jueves, 12 de marzo de 2026

CRISTIANISMO MILITANTE

 

Un cristianismo sustancial no es cristianismo. Con derecho ha de ser tenido en consideración, por lo tanto, en un debate sobre las condiciones de una época que la militancia define como insustancial. Y como sólo un pensamiento desfondado es capaz de trascender el sentido literal de las palabras, esta nota repasa los análisis de dos pensadores que, con distinta intensidad, se atrevieron a pensar metafóricamente la muerte de Dios: G. Vattimo y J-L Nancy.



1-
 Para Vattimo el cristianismo resultó una comprensión opuesta y superadora a la de una religión natural por no estar ligada a la violencia. Dar cuenta de esa diferencia resultaría en definitiva lo que para el cristiano, según esta interpretación, representaría entonces la buena nueva a comunicar. Pero no queda del todo claro, sin embargo, cuál es la violencia que para Vattimo definiría entonces a la religión natural. Porque es imposible suponer que él no haya leído a W. Benjamin y a G. Bataille, dos pensadores de primer nivel que precisamente deslindan lo divino de lo profano, al contrario, en virtud de una distinción de dos tipos de violencia: una implícita al ámbito del derecho, basada en el resentimiento, y otra propia de una justicia divina que no se funda en el resentimiento y por lo tanto en reparación alguna de injusticias. 

Con una distinción axiomática como ésta entre religión natural y fe cristiana, es muy probable que Vattimo pretendiera marcar el antes y el después que, sin duda alguna, representa la aparición de Jesús para los cristianos. Es decir, lo que con ello pretendía era señalar en definitiva la diferencia entre la fe y el paganismo. Pero sin permitirse la sospecha de que ella no consistiría, sin embargo, en la distinta forma de concebir a la violencia en cada caso, sino en la manera como lo sagrado en una y otro, al contrario, interpelarían a lo profano.

Lo sagrado es representado por el paganismo casi siempre mediante un ídolo porque lo sagrado mismo resulta concebido por el pagano, casi exclusivamente, en relación con un beneficio a lograr en el orden de lo profano: que el dios no se enoje y no aumente entonces su desamparo vital. Toda la novedad que trajo Jesús, precisamente, se puede resumir en la ocasión de inaugurar, en cambio, una participación en lo sagrado sin relación inmediata con lo profano, ya que atestiguarse cristiano sólo se correspondía con la oportunidad de ser parte de una contienda de orden primordialmente celestial.

Por supuesto, en lugar de ver en ello la condición misma del desinterés como principio, y por tanto de esa reflexividad propia de la fe que conmina a creer que cree, en definitiva, al poco tiempo se leyó esta trascendencia de lo sagrado propia de la fe cristiana en unos términos absolutamente opuestos a la intención inicial y, fundando la fe en una mera esperanza de salvación personal, se recondujo el cristianismo al paganismo. A este proceso, cuyas consecuencias arrastramos hasta hoy, se lo conoce como apostasía. Y de tan terrible, parece hasta gracioso. 

Como Vattimo parte de un axioma no sólo confuso, sino equívoco, toda su argumentación se cae. O mejor dicho, termina con ella siendo intérprete sin querer de la profanación del cristianismo. Porque con la lícita y bien intencionada  intensión de mostrar que Occidente es heredero de esa tradición, logra justamente poner en evidencia que el entero sistema político a que su comprensión del cristianismo ha dado lugar, y que hoy aterroriza porque no le vemos la vuelta, es el que la Iglesia puso efectivamente en marcha cuando se alió al poder temporal.
 
Vattimo toma el camino ancho que lleva a la destrucción del sentido militante del cristianismo cuando, 
al proponer a la no violencia finalmente como criterio suficiente de la fe, confunde al amor con la caridadSi la caridad pudiera ser entendida en sentido no asistencial no sería otra cosa que el amor, cuyo punto de partida no es nunca el individuo sino la alteridad. Pero lejos de ser la caridad cristiana de la que habla Vattimo algo no asistencial, lo que ella ofrece como distintivo es exclusivamente su carácter no violento. Y si no ser violento puede ser una buena descripción del amor, no resulta en cambio por eso su condición suficiente.

Pensar que la caridad estaría más allá del bien y del mal, como sin duda pretende el seguidor de Nietzsche y de Heidegger que es el propio Vattimo, no tiene asidero. Sin duda resulta esa su intención, pero el resultado al que llega es precisamente el opuesto. Sólo satisface el criterio de las buenas intenciones liberales y nada mas. Aunque para su descargo es preciso reconocer que el problema con él que teóricamente se enfrenta no es para nada sencillo, puesto que proponer al amor como criterio de una política por venir, como saben todos los que militan esta apuesta, sólo da lugar a un pueblo que no es de este mundo. 

