Si
no fuera porque estamos hablando al mismo tiempo de mucho sufrimiento, el
momento actual es de tanta incertidumbre que hasta tiene el gusto de una
aventura que no ganará tanto el que mejor sepa convencer, sino el que Dios
diga. Lo que da qué pensar hoy es cómo vencer entonces lo que impide
convencernos, mas bien, a nosotros mismos. Deleuze y Guattari exploraron
el camino para lograrlo con su original concepción del deseo, y aquí se repasan algunos elementos a partir de los cuales ellos mapearon la
conexión con nuestra potencia.
1- El esquizoanálisis bien puede ser presentado como
una postura alternativa al psicoanálisis cuando, en lugar de a las neurosis,
toma la psiquiatría como campo de investigación para así ofrecer una concepción
política del inconsciente que transforma por completo, y a todo nivel, las
reglas del juego.
Sumergirnos en la lectura de El Antiedipo resulta una experiencia tan embriagante como
desconcertante. No sólo porque obliga a lidiar con la dificultad de su prosa y
del asunto sumamente técnico en cuestión, sino porque nos enfrenta sobre todo al
dilema propio de una apuesta que no se coloca al mismo nivel de las proclamas
universalistas pero que, al expresarse de manera crítica, debe correr necesariamente
el riesgo de caer también ella bajo la pretensión de ofrecerse en cierta forma,
a su vez, como verdadera. Es este mismo el riesgo que asume el lector cada vez
que se pregunta para dónde va entonces la cosa que allí se propone y descubre sólo que necesita sofrenar el constante impulso de querer hacer otra vez del sujeto
esquizo un nuevo héroe cuando éste se deshace, sin embargo, ante cada torpe
intento suyo de etiquetarlo. Porque,
como avisan si bien crípticamente Deleuze y Guattari, el esquizo no tiene principios: no es algo más que siendo algo
distinto.
La mera crítica al encuadre típico del psicoanálisis
no resultaría sino una consecuencia mas bien de tipo discursivo. Aunque
importante sin duda por sus consecuencias teóricas, corre sin embargo el riesgo
de ocultar que el cometido de una propuesta esquizoanalítica es ofrecer mas
bien, y por sobre todas las cosas, una concepción del sujeto diferente al del
psicoanálisis. Si Freud había elaborado una teoría clínica partiendo de un
sujeto que por, estar cerrado sobre sí mismo, arrastra la culpa de relacionarse
con lo que estaría supuestamente fuera suyo sólo por interés, el punto de
partida propuesto por Deleuze y Guattari resulta, en cambio, el de un sujeto de
corte nietzscheano que no se define nunca a partir de la culpa sino,
básicamente, a partir de su potencia.
La propuesta de El
Antiedipo resulta política no sólo por saber apuntar como problemático que
el deseo desee, paradójicamente, su propia represión. Su propuesta es
eminentemente política sobre todo porque su mismo enfoque se muestra
indistinguible entonces de esa 'gran política' nietzscheana que apunta a
revertir la tendencia por la cual los débiles han triunfado de manera
sistemática siempre por sobre los fuertes. Una gran política que resulta sin
embargo preciso reformular, para Deleuze y Guattari, en términos que ellos
denominan 'minoritarios' ya que el desafío de nosotros, los fuertes, no pasa
nunca por lograr ser mayoría sino, al contrario, por poder concebir de otra
manera lo común.
El repudio a esa instalada reducción familiarista en
función de la cual fuera considerado el inconsciente por el psicoanálisis no
agota por lo tanto de ninguna manera su propuesta. Porque, a diferencia de esa
vieja y pequeña política entonces que, desde una perspectiva meramente
institucional, plantea la incuestionable necesidad de asegurarse un sujeto
capaz de tomar el poder como medio indispensable para un cambio social, la
cuestión que a una propuesta de corte postnietzscheano anima se dirime, en
cambio, netamente como una producción alternativa de subjetividades. O como lo
dicen ellos con sus palabras,
hacernos un cuerpo sin órganos, es decir, desregularnos, y acostumbrarnos a no buscar más
nuestro origen sino exclusivamente nuestros afectos.
2- Bien podría decirse que, desde el esquizoanálisis, la conocida fórmula nietzscheana de “Dionisio contra el crucificado” necesita ser entonces revisitada y, a la luz de la contienda contra esa suerte de nueva iglesia laica del s. 20 que, para Deleuze y Guattari, resulta el psicoanálisis, pide ser reformulada como 'Dionisio contra Edipo'. Se trataría de una versión del mismo problema identificado entonces en su tiempo por Nietzsche pero que, a semejanza de la formula original, se presenta como una oposición que no puede ser leída en términos puramente teóricos. Tomada como una apuesta eminentemente práctica, con ella tampoco se pretende, por supuesto, reemplazar sólo una norma por otra: más bien, su asunto consiste deslindar simplemente ese mágico ámbito por y para el cual la norma misma, como tal, quedaría fuera de lugar.
