Si resulta pertinente reflexionar acerca de la teoría de la militancia es porque, a pesar de que las circunstancias hayan cambiado en pocos años enormemente, el interrogante que a ella la animó es hoy el mismo de entonces: ¿por qué el poder nos resulta esquivo?... Y releer hoy sus principios, a la sombra de todo lo ocurrido, genera entonces una sensación por lo tanto ambivalente. No porque su explícito llamado a pasar a la ofensiva parezca hoy innecesario, por supuesto. Sino porque un estado de movilización popular, todavía en ese momento real, es algo que hoy sería necio pretender vigente y tomar como punto de partida.
Cuando perdimos las generales de noviembre de 2023 teníamos muchas maneras de justificarlo: la sequía, la inflación y la pandemia oficiaban de chivos expiatorios. Transcurridos dos años, sin embargo, el oficialismo no sólo no se derrumbó, como pontificábamos, sino que adquirió una insólita mayoría legislativa. La disyuntiva política a fin de 2025 puede ser planteada entonces de esta manera: ¿el pueblo dio la espalda a nuestro movimiento? ¿o fue nuestro movimiento quien dio la espalda al pueblo?... No animarnos a explicitar este interrogante puede hacernos permanecer en la rosca eterna, y pasar así finalmente a ser lo peor que podría ocurrirnos como movimiento: un partido político mas del montón.
La teoría de la militancia tuvo como premisa que la derrota de los gobiernos populares de Brasil, Ecuador, Bolivia y Argentina, en la segunda década de este siglo, no debe ser interpretada como una mala aplicación de la teoría populista sino como una posible falla dentro de la misma teoría. Pero que el señalamiento de dicha falla, a su vez, no pretende realizarse con espíritu crítico sino constructivo, pues lo esencial del populismo no sólo resulta compartido sino que debería ser mejor sostenido, incluso, incorporando las críticas de Zizek a Laclau.
Debido a que, básicamente, coincide con Laclau en que el sujeto colectivo que lleve adelante una política emancipatoria no puede ya presentarse con una característica esencialista, la teoría de la militancia se propone a sí misma como una profundización y no como una corrección del populismo. ¿Qué significado tiene este antiesencialismo en política?: que un sujeto colectivo, por ejemplo, no está de ninguna manera destinado de manera irreversible a llevar adelante una transformación de sí mismo ni de su mundo, como suponía el marxismo con respecto al proletariado, sino que todo depende de su determinada forma de organizarse.
Pero esta puesta en cuestión del esencialismo – que va a adquirir mayor protagonismo aún en Organización Permanente, el segundo libro de Damián Selci, y sobre todo en Comunología, de Nicolás Vilela – no se agota en una mera crítica al enfoque político clasista sino que define, para empezar, la constitución de un sujeto que resulta siempre episódica dado que, técnicamente hablando, tanto en su formato individual como colectivo carecería de identidad. Para Laclau, y por extensión para la teoría de la militancia, ningún sujeto tiene características dadas de una vez y para siempre sino que debe construirse a sí mismo: no es sustancial, y por consiguiente no tiene existencia independiente de su determinada articulación.
Si bien puede decirse que el pueblo vendría a reemplazar entonces a la clase obrera como sujeto revolucionario, el pueblo del populismo es uno que ha perdido la consistencia tradicional. Todos aquellos valores, mitos y costumbres, que acostumbrábamos atribuirle y ciegamente veíamos reflejados en características culturales, estéticas o ideológicas, incluso, resultan barridas así de un plumazo. Y por este motivo puede decirse, con cierto rigor, que más que hablar del pueblo el populismo trata, directa y simplemente, de la muerte del pueblo.
Así como la muerte de Dios, por supuesto, nunca significó para Nietzsche sino la imposibilidad de seguir pensando en términos esencialistas, la muerte del pueblo no representaría tampoco nada malo en sí mismo sino, mas bien, un comienzo completamente liberador. Pero aún cuando la teoría de la militancia buscó extraer las consecuencias positivas de esta insubstancialidad del pueblo, hasta ahora quizás no las haya explotado al máximo y debamos seguir destilando comunitariamente, entonces, toda esa potencialidad que, en forma gratuita, carga esta época que apropiadamente llamamos de la insubstancia.
