El último libro de Damián Selci, Plenario para un manifiesto de la militancia, es uno de esos intempestivos para todos y para ninguno. Señala un camino, y eso todos agradecemos sin reservas. Pero cuando suspende la alternativa entre patria socialista y patria peronista nos topa con la tentación del Estado. Y esa trampa ninguno sabe cómo evitar. En su tercera parte de la reseña sobre este texto, Tort propone que su objeto principal es entonces aprender a resistirla al desarrollar dos conceptos centrales de una teoría de la militancia: responsabilidad absoluta e inocencia.
1- El Plenario que busca convertir al 21 en el siglo de la militancia toma como punto de partida una suerte de inversión de la tesis XI de Marx con la que, paradójicamente, se abriera en cambio en el s. 20 la tendencia revolucionaria. Porque en lugar de afirmar, como entonces, que los filósofos hasta ahora sólo se ocuparon de interpretar el mundo cuando de lo que se trataba era de transformarlo, considera que hoy es la izquierda la que en cambio se ocupa nada más que de interpretar si el mundo que nos ha tocado en suerte ha de llamarse o no fascista, si puede o no ser revertido, y en todo caso con qué sujeto revolucionario cuando, de lo que en realidad se trata, es de hacerse responsable. Ni siquiera transformarlo, sino cambiar de praxis.
Para la militancia, la derecha avanzó tan sólo porque la izquierda quedó sin programa cuando el muro cayó y su propuesta empezó naturalmente a deconstruirse. En ello anida por lo tanto su actual desafío: en un programa que le permita salir de la pura deconstrucción para dejar de victimizarse y, al mismo tiempo, de cuenta del avance de la derecha como puro bluf. Necesitados de no diferenciarnos sólo a través de la crítica, nos urge aprender entonces para empezar qué queremos, y el original concepto que la teoría de la militancia aporta para nombrar nuestro deseo es el de ‘responsabilidad absoluta’.
Para la militancia, hacerse responsable es todo lo contrario a hacerse responsable tanto de las consecuencias de sus actos como de la proyección de sus deseos: resulta actuar sin reparar en las consecuencias, o desear sin atender a la proyección de lo deseado. La responsabilidad militante es conscientemente desfachatada, pues si de algo extrae su potencia es justo de su falta de ‘responsabilidad’, en la acepción entonces más tradicional de la palabra. Y si puede decirse que para nosotros la responsabilidad resulta en cierta forma ‘irresponsable’ es, precisamente, debido a que expresa una actitud que no sólo carece de todo fundamento sino incluso, y sobre todo, una decidida resolución a no dejarse vencer otra vez por una pretensión de inocencia.
‘Inocencia’ es otra palabra que para la militancia adquiere un sentido original y específico, puesto que no significa lo contrario de ‘culpable’ sino lo opuesto del delirio que supone desear algo que no tiene fundamento en la realidad. Esa inocencia es entonces la misma que la teoría de la militancia detecta emboscando en la izquierda de hoy y de siempre pues, obligándola a limitar su propuesta a remediar asuntos que en la realidad podrían ser mejorados y exigen solución, jamás logra proponer algo que, en lugar de partir de un análisis de la realidad para después formular su hipótesis utópica, exprese su deseo de manera completamente independiente respecto de quién sea nuestro enemigo o cuál sea nuestro obstáculo.
2- La Comisión que se titula ‘Nietzsche’ es, de todas las del Plenario, la que resulta más incisiva. Pues a partir del anclaje con Nietzsche se esclarece que existen dos tipos de responsabilidades: la del esclavo, que sólo atina a reaccionar, y la del amo, que se anima a desear. Es decir, una activa y otra reactiva. Y el regalo teórico de esta comisión en especial, para la militancia, consiste en indicar que la responsabilidad del amo es lo que definiría a una responsabilidad activa o militante, es decir, una que no se presenta nunca encerrada egoístamente en su deseo sino, al revés, rechazando tozudamente la comodidad que brinda toda pretensión de inocencia.
