viernes, 13 de febrero de 2026

UNA COMPRENSIÓN POLÍTICA DE LA FE





Desde que la militancia se define por la responsabilidad absoluta y se tiene por objeto en consecuencia a si misma, cómo y dónde sostenerla es un interrogante casi inevitable. Resulta natural concluir que militar tenga entonces algo que ver con la fe porque la fe misma esté pidiendo
, al mismo tiempo, recuperar en este siglo su tono militante. Y una forma de explorar esta novedosa alianza surge confrontando las respectivas miradas postfundacionales que del cristianismo ofrecieran dos destacados pensadores: J-L Nancy y G. Vattimo.



1- Los nórdicos no sólo hacen sólo excelentes series policiales. También se destacan por ofrecer unos dramas de carácter religioso que tienen como botón de muestra la enorme obra de I. Bergman. Pero la admiración que despiertan sus manifestaciones no puede ocultar que el tratamiento que hacen ellos del asunto, por supuesto generalizando mucho, no deja de parecer cercano siempre, de alguna manera, al paganismo. Porque como en líneas generales lo que convoca su problematización son las condiciones de posibilidad de la creencia, el milagro y lo milagroso resulta muchas veces central en ellos para sostener de algo a la fe.

Los latinos, en cambio, y siempre generalizando muy libremente, por supuesto, pareciéramos aceptar a la fe sencillamente como algo que de nada se sostiene y que, por lo tanto, no nos resulta necesariamente  un problema de razón como para los nórdicos. Ese círculo hermenéutico que inaugurara Agustín de Hipona, entonces, afirmando que creía para entender y entendía para creer, nos resulta así un lugar más hogareño que extraño. Y al no ofrecernos conflictivos análisis psicológicos, la fe explaya en nuestro ámbito cultural su propia comprensión del mundo con relativa comodidad.

Pero si bien la cuestión racional de las condiciones para la creencia no aparece con la misma intensidad en el ambiente latino que en el nórdico, tampoco puede afirmarse que, tan sólo por adaptarnos con mayor habilidad al carácter hermenéutico de la fe, el trato con Dios resulte en nuestro caso por ello totalmente sincero. Todo lo contrario, puede decirse que para nosotros pierde protagonismo la cuestión del trato personal con Dios, con lo que el cristianismo se convierte así en una mera imagen amable del mundo. Y un destacado representante de esta bondadosa tendencia latina es el filósofo italiano G. Vattimo.

Es en Creer que se cree donde Vattimo desarrolla de manera muy original y conveniente una concepción practicamente laica de la fe que interesa por el excelente desarrollo del carácter latino pero que no alcanza, sin embargo, a dar cuenta del verdadero motivo por el cual la creencia solicita, por sí misma, carecer de una identidad ciega a la que no le basta con ofrecerse simplemente como sinónimo creer. Si lo más rico del texto de Vattimo resulta su título, la explicación que brinda desilusiona entonces sobremanera.

Aunque Vattimo mismo no lo reconozca, por supuesto, la expresión 'creer que se cree' no admite una sola interpretación. Por un lado, puede ser una mera alocución en la cual alguien daría cuenta al interlocutor de cierta duda acerca de su propia creencia, o tal vez incluso hasta de su forma de creer. Pero la expresión ‘creer que se cree’ admite al menos dos interpretaciones debido a que la misma palabra ‘creer’ resulta por supuesto ambigua. Puede significar ‘me parece’, de acuerdo al sentido que le da Vattimo. Y por otro lado, significa también ‘doy crédito’.

Son dos acepciones si se quiere opuestas: el sentido de la expresión ‘me parece que creo’ es completamente diferente a ‘doy crédito que creo’: mientras ‘me parece que creo’ tiene un sentido evidente, ‘doy crédito que creo’ resulta confusa, o cuando menos redundante. ¿Cuál sería la necesidad de expresar ‘creer que se cree’, en este segundo sentido? O mejor: ¿qué diferencia hay entre expresar que se ‘cree’, y ‘creer que se cree’? Y más concretamente: ¿por qué sería preciso para un cristiano, en definitiva, acreditar o dar testimonio de su creencia?