2- El concepto que del pueblo presenta el populismo puede chocarnos de entrada por su curioso aspecto desangelado. No tiene identidad, historia ni tradiciones comunes: sólo demandas. Y si bien la teoría de la militancia rescata, sin duda, el papel articulador de las demandas como resortes para la acción, ello no le impide terminar planteando que articular la subjetividad en función de demandas insatisfechas, en definitiva, pueda condenarla sin mas a la pasividad y la dependencia. Porque aún cuando ellas alcanzaran verdadera satisfacción, una subjetividad ligada meramente a demandas permanecería presa siempre de una ilusión de completitud que atenta contra toda verdadera responsabilidad.
La segunda objeción a la teoría del populismo, relacionada íntimamente con la primera, expresa un ajuste de cuentas más explícito y concreto porque operaría, al mismo tiempo, como causa del fracaso de los populismos americanos. Y la idea que propiamente inaugura entonces una teoría alternativa como la de la militancia es que la razón populista no sería fiel a su propia propuesta pues, en lugar de concebir al pueblo como un sujeto que de manera incondicional necesita actualizarse permanentemente, termina concediéndole sin embargo la luego la gracia de un instante de reposo y plenitud.
La tesis que propone la teoría de la militancia es que si bien el lazo popular está en principio subordinado para el populismo a las demandas, dicho lazo pasaría a convertirse luego misteriosamente según Laclau en su fundamento. Y aún cuando el pueblo para el populismo sea sólo el resultado de articular demandas, y nada mas, en última instancia entonces cristalizaría supuestamente en él cierta identidad. Esta resubstancialización no sólo definiría al populismo en el plano de la idea sino también en los hechos, y por eso una teoría de la militancia propone en cambio militar por un pueblo capaz de mantenerse fiel a su propia insubstancialidad.
Lo interesante de esta objeción es que ofrece un diagnóstico político del momento totalmente original, pues atribuye el fracaso de los populismos a una falta de radicalidad que no se reduce sin embargo a sus contenidos sino que se origina, mas bien, en su propia forma. Según esta perspectiva propiamente militante, es la poca atención prestada por el pueblo a su propia insubstancialidad lo que atenta contra lo popular en sí mismo. Es decir: no precisamente su debilidad para llevar adelante tal o cual propuesta, sino su convencimiento de que poseería al contrario un supuesto derecho a realizarlas.
Un pueblo sólo resulta un verdadero sujeto político si renuncia de manera constante y metódica a su propia identidad, única forma de comprometerse así a su organización permanente. La teoría de la militancia se formula en torno a este postulado. Aunque mejor cabría decir militando concretamente este postulado, dado que el mismo carece como tal de todo fundamento. Y si la militancia tiene algún sentido, es precisamente ese: crear de la nada su propio lugar de enunciación.
Pero la teoría de la militancia no se limita a denunciar que la razón populista no sostiene de manera consecuente la muerte del pueblo que presenta sin embargo como su punto de partida. Como para una razón militante sólo la renuncia explícita a resucitarlo garantiza su potencia, en cambio, el verdadero asunto es desnudar por tanto la raíz de dicha inconsecuencia en una concesión que hace el populismo a cierta idea esencialista del pueblo por la cual éste se constituiría, exclusiva y supuestamente, en oposición a la oligarquía.
La tercera objeción de la teoría de la militancia al populismo, y la más importante por sus consecuencias, es que el antagonismo tradicional entre el pueblo y la oligarquía interpreta erróneamente que el pueblo en definitiva sería idéntico a sí mismo, sin contradicciones internas y con una sola vocación transparente a la que la oligarquía pretendería anular. Aún estando relacionada con las otras dos como su consecuencia lógica, esta idea de lo popular resulta justo la que, precisamente por estar tan arraigada en toda práctica política que se pretenda emancipatoria, en definitiva funda las fallas institucionales que el populismo como teoría luego sólo traduce discursivamente.
El repetido ciclo de un empoderamiento popular que inevitablemente pierde potencia al cosificarse, hasta que vuelve a tomar la iniciativa para cosificarse otra vez, es el vicio que la teoría de la militancia propone romper al internalizar el antagonismo que para Laclau sólo sería externo: el pueblo ya no se constituye entonces para ella en oposición a la oligarquía, sino a los sectores del pueblo mismo que lo traicionan. Y como la necesidad de esta internalización del antagonismo es la crítica que hace Zizek al populismo, la teoría de la militancia la asume ahora explícitamente como propia con tal de seguir concibiendo al pueblo como sujeto político.