Si algo define a un cristiano militante es su compromiso a estar en el mundo pero fuera de él. Y ello resulta justo lo que Nancy quiere dar a entender con su expresión “en el cielo y sobre la tierra”. Si su Dios resultase de alguna manera 'débil' sólo lo sería porque pide que se forme parte de su pueblo: no es un Dios que satisfaga, sino uno que solicita servicio. Pero que su hijo haya caminado en la tierra no significa que traicionó sólo por eso alguno de sus principios. Sería una contradicción en los términos pensar entonces en un cristianismo débil, como pretende la corriente en la que Vattimo se inspira, ya que para lo que Dios convoca hace falta dedicación: militancia, compromiso y espíritu de cuerpo. 
 

2- 
Para Nancy, el cristianismo supone esa apertura a la alteridad que hizo de Occidente un escenario deconstructivo privilegiado donde ateísmo y cristianismo terminan siendo sinónimos. Pero no porque Dios con ello se debilitase, sino todo lo contrario. Para Vattimo, en cambio, el cristianismo resulta la herencia que anticipa y condiciona el proceso secularizador que ofrece y representa a Occidente y culmina, en el pensamiento, como una ontología débil. Ambos parecen llegar a la misma conclusión. Pero en cierta medida resultan opuestas, y el punto de inflexión quizás sea el de sus diferencias respecto de la naturaleza de Jesús.

Cuando piensa el cristianismo, Nancy no abandona sus reflexiones previas acerca de la corporalidad, e interpreta que la encarnación no consiste un proceso de entrada en el cuerpo de alguna entidad no corporal: el cuerpo mismo,  y más aún en el caso de Jesús, no es otra cosa que espíritu. O sea, es el espíritu que sale de sí mismo o de su pura identidad. Y esto sería algo que estaría incluso prefigurado ya en la Creación como tal, porque el espíritu es desde el Génesis mismo ya fuera de sí. Es sólo en este sentido que Nancy puede decir que el Dios cristiano es uno que se aliena, y por tanto se 'ateologiza'.

Para Vattimo ocurre todo lo contrario. El espíritu encarna en forma humana, y este supuesto debilitamiento divino facilitaría en y por el cristianismo cierta humanización de la violencia característica de lo sagrado, al mismo tiempo que anunciaría la progresiva pérdida de los fundamentos últimos en el ámbito del pensar. Lo que prima en la concepción del cristianismo que anima a Vattimo es entonces una perspectiva ética que hace de la caridad su principio, entendida como rechazo a la violencia.

Son dos concepciones del cristianismo en consecuencia muy diferentes. Porque Nancy, antes que la debilidad privilegia la función dinamizadora del cristianismo, algo que sin duda resulta la característica mas relevante de Occidente. En cambio Vattimo presenta una visión edulcorada tanto del cristianismo como de Occidente, buscando por sobre todo una conciliación de su historia personal. Ocurre que ambos tienen un concepto distinto, no sólo del cristianismo y de Occidente, sino por sobre todo de lo que significa un pensamiento desfondado y la diferencia ontológica: para el primero es sinónimo del ser en común, para el segundo lo sería sólo de la tolerancia.


3- La importancia o el interés respecto de esta formulación débil de la fe que ofrece Vattimo consiste en ofrecer, indirecta y generosamente, la exacta descripción de una perspectiva relativista o no militante acerca de la muerte de Dios. Cuando Nietzsche afirma que el mundo verdadero se convirtió en fábula no esta poniendo al mundo sensible en el lugar del de las ideas, sino aboliendo directamente la distinción. Ya no hay un lugar verdadero. Es decir, Dios ha muerto. Y en eso hay quizás un acuerdo unánime actualmente, pero la lectura de su muerte es materia aún de interpretación. Porque hay quienes dicen que si murió todo depende de uno y quienes consideran que es preciso transitar en cambio un duelo imposible.

Vattimo propone un círculo hermenéutico por el cual la herencia cristiana explicaría la muerte de Dios y, a la vez, la muerte de Dios serviría para retomar dicha herencia. Como esta interpretación se basa en su propio recorrido personal se siente obligado a reconocer que a él mismo un círculo así le parece hasta demasiado bonito para ser real, y alienta entonces a los lectores a presentar su propia interpretación alternativa. Y claro que la hay, aunque ella no se escribe en primera sino necesariamente en tercera persona del plural.

Una perspectiva militante no tiene inconveniente en adherir cuando menos formalmente a su hipótesis general, pero discrepa por supuesto en sus consideraciones acerca de la muerte de Dios y del cristianismo. Entiende que esa noción de ‘debilidad’ aplicada por Vattimo tanto a la fe como al pensamiento, es un calificativo que permite apreciar cierta relación entre ambos pero no agota toda interpretación posible. De modo que el disenso militante es en todo caso afirmativo ya que, ubicado dentro de su mismo marco teórico, termina entendiendo que no lo profundiza sin embargo como el asunto lo requiere.