Si la fe fuese sin mas una creencia no habría respuestas para ninguna de estas preguntas. Pero si por algo la primera resulta distinguible de la segunda es, precisamente, por la imposibilidad de la fe de ser idéntica a sí misma. Y ‘creer que se cree’ resulta una expresión muy conveniente que daría acabadamente cuenta, entonces, de ese movimiento que mantiene a la fe tomándose a sí misma de la cola. De esta forma, cuando alguien dice creer en Dios, por ejemplo, no estaría diciendo que El sea el objeto de su creencia. Porque Dios resultaría, en todo caso, apenas el nombre que para él recibiría el intersticio que impide a la fe, precisamente, hundirse en la solidez y opacidad propias de lo idéntico.

Para el sentido común, un hombre de fe es alguien que cree en Dios. Algo que desde esta perspectiva necesitaría sin embargo ser reconsiderado ya que la fe, para quien la profese, expresaría al revés una liberación de la necesidad de fundar el pensar. 
'Creer que se cree', además de expresar la ausencia de certeza respecto de nuestra creencia o forma de creer, da cuenta en consecuencia al mismo tiempo que la fe difiere y mucho del lugar común que le asigna a la creencia, inevitablemente, el refugio de un objeto.
 
Partiendo de una comprensión de la fe como esta, 'creer que se cree' da cuenta del compromiso mismo del creyente, entonces, a sostenerse en la incertidumbre. Y de esta forma, de paso y como remate, quedan expuestas entonces dos formas predominantes de concebir al desfondamiento contemporáneo del pensar. Una de carácter intelectual, que simplemente se contenta como Vattimo en acentuar sus beneficios para una dudosa concordia moral entre los hombres, y otra de naturaleza explícitamente política, en cambio, que hace hincapié en la exigencia militante que ella supone.

En líneas generales y para ambos ámbitos culturales, tanto el latino como el nórdico, se cumple entonces lo que el teólogo F. Overbeck, gran amigo de F. Nietzsche, señalara en su misma soledad: que el cristianismo, cuya fuente hay que buscarla indefectiblemente en el siglo primero, no tiene ninguna relación con lo que cabría calificar más simple y apropiadamente como ‘cristiandad’. Pues debido al completo abandono del carácter político, escatológico y mesiánico, que definiera al cristianismo en sus comienzo, carece por completo de razón de ser.

Lo que Overbeck reclamaba era, sin mas ni menos, el restablecimiento de una concepción política de la fe: para los primeros cristianos el asunto que los convocaba era la soberanía de Dios, poniéndose así de parte suya en la contienda con su opositor, el Diablo. Sólo en el marco que presentaba la soberanía de Dios, puesta en entredicho desde la desobediencia original, el sacrificio de Jesús oficiaba realmente como un rescate para aquella humanidad que lo testimoniara en palabra y por obra. Y apartarse del mundo, muy lejos de ser una cuestión moral, implicaba entonces para ellos un sentido muy concreto que no tenía que ver con el abstracto e intelectual creer o no en Dios, sino mas bien en su promesa: el restablecimiento del Reino.

Desde esta perspectiva, la fe no puede sino ser militante al tratarse de una creencia que necesita ser acreditada, y no sólo una vez sino de manera permanente. Esta comprensión política de la fe, por supuesto, es algo ni siquiera sospechamos hoy que se guarda celosamente en el cajón de los recuerdos. Pero es justo eso que el pensador francés J-L Nancy, otro latino también continuador de Heidegger, como el propio Vattimo, sacó en buena hora del olvido al confrontarlo, oportunamente, con la forma como en el pasado siglo se concibiera la acción política revolucionaria.


2- La historia, muchas veces, se empeña en dar vuelta nuestras verdades más firmes. Y ejemplo cabal de ello fue esa idea de ‘tomar el cielo por asalto’, por ejemplo, que supo guiar y cobijar en el s. 20 cantidad enorme tanto de ilusiones como de errores y que, para Nancy, resultaría muy seguramente la metáfora por excelencia del espíritu de esa época. Sucintamente, ella indicaba que el cielo no se alcanzaba llamando amablemente a su puerta, es decir, a partir de un consenso racional, sino que debía ser tomado a la fuerza, y muchas veces inclusive hasta por medio de las armas, de manera inevitable. 

Tomar el cielo por asalto fue la consigna elegida por Marx para iniciar el Manifiesto Comunista porque graficaba la necesidad de romper una matrix. Y para una época en la que era indispensable explicar cómo el capitalismo se legitima a sí mismo ocultando que una mercancía es una estafa, el cielo representaba entonces algo así como el guardián y la fuente de dicha estafa. En el s. 21 a nadie más le preocupa por supuesto ya nada de eso, sin embargo. Estamos al tanto de la situación, sabemos de la existencia de la matrix, pero queremos hacer como que no nos importa. Nadie nos oculta ya que el mercado nos ha transformado en cosas, pero la idea misma de que sea algo que necesita ser denunciado nos resulta absurda. 