Lo que para Nietzsche representa la postura del amo está inmediatamente relacionada con el rechazo de una inocencia que no tiene que ver con el descargo de culpabilidad alguna sino, todo lo contrario, con una progresiva pérdida de la ingenuidad. Y para entender el sentido de esta responsabilidad activa - que no tiene que ver con las consecuencias ni con el cálculo de las proyecciones - es preciso confrontarla con la astucia de quien asume el compromiso propiamente militante de no dejarse engañar otra vez por la ilusión de que las cosas sean de una determinada manera como resultado de alguna esencia. La responsabilidad activa resulta la que parte axiomáticamente, entonces, del convencimiento incondicional de que todo es por eso resultado de una praxis específica.
Si la responsabilidad reactiva y esclava es esa que está en íntima relación al deber, una responsabilidad activa y militante no tiene tanto que ver con el deber propio sino, en todo caso, con el del otro. Y así, ser responsables de la responsabilidad del otro es por eso algo que cae por su propio peso cuando surge de forma natural, sin proponérnoslo expresamente, como consecuencia sólo del compromiso de resistir la ingenuidad y asumir así que no podemos ser nunca de forma plena. Es sólo de esta forma como podemos encarar gustosos, de paso y como quien no quiere la cosa, el merecido privilegio de militar contra la yocracia. Nunca como un mandato moral, sino como el más propio acto de rebeldía.
El Plenario para un manifiesto de la militancia es el borrador de un manifiesto contra la yocracia. Propone que acabó ya el tiempo donde luchar contra el capitalismo expresaba y resumía la rebeldía social contra el sistema: la patria militante que deseamos en todo caso es otra cosa. Pero tampoco se diferenciaría tanto, porque yocracia y capitalismo bien pueden ser uno y lo mismo. Lo que ha cambiado de forma notoria en todo caso es la forma de encarar aquello contra lo que nos enfrentamos, por supuesto, porque en cualquier momento hoy podemos encontrarnos a nosotros mismos en ese odiado lugar contra el que suponemos rebelarnos. Y eso de que el amigo de mi enemigo es mi enemigo puede costarnos entonces muy caro.
Que la responsabilidad sea, para la militancia, una responsabilidad por la responsabilidad del otro, es algo que se desprende como una exigencia propia de la perdida de la inocencia. Sin ésta específica pérdida es inútil querer entender entonces el carácter activo de la responsabilidad militante. Porque rebelarse contra la pérdida de sentido que sin querer arrastra como a su compañero inevitable la época de la insubstancia implica, en este caso, sobreponerse al cimbronazo que conlleva la imposibilidad definitiva de poder volver a ser de forma plena. Ser responsable es así por eso sinónimo de ser y no ser inocente al mismo tiempo: y en definitiva, asumir así que yo sea otro, en consecuencia, y no otro cualquiera, sino otro militante.
3- Inocente es, sencillamente, el nombre que recibe la ilusión de ser de forma plena. Es decir, de poder permanecer así en la zona de confort que ofrecía la época de la sustancia, donde uno y las cosas que nos rodean pueden ser independientes de todas las demás. En la época de la insubstancia, en cambio, todo tiene que ver con todo porque ninguna relación sin duda es tampoco por eso necesaria, y sólo como todo es así de azaroso es que resulta imprescindible organizarlo. En ello radica la responsabilidad. Y por eso es que la lucha contra la yocracia sólo puede ser encarada por y cuando yo es otro, es decir, cuando el individuo comienza a dividirse al distanciarse de sí.
Aún cuando la yocracia sea una cuestión estructural a la conciencia, es innegable que tuvo su ascenso en y por la praxis occidente. El primordial objetivo de la gobernanza en la praxis occidente resulta formar individuos. Y si hoy reconocemos en el avance de la derecha que este proyecto ha alcanzado su pico más alto, de ello no se extrae necesariamente la confirmación de su triunfo, ni de que ese triunfo nos haya condenado irreversiblemente. Es verdad que tampoco hay garantía alguna de que rebelarnos contra la praxis occidente llegue a buen término, pero la posibilidad está abierta y darle curso es emprender una delirante aventura.
