1- En plena guerra mundial, M. Heidegger dictó, con el pomposo título de “El inicio del pensar occidental”, un seminario a partir de un largo comentario sobre dos fragmentos de Heráclito: el 16 y el 123. Hoy este seminario aparece editado como la primera de dos partes de la extensa obra intitulada, como si con ello sólo bastase, lisa y llanamente Heráclito, donde el amor por la sabiduría es leído como una curiosa amistad del hombre con lo por pensar que no parte de una decisión de los pensadores mismos sino que, al revés, resulta donada desde ese propio por pensar. Y como esto sería una peculiaridad que en los pensadores iniciales destaca de modo especial, el desafío que Heidegger encara es el de experimentar en este don algo de ese singular inicio.
La dificultad principal, en relación con propósito semejante, consiste poder salir del paradigma propio de la metafísica – pero que puede asimilarse al del entero espíritu occidental pues, en definitiva, es el de la técnica - donde el ser ya no resulta pensado verbalmente sino como participio. Considerado como participio el ser es sólo un mero ‘sido’, y desde Platón y Aristóteles en adelante el ser fue por eso concebido como una instancia de donde procedería todo lo que es y a lo que debería su razón de ser, por lo tanto, cada cosa que es. El ser como participio quedó convertido así en fundamento, conteniendo en sí todo en germen desde la eternidad.
El famoso olvido del ser que Heidegger con insistencia denuncia en toda su obra básicamente consiste este olvido del carácter verbal del ser, o sea: del ser que ya no es entendido en el orden del tiempo. Pero este olvido no expresa otra cosa entonces que el olvido en definitiva de la Physis, es decir, de esa forma griega de nombrar todo lo que nos rodea como lo que está constantemente surgiendo a partir de sí mismo. Desde que Occidente perdió esta cosmovisión fue que comenzó a pasar de manera violenta, sin pudor ni reparo alguno, por encima de todo lo que es. Y dicha violencia estructural terminó denominándose en el ámbito teórico muy apropiadamente 'meta-física', entonces, por consistir justo un deliberado ir mas allá de la Physis.
Resulta
difícil, por supuesto, hablar de una violencia del pensar como la que
denuncia Heidegger en la metafísica sin relacionarla con lo que, en ese
verano del ‘43, estaba efectivamente ocurriendo en Europa: los aliados habían
comenzado el desembarco en Italia y, ante su exitoso avance en Europa,
Hitler había suspendido la ofensiva en territorio ruso. Se trataba ya entonces,
obviamente, el comienzo del fin del sueño del Reich de los mil años. Y es
del todo imposible que para Heidegger esos acontecimientos
hayan sido sin relevancia dado que sus alumnos tuvieron que
escucharle entonces decir en su seminario que “la cuestión no es saber si el pueblo
alemán permanece siendo o no El pueblo histórico de Occidente, sino si
ahora, con dicho pueblo, todo hombre de la tierra es puesto en juego y,
en realidad, puesto en juego por el propio hombre”.
¿Qué relación tendría ese comentario, hecho como al margen en uno de los repasos que acostumbraban sus clases, sin embargo, con el tema del ser en cuestión?... No cabe duda que Heidegger está en ese momento minando una creencia y haciendo política al sembrar una sospecha. Pero es una digresión totalmente justificada, sin embargo, por la propuesta misma de una palabra como la que Heráclito propone y cuya esencia radicaría no sólo en carecer de modelos, sino en renunciar explícitamente a ellos como forma de lograr reconciliarse así con su propia indigencia.
Una cosmovisión postcopernicana, como la que propusieron los fenomenólogos del s. 20, es básicamente una apuesta irrespetuosa e intempestiva: no la de volver al inicio, ya que eso a esta altura de la civilización resultaría más que absurdo, pero sí la de buscar y encontrar allí, tal vez, el arrojo necesario para poder volver a escuchar, y quizás lograr responder desde nuestro presente, en cierta forma, el inicial llamado de un ser que se manifiesta ocultándose. Porque en ello reside toda la cuestión que resumía el desafío de Occidente para Heidegger: en recuperar la fragilidad propia de un mundo a la intemperie.