¿Es posible que se esté preparando silenciosamente, como contrapartida y al mismo tiempo, la gran ocasión de llegar a habitar ahora en el cielo?... De alguna manera, Nancy resulta sumamente contemporáneo cuando desde el mismo título del hermoso texto En el cielo y sobre la tierra parece estar pensando en que incluso ahora, nosotros mismos, tendríamos sin embargo una oportunidad sin par. Por supuesto que el cielo para él no tiene ya el significado de una matrix sino mas bien todo lo contrario. Pero justo por advertir él en dicha noción un cambio completo de perspectiva es que su pensamiento resulta una bocanada de aire fresco en nuestra actual falta absoluta de rumbo. 

El esquema que 
los asaltantes del cielo se hacían en general de la historia era que los períodos de incertidumbre consistían, apenas, esos lugares a atravesar para llegar a una supuesta zona de confort futura. Pero la incertidumbre resultará hoy el sapo a tragar, en cambio, para todos quienes renunciemos a tomar el cielo por asalto y busquemos vivir en el cielo sobre la tierra. Ello no significaría reflotar tampoco por eso la peregrina idea de que el cielo puede ser conquistado amablemente: no hay nada más alejado que la idea de consenso para el concepto que Nancy se hace del ser en común. Pero ocurre que de ninguna manera se trata ya de tomar al cielo - ni tan siquiera de bajarlo, como se dice poéticamente - sino de aprender, mas bien, a hacer celeste la tierra.

La incertidumbre es el elemento en el que se desarrolla esta nueva forma militante de vivir en tanto y en cuanto el cielo no sería algo que compartiríamos ya socialmente: nunca una supuesta comunión de almas bellas, sino un escenario muy parecido a ese abismo nietzscheano a cuyo alrededor cada uno, por su propia cuenta y riesgo, necesita aprender a danzar. Y es esta misma renuncia expresa y manifiesta a toda ilusión de comunión lo que, si bien nos mantiene en la incertidumbre más atroz, hace del cielo de Nancy algo a lo que hoy nos parecería razonable aspirar.

La consigna ‘en el cielo y sobre la tierra’ resulta más revolucionaria, incluso, que el convencimiento de que la toma de conciencia de la explotación capitalista podría llegar a revertir los valores de nuestra civilización. Porque este cielo no es sinónimo de matrix, pero tampoco de algún lugar, sea físico o espiritual, donde ocurrirían determinadas cosas. Mas bien, el cielo representa lo Altísimo porque, según Nancy, no sería ni un lugar ni un no-lugar: no resulta un más allá de la tierra sino una tierra, al contrario, que ya no se concibe cerrada en sí misma de manera irreversible. Pero tampoco abierta 
siquiera a algo identificable, sino propiamente en el cielo ya mismo de por sí. 

Este cielo no sería algo así como la otra cara de la tierra, porque fuera de la tierra nada es. Pero justamente por eso expresaría, entonces, que cualquier toma de conciencia, incluida la de la mismísima explotación capitalista, resulta finita por definición. Y que la señal de salida de la injusticia brilla vivenciando nuestro ser en la tierra, en cambio, abriéndonos a algo más que a cosas: a ser justos, a amar, y a la misericordia. Es esta misma posibilidad que tenemos de relacionarnos con aquello que despierte nuestra afectividad lo que para Nancy, en consecuencia, e independientemente de aquello con lo cual la afectividad se relacione, haría así de nuestro caminar la tierra una forma de hacerlo en el cielo.

Aquello a lo que el ser se abre no es propiamente hablando un otro porque, para empezar, no habría siquiera un mismo que apareciera como supuesto punto de partida. De alguna manera, sería entonces una apertura propiamente absoluta, en este caso, o si se quiere un absoluto concebido precisamente como apertura. Y el subtitulo de ese pequeño texto, En el cielo y sobre la tierra, antes que el de una ‘Conferencia sobre Dios a los niños’ bien podría ser entonces el de una conferencia sobre la diferencia ontológica a los niños. Pero sin dejar sugerir, por supuesto, que los niños no seríamos sino nosotros mismos cuando seguimos creyendo que la liberación consiste en tomar el cielo por asalto. 

