Unir lo que aparenta estar separado no tiene porque ser, de manera inevitable, el sencillo resultado de una cómoda certeza. También puede serlo de un complicado y peligroso quizás, motivo por el cual los desacuerdos en la conducción política, sobre todo, no soportan una interpretación literal. Y si la paradoja propia de esta última apuesta ha sido siempre el desafío de un proyecto que, sinceramente, se pretenda nacional y popular, repasar la innovación que Nietzsche y Derrida traen en torno a la amistad ayuda a recordar la nobleza de nuestro original concepto de lo común.
1- Donde comienzan las historias suelen agotarse sus finales. Pero muchas veces los finales no hacen más que repetir sus comienzos, y entonces estamos en presencia de esas historias capaces de trascender a sus propios protagonistas. Así fue la de Franz y Friedrich, dos profesores que vivían en Basilea, Suiza, piso por medio de la misma residencia en el 45 de la por entonces tranquila Schutzengraben. El primero enseñaba el Nuevo Testamento; el segundo, filología clásica. Pero ninguno se sentía a gusto con lo que ofrecían: propiamente hablando, ni Franz se sentía propiamente un teólogo ni Friedrich lo que se dice un filólogo, e inmediatamente congeniaron.
Sus discusiones eran sin embargo acaloradas, pues no había prácticamente cuestión sobre la que no estuviesen en desacuerdo. Uno buscaba desligar a la teología del pesado lastre de la racionalización filosófica; el otro, mostrar la raíz teológica que arrastró subterráneamente la entera tradición occidental. Si había algo que ellos compartían, era sólo la admiración incondicional que cada uno sentía por el intempestivo temperamento del otro.A Franz no le fue tan bien como le hubiese gustado. Su obra lo condenó a residir, excluido de los círculos académicos alemanes, a partir de entonces y para siempre en Basilea. Pero los dos amigos celebraron juntos, sin embargo, sus juveniles desaires al establishment intelectual de entonces, eufóricos como estaban ambos por haber dado a luz sus respectivas consideraciones sobre el cristianismo compartidas en incontables caminatas nocturnas desde el borde de la ciudad hacia la Selva Negra o a orillas del Rin.
Franz no era en absoluto un hereje: todo lo contrario, buscaba en los primeros cristianos una fuente de inspiración donde recuperar la pureza originaria e incontaminada de la fe. Friedrich, en cambio, hacía bastante que se había apartado no sólo de la fe cristiana sino de la posibilidad de seguir considerando ese concepto como otra cosa que un engaño. Pero el prejuicio de que a las amistades las forman concepciones comunes sólo se da entre seres que se aferran a ellas como a su propia vida, y tanto Franz como Friedrich eran, en cambio, dos migrantes de sí mismos.
Franz se casó tres años más tarde y permaneció como rector en Basilea hasta su jubilación, enseñando la teología oficial y compartiendo sus pensamientos más radicales apenas en la intimidad de su casa y con mucha cautela a un círculo íntimo. Friedrich, en cambio, no se casó ni se estableció nunca en lugar alguno: solicitó y obtuvo una pensión por enfermedad de la Universidad de Basilea que le permitió viajar y expandir a los cuatro vientos sus maldiciones contra el cristianismo, manteniendo sin embargo su amistad con Franz inalterable a través de una copiosa correspondencia que no vencieron ni el paso de los años, ni las nuevas obras ni los cambios de un siglo de por sí vertiginoso.
Comienzo y desenlace no bastan para armar una historia a menos que, en su desarrollo, el desenlace no surja sino como una decantación. Algo así deber haber sentido Franz cuando, en 1889, recibió finalmente una carta en la que su amigo delataba un estado mentalmente perturbado. Y alarmado se trasladó entonces a Turín donde, al encontrarlo ya incapacitado, lo llevó a Basilea consigo no sin antes tomar, precavidamente, unos papeles encarpetados que llamaron su atención en el escritorio de Friedrich y que, al año siguiente, hace publicar en una tirada casi secreta de poquísimos ejemplares.
Friedrich desvarió hasta su muerte, en 1900, bajo el cuidado de su madre en Jena, primero, y luego de su hermana, en Weimar. Franz lo visitó regularmente sin importarle la aversión que experimentaba por ambas mujeres, y murió cinco años después de comenzado el nuevo siglo. Y la extrañeza escondida en una amistad como esta, que permitió a un teólogo evitar que se perdiera para nosotros el manuscrito de la obra que lleva por título Der Antichrist, es la mas acaba muestra de eso que otro escritor casi contemporáneo, Robert Musil, expresara de esta manera:
Esa tendenciosa y ligera interpretación habitual, que hace de Nietzsche un filósofo individualista, cuando no directamente totalitario, no sabe o no quiere ver cómo en relación con él surge, lenta pero irresistible, una comunidad. Aunque mejor, tal vez, sería presentar su pensamiento como una nueva forma de entender lo ‘común’ a partir de la impropiedad, es decir, algo que en lugar de ser lo común lo más propio es justo lo que nos desposee. J. Derrida, en línea con Nietzsche, señala por eso en Políticas de la Amistad que el lazo con los demás, implícito en esta idea, supone una revolución en la fundamentación de lo político que rompe con esa idea tradicional de la fraternidad como criterio incondicional inaugurando, con ello, la posibilidad de una nueva forma de entender la política.
Asociar a la amistad con la fraternidad supone fundar el encuentro a partir de algo compartido – un padre, una patria, una raza, una fe, un género, una generación, etc. etc. Fue en función de la dupla amistad-fraternidad como se orquestó ese ideal igualitario propiamente democrático burgués, reactivo por definición a toda singularidad, a toda excepción a la regla y, en definitiva, al diferente como tal. La idea de amistad que Nietzsche nos lega es así, por eso, una que nos liga sólo desligándonos al mismo tiempo, ya que aquel a quien consideramos más próximo, el amigo, permanece de esta manera tan lejano a uno como el más extraño.
Así como la idea clásica de amistad se funda en la fraternidad, la que Nietzsche propone está asociada para Derrida en cambio al ‘quizás’. Pero un 'quizás' que en realidad lleva en sí todas las notas también de un “peligroso quizás”, puesto que expresa una apertura a lo absolutamente otro en la forma de una promesa que no impide o excluye nunca, sin embargo, la posibilidad de que lo prometido no llegue y, quizás, no se cumpla jamás. Por eso los amigos de Nietzsche somos en última instancia, dice Derrida, unos amigos del quizás. Aunque, como señala de manera explícita, es sólo en virtud de dicha estructura de la promesa como la amistad puede, al fin, no sólo concebirse sino incluso hacerse efectiva:
"Es necesario dudar de la existencia de antítesis y de que sean más que estimaciones superficiales y perspectivas provisionales. Pese al valor que tal vez corresponda a lo verdadero, sería posible atribuirles un valor más elevado para la vida a la voluntad de engaño, egoísmo, apariencia y a la lujuria. Sería posible que el valor de las cosas buenas y respetadas consistiese en el hecho de estar relacionadas con las cosas malas y contradictorias, y quizás en ser idénticas a ellas. ¡Pero quien quiere preocuparse de esos peligrosos quizás! Hay que esperar entonces la llegada de un nuevo género de filósofos que tenga gustos e inclinaciones diferentes, filósofos del peligroso 'quizá' ".

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