Cuesta tomar nota que la gran política no precisa héroes
sino más bien de antihéroes que, al decir de Artaud, se
solacen en describirse a sí mismos en cambio como los eslabones más bajos de la
creación. Y si quisiéramos hacer de El
Antiedipo, por ello, una suerte de presentación del glorioso nuevo sujeto
político nos veríamos entonces necesariamente frustrados, ya que el sujeto
político mismo como tal quiebra, y literalmente se esfuma, desde que la
propuesta misma de la igualdad, como principio rector de la acción política
tradicional, resulta reemplazada por la de la diferencia. O mejor, por ese
deseo de ser constantemente diferentes a nosotros mismos que nos caracteriza
cuando, al menos por un rato, ya no nos define la culpa sino la potencia.
Esa es la línea divisoria de aguas a que la lectura
de este texto nos enfrenta cuando el desafío principal al que nos sentimos arrojados
consiste así en entregarnos, en la medida de las posibilidades de cada cual, a
nuestro propio delirio dionisíaco. Cuando en El Antiedipo leemos que el deseo no quiere la revolución, sino que
es revolucionario por sí mismo e incluso, de manera involuntaria, por el simple
y desnudo hecho de querer lo que quiere, uno pierde automáticamente entonces
toda referencia. Porque si el deseo es revolucionario por el mero albur de no
estar separado de lo que puede, la revolución propiamente dicha deja de ser en
consecuencia algo parecido a una meta y, sobre todo, de ser algo también cuyo
valor se defina por mejorar de alguna manera cualquier situación previa.
Pero aunque por definición el deseo resulte
revolucionario, no ocurre por supuesto que pueda fluir justo de esa irreverente
manera siempre. Por eso uno supondría que el camino abierto por el
esquizoanálisis consiste restablecer entonces unas condiciones sociales a
partir de las cuales el deseo se recomponga, pero ocurre que para Deleuze y
Guattari ésta sería precisamente una manera errónea de plantear el problema
porque invierte el orden de los factores y confunde las causas con las
consecuencias. Y aquí reside, quizás, la mayor originalidad de un planteo que
se propone cambiar, por sobre todas las cosas, lo que resulta militar por un
cambio social.
Ya Nietzsche había mostrado que la relación
acreedor-deudor no tiene como función recordar al deudor que devuelva en el
futuro aquello que se le prestó, sino que la relación acreedor-deudor en cuestión resulta originaria en sí misma y, por lo tanto, que no tendría como finalidad
restablecer un supuesto equilibrio cambiario, roto por un préstamo, sino fundamentar al
revés un deber anterior a cualquier acto de intercambio. Ninguna deuda procede
entonces de una situación original sin deuda, sino que sería ella misma en
cambio y la innoble materia misma de ese vínculo social que instaura
la moral, y el desafío nietzscheano consistió así en rechazar y combatir este
modelo de intercambio que convirtió a lo social, históricamente, en un
experimento que tuvo como exclusiva finalidad criar un animal político al que
le fuera lícito hacer promesas.
En esta misma línea, así como la deuda no está en
nuestra sociedad nunca al final, sino al principio, lo social tampoco resulta
lo que debe ser transformado para conectar con nuestro deseo sino, a la
inversa, con lo que debemos conectar para aprender a desear. Edipo obviamente
resulta, en la comprensión de Deleuze y Guattari, lo que la sociedad precisa
instituir para evitar que el deseo, en esencia revolucionario, turbe una
supuesta discordia social. Pero aun cuando ellos seguramente admiten que el
deseo pone en jaque todo orden establecido al comprometer las estructuras de
explotación y jerarquía, de todas maneras nunca es por ello asocial, sino todo
lo contrario, lo que lo organiza.
La conclusión en cierta forma feliz que surge del
esquizoanálisis es que Edipo no sería así en consecuencia un problema a atacar,
ya que no resulta un estado propio del deseo mismo sino mas bien, y
simplemente, tan solo una idea que se blande al servicio de la represión. Es la
sociedad convertida en una guardería edípica entonces el verdadero problema, y
lograr que el deseo deje de desear su propia represión, al menos en su medida y
armoniosamente, exigirá de nosotros aprender a habilitar novedosas y originales
líneas de fuga.

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