¿Qué relación tendría ese comentario, hecho como al margen en uno de los repasos que acostumbraban sus clases, sin embargo, con el tema del ser en cuestión?... No cabe duda que Heidegger está en ese momento minando una creencia y haciendo política al sembrar una sospecha. Pero es una digresión totalmente justificada, sin embargo, por la propuesta misma de una palabra como la que Heráclito propone y cuya esencia radicaría no sólo en carecer de modelos, sino en renunciar explícitamente a ellos como forma de lograr reconciliarse así con su propia indigencia.
Una cosmovisión postcopernicana, como la que propusieron los fenomenólogos del s. 20, es básicamente una apuesta irrespetuosa e intempestiva: no la de volver al inicio, ya que eso a esta altura de la civilización resultaría más que absurdo, pero sí la de buscar y encontrar allí, tal vez, el arrojo necesario para poder volver a escuchar, y quizás lograr responder desde nuestro presente, en cierta forma, el inicial llamado de un ser que se manifiesta ocultándose. Porque en ello reside toda la cuestión que resumía el desafío de Occidente para Heidegger: en recuperar la fragilidad propia de un mundo a la intemperie.
2- El prerrequisito de un ser considerado en términos temporales está en íntima relación, para Heidegger, con su propio ocultarse. Dicha noción – ‘cripteszai’ en griego - operaría como la clave en relación con la cual se desenvuelve el pensar esencial y, a la vez, a partir de la cual sería indicado intentar acercarnos en consecuencia al misterioso inicio. Una vez identificada dicha noción, es imperioso sin embargo no caer en la trampa que confundiría al ocultamiento con lo que al entendimiento le resulte un desafío llegar a conocer. Porque en el caso del ser, tanto como en el de la Physis, el ocultamiento en cuestión no resulta un término gnoseológico sino ontológico: es la misma Physis la que, según el propio decir de Heráclito en el frag. 123, da o brinda su favor al ocultamiento.
Dar cuenta del sentido por el cual la Physis da su favor al ocultamiento quedaría completamente desvirtuado si primero no distinguimos la acepción que el término ‘physis’, en sí mismo, tomó para el pensar inicial. Y Heidegger se expresa enfáticamente en contra por ello de su traducción habitual por ‘naturaleza’ puesto que, aún tomando ‘naturaleza’ como sinónimo de ‘vida’, el prejuicio habitual contemporáneo de creer que la vida y la muerte resultan aspectos diferentes y opuestos impide hoy conectar su específica esencia. Ni sujeto ni objeto, la Physis ante todo no es un ente entonces sino aquello, y de acuerdo a lo cual, todo algo definitivamente resulta siendo.
Traduciéndolo a partir del criterio temporal del ser, Heidegger propone para el término ‘physis’ la traducción entonces de ‘un puro surgir’, es decir, un surgir tal que no podrá ser jamás representado puesto que no expresa un surgir de algo determinado sino, antes bien, el modo mismo por el cual simplemente algo se da. Por último, aunque no precisamente en orden de importancia, para una comprensión esencial de ese frag. 123 que enigmáticamente reza “physis cripteszai filei” (la physis ama ocultarse) Heidegger propone revisar el significado de la conocida palabrita ‘filei’. Y será recién dilucidando ajustadamente los alcances de este término como la sentencia en cuestión comienza, para él, a despuntar cierto sentido inicial.
Traduciéndolo a partir del criterio temporal del ser, Heidegger propone para el término ‘physis’ la traducción entonces de ‘un puro surgir’, es decir, un surgir tal que no podrá ser jamás representado puesto que no expresa un surgir de algo determinado sino, antes bien, el modo mismo por el cual simplemente algo se da. Por último, aunque no precisamente en orden de importancia, para una comprensión esencial de ese frag. 123 que enigmáticamente reza “physis cripteszai filei” (la physis ama ocultarse) Heidegger propone revisar el significado de la conocida palabrita ‘filei’. Y será recién dilucidando ajustadamente los alcances de este término como la sentencia en cuestión comienza, para él, a despuntar cierto sentido inicial.