Es en esta conjunción de lo político con la fe, precisamente, donde radica la riqueza de este pequeño y brillante texto. Porque si hablar del cielo, para Nancy, es por supuesto y claramente una excusa para hablar de forma poética acerca de la diferencia ontológica, la apuesta se demuestra siendo en definitiva la de una ontología política. Y 'política' no porque la tomaría de objeto, precisamente, sino porque expresaría la comprensión del ser como ser-en-común.

 

3- Cuando Nancy terminó la conferencia comprendió que su público, aunque infantil, podía admitir sin problema que las personas se relacionen con algo que no son exclusivamente cosas o otros seres y, sobre todo, que esa capacidad de afectación es en definitiva una señal de salida de sí mismas. Pero que era preciso hablarle también de las cuestiones que están siempre conectadas con la instalada idea de que eso totalmente otro, con lo cual entraríamos entonces así en relación, habría de ser considerado en definitiva el creador de estas relaciones a las que estamos habituados. Es decir, tomar una postura respecto de la idea tradicional por la cual viviríamos como aprisionados por el centro de una esfera y que conquistarlo representaría una liberación. 

La misma noción de 'apertura' implícita a la afectividad, desplegada en el cuerpo de la conferencia, daba ya apropiadamente cuenta de un concepto divino de la creación por el cual, Dios y lo creado, coincidiría de forma dinámica. Y por supuesto, no como algo que ocurriría en el orden del tiempo, donde existiría un antes y un después de la creación, sino mas bien en el de la eternidad. Pero Nancy había querido evitar enfocarse a propósito en la cuestión de la creación como asunto exclusivo de la fe porque su pensamiento rompe, precisamente, con el concepto de un Dios trascendente en derredor del cual todo giraría. 

Para entender a este Dios, o a este cambio en la forma de entender a Dios que Nancy propone, mejor dicho, la idea propuesta en el ensayo titulado "La Esfera de Pascal" por J. L. Borges habría resultado, por lo tanto, un ejemplo muy gráfico. En dicha esfera se da expresa cuenta de la transformación implicada entre una forma de concebir a Dios como el centro de dicha esfera, por un lado o, mas bien, como una esfera cuyo centro estaría en cambio en todas partes. Claramente, una esfera como la última  no tendría propiamente centro, y su circunferencia infinita carecería por definición de lugar. Con lo cual una esfera así anula su propia representación, y termina sacando en definitiva al pensamiento de sí mismo enfrentándolo, simplemente, a un imposible.

Pero Borges, con la sutileza quirúrgica que lo caracteriza, finalmente destaca que esta otra metáfora de la metáfora de la muerte de Dios - como es esta de una misteriosa Esfera cuyo centro habitaría en todos lados - resulta algo que Pascal no sabe, o no termina de decidir, si señalarla o no como espantosa. Muy probablemente, ello se debe a que la muerte de Dios es precisamente para Pascal, tanto como para nosotros hoy también, algo que duele de manera espantosa. El mundo literal y sus espejitos de colores es demasiado fascinante, y la comparación con el duelo imposible que supone la fe es entonces algo tan poco razonable que atreverse a elegir la segunda opción supone, para quien no milite la vida, haber perdido muy seguramente el juicio.







viernes, 9 de enero de 2026

REVOLUCIÓN ARGENTINA

 

El libro Plenario para un Manifiesto de la Militancia es un regalo al pensamiento. Damián Selci sigue allí ampliando su original teoría en un texto voluminoso y multifacético que nos obliga a sacar punta al tiempo para seguirle el ritmo. En esta reseña Tort pretende colaborar con ese debate a que su autor explícitamente convoca sugiriendo una línea de lectura que, como toda lectura atenta, se reconoce por supuesto tan acotada como seguramente sesgada. 

 

 1- Plenario para un Manifiesto de la Militancia presenta en su misma inauguración a nuestra Argentina como la nueva Grecia del s. 21. Esta sorpresiva idea no sólo rompe con la manera de entender hasta hoy un pensamiento política y geográficamente situado sino que, a la vez, permea y explica la perspectiva de las comisiones de ficción que nombran luego cada uno de sus capítulos. Se trataría de una original idea rectora que viene muy a cuento tener presente, sin embargo, porque si Argentina ha resultado un excelente laboratorio de recetas neoliberales y gobernanzas neofacistas se debe, muy probablemente, a que existe un límite demasiado sutil y extremadamente fácil de pasar por alto entre el rechazo al Estado que expresa un emprendedor, por un lado, y el de una manifestación militante. 

La condición de posibilidad de un posible manifiesto de la militancia nace paradójicamente, entonces, de una interpretación revolucionaria del pobre individualismo nacional que toma a un pequeño ensayo de  J.L. Borges en Otras Inquisiciones como fuente de inspiración. El motivo por el cual Argentina resultaría una nueva Grecia no es otro que la circunstancia de que esta interpretación calificaría adecuadamente hoy también al mundo entero, y el propósito expreso de Damián Selci en este nuevo texto suyo es permitir que en el Plenario dichas condiciones propiamente se manifiesten, dado que esa y no otra es la razón de ser militante: manifestarse.

Si llama la atención que el debate para un manifiesto militante pueda comenzar como una interpretación sin recelos y hasta laudatoria del individualismo argentino es porque, o bien no se leyeron los dos libros anteriores de Selci, o acaso se los leyó sin atender a lo que su planteo tiene de original. El término mismo de ‘militancia’ adquiere en ellos un significado técnico que progresivamente discrepa con la interpretación moralista tradicional. Pero aún cuando en Teoría de la Militancia y en Organización Permanente todo esto ya está debida y explícitamente desarrollado, es en Plenario donde su tratamiento adquiere verdadero protagonismo.

En la primera entrega de esta trilogía, sobre todo, la descripción desfondada de la militancia convivía, todavía, con la práctica de quien se liga moralmente a una Causa y a la Organización. Pero el tono de la tercera es diferente a las dos anteriores o, al menos, se ajusta más al espíritu de la propuesta. Menos subordinada a una circunstancia inmediata, se da espacio para proyectarse así al futuro e, incluso, al mundo entero. Para decirlo en pocas palabras: si en Teoría de la Militancia el discurso se orientaba, por sobre todo, a una militancia activa y existente, ahora se dirige a una sociedad aturdida y a la deriva. Y de esta forma el concepto de militancia adquiere finalmente en Plenario entonces su real envergadura, proponiéndose explícita y concretamente como un pensamiento revolucionario.

Es verdad que sumergirnos hoy en el desarrollo de estas novedosas ideas ha de parecer algo en cierta forma banal para muchos de los que, a comienzos del 2026, nos desayunamos con la noticia de que la globalización ha fracasado, que el derecho internacional no rige mas y que el nuevo orden mundial se está configurando de una manera descabellada. Pero es justamente debido a que esta civilización ha entrado en una etapa cuya enfermedad también a varios nos parece terminal cuando el mismo intento de reflotar una apuesta revolucionaria adquiere su oportunidad y sentido. Es un mundo enloquecido el mismo que, de manera paradójica, hace que una propuesta que no se contente con sólo mejorar las cosas, y se enfoque en la raíz de los problemas, haya dejado de ser hoy una locura.

 

2- ¿Cuál sería el límite en función del cual se distinguen, respectivamente, los rechazos liberal y militante al Estado?... Es preciso no perder de vista esta pregunta porque, si bien la militancia designa para Selci una práctica, eso no significa que necesariamente signifique sólo una forma de alcanzar determinado objetivo relacionado, exclusiva e incondicionalmente, con la toma del poder. La originalidad de una teoría de la militancia, y el axioma que podría encabezar seguramente su potencial Manifiesto, consiste en barrer desde un comienzo entonces con una definición como esa que la confunde con una técnica y en cambio, simplemente, propone entenderla como el único lazo social digno de ese nombre.

Incluso cuando se la propone teóricamente, la militancia resulta una práctica porque el lazo social mismo resulta para nosotros una práctica: es decir, algo nunca dado por sentado sino que necesita, justa y precisamente, militarse. Y no una vez para siempre sino de manera constante, motivo por el cual el nombre alternativo que reciba una teoría de la militancia sea, de manera tan precisa, el de una organización permanente. Planteadas así las cosas ya desde entrada, resulta en consecuencia casi obvio que la toma del poder sea en cierta forma superflua desde esta perspectiva pero que, además y sobre todo, no habría tampoco una idea determinada de lo social que serviría de norte a su práctica dado que la práctica en sí misma consiste su propio norte y soporte.

Esta es sin duda la explicación por la cual la comisión con la que nos topamos inmediatamente a la de la nueva Grecia dentro del Plenario se titule, de manera tan apropiada, simplemente Marx. Porque si bien allí, como es lógico, también se habla del capital, de la mercancía y de la explotación, aquello con lo que una teoría de la militancia necesita en primera instancia medirse resulta, sin dudas, con un concepto decimonónico de emancipación. Pero medirse quizás no sea del todo la palabra adecuada, puesto que el propósito con este contraste no es rescatar lo que nos quede de la revolución una vez que la gran esperanza utópica ha muerto sino mas bien, y muy por el contrario, señalar cómo ella sólo puede ser concebida ahora en términos militantes.

