jueves, 30 de junio de 2022

EDIPO EL COLONIZADOR


El combate al capital que propone el movimiento justicialista halla una formulación efectiva en la lucha por independizarse del teatro que para el psicoanálisis caracteriza al deseo según la revolucionaria dupla de filósofos G. Deleuze y F. Guattari. Y repasar los cruces por lo cuales una descolonización de la conciencia supone la del inconsciente resultaría el punto de partida de una teoría de la militancia que aquí se propone desarrollar.


1-  Desde la derrota electoral de fines del '23 nos vemos otra vez envueltos en la necesidad de contraponer patria a colonia, y resulta conveniente profundizar en ciertas razones del pensamiento dependiente que no se derivan ya solamente del mero interés material de un sector privilegiado como tampoco, incluso, de una cuestión discursiva o de conciencia. Antes que refritar, entonces, los diagnósticos inmunitarios ya conocidos en que incurre el pensamiento nacional-popular, resulta cuando menos interesante indagar los motivos por los cuales un pueblo se entrega a un proyecto sin corazón desde la batería de conceptos propuestos por el esquizoanálisis.

En el prólogo a El Antiedipo de G. Deleuze y F. Guattari, M. Foucault señaló al compromiso con la poética del encuentro humano como exclusivo pivote de una problematización contracultural. Porque en lugar de alimentar la peregrina idea de una revolución social, dicha obra apunta a destacar mas bien que una específica forma de subjetivación resulta la revolución en sí mism. Lo que está principalmente en juego en una crítica al capitalismo, desde el punto de vista de una perspectiva anedípica, resulta entonces justo esa forma de asociarnos que parte de problematizar la identidad de cada cual.

Lo que Foucault tan apropiadamente resume en su famoso Prólogo es que Deleuze y Guattari, aún con el habitualmente críptico vocabulario que los caracteriza, llaman la atención sobre algo tan elemental como obvio: que la abolición de la propiedad privada de los medios de producción no es la única revolución posible. O más bien, y mejor dicho, que el gran sueño revolucionario no puede ser planteado tan simplemente. Porque si bien es cierto que el capital aparece amalgamando hoy claramente los lazos sociales y, por lo tanto, lo económico resulta en nuestra sociedad ya inevitablemente su fundamento explícito, la función del capital se demuestra justamente por ello no siendo hoy tanto la explotación de una clase por otra sino, antes bien, el sometimiento de nuestra sociedad entera a la esclavitud. Y la pregunta más profunda que nos plantea un análisis esquizo, en consecuencia, consiste indagar si existe otra forma de amalgama para lo social que, en definitiva, el mero intercambio propio del capital.

Antes que una cuestión de aparatos, la nueva revolución de la que Deleuze y Guattari nos hablan resulta entonces la apuesta de una especial conformación, en definitiva, de la subjetividad militante. Mas no para volver a hacer del militante, por supuesto, una suerte de 'buen revolucionario' que, siguiendo la perspectiva clasista del marxismo, condujera un proceso de cambio social sino, antes bien, alguien capaz de asumir humildemente su responsabilidad por la responsabilidad del otro. La enseñanza más importante del esquizoanálisis es que el defecto del deseo, a contramano de la ideología, nunca es ser propiamente engañado sino asombrosamente preferir siempre, en cambio, ser colonizado. Y si una y otra vez aparece en El Antiedipo, entonces, la advertencia de que el motivo por el cual obedecemos en contra de nuestros intereses no es ideológico sino de deseo, de ello naturalmente se sigue que la responsabilidad absoluta militante necesita ser descripta como una descolonización del inconsciente.