La insistencia de Heidegger sobre la necesidad de no asimilar la teoría de los contrarios heraclítea con la hegeliana adelanta el supuesto fundamental de su argumentación, dado que la forma esencial de interpretar una relación entre el surgir y la ocultación – o entre la vida y la muerte, que viene a ser para el caso lo mismo - no consistiría una oposición frontal entre dos modalidades que, cerradas cada una por sí a la otra, luego alcanzarían un estado supuestamente superior donde se encontraría la negación suprimida. En el caso de Heráclito, para Heidegger ocurriría justo al revés: el surgir directamente ‘es' la ocultación y viceversa porque apenas
nacemos, empezamos no sólo a vivir sino a morir. Y el surgir se esencia
ocultándose, para Heidegger, por el mismo motivo que lo contrario de la
vida no es la muerte, sino no haber nacido.
La especial dificultad que ofrece semejante paradoja resulta encarada por Heidegger a partir de una hermosa reflexión sobre la ‘filia’ que resalta como la perlita de este seminario pues en el desarrollo de su solución, que resulta prácticamente deconstructiva, se tiene la impresión de estar leyendo a algunos de los mejores representantes contemporáneos de la reflexión sobre la comunidad. Y por supuesto que no podría ser sino de esta manera, dado que ni J-L. Nancy, ni J. Derrida, ni G. Agamben, por mencionar sólo a los tres más relevantes, retacearon nunca su enorme deuda para con él.
Ya al comienzo de su seminario, y a propósito de su propia comprensión de la filosofía como tal, Heidegger señaló que la amistad con lo por pensar no podría ser atribuida al propio pensador. De esta forma identificaba que el carácter del pensar de los inicios se constituía como una palabra de la escucha en la que lo por pensar mismo asumía todo el protagonismo. Y de la misma manera, esa amistad (filei) entre el surgir (physis) y el ocultamiento (cripteszai) dice Heidegger ahora que debiera ser leída, en consecuencia, como el favor que otorgaría a lo otro de sí la esencia misma que él en todo caso ya tiene.
Así como la physis no es sinónimo de naturaleza, también es indispensable evitar antropomorfizarla: no es ella quien decidiría cederle lugar al ocultamiento. Por eso la extraña expresión ‘dar el favor’, con la que Heidegger traduce ‘filia’ en el frag. 123, pretende mostrar de esta manera que ese favor mutuo entre las dos instancias no partiría en realidad de ellas en sí mismas sino, al contrario, del propio favor como tal. Lo uno favorece a lo otro, dice Heidegger, pues dicho favor no resulta algo externo o extraño ni al surgir ni al ocultamiento sino que resulta la intimidad misma de la simple diferenciación.
La especial dificultad que ofrece semejante paradoja resulta encarada por Heidegger a partir de una hermosa reflexión sobre la ‘filia’ que resalta como la perlita de este seminario pues en el desarrollo de su solución, que resulta prácticamente deconstructiva, se tiene la impresión de estar leyendo a algunos de los mejores representantes contemporáneos de la reflexión sobre la comunidad. Y por supuesto que no podría ser sino de esta manera, dado que ni J-L. Nancy, ni J. Derrida, ni G. Agamben, por mencionar sólo a los tres más relevantes, retacearon nunca su enorme deuda para con él.
Ya al comienzo de su seminario, y a propósito de su propia comprensión de la filosofía como tal, Heidegger señaló que la amistad con lo por pensar no podría ser atribuida al propio pensador. De esta forma identificaba que el carácter del pensar de los inicios se constituía como una palabra de la escucha en la que lo por pensar mismo asumía todo el protagonismo. Y de la misma manera, esa amistad (filei) entre el surgir (physis) y el ocultamiento (cripteszai) dice Heidegger ahora que debiera ser leída, en consecuencia, como el favor que otorgaría a lo otro de sí la esencia misma que él en todo caso ya tiene.