Resulta imprescindible evitar una lectura de la teoría de la militancia que la presente como la respuesta nostálgica de un pensamiento que acusa la pérdida de fundamentos. Por eso Plenario manifiesta la oportunidad que significa hoy para nosotros vivir en este siglo y en este país que, con todos sus desmadres, habilita sin embargo también a una apuesta totalmente impensada en otro momento de la historia. Y esto no como consecuencia de una mera expresión de deseo sino porque, imposibilitados ya de justificar racionalmente nuestros actos, nadie puede actualmente recurrir a una supuesta atribución de inocencia.

Vivimos en un tiempo bisagra excepcional, donde la posibilidad de que el egoísmo más desenfrenado triunfe convive con la oportunidad de hacer del s. 21 el siglo de la militancia. Y ninguna de estas sendas opciones tiene mayores garantías que la otra. Si resulta tan importante manifestar que la militancia no se defina más en función de determinado objetivo sino de determinada práctica, es entonces porque la ocasión misma de que el s. 21 haya de ser el de la militancia pende de cómo logremos evadir cuanto antes el viejo esquema que haría aparecer este calificativo como si fuese el resultado de una esencia que se realiza y lo comprendamos, en cambio, como un acontecimiento sin fantasma alguno que lo celebre o lo justifique.


3- Plenario para un Manifiesto de la Militancia parte de una vindicación del pobre individualismo argentino debido a que sólo un país con un Estado fallido, como sin duda es el nuestro, puede convertirse en el escenario donde manifestar que la unidad debe ser construida sin que ello signifique para nadie alumbrar repentinamente algo oculto y permitiera confiar, a partir de entonces, en un Estado que garantice mediante la fuerza su continuidad. 

La militancia no puede manifestar otra cosa que la unidad propiamente no existe, si quiere mantenerse fiel al fin de la inocencia. Y su propuesta sólo resulta comprensible a partir de este decidido rechazo a ese uso de la fuerza que históricamente ha servido, con la excusa de representar el imperio de la ley, justo para hacernos olvidar que la unidad no existe y así librarnos de asumir nuestra responsabilidad por la responsabilidad del otro.

Si la militancia es el único nombre digno del lazo social no es porque ella conozca el secreto, sin embargo, del nudo que la mantenga sólidamente unida con un cierto pase de magia. Esta misma convicción militante acerca de la total ausencia de todo lazo, preexistente o futuro, claramente explica por qué la utopía marxista haya quedado demasiado chica para este momento de la humanidad.  Y por eso un manifiesto militante propone valientemente, en todo caso, un comunismo de nuevo cuño incapaz de pretenderse ya como una necesidad histórica, por un lado, pero por sobre todo demasiado comprometido con el otro militante como para ofrecer, todavía, dejar con ello atrás pomposamente la prehistoria de la humanidad. 

Una utopía militante sería un concepto contradictorio, técnicamente hablando, dado que ahora la Causa que anima a la militancia queda en el Plenario ya claramente identificada como siendo inmanente a su propio efecto. No es un telos donde la acción apunte, sino la propia causa eficiente de su actuar. La militancia es causa de sí. Lo cual significa que eso a que la militancia apunta no es otra cosa entonces que a la militancia misma, y que al tenerse a sí como objeto no puede sino estar aferrada a un aquí y ahora específicos. No porque carezca de horizonte alguno, sino porque lo proyecta al contrario en su propio tiempo y lugar.

Es muy apropiado, otra vez, que la comisión con la que termina Plenario escuetamente se titule en consecuencia Revolución, porque esa misma palabra tan fuera hoy de moda precisa ser rescatada y actualizada desde una perspectiva que se precie militante. Y ello, según Selci, por varios motivos. En primer lugar, porque la militancia admitiría cierta dosis de inocencia si es administrada con responsabilidad. En segundo lugar, porque la palabra 'emancipación', con la que se ha pretendido hasta ahora reemplazarla, no sólo no mueve un pelo a nadie sino que está demasiado ligada conceptualmente aún al decimonónico sujeto y a su vieja libertad. Y en tercer lugar, aunque primero seguro en orden de importancia, debido a que la militancia misma, entendida como responsabilidad absoluta, no hace otra cosa que cambiar el mundo.