2- Cuando las alianzas y filiaciones ya no pasan por los afectos sino por el dinero, y dejamos de tener en cuenta que las personas son, en primera y fundamental instancia, personas sociales, Deleuze y Guattari dicen que Edipo el colonizador ha hecho su aparición. En El Antiedipo nos advierten que la forma como constituimos nuestra subjetividad resulta al modo dependiente de una colonia, porque si bien el capital favorece sobre todo en esta etapa una completa descodificación en las relaciones sociales para que facilite la circulación constante de los flujos de dinero y mercancías, exige al mismo tiempo de forma imperiosa evitar una dispersión total y absoluta que pondría en peligro, precisamente, la dispersión sabiamente regulada y relativa que sustenta al capitalismo.  

Para que el deseo se boicotee a sí mismo, y de esta forma todo siga funcionando tal como hasta ahora, la subjetividad colonizada acepta mansamente reducirse a mero motor del consumo indefinido de satisfacciones y vínculos edípicos, convirtiéndose su enfermizo deseo de ser reconocida y completada de una manera que lleva impreso en sí misma el fracaso en la trampa perfecta dentro de la que, vez tras vez, nos atrapamos entre todos a nosotros mismos. Sólo una descolonización del inconsciente podría hacernos retomar hoy la significación perdida de la palabra 'revolución', en consecuencia, y a ello se aboca en resumidas cuentas y sin mas, la tarea por excelencia del esquizoanálisis.

Si Deleuze y Guattari piensan al esquizoanálisis como un análisis militante claramente no es porque busquen con ello posicionarse como una más de las postura políticas de izquierda, sino porque pretenden cambiar el ángulo habitual de la mirada que se presume política y dar cuenta, en cambio, de la revolución implicada en una subjetividad descolonizada y descolonizadora que se anoticie de sí a partir del otro. Mas que de definiciones utópicas, de lo que se trata para ellos es así de facilitar con ello agrupaciones entonces cuanto más heterogéneas sean internamente mejor. Pero, aun cuando la intención de esa revolución que ellos llaman de tipo 'molecular' residiría en la potencia generada por los encuentros como tales y en sí mismos, resulta imperioso advertir que no todo encuentro resulta del tipo justamente adecuado para mantener al infinito la circulación de los flujos y poner realmente en jaque así al capitalismo. 

A tal efecto, Deleuze y Guattari distinguen dos tipos de grupalidad: por un lado 'grupos sometidos y, por el otro, 'grupos sujetos'. Y aunque en ambos casos la catexis del deseo resulte necesariamente siempre colectiva, será requisito incondicional de y para una deconstrucción de la subjetividad militante el aprender a reconocer y finalmente oponerse decididamente, a toda forma de agruparnos donde las singularidades se subordinen a los recurrentes fenómenos paranoicos de masa.

Cuando Deleuze y Guattari nos hablan de unos 'grupos sujetos' capaces de organizarse con otra lógica a la del capital podríamos, con absoluta falta de rigor, suponer que resultan asociaciones humanas que llevan adelante nuevos proyectos colectivos contra viento y marea. Esto es lo que abonan ciertas especulaciones sobre la revolución molecular de personajes lamentables como Alexis López , por ejemplo, que atribuye a las recientes movilizaciones espontáneas en Latinoamérica (como la chilena del '19, o la colombiana del '21) una dirección paranoica secreta. Con mayor criterio puede plantearse, por el contrario, que ese no es jamás el asunto en cuestión cuando desde el esquizoanálisis no se trataría de buscar ni de fomentar un nuevo sujeto histórico sino, más modestamente, facilitar ese remolino centrífugo de conexiones novedosas que nos hagan vivir ya, aquí y ahora, la revolución que esperábamos.


3- En El Antiedipo se distinguen dos tipos de inscripciones sociales: las codificaciones y la axiomaticaLa codificación es el movimiento por el cual las fuerzas económicas son atribuidas a una instancia extraeconómica que le sirve de soporte: sólo hay código allí donde un cuerpo lleno, entonces, como instancia de anti-producción, se vuelca sobre la economía y se la apropia. Su característica principal es que necesita escribirse en plena carne, y por ello fue la forma por excelencia de inscripción social tanto en la máquina social primitiva como luego en la despótica. Nada de ello ocurre en la axiomática propia del capitalismo, sin embargo, por la sencilla razón de que, precisamente, ella no es una codificación. Si el capitalismo se distingue de las anteriores formas de conformación social es entonces porque resulta una instancia explícita y directamente económica, que se vuelca sobre la producción sin hacer intervenir factores extras. 

