1- Las colonias tienen un raro privilegio forjado en incontables humillaciones: tomar las armas como una expresión de soberanía en lugar de hacerlo para someter algún otro pueblo. Y muchas de las vidas en armas de estos países resultan prácticamente desconocidas por la historiografía pues sus luchas, si bien más modestas que las de aquellos que ocupan con todo derecho el panteón de los imperios, muestra a las claras que se ganaron siempre a pura fuerza de espíritu. Un ejemplo de ello, entre otros tantos miles, fue el del General Ignacio Abdón del Corazón de Jesús Oribe y Viana.
Ignacio era nieto del primer gobernador de una Montevideo que comenzó siendo, apenas, un Fuerte que protegía el Plata de las incursiones inglesas y portuguesas. No es seguro que dicho abolengo fuese Ignacio de demasiado lustre cuando el mayor aporte de su abuelo, el muy gallardo Mariscal José Joaquín de Viana Sáenz de Villaverde, había consistido en comandar personalmente esa Guerra Guaranítica que destruyó las Misiones Orientales y terminó entregando gratuitamente su inmenso territorio a Portugal. Para consuelo seguramente de Ignacio y sus hermanos, todos partidarios para entonces ya de la causa republicana, el propio Mariscal en su retiro decía que ganó esa guerra sabiéndola desde su mismo comienzo, sin embargo, un verdadero disparate de la Corona.
Ignacio tenía 18 años en 1813 cuando su madre lo presentó al General Rondeau, comandante del ejército criollo que entonces sitiaba Montevideo para sumarla a la Revolución de Mayo, afirmándole que ella no iba a permitir que el nombre de los Oribe se confundiera con el de los de los traidores a la causa americana. Desde ese momento, el joven Ignacio participó en sucesivas conquistas y defensas de su ciudad natal contra godos y portugueses. Se fogueaba para ello, mientras tanto, en las luchas intestinas de Buenos Aires contra Artigas e incluso, bajo las órdenes de Alvear, en la guerra contra el Imperio del Brasil. Por su valor en la victoria de Ituzaingó de esta última campaña, fue ascendido a Coronel. Y fue General a los 41 años por su triunfo en Carpintería contra Rivera, defendiendo al legítimo gobierno de su hermano mayor en un Uruguay que, ya por entonces, era un territorio independiente tanto de España como del gobierno de Buenos Aires.
Su hermano Manuel, sin duda más famoso en Argentina por haber perseguido y finalmente dado muerte a Lavalle a nombre de Rosas, resultó el segundo presidente del Uruguay y fundador del partido blanco. Ignacio, por su parte, se casó en 1826 con la heredera de una de las mayores fortunas del país; tuvo varios hijos y uno de ellos, Juan Pedro Oribe Ramirez, resultó abuelo de mi abuelo Abelardo, que migró de joven a Buenos Aires sin un peso.
2- Ese primer período de nuestra historia, al que calificamos rápidamente como de guerra civil, bien podría ser interpretado por sus protagonistas en cambio como la única forma que asume el poder cuando a lo independiente como tal se lo concibe, vivencialmente hablando, parecido a algo que no tiene centro. Será por eso que los episodios de la vida del General Ignacio más reveladores para mí sensibilidad no sean justo sus campañas, sino los períodos en que precisamente no guerreaba. Ese primer interregno como simple hombre de campo, por ejemplo, que después de batallar contra Artigas se interrumpe sólo cuando su hermano cruza con los famosos Treinta y Tres Orientales y liberan Uruguay de los ocupantes portugueses, abona mi hipótesis de que la guerra, tanto para él como para varios de esos Aurelianos Buen Dia del s. XIX, no era sino algo más en su vida.
Pero si bien sospecho que la imagen que ellos tuvieran de sí mismos no fuese quizás la de ser estrictamente guerreros, por ello justamente considero también que lo fueron así de manera cabal. Y de esta forma es como en ese mismo corto lapso que va desde el año '20, cuando Ignacio está en Buenos Aires participando activamente de los enormes desórdenes políticos siguiendo las órdenes, para colmo, de un directorial todavía como Alvear, hasta cuando en el '25 combate a los ejércitos lusitanos junto a su hermano en Sarandí, es exactamente el período en el cual germina, en todos los primeros líderes populares de nuestros países, eso que aún no tenía ni nombre ni ideario siquiera determinado pero que forjó luego nuestro destino al ir cobrando lentamente identidad.
Cuando Rivera, en alianza con unitarios exiliados, lusitanos y franceses, organizó el asedio de la ciudad y del puerto de Montevideo y hacer caer el gobierno de su hermano, Ignacio junto con Manuel abandonan en 1836 Montevideo y, refugiándose en Buenos Aires, pasan ambos a militar para la Confederación Argentina. Los dos hermanos vuelven a la lucha en territorio oriental años más tarde y derrotan a Rivera en Arroyo Grande para establecer, a partir de entonces, un extraño gobierno paralelo que, desde 1843, duró por ocho largos años manteniéndose en las afueras mismas de las murallas de Montevideo.
Agrupando en torno suyo a todo el federalismo oriental, Manuel no era por su porte ni por su personalidad lo que nos figuramos hoy rápidamente como portando la idiosincrasia típica de un caudillo. En la práctica, sin embargo, lo fue excelentemente porque su carisma despertaba tanta adhesión como la hidalguía que lo distinguió. Ignacio, en cambio, se contentó con ser tan sólo el más fiel seguidor de su hermano y, cuando Rosas mismo en Buenos Aires resulta definitivamente derrotado y el ideario federal entra en franco declive, él se retiró modesta y tranquilamente a su enorme estancia uruguaya a partir de 1851 dejando, desde entonces, las armas para siempre.
Cuando todo en la América dependiente hasta entonces de España se estaba definiendo, era lógico que lo que se entendiese por la Independencia era un terreno de batalla no sólo ideológica, sino vital en el sentido más integral de la palabra: los hombres y hasta muchas veces las mujeres, incluso, ponían literalmente el cuerpo por ella. Y si bien, por supuesto, todas las vidas de esa época en armas resultan fascinantes, al mismo tiempo es obvio que precisamente hoy fascinan porque extrañan a las claras tanto la apatía actual por una descolonización mental como, al mismo tiempo, nuestro modo de concebir en el s. 21 la militancia por una determinada idea de independencia. Pero justo por ello mismo, tal vez, resulta quizás lo que nos permite apreciar que para los guerreros de esa época tomar las armas consistía en muchas ocasiones sólo una circunstancia que vivían, apenas, como condición de posibilidad para abandonarlas.

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