Así como la physis no es sinónimo de naturaleza, también es indispensable evitar antropomorfizarla: no es ella quien decidiría cederle lugar al ocultamiento. Por eso la extraña expresión ‘dar el favor’, con la que Heidegger traduce ‘filia’ en el frag. 123, pretende mostrar de esta manera que ese favor mutuo entre las dos instancias no partiría en realidad de ellas en sí mismas sino, al contrario, del propio favor como tal. Lo uno favorece a lo otro, dice Heidegger, pues dicho favor no resulta algo externo o extraño ni al surgir ni al ocultamiento sino que resulta la intimidad misma de la simple diferenciación.
3- Con
Hegel a la cabeza, la metafísica representa, para Heidegger, esa
modalidad del pensar para la cual, contra viento y marea, aquello que la
filosofía piensa jamás puede contrariar a la voluntad de expresión
pues todo lo que es se supone así determinado por la voluntad de
exteriorizarse y aparecer. Por este motivo esa ‘fenomenología’
dialéctica del s. 19, en el sentido específico que le dio el
hegelianismo a este concepto, resulta el aparecer de lo absoluto, o
mejor, de lo absoluto en tanto que quiere o busca revelarse y ser
revelado.
Para los pensadores iniciales, por el contrario, no sólo no existiría algo así como una voluntad de aparecer sino que ni siquiera puede asegurarse que lo que aparece pudiera ser para ellos producto, precisamente, de una tal voluntad. Por eso Heidegger insiste, una y otra vez, que no habría nada más alejado de la unidad de los contrarios al pensamiento de Heráclito que la supuesta en la dialéctica hegeliana, y advierte que comparar a Heráclito con Hegel es entonces justamente el peligro que deberíamos estar a toda costa preparados a evitar si es cuando, sinceramente, nos animamos a escuchar lo que los pensadores del inicio tengan para legarnos.
Para los pensadores iniciales, por el contrario, no sólo no existiría algo así como una voluntad de aparecer sino que ni siquiera puede asegurarse que lo que aparece pudiera ser para ellos producto, precisamente, de una tal voluntad. Por eso Heidegger insiste, una y otra vez, que no habría nada más alejado de la unidad de los contrarios al pensamiento de Heráclito que la supuesta en la dialéctica hegeliana, y advierte que comparar a Heráclito con Hegel es entonces justamente el peligro que deberíamos estar a toda costa preparados a evitar si es cuando, sinceramente, nos animamos a escuchar lo que los pensadores del inicio tengan para legarnos.
En 1934, faltando nueve años todavía para que dictara Heidegger su seminario sobre Heráclito, había aparecido ya un pequeño y hermoso texto de E. Husserl que pone de manifiesto lo que representa una fenomenología considerada por fuera del marco interpretativo hegeliano al intitularlo, de forma especialmente provocadora, “La tierra no se mueve”. Allí Husserl intentaba una inversión explicita de la teoría copernicana, considerada como eje de la cosmovisión actual, para introducirnos de esta original manera en una ontología del mundo de la vida.
Que ‘la tierra no se mueve’ resulta una forma provocativa de aludir a la percepción inmediata que todos tenemos y hacemos abstracción que en realidad es ella la que gira alrededor del sol y sobre su eje con una rapidez desapercibida pero insólita. En forma paralela, que ‘el sol declina’ resultó luego para Heidegger la misma indubitable percepción que, poniendo entre paréntesis que ello es un efecto del propio movimiento de la tierra, abre paso así a una nueva concepción de la verdad como des-ocultamiento.
‘Declinar’ es una palabra que no significa simplemente pasar desde el ser al no ser. Porque así como decimos que el sol declina en el ocaso, por ejemplo, y nadie supone entonces que declinando se aniquile, de modo griego esa misma palabra habría que interpretarla también, para Heidegger, como un mero y simple desaparecer en todo caso de la presencia, o mejor: como un ingresar en el ocultamiento. Lamentablemente, sin embargo, la expresión por la cual decimos que “el sol declina” resultó para nuestra cultura desde Copérnico sólo una ilusión óptica y, como tal, válida sólo para poetas.
Jamás podría acusarse a los fenomenólogos del s. 20 de negar los conocimientos de la ciencia, obviamente, porque ellos buscan acercarse a las cosas mismas sin prejuicios de ninguna naturaleza. ¿Qué están sugiriendo Husserl y Heidegger, entonces, con esta suerte de trasnochado terraplanismo filosófico?: que el ‘fenómeno’ propio de la fenomenología del s. 20 nunca es absoluto pues su mostrarse es tomado en el estricto sentido de su manifestación y, por lo tanto, sin que habilite lo más mínimo así a convertirlo en verdadero o falso.