Para dar cuenta acabada del enfoque que pretende explicar, finalmente, el sometimiento social como un auto-sometimiento, Deleuze y Guattari hacen una sesuda distinción entre el capital 'de alianza', que sería característico de la anterior producción no capitalista, con el capital a secas que en el capitalismo se vuelve, en cambio, de tipo 'filiativo'. Desde que el dinero engendra dinero, el capital mismo se convierte en el cuerpo lleno o la cuasi causa, como dicen ellos, que se apropia de todas las fuerzas productivas. Es así que la axiomática representa el límite de toda sociedad, pues si bien descodifica los flujos que las anteriores formaciones sociales se apresuraban en cambio a codificar, sustituye por otro lado los códigos ahora mediante una forma que, ofreciéndose detrás de la cortina de humo de la libertad, termina manteniendo la energía de los flujos potencialmente capaces de liberar al deseo ligadas al capital, no obstante, de una manera aún más férrea que la habilitada por los códigos. 

El capitalismo se define así para Deleuze y Guattari, entonces, como un campo de inmanencia atrapado siempre entre dos polos: la conjunción de los flujos descodificados a través de una axiomática y, por otro lado, los flujos descodificados mismos: dicho de otra manera, entre la máquina social, entonces, y la máquina deseante. Y con este análisis militante difieren ambos, aunque sin confesarlo expresamente, del clásico análisis revolucionario, ya que la contradicción principal para ellos no consistiría tanto esa que se da a partir del carácter social de la producción y el privado de la propiedad sino, antes bien, la que se da entre la máquina social y la máquina deseante, o entre sus polos paranoico y esquizofrénico, o entre la clase y los fuera-clase, es decir: entre los siervos de la máquina y los que la hacen estallar.

Esta expresión de 'hacer estallar' resulta en cierta forma un contrasentido tomada en sentido literal, sin embargo, al estar demasiado ligada todavía al discurso dominante de Edipo el colonizador como para dar cuenta de una verdadera revolución de tipo molecular propio de un análisis militante. Porque el estallido de la máquina social se parece más bien, desde una perspectiva anedípica, a pequeños y múltiples explosiones provenientes de continuas y minúsculas proclamaciones de independencia del deseo que, en definitiva, resultan la mayoría de las veces más propias de seres afásicos o tartamudos que de verborrágicos oradores de barricadas.


viernes, 10 de junio de 2022

DIONISIO CONTRA EDIPO




Si no fuera porque estamos hablando al mismo tiempo de mucho sufrimiento, el momento actual es de tanta incertidumbre que hasta tiene el gusto de una aventura que no ganará tanto el que mejor sepa convencer, sino el que Dios diga. Lo que da qué pensar hoy es cómo vencer entonces lo que impide convencernos, mas bien, a nosotros mismos. Deleuze y Guattari exploraron el camino para lograrlo con su original concepción del deseo, y aquí se repasan algunos elementos a partir de los cuales ellos mapearon la conexión con nuestra potencia.

 



1- El esquizoanálisis bien puede ser presentado como una postura alternativa al psicoanálisis cuando, en lugar de a las neurosis, toma la psiquiatría como campo de investigación para así ofrecer una concepción política del inconsciente que transforma por completo, y a todo nivel, las reglas del juego.

