Si hoy la política está fuera de moda es algo que puede tomarse simple y precisamente como eso: una moda. Pero volver a hacer de la política una moda no sería ya verdadera noticia. La apuesta del siglo es, al contrario, resistir la tentación de convertir a lo nuevo en otro artículo de consumo, y la meditación de J. Derrida sobre el mesianismo y lo mesiánico es una forma de comenzar a encararla.
1- Los argentinos tenemos una frase lapidaria para señalar a quienes buscan mejorar o apenas agregar algo nuevo a lo que el uso repetido ha consolidado y garantizado: “¿Qué quieren inventar?: si ya está todo inventado…” Pero detrás de su aparente resignación a lo dado, al pronunciarla dejamos mas bien entrever, si bien como mera posibilidad, un verdadero cambio que no consistiría ahora una simple mejora de lo existente sino un completo arrancar de cero, repartiendo y dando de nuevo.
Algo de ello ocurre, por ejemplo, cuando en este cumplido primer cuarto de siglo nos detenemos a observar cómo la democracia se desmorona y todo lo sólido se desvanece en el aire. Porque entonces constatamos que no hay nada auténticamente nuevo bajo el sol pues todo esto resulta, mas bien, la crónica de una muerte anunciada. Y si hoy, según una frase muy instalada, resulta más sencillo imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, no es tanto porque nuestra capacidad para la esperanza haya muerto sino, al contrario, solo porque lo nuevo mismo hoy exige asomarnos a un verdadero abismo.
Nuestra época nos fuerza a reflexionar por la naturaleza de lo nuevo: de dónde viene, en primer lugar, pero sobre todo en qué y cómo se diferencia de lo viejo. Obviamente, tampoco esta reflexión sería al mismo tiempo propiamente nueva: comienza ya en el Renacimiento, como una valoración de la antigüedad clásica en contra del oscurantismo feudal, y se retoma a comienzos del pasado siglo como una puesta en cuestión de la Modernidad para extremarla y resolver sus contradicciones.
La novedad que este siglo presenta es volver a pensar lo nuevo pero sin vestirlo, esta vez, ni de una recuperación de lo clásico ni de una superación de las contradicciones de lo actual. Se trata actualmente en nuestro caso, por lo tanto, de un verdadero repartir y dar de nuevo que resulta propiamente inhumano, pues nos pide dejar de concebir a lo nuevo como si fuera una venganza contra lo viejo para comenzar a comprenderlo, mas bien, como un gesto de apertura incondicional. Y si dicho gesto califica como inhumano es porque supone el abandono de la pregunta 'qué hacer' que fuera la más tradicional de la política para descubrir así, en la mera espera mesiánica, una auténtica forma de emancipación.
2- Al comienzo de nuestra Era, el mesianismo había introducido una perspectiva muy original al ofrecerse como una sujeción sólo relativa a las normas sociales y, por lo tanto, como una forma de resistencia basada en una aceptación de las leyes del Cesar siempre y cuando no fueran incompatibles con las de Dios. Pero esa promesa de un Reino Celestial como de un Salvador, si bien desplazó en ese entonces la propuesta de una mejora de las condiciones de vida por medios humanos, mantuvo al mesianismo todavía como un dispositivo que, en su resistencia misma al statu quo, resultó funcional aún a una instrumentalización técnica del mundo.
Si hoy queremos pensar lo nuevo debiera ser radicalmente nuevo: no algo que simplemente por su contenido reemplace a lo anterior, sino algo que en la forma misma de presentarse ofrezca una modificación sustancial respecto de lo que venga a reemplazar. Es por esto que J. Derrida considera relevante mantener la forma de la mesianicidad como estructura de no conservación de lo dado y apertura incondicional pero al mismo tiempo quitándole, sin embargo, el contenido más propio al mesianismo tradicional, es decir: un mesianismo sin promesa y sin salvador.
La dificultad principal de una mesianicidad sin mesianismo no se reduce a ofrecerse como una paradoja de orden meramente lógico. Antes bien, consiste tener que justificar una necesidad de no conservación que, confrontando con toda idea instalada de la economía, sólo así daría pie a algo radicalmente nuevo. Y lo peor es que nadie pueda asegurar que exista en el hombre un impulso deconstructor semejante, capaz de negar lo dado ya no como un medio para un determinado fin, ni tan siquiera como un fin en sí mismo, sino como un simple medio que se sostuviera sin finalidad alguna.
Es evidente que tal impulso innato no existe, pues por algo la humanidad está en las condiciones como está. Pero si hubiera que darle un nombre, por supuesto, no podría ser otro que el del amor. Y se trataría de un amor por deber cuya apertura incondicional supondría, precisamente, un decidido gesto de resistencia ahora contra lo nuevo concebido como algo a conquistar, porque ese y no otro es el trillado y ya comprobado modo en que lo nuevo se vuelve viejo desde que, en su propia manera de proponerse, se confiesa viejo en sí mismo.
Según Derrida, este dejar venir a lo nuevo implica una preparación para recibir lo completamente desconocido. No se trata nunca por lo tanto de una pasividad total, sino de una nueva concepción de la acción que habilite el advenir sin intentar controlarlo o anticiparlo. Y como dicha apertura requiere una desconstrucción de las estructuras y convenciones que normalmente regulan y limitan la invención, este permitir o dejar ser el advenir de manera auténtica y no predefinida supone en definitiva un gesto militante.
Dejar venir a lo nuevo significa un mesiánico estar dispuesto a aceptar la alteridad en su plena diferencia, sin reducirla ni un instante a lo ya conocido o ya esperado. Y se convierte en un incansable acto de acogida, entonces, que reconoce la singularidad de lo nuevo y su capacidad de transformar y enriquecer nuestra comprensión del mundo. Las condiciones en este siglo están dadas por lo tanto para transmitir una nueva buena nueva: la de que no hace falta creer ya en algo determinado para poder creer.
Esta mesianicidad sin mesianismo no resulta sin contenido sólo porque hoy hayamos perdido toda esperanza. Al revés: perdimos toda esperanza por no saber que ella se sostiene propiamente de la nada. Y si bien es muy probable que, en el siglo primero de nuestra Era, la buena nueva que difundían los discípulos de Jesús de Nazaret tuviera esta misma estructura desfondada que atribuye Derrida a la fe verdadera, con el paso del tiempo fue ganando la idea de que el Reino de Dios era una cuestión de las almas en las que el cuerpo no estaba por consecuencia implicado y todo, a partir de entonces, se tergiversó para siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario