Cada vez que salgo a caminar con un peso - real o metafórico - sobre las espaldas redescubro que los pensamientos no existen por sí mismos, ya que siempre ellos tienen un quién ideal implícito como interlocutor. Y advierto así que el problema de los pensamientos negativos no se resuelve, por lo tanto, hasta dar con quien suponemos que idealmente los comprende. En cuanto nos damos cuenta que tenemos un paño de lágrimas en donde apoyarnos advertimos que el precio que nos cobra por acoger nuestros pensamientos negativos es nuestra libertad. El destinatario imaginario de nuestras quejas, nuestros desencuentros, nuestras desvalorizaciones personales y nuestros pesares secretos resulta en consecuencia ese alguien a quien urgentemente debemos entonces hallar.
El referente de los pensamientos negativos no sólo se nutre de ellos, sino que se adueña de tal manera de nuestras emociones que terminan convirtiéndolo por costumbre en su destinatario exclusivo. Y esto resulta lo peor que nos puede pasar, porque entonces nuestros agradecimientos, nuestros encuentros, nuestros contentos de sí y nuestras alegrías mueren antes mismo de aparecer. ¿A quién podrían estarle en todo caso dirigidas, obviamente, si desde el vamos creemos que la abundancia directamente no existe?
2- Puede llegar a parecer que cambiar el destinatario de nuestro diálogo interno resulta un acto de voluntad. Pero dicho cambio, en resumidas cuentas, resulta más bien y al contrario una pasión. Es decir, algo que nos afecta y, ante lo cual, la ambición de ser nuestro propio fundamento, simplemente claudica. De manera tal que el modo de sujeción que corresponde a los dos destinatarios implícitos de nuestros pensamientos difiere profundamente, y en ello estriba, en definitiva, todo el asunto: la disyuntiva consiste el encierro o la entrega.
El
pensamiento de la abundancia no surge por medio de nuestra voluntad
sino, al revés, renunciando a nuestra voluntad: no se trata tanto de
creer ciegamente en el amor sino, más bien, de retirarle en cambio
nuestros favores a ese que busca convencernos que lo único que cuenta es
nuestra mera voluntad. Por eso, al destinatario de nuestros
pensamientos negativos le corresponde el apropiado título de ‘padre de
la mentira’. Y al del pensamiento de la abundancia el de ‘padre de la
verdad’, pues la única manera de identificar al destinatario de los
pensamientos negativos es la afirmación de la mentira.
El pensamiento de la abundancia surge de manera natural cuando advertimos que no podemos tener dos destinatarios de nuestros diálogos internos al mismo tiempo: porque mientras el padre de la mentira excluye la misma existencia de la verdad, la verdad se configura a sabiendas, en cambio, de que el padre de la mentira no sólo existe sino que tácitamente nos domina, motivo por el cual la verdad nos pide y nos ofrece sobreponernos a su influencia. Motivo por el cual, a la vez, a nuestro diálogo interno con la verdad se lo puede denominar ‘orar’ y, a los pensamientos mismos, ‘oraciones’.
3- Creer sin creer es la clave de un pensamiento afirmativo. Es decir, de un pensamiento que tiene a la abundancia como principio y a la verdad - en tanto afirmación de la mentira - como destinatario exclusivo de nuestro diálogo interno. Ello es así porque la abundancia como la verdad resultan meros postulados de una razón nueva, con una novedad que se afianza progresivamente sin que la sostenga fundamento alguno. Y es cuando la abundancia y la verdad se convierten en creencias que ellas se trastocan, lamentablemente, de manera expresa en su contrario.
La razón que se apoya en certezas sólo cree en lo que le falta y en el padre de la mentira que la induce a creer en su propio designio para suplirlas. En la abundancia y en la verdad, en cambio, sólo se puede creer sin creer: de vez en cuando puede que aparezcan algunas promisorias señales, apariciones de estrellas y cambios de Eras entusiasman y ordenan nuestra templanza, pero estas señales sólo alcanzan a recordarnos que nos movemos danzando siempre la incertidumbre y que lo que llamamos 'fe' es un mero bastón con el que vamos tanteando a ciegas el camino que ella misma crea.
Si la fe es una senda angosta es porque quien por ella se aventura ha de verse a sí mismo constantemente tentado por el vértigo que representa el desánimo de no creer en absolutamente nada y, a la vez, la repetida ilusión de haber hallado algo en que poder creer. De ambos abismos nos libra hablar con la verdad.

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