano.
Pertenecer a un grupo al que, paradójicamente, no se 'pertenece' en sentido estricto, no sería por supuesto un problema que los participantes de un grupo vivencial necesiten plantearse explícitamente. Mas bien, resulta tal vez la pregunta sin respuesta que define entonces la tarea más profunda de un facilitador biocéntrico: convocar a las personas a tener noticias de sí mismas a partir del otro, sabiendo que los encuentros van a traer consigo también todo lo que el intento de definirse aisladamente pretendía precisamente evitar. Celos, miedos, amotinamientos, envidias y resentimientos nunca desaparecerán en un grupo vivencial, por supuesto, pero se mezclarán sin embargo entonces con impulsos que reconocemos puros, libres de todas y cada una de esas ocurrencias perniciosas que saldrán ahora amorosamente a la luz.
“En las constelaciones cambiantes de la manada, el individuo se mantendrá siempre en su borde. Estará adentro e inmediatamente después en el margen, en el margen e inmediatamente después adentro. Cuando la manada hace círculo alrededor del fuego -es muy conmovedor-, cada uno podrá tener vecinos a derecha e izquierda, pero la espalda esta libre. La espalda es expuesta descubierta a la naturaleza salvaje.”
Es de fundamental importancia que el participante de un grupo vivencial se comprenda a sí mismo como un ser altruista sólo partiendo de esa particular forma de egoísmo, entonces, que consiste en reconocer como lo más propio en uno al deseo de donarse: es decir, y de esta forma, que lo más propio es lo que nos expropia. Y para ello, dirá luego G. Deleuze siguiendo a Canetti, es preciso reconocer como nuestro peor enemigo, en consecuencia, a ese miedo de quedar en los márgenes que se manifiesta como deseo de habitar el centro en lugar de los márgenes, tanto como jefe o como seguidor:
“La posición paranoica de masa es: yo estaría en la masa, no me separaría de la masa, estaría en el corazón de la masa; con dos títulos posibles: sea como jefe, entonces teniendo una cierta relación de identificación con la masa, pues la masa puede ser la tumba, puede ser masa vacía, poco importa -sea a título de seguidor donde, de todas maneras, hay que estar preso en la masa, estar muy cerca de la masa, con una condición: evitar estar en los lindes[...]Se puede decir que no hay fenómeno de margen, por la simple razón de que el problema de la masa es: determinar la segregación y la exclusión; simplemente, hay caídas, ascensos”.
Para poder dejar de lado ese individualismo tan caro a nuestra cultura no basta con proclamar, en consecuencia, que los hombres somos seres en relación y que nadie se salva solo. Es imprescindible detectar los elementos estructurales que hacen que nos relacionemos sin salir en definitiva de nosotros mismos, siendo uno de los más importantes, si no el principal, esa falsa idea de lo grupal como siendo simplemente un individuo más grande.
Si el grupo vivencial es lo opuesto a un individuo mas grande es justo porque, al constituirse por participantes que habitan los márgenes, no puede ser concebido como una unidad cerrada, compacta e indiferenciada. Por eso, el arte del facilitador de tal grupo consistirá básicamente, entonces, en ayudar a legitimar la marginalidad misma como lugar vivencial por excelencia. Un lugar que todo facilitador debiera poder reconocer para sí mismo entonces al mismo tiempo como el de su propia residencia, naturalmente, si es que fuese acaso posible habitar constantemente donde soplan los vientos desolados de F. Perls:
“Yo soy Yo, Tú eres Tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas. Tú no estás en este mundo para cumplir las mías. Tú eres Tú, Yo soy Yo. Si en algún momento o en algún punto nos encontramos, será maravilloso. Si no, no puede remediarse. Falto de amor a Mí mismo cuando, en el intento de complacerte, me traiciono. Falto de amor a Ti cuando intento que seas como yo quiero, en vez de aceptarte como realmente eres. Tú eres Tú y Yo soy Yo”.
Resulta
cuando menos cuestionable, desde esta perspectiva, considerar a un
grupo vivencial entonces como uno al que podríamos propiamente pertenecer. Porque los así llamados 'grupos de pertenencia' resultan agrupaciones
conformadas por esos supuestos básicos detallados por Bion que, muy
lejos de estimular la sintonía con el propio deseo a partir del
reconocimiento irrestricto de la diferencia, perpetúan en cambio la inercia
característica del deseo fundado en la carencia y, en definitiva, del mero consumo. Un grupo vivencial, en lugar de estimular la pertenencia
buscaría al contrario inhibirla:
técnicamente, habría que decir por eso que los participantes de un
grupo de este tipo no poseen nada en común pues eso que circunstancialmente los relaciona es justo lo que los distingue y
disocia.