Mientras la revolución comunista suponía una unidad encubierta que debíamos sacar a luz, la militante la inventa en cambio pues no está nunca fuera de su práctica misma. Esta revolución no constituye así un objetivo que nos podamos representar sino, tan sólo, hacerla presente en cada caso. Y dado que no ofrece más a la imaginación cierto no-lugar paradisíaco, un proyecto revolucionario semejante ya no será en consecuencia propiamente utópico sino apropiada y orgullosamente topológico. 


 

jueves, 18 de diciembre de 2025

MATRIZ DE RENACIMIENTO

Lo que significa para uno el grupo que acompaña nuestro proceso se presta muchas veces a una peligrosa confusión. Rolando Toro llamaba al grupo de biodanza una matriz de renacimiento no porque allí las cosas fuesen tanto más fáciles o felices. Muchas veces puede ser totalmente al revés, porque si bien en la matriz se gestan cosas nuevas el nacimiento, en cambio, es responsabilidad de cada cual.



1-  El mayor obstáculo para una agrupación de tipo vivencial representa confundir la contención afectiva con dependencia afectiva. E idéntico peligro presenta tanto esa falsa contención que resulta compartir una esperanza ciega como suponer un peligro interno o externo para agruparnos. Teniendo todo esto en cuenta, el psicólogo social Wilfred Bion resumió tres formas básicas que asumen esos supuestos que terminan homogenizando las relaciones y volviendo normativa, en consecuencia, una forma de asociarnos que paradójicamente se ofrece como la solución a la normatividad:
 
i) estimular y aprovechar deliberadamente la dependencia, convirtiendo a los demás en objeto de nuestra propia debilidad
ii) introyectar en el grupo una esperanza de tipo mesiánico
iii) basar la cohesión grupal negativamente, por oposición a un otro considerado como no-amigo

Estos supuestos representan los vicios característicos de la forma como nos asociamos habitualmente cuando no ponemos la vida al centro. Si los invertimos, obtenemos resumidas las características de una buena facilitación. E incluso, por contraste, a partir de ellos destila la descripción más acabada de una dinámica grupal fundada en el respeto, el compromiso, la afectividad y, por sobre todas las cosas, la búsqueda sincera del propio deseo por parte de cada uno de sus participantes.  

Cabría señalar entonces dos formas de agruparnos en función de una determinada tarea. La que proviene de los supuestos básicos descriptos por Bion claramente apunta, por un lado, a fundir la identidad individual en lo grupal a partir de la dependencia afectiva, a la vez que le otorga al mismo grupo, incluso, una entidad que supuestamente preexistiría y sobreviviría a lo individual. La que resulta de una afectividad biocéntrica, en cambio, mantiene siempre al individuo en permanente oscilación entre el adentro y el afuera, y la específica grupalidad generada replica así en consecuencia dicha ambigüedad haciendo que ella subsista sólo en tanto y en cuanto los individuos la generen para que luego desaparezca, sin aviso previo, como un puño cuando se abre la mano.

Resulta cuando menos cuestionable, desde esta perspectiva, considerar a un grupo vivencial entonces como uno al que podríamos propiamente pertenecer.  Porque los así llamados 'grupos de pertenencia' resultan agrupaciones conformadas por esos supuestos básicos detallados por Bion que, muy lejos de estimular la sintonía con el propio deseo a partir del reconocimiento irrestricto de la diferencia, perpetúan en cambio la inercia característica del deseo fundado en la carencia y, en definitiva, del mero consumo. Un grupo vivencial, en lugar de estimular la pertenencia buscaría al contrario inhibirla: técnicamente, habría que decir por eso que los participantes de un grupo de este tipo no poseen nada en común pues eso que  circunstancialmente los relaciona es justo lo que los distingue y disocia.

Pertenecer a un grupo al que, paradójicamente, no se 'pertenece' en sentido estricto, no sería por supuesto un problema que los participantes de un grupo vivencial necesiten plantearse explícitamente. Mas bien, resulta tal vez la pregunta sin respuesta que define entonces la tarea más profunda de un facilitador biocéntrico: convocar a las personas a tener noticias de sí mismas a partir del otro, sabiendo que los encuentros van a traer consigo también todo lo que el intento de definirse aisladamente pretendía precisamente evitar. Celos, miedos, amotinamientos, envidias y resentimientos nunca desaparecerán en un grupo vivencial, por supuesto, pero se mezclarán sin embargo entonces con impulsos que reconocemos puros,  libres de todas y cada una de esas ocurrencias perniciosas que saldrán ahora amorosamente a la luz.