Para la teoría de la militancia, tal como hasta ahora fuera desarrollada, el pueblo se mantiene entonces libre de la tentación de una resubstancialización teniendo claro que aquello contra lo que combate no sería algo externo a sí mismo. Y es por eso que los resultados de su lucha, mas que en conquistas sociales se medirían en esas conquistas culturales por las cuales los representantes del anti pueblo se convencería de su pertenencia al campo popular. Este cambio de perspectiva es por supuesto interesante: en primer lugar porque da cuenta de la realidad social contradictoria que hoy vivimos de manera mucho más eficaz que la anterior y, en segundo lugar, porque sienta además las bases de una práctica política que hoy se asume explícitamente como una batalla cultural.
3- Más allá de que los motivos por los cuales la batalla cultural no está dando por ahora los resultados esperados, y de que ellos puedan ser identificados y ampliamente discutidos en un bien venido plenario, cabe razonablemente preguntarnos si estamos también dispuestos a poner en cuestión la forma como la teoría de la militancia resolvió - o creyó resolver - la tercera objeción al populismo.
Dos circunstancias al menos legitimarían un replanteo como este: en primer lugar, la apropiación descarada que hace hoy la derecha de los conceptos mismos de batalla cultural y de hegemonía para su beneficio y, en segundo lugar, la sospecha de que una interiorización del antagonismo no ha garantizado, en ninguno de los dos lados de la grieta cultural, ninguna insubstancialidad - sino mas bien todo lo contrario.
¿Es coherente plantear la muerte del pueblo y, al mismo tiempo, mantener incólume la idea de antagonismo?: esta sería la cuestión que la teoría de la militancia de alguna manera admite como inconciliable, si bien tácitamente, cuando hace de la responsabilidad por la responsabilidad del otro, al menos en un plano teórico, el eje de su práctica política. Pero la idea del antagonismo, aunque sea interno, sigue operando allí todavía como fundamento último e impidiendo, en definitiva, esa organización permanente que pregonamos sin embargo como sinónimo de comunidad.
De alguna manera, es posible identificar en esta actual falla de la teoría de la militancia las razones mismas por las cuales fuimos derrotados en noviembre de 2023. El error del último y tumultuoso período en el poder no sería su debilidad, de acuerdo con esta perspectiva, sino haber persistido y acentuado, pandemia mediante, los términos de la batalla cultural. Es cierto que admitirlo nos sume en la mayor incertidumbre porque: ¿cómo sostener una política emancipatoria desterrando por completo todo antagonismo?... Pero esta y no otra es la encrucijada a la que la época de la insubstancia nos arroja, y cabe cuestionar si necesariamente alcanzaríamos a dilucidar una elección responsable tomados de la mano, todavía hoy, de un materialismo dialéctico de Zizek o de cualquier otro.
No sólo no precisamos seguir necesariamente presos de la idea de antagonismo, sino que podría ser preciso dejarla decididamente de lado para adherir, de manera coherente, a una propuesta que parte de un concepto de pueblo que no precisa militar contra nada, sino que él mismo resulta, mas bien y al contrario, el objeto a favor de su propia militancia. Casi podría decirse que la teoría de la militancia se organizaría hoy en contra de la idea misma de antagonismo, pero ni tan siquiera, porque eso significaría una contradicción en los términos. Al antagonismo propiamente no se lo combatiría porque ambas ideas, de antagonismo y de combate, son solidarias. Al antagonismo simplemente lo respetaríamos para aprender a caminar sin él.
De acuerdo a este orden de ideas, un pueblo militante no sería ya ese que, triunfante de una batalla cultural, renacería consciente de las contradicciones del sistema en que le toca desarrollarse. Pueblo militante, en este sentido técnico de la palabra, resultaría uno capaz de asumir mas bien su propia muerte. Y como semejante duelo nunca podría confundirse, por supuesto, con una toma de conciencia, es justo ahí, cuando la época de la insubstancia nos atraviesa corporalmente, que una razón militante daría un giro inevitablemente entonces de carácter contracultural.
Mientras toda batalla cultural se libra siempre en el campo de marte de la moral, una militancia de carácter contracultural renunciaría a imponer unos valores por sobre otros, en cambio, ya que en ese mismo terreno está obligada a aceptar las condiciones de quien precisamente la pretende derrotar. Y en un caso como el del actual debate por la reforma laboral, por poner un ejemplo urgente, el desafío consecuente con esta perspectiva pasaría por diseñar una estrategia que no tuviera como único objetivo fundar nuestra posición en la justicia social ya que, partiendo de que nuestra oposición al oficialismo carece por sí de fundamento alguno, no extraeríamos nuestra potencia pretendiendo tener la verdad de nuestro lado sino poniendo la vida al centro.

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