Es una actitud fenomenológica semejante la que permite a Heidegger leer el fragmento 16 de Heráclito, con el que organiza su Seminario del ‘47, confiriéndole el sentido de un declinar esencialmente verbal que, al dejar de funcionar como un declinar de algo, descubre el auténtico cariz de un ser en cuya manifestación se incluye, paradójicamente, su propio ocultamiento. En qué modificaría ello nuestra forma de concebir tanto a nosotros mismos como al mundo y a la vida, y qué consecuencias prácticas traería recoger así el legado de los inicios del pensar, es una pregunta cuya misma respuesta quizás no es tan importante como el tipo de pensar que se formula a partir de dicho interrogante.
Sin forzar demasiado el riguroso análisis heideggeriano sobre Heráclito, resulta lícito y hasta casi obvio suponer que su elección del frag. 16, que reza “¿Cómo alguien puede mantenerse oculto frente a lo que nunca declina?”, consiste tanto el punto de partida para una interpretación del corpus entero de este pensador como, a la vez, una certera y decidida línea de ataque posible a la metafísica – y al pensamiento occidental en general - que parte de poner precisamente el foco en la cuestión esencial del indispensable declinar.
4- ¿Puede la política ser otra cosa que una administración de la sociedad? ¿Y qué consistiría, en todo caso, sería esa política que no se redujera a meramente administrar?... Por el momento, y dado el estado actual de una reflexión intelectual dominada por el espanto, es obvio que esas son del tipo de preguntas que nos quedan en cierta forma demasiado grandes y que, sobre todo, resultan obviamente prescindibles a una población angustiada por la necesidad de hallar soluciones a problemas que exigen respuestas urgentes.
La filosofía se mueve más cómoda en otro ámbito, sin embargo, o por lo menos en uno que puede permitírselo sin pudor. Ella es, entre otras cosas, el ejercicio de una especialísima forma de convivencia. Y ejemplo cabal de esta forma de presentarla es un seminario dictado en 1970 por dos famosos asistentes y díscolos continuadores de E. Husserl: E. Fink y M. Heidegger. Que su posterior edición impresa se intitule tan escuetamente Heráclito permitiría tratarlo como tercera parte de aquel otro seminario quizás más conocido que, con el mismo nombre, Heidegger dictara treinta años antes, pero la riqueza y vitalidad de esta coautoría genial hace que valga sin duda por sí mismo.
Leerlo hoy es tener el privilegio de un inédito work in progress del pensar. Nos remonta a esos hermosos y nunca más imitados diálogos platónicos cuando Heidegger, a pesar de ser técnicamente el invitado, asume para sí el lugar de maestro sin que a Fink, siendo él mismo por supuesto toda una eminencia, le moleste en lo más mínimo. Y lo prueba cuando, como cuenta el editor, pasa a buscarlo en coche cada semana religiosamente para asegurar su concurrencia.
Ya desde los primeros minutos de la primera clase, los roles están establecidos de esta manera. Como el propósito de Fink es leer a Heráclito tomando el hilo conductor de ese fragmento 64 donde se dice que a todas las cosas las gobierna el rayo, se preocupa en ofrecer un complicado análisis categorial de lo que pueda significar el todo de ‘todas las cosas’. Pero Heidegger constantemente señala que ese asunto se puede dejar para después porque lo urgente resulta indagar el sentido del ‘gobernar’, en cambio, que está allí en juego.
Heidegger propone relacionar el 64 con el fragmento 1, que dice que todo sucede conforme al logos y, de manera especial, en función del sentido que adquiere allí la palabra griega ‘ginomenon’, a la que traduce como ‘todo sucede’. Esa palabra, que tiene la misma raíz de ‘génesis’, alude para Heidegger a ‘movimiento’. Y, si bien para la Biblia el significado de génesis se relaciona con esa creación a partir de la cual todas las cosas surgen, queda por analizar cómo leerla en sentido griego.