Sumergirnos en la lectura de El Antiedipo resulta una experiencia tan embriagante como desconcertante. No sólo porque obliga a lidiar con la dificultad de su prosa y del asunto sumamente técnico en cuestión, sino porque nos enfrenta sobre todo al dilema propio de una apuesta que no se coloca al mismo nivel de las proclamas universalistas pero que, al expresarse de manera crítica, debe correr necesariamente el riesgo de caer también ella bajo la pretensión de ofrecerse en cierta forma, a su vez, como verdadera. Es este mismo el riesgo que asume el lector cada vez que se pregunta para dónde va entonces la cosa que allí se propone y descubre sólo que necesita sofrenar el constante impulso de querer hacer otra vez del sujeto esquizo un nuevo héroe cuando éste se deshace, sin embargo, ante cada torpe intento suyo de etiquetarlo. Porque, como avisan si bien crípticamente Deleuze y Guattari, el esquizo no tiene principios: no es algo más que siendo algo distinto.

La mera crítica al encuadre típico del psicoanálisis no resultaría sino una consecuencia mas bien de tipo discursivo. Aunque importante sin duda por sus consecuencias teóricas, corre sin embargo el riesgo de ocultar que el cometido de una propuesta esquizoanalítica es ofrecer mas bien, y por sobre todas las cosas, una concepción del sujeto diferente al del psicoanálisis. Si Freud había elaborado una teoría clínica partiendo de un sujeto que por, estar cerrado sobre sí mismo, arrastra la culpa de relacionarse con lo que estaría supuestamente fuera suyo sólo por interés, el punto de partida propuesto por Deleuze y Guattari resulta, en cambio, el de un sujeto de corte nietzscheano que no se define nunca a partir de la culpa sino, básicamente, a partir de su potencia.

La propuesta de El Antiedipo resulta política no sólo por saber apuntar como problemático que el deseo desee, paradójicamente, su propia represión. Su propuesta es eminentemente política sobre todo porque su mismo enfoque se muestra indistinguible entonces de esa 'gran política' nietzscheana que apunta a revertir la tendencia por la cual los débiles han triunfado de manera sistemática siempre por sobre los fuertes. Una gran política que resulta sin embargo preciso reformular, para Deleuze y Guattari, en términos que ellos denominan 'minoritarios' ya que el desafío de nosotros, los fuertes, no pasa nunca por lograr ser mayoría sino, al contrario, por poder concebir de otra manera lo común.

El repudio a esa instalada reducción familiarista en función de la cual fuera considerado el inconsciente por el psicoanálisis no agota por lo tanto de ninguna manera su propuesta. Porque, a diferencia de esa vieja y pequeña política entonces que, desde una perspectiva meramente institucional, plantea la incuestionable necesidad de asegurarse un sujeto capaz de tomar el poder como medio indispensable para un cambio social, la cuestión que a una propuesta de corte postnietzscheano anima se dirime, en cambio, netamente como una producción alternativa de subjetividades. O como lo dicen ellos con sus palabras, hacernos un cuerpo sin órganos, es decir, desregularnos, y acostumbrarnos a no buscar más nuestro origen sino exclusivamente nuestros afectos.


2- Bien podría decirse que, desde el esquizoanálisis, la conocida fórmula nietzscheana de “Dionisio contra el crucificado” necesita ser entonces revisitada y, a la luz de la contienda contra esa suerte de nueva iglesia laica del s. 20 que, para Deleuze y Guattari, resulta el psicoanálisis, pide ser reformulada  como 'Dionisio contra Edipo'. Se trataría de una versión del mismo problema identificado entonces en su tiempo por Nietzsche pero que, a semejanza de la formula original, se presenta como una oposición que no puede ser leída en términos puramente teóricos. Tomada como una apuesta eminentemente práctica, con ella tampoco se pretende, por supuesto, reemplazar sólo una norma por otra: más bien, su asunto consiste deslindar simplemente ese mágico ámbito por y para el cual la norma misma, como tal, quedaría fuera de lugar.