Desde su mismo discurso de apertura, el Plenario nos advierte lo más perturbador: que el programa emancipatorio ya no consiste en la socialización de la riqueza ni en satisfacción de demanda popular alguna sino, mas bien, en que todos y cada uno nos convirtamos en militantes. Y a contramano de la patria socialista o desde la patria peronista, el nuevo ideario propone que ya no consideremos mas a la militancia como un mero momento de la política sino que la política resulte, al revés, un momento de la militancia. Y a renglón seguido, se nos advierte que incluso en el caso de que nuestro papel no sea entonces brillar, sino fracasar, la patria militante es y será un programa irrenunciable.
Antes mismo de anunciar en qué consiste, queda manifiesto en consecuencia que dicho programa nos exige renunciar, como condición indispensable, a esa lógica propia del mercado donde todo se mide, económicamente, en exclusiva función de costo/beneficio. Y por eso, como poniéndonos ante una primera prueba, nos pide empezar a pensar que nuestro deseo de una patria militante sólo podría darse en un entero planeta militante. Pero como no hay elementos que nos permitan suponer que algo así sería acaso posible, el propósito de este Plenario de ficción es transmitirnos precisamente la sospecha de que el deseo, en definitiva, surge y se sostiene dando cuenta de lo imposible.
Recuperar entonces la insolencia es la primera tarea. Pero no cualquier insolencia, porque la violencia hoy ya no es una opción ni siquiera bajo el disfraz de la pedantería. Se trata de una insolencia que resulta la responsabilidad más absoluta, en cambio, dado que es creada por la praxis militante sin que sea posible extraerla de coyuntura ninguna. Es inventada, y en ello reside la potencia de su fragilidad. Porque lo absoluto de esta responsabilidad no se agota en que nada deje de concernirle sino, sobre todo, en que es responsable de su propia responsabilidad. La responsabilidad militante es absoluta entonces porque nada la funda y porque, en consecuencia, al tomarse a sí misma de objeto resulta así su propio fundamento.
4- El marxismo supuso que el capitalismo se clava a sí mismo el puñal cuando crea al obrero asalariado. Y que todo el asunto consistía, entonces, en afilar ese puñal para acelerar las contradicciones propias del sistema capitalista. Pero esa confianza metafísica en que las cosas estallarían desde adentro y por sí mismas supone una inocencia muy hermana a la pereza para asumir la absoluta responsabilidad en la formulación de un objetivo utópico. Es por eso que, más que en Marx, la militancia encuentra así en Nietzsche el referente adecuado a su propia intempestiva insolencia. Y un mérito especial de este Plenario es dejarlo por primera vez expresamente señalado.
Marx nos dona la osadía, pero su utopía sólo podía formularse como la realización de la esencia del hombre. En liberarlo de su alienación. Y por eso en este tiempo la izquierda ha quedado sin predicamento. Nietzsche, nos permite la osadía de pensar como militantes para militantes, con independencia de quién sea aquello que declaramos enemigo. Por eso es que, más que realizar esencia alguna, es preciso manifestar que de lo que para nosotros se trata es al contrario de ser otros. Y decir, como Nietzsche, que el hombre es una flecha lanzada hacia el superhombre, es lo mismo que decir que el hombre no tiene esencia alguna que alcanzar.
La alternativa política que enlutó a Argentina en los ’70, entre patria socialista y patria peronista, no fue sin embargo tan excluyente como se la pretendía: ambas tenían a la propiedad como enemiga o como amiga, y en consecuencia de denominador común. Mientras que a la patria militante eso la tiene en cambio absolutamente sin cuidado, dado que para ella lo que interesa es desapropiarse completamente - incluso y sobre todo de sí misma. En lugar de buscar restituir al productor su producto, la utopía de la patria militante es plantear insolentemente, al revés, que la propiedad es siempre otra y de otro.