La pregunta de Heidegger es qué tipo de sujeción sobre todas las cosas resulta legítimo en definitiva atribuirle al logos, tanto como al rayo, dado que para el caso son lo mismo. Pero Fink no está muy convencido con esa digresión; argumenta que ‘ginomenon’ aplica al movimiento interno de las cosas en lugar del que emanaría del logos, y como esa distinción es la que, precisamente, Heidegger intenta rebatir, con este debate asistimos en vivo y en directo a una suerte de teatro espontáneo donde los personajes mismos terminan escenificando justo aquello sobre lo cual argumentan: un gobierno lógico.
Está claro que el Heidegger que dialoga con Fink en 1970 no es el mismo del seminario del ’43: explícitamente aclara que prefiere no hablar mas del ser. Y por eso, aunque en definitiva lo anima la misma inquietud que treinta años antes, su cuestión en este momento ya no se formula ahora a partir del ‘declinar’ sino directamente, incluso contra la opinión inicial de Fink, indagando por la posibilidad de un gobierno sin violencia: ¿de qué modo el logos ilumina, como lo hace el rayo de noche, a todas las cosas?
El génesis en sentido griego no puede ser interpretado al modo bíblico o cristiano como lo ya devenido, dice Heidegger, sino como un llegar a ser, o un aparecer como presencia. Y es justo sobre la modalidad de este ‘hacerse presente’ en lo que Heidegger y Fink sustancialmente difieren: para Fink, el rayo está frente o enfrentado a todo lo que se muestra bajo su luz, y en definitiva su propia concepción sobre lo que el gobierno significa resulta gráficamente ilustrada, en consecuencia, por un timonel que ejerce el control de su nave.
Si bien lo que determinaría el fenómeno del gobernar siempre es, para Fink, el momento de la regulación violenta y previamente calculada, él admite sin embargo que pueda darse una forma de gobernar no violenta en el ámbito propio de los dioses. Y de esta manera quedan mucho mejor manifiestas la discrepancia del asunto entre ambos pensadores: para determinar si lo que une o gobierna a todas las cosas estaría en las cosas mismas o fuera de ellas, es preciso establecer primero y sobre todo qué tipo de hombre y qué tipo de conocer resultarían ejemplificados por el logos y el rayo en el propio Heráclito.
Heidegger comparte con Fink que se lea a Heráclito a partir de una reflexión entre lo uno y el todo, y del tipo de relación que se da entre ambos. Pero él entiende que esa cuestión resuena con la cuestión política porque dicha relación puede ser tanto una de sujeción tradicional como una de tipo divino. ¿Resulta lícito suponer que en Heidegger existe así una apuesta, aún de manera indirecta y no explícita, por una comprensión de la política que no se restringe a la administración de los hombres?: si bien nada permite asegurarlo, nada impide tampoco hacer de su peculiar forma de entender la relación del logos en la physis una comprensión en espejo de como lo político haya podido ser concebido por Heráclito.
En cierta forma, la misión redentora que ya en el ’43 le atribuía al pensar de los inicios es muy parecida a la del ‘70. Entonces, representaba el intento de salvar a una civilización desorientada y rendida a la voluntad de la modernidad y su mezquindad espiritual. Ahora, sin embargo, el Heidegger de madurez parece haber profundizado su propia propuesta y, superando una formulación meramente negativa, se permite afirmarla como una decidida vocación por una política divina que mana del reconocimiento mismo que la civilización realice de su propio inicio.
Se esté de acuerdo o no con la forma como Heidegger interpreta a los pensadores iniciales, no se puede sin embargo poner en cuestión que el interés inmenso que despiertan sus reflexiones y conclusiones resulta de la importancia fundacional que otorga a nuestro presente ese período de la civilización en ciernes. Y esa intempestiva propuesta de considerar al inicio no como lo que estaría detrás, entonces, sino como lo que en tanto inicial sería lo que verdaderamente sostiene en cambio nuestro destino, resulta hoy tan o mas atractiva incluso que cuando el propio Heidegger la planteara en vida, sin duda, dado que la desorientación mundial es cada día que pasa mayor.

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