Cuesta tomar nota que la gran política no precisa héroes sino más bien de antihéroes que, al decir de Artaud, se solacen en describirse a sí mismos en cambio como los eslabones más bajos de la creación. Y si quisiéramos hacer de El Antiedipo, por ello, una suerte de presentación del glorioso nuevo sujeto político nos veríamos entonces necesariamente frustrados, ya que el sujeto político mismo como tal quiebra, y literalmente se esfuma, desde que la propuesta misma de la igualdad, como principio rector de la acción política tradicional, resulta reemplazada por la de la diferencia. O mejor, por ese deseo de ser constantemente diferentes a nosotros mismos que nos caracteriza cuando, al menos por un rato, ya no nos define la culpa sino la potencia.

Esa es la línea divisoria de aguas a que la lectura de este texto nos enfrenta cuando el desafío principal al que nos sentimos arrojados consiste así en entregarnos, en la medida de las posibilidades de cada cual, a nuestro propio delirio dionisíaco. Cuando en El Antiedipo leemos que el deseo no quiere la revolución, sino que es revolucionario por sí mismo e incluso, de manera involuntaria, por el simple y desnudo hecho de querer lo que quiere, uno pierde automáticamente entonces toda referencia. Porque si el deseo es revolucionario por el mero albur de no estar separado de lo que puede, la revolución propiamente dicha deja de ser en consecuencia algo parecido a una meta y, sobre todo, de ser algo también cuyo valor se defina por mejorar de alguna manera cualquier situación previa.

Pero aunque por definición el deseo resulte revolucionario, no ocurre por supuesto que pueda fluir justo de esa irreverente manera siempre. Por eso uno supondría que el camino abierto por el esquizoanálisis consiste restablecer entonces unas condiciones sociales a partir de las cuales el deseo se recomponga, pero ocurre que para Deleuze y Guattari ésta sería precisamente una manera errónea de plantear el problema porque invierte el orden de los factores y confunde las causas con las consecuencias. Y aquí reside, quizás, la mayor originalidad de un planteo que se propone cambiar, por sobre todas las cosas, lo que resulta militar por un cambio social.

Ya Nietzsche había mostrado que la relación acreedor-deudor no tiene como función recordar al deudor que devuelva en el futuro aquello que se le prestó, sino que la relación acreedor-deudor en cuestión resulta originaria en sí misma y, por lo tanto, que no tendría como finalidad restablecer un supuesto equilibrio cambiario, roto por un préstamo, sino fundamentar al revés un deber anterior a cualquier acto de intercambio. Ninguna deuda procede entonces de una situación original sin deuda, sino que sería ella misma en cambio y la innoble materia misma de ese vínculo social que instaura la moral, y el desafío nietzscheano consistió así en rechazar y combatir este modelo de intercambio que convirtió a lo social, históricamente, en un experimento que tuvo como exclusiva finalidad criar un animal político al que le fuera lícito hacer promesas.

En esta misma línea, así como la deuda no está en nuestra sociedad nunca al final, sino al principio, lo social tampoco resulta lo que debe ser transformado para conectar con nuestro deseo sino, a la inversa, con lo que debemos conectar para aprender a desear. Edipo obviamente resulta, en la comprensión de Deleuze y Guattari, lo que la sociedad precisa instituir para evitar que el deseo, en esencia revolucionario, turbe una supuesta discordia social. Pero aun cuando ellos seguramente admiten que el deseo pone en jaque todo orden establecido al comprometer las estructuras de explotación y jerarquía, de todas maneras nunca es por ello asocial, sino todo lo contrario, lo que lo organiza.

La conclusión en cierta forma feliz que surge del esquizoanálisis es que Edipo no sería así en consecuencia un problema a atacar, ya que no resulta un estado propio del deseo mismo sino mas bien, y simplemente, tan solo una idea que se blande al servicio de la represión. Es la sociedad convertida en una guardería edípica entonces el verdadero problema, y lograr que el deseo deje de desear su propia represión, al menos en su medida y armoniosamente, exigirá de nosotros aprender a habilitar novedosas y originales líneas de fuga.


REVOLUCIÓN ARGENTINA

  Plenario para un Manifiesto de la Militancia es un regalo al pensamiento. Damián Selci sigue ampliando su original teoría en un texto vo...