Pertenecer a un grupo al que, paradójicamente, no se 'pertenece' en sentido estricto, no sería por supuesto un problema que los participantes de un grupo vivencial necesiten plantearse explícitamente. Mas bien, resulta tal vez la pregunta sin respuesta que define entonces la tarea más profunda de un facilitador biocéntrico: convocar a las personas a tener noticias de sí mismas a partir del otro, sabiendo que los encuentros van a traer consigo también todo lo que el intento de definirse aisladamente pretendía precisamente evitar. Celos, miedos, amotinamientos, envidias y resentimientos nunca desaparecerán en un grupo vivencial, por supuesto, pero se mezclarán sin embargo entonces con impulsos que reconocemos puros, libres de todas y cada una de esas ocurrencias perniciosas que saldrán ahora amorosamente a la luz.
2- Uno
de los argumentos relevantes en nuestro compromiso a continuar
cualquier emprendimiento resulta la contención que un grupo nos brinde.
Prestar atención al tipo de contención característico de una agrupación
vivencial se torna entonces crucial, sobre todo cuando, como ya advertía
no sin razón S. Freud, tal grupo puede ser fuente de potenciación o,
también, de naturalización de patologías personales.
Si
algo define a un grupo como ‘matriz de renacimiento’, tal como el que
nosotros buscamos, es entonces esa vincularidad propia de lo vivencial
por la cual nos relacionamos con los demás sin identificarnos con nada,
ni mucho menos con nadie. Y alguien que muy apropiadamente advirtiera
esta determinada forma de vincularnos fue por ejemplo Elias Canetti, con
su conocida distinción entre 'masa' y 'manada'. En tanto la masa
estaría representada, según él la describió en Masa y Poder, por
el seguimiento a ese líder totalitario que mantiene la unidad del grupo
apelando al mesianismo o a la rivalidad con otros grupos, la manada
expresa esa agrupación salvaje, en cambio, aunque no por episódica menos
intensa, en la cual los participantes deciden estar, desapegada y
voluntariamente, hasta que llegue el momento de migrar :
“En las constelaciones cambiantes de la manada, el individuo se mantendrá siempre en su borde. Estará adentro e inmediatamente después en el margen, en el margen e inmediatamente después adentro. Cuando la manada hace círculo alrededor del fuego -es muy conmovedor-, cada uno podrá tener vecinos a derecha e izquierda, pero la espalda esta libre. La espalda es expuesta descubierta a la naturaleza salvaje.”
Es de fundamental importancia que el participante de un grupo vivencial se comprenda a sí mismo como un ser altruista sólo partiendo de esa particular forma de egoísmo, entonces, que consiste en reconocer como lo más propio en uno al deseo de donarse: es decir, y de esta forma, que lo más propio es lo que nos expropia. Y para ello, dirá luego G. Deleuze siguiendo a Canetti, es preciso reconocer como nuestro peor enemigo, en consecuencia, a ese miedo de quedar en los márgenes que se manifiesta como deseo de habitar el centro en lugar de los márgenes, tanto como jefe o como seguidor:
“La posición paranoica de masa es: yo estaría en la masa, no me separaría de la masa, estaría en el corazón de la masa; con dos títulos posibles: sea como jefe, entonces teniendo una cierta relación de identificación con la masa, pues la masa puede ser la tumba, puede ser masa vacía, poco importa -sea a título de seguidor donde, de todas maneras, hay que estar preso en la masa, estar muy cerca de la masa, con una condición: evitar estar en los lindes[...]Se puede decir que no hay fenómeno de margen, por la simple razón de que el problema de la masa es: determinar la segregación y la exclusión; simplemente, hay caídas, ascensos”.
Para poder dejar de lado ese individualismo tan caro a nuestra cultura no basta con proclamar, en consecuencia, que los hombres somos seres en relación y que nadie se salva solo. Es imprescindible detectar los elementos estructurales que hacen que nos relacionemos sin salir en definitiva de nosotros mismos, siendo uno de los más importantes, si no el principal, esa falsa idea de lo grupal como siendo simplemente un individuo más grande.
Si el grupo vivencial es lo opuesto a un individuo mas grande es justo porque, al constituirse por participantes que habitan los márgenes, no puede ser concebido como una unidad cerrada, compacta e indiferenciada. Por eso, el arte del facilitador de tal grupo consistirá básicamente, entonces, en ayudar a legitimar la marginalidad misma como lugar vivencial por excelencia. Un lugar que todo facilitador debiera poder reconocer para sí mismo entonces al mismo tiempo como el de su propia residencia, naturalmente, si es que fuese acaso posible habitar constantemente donde soplan los vientos desolados de F. Perls:
“Yo soy Yo, Tú eres Tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas. Tú no estás en este mundo para cumplir las mías. Tú eres Tú, Yo soy Yo. Si en algún momento o en algún punto nos encontramos, será maravilloso. Si no, no puede remediarse. Falto de amor a Mí mismo cuando, en el intento de complacerte, me traiciono. Falto de amor a Ti cuando intento que seas como yo quiero, en vez de aceptarte como realmente eres. Tú eres Tú y Yo soy Yo”.

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