El ‘cristianismo débil’ de Vattimo se asienta en el supuesto ‘abajamiento’ de Dios expresado en la kenosis, es decir, en el hipotético ‘vaciamiento’ de la divinidad de Jesús al asumir su forma humana. Interpretación por supuesto tan válida como cualquier otra pero que convalida, de paso, eso que Kierkegaard calificara peyorativamente como ‘cristiandad’: el cristianismo de esos tibios que el propio Jesús dice que vomitaría de su boca. El cristianismo de Vattimo es entonces una interpretación. Pero de ese carácter interpretativo no se sigue necesariamente su debilidad.

La muerte de Dios y el cristianismo resultan para nosotros también asuntos solidarios, por supuesto, pero bajo un signo por completo distinto. Vattimo hace de la muerte de Dios el imperio de la no violencia, y desde ese prisma interpreta al cristianismo. Para la militancia, en cambio, la muerte de Dios no puede sino ser algo absolutamente diferente: la imposibilidad de sostener de y por algo la propia esperanza. Es desde este prisma que interpreta y adhiere a un cristianismo militante, en consecuencia, para el cual la desesperación queda identificada no ya como un pecado sino, al decir del mismo Kierkegaard, el pecado por excelencia.

Si llamamos militante a nuestro cristianismo es porque la esperanza para nosotros ciertamente no es una certeza. Lo mismo que para el cristianismo débil, sea de Vattimo o del cristiano actual en general, la fe se distingue para nosotros de la creencia: reflexionando sobre sí se torna creencia de una creencia, con lo cual pierde toda pretensión de ser idéntica a sí misma. Pero a diferencia del compañero debilucho, quienes se oponen  decididamente a eso que él llama las 'filosofías del salto' - y de las cuales Kierkegaard sería, por supuesto, fiel representante - entienden a la militancia como un decidido compromiso a mantenerse, permanentemente y al mismo tiempo, tanto en el cielo como sobre la tierra.

 

4- Vattimo se manifiesta contra el concepto de alteridad en Derrida y Levinas porque, según él, llevaría a reinstaurar el transmundo. Una tesis, esta última, que se limita a fundamentar por el rechazo que ambos experimentarían hacia la idea de un Dios amistoso. Y como, de alguna manera, esta es justo la postura central que anima toda la argumentación de Vattimo, el lector descubre al final del libro lo que hubiera tenido entonces que estar en su misma introducción.

Mas allá de que Vattimo acierte o no en su consideración del cristianismo, sin embargo, y haciendo ahora abstracción de esta querella contra los franceses previa incluso a sus escritos sobre el cristianismo, cabe igual reflexionar como conclusión en qué sentido puede pensarse que un retorno de lo religioso, y del cristianismo en especial, podría tener como pilar a la amistad de Dios con los hombres. Políticamente hablando: ¿a quién puede beneficiar este Dios amistoso?

Los pueblos colonizados lo sabemos demasiado bien por experiencia: a los colonizadores. Porque el papel fundamental de la religión en el sometimiento de los pueblos originarios sin duda no fue otro que el de justificar todo tipo de opresión temporal bajo el manto de la bondad eterna. El retorno de lo religioso esta hoy día amparado por una contraposición falaz: o un Dios bueno que nada pide, mandado a hacer para esta sociedad que a su vez ya nada pide, o un Dios vengativo y sumamente estricto, ejemplarmente protagonizado por el fundamentalismo islámico pero que quizás no se limite más adelante sólo a él si el mundo sigue en esta dirección.

El desentendimiento de Vattimo con la filosofía francesa de fin de siglo es de larga data. Ya dieciséis años antes de Creer que se cree, en Aventuras de la diferencia se esforzó por desmarcar el concepto de diferencia entre el ser y el ente, propuesta por Heidegger, del de los pensadores de la diferencia a secas como el Deleuze y Derrida. 

5- Mas allá de si Vattimo acierte o no en su consideración del cristianismo, sin embargo, y haciendo incluso abstracción de esta sorprendente querella contra los franceses, cabe igual reflexionar en qué sentido puede pensarse que un retorno de lo religioso, y del cristianismo en especial, podría tener como pilar a la amistad de Dios con los hombres. Porque, políticamente hablando, ¿a quién puede beneficiar este Dios amistoso tan propio de la cristiandad?

Los pueblos colonizados lo sabemos demasiado bien por experiencia: a los colonizadores. Porque el papel fundamental de la religión en el sometimiento de los pueblos originarios sin duda no fue otro que el de justificar todo tipo de opresión temporal bajo el manto de la bondad eterna. El retorno de lo religioso esta hoy día amparado por una contraposición falaz: o un Dios bueno que nada pide, mandado a hacer para esta sociedad que a su vez ya nada pide, o un Dios vengativo y sumamente estricto, ejemplarmente protagonizado por el fundamentalismo islámico pero que quizás no se limite más adelante sólo a él.si el mundo sigue en esta dirección.

Sólo un Dios que pide la amistad de los hombres podría, en cambio, cumplir una función revolucionaria, pero esa alternativa parece estar aún, desde el Concilio de Nicea en el 325, sin la más mínima consideración.


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