2- Uno de los argumentos relevantes en nuestro compromiso a continuar cualquier emprendimiento resulta la contención que un grupo nos brinde. Prestar atención al tipo de contención característico de una agrupación vivencial se torna entonces crucial, sobre todo cuando, como ya advertía no sin razón S. Freud, tal grupo puede ser fuente de potenciación o, también, de naturalización de patologías personales.

Si algo define a un grupo como ‘matriz de renacimiento’, tal como el que nosotros buscamos, es entonces esa vincularidad propia de lo vivencial por la cual nos relacionamos con los demás sin identificarnos con nada, ni mucho menos con nadie. Y alguien que muy apropiadamente advirtiera esta determinada forma de vincularnos fue por ejemplo Elias Canetti, con su conocida distinción entre 'masa' y 'manada'. En tanto la masa estaría representada, según él la describió en Masa y Poder, por el seguimiento a ese líder totalitario que mantiene la unidad del grupo apelando al mesianismo o a la rivalidad con otros grupos, la manada expresa esa agrupación salvaje, en cambio, aunque no por episódica menos intensa, en la cual los participantes deciden estar, desapegada y voluntariamente, hasta que llegue el momento de migrar :

“En las constelaciones cambiantes de la manada, el individuo se mantendrá siempre en su borde. Estará adentro e inmediatamente después en el margen, en el margen e inmediatamente después adentro. Cuando la manada hace círculo alrededor del fuego -es muy conmovedor-, cada uno podrá tener vecinos a derecha e izquierda, pero la espalda esta libre. La espalda es expuesta descubierta a la naturaleza salvaje.”

Es de fundamental importancia que el participante de un grupo vivencial se comprenda a sí mismo como un ser altruista sólo partiendo de esa particular forma de egoísmo, entonces, que consiste en reconocer como lo más propio en uno al deseo de donarse: es decir, y de esta forma, que lo más propio es lo que nos expropia. Y para ello, dirá luego G. Deleuze siguiendo a Canetti, es preciso reconocer como nuestro peor enemigo, en consecuencia, a ese miedo de quedar en los márgenes que se manifiesta como deseo de habitar el centro en lugar de los márgenes, tanto como jefe o como seguidor:

“La posición paranoica de masa es: yo estaría en la masa, no me separaría de la masa, estaría en el corazón de la masa; con dos títulos posibles: sea como jefe, entonces teniendo una cierta relación de identificación con la masa, pues la masa puede ser la tumba, puede ser masa vacía, poco importa -sea a título de seguidor donde, de todas maneras, hay que estar preso en la masa, estar muy cerca de la masa, con una condición: evitar estar en los lindes[...]Se puede decir que no hay fenómeno de margen, por la simple razón de que el problema de la masa es: determinar la segregación y la exclusión; simplemente, hay caídas, ascensos”.

Para poder dejar de lado ese individualismo tan caro a nuestra cultura no basta con proclamar, en consecuencia, que los hombres somos seres en relación y que nadie se salva solo. Es imprescindible detectar los elementos estructurales que hacen que nos relacionemos sin salir en definitiva de nosotros mismos, siendo uno de los más importantes, si no el principal, esa falsa idea de lo grupal como siendo simplemente un individuo más grande.

Si el grupo vivencial es lo opuesto a un individuo mas grande es justo porque, al constituirse por participantes que habitan los márgenes, no puede ser concebido como una unidad cerrada, compacta e indiferenciada. Por eso, el arte del facilitador de tal grupo consistirá básicamente, entonces, en ayudar a legitimar la marginalidad misma como lugar vivencial por excelencia. Un lugar que todo facilitador debiera poder reconocer para sí mismo entonces al mismo tiempo como el de su propia residencia, naturalmente, si es que fuese acaso posible habitar constantemente donde soplan los vientos desolados de F. Perls:

“Yo soy Yo, Tú eres Tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas. Tú no estás en este mundo para cumplir las mías. Tú eres Tú, Yo soy Yo. Si en algún momento o en algún punto nos encontramos, será maravilloso. Si no, no puede remediarse. Falto de amor a Mí mismo cuando, en el intento de complacerte, me traiciono. Falto de amor a Ti cuando intento que seas como yo quiero, en vez de aceptarte como realmente eres. Tú eres Tú y Yo soy Yo”.
 
 

domingo, 7 de diciembre de 2025

EL GIRO DE UNA RAZON MILITANTE



Un parte de batalla cultural debiera conceder, al cierre de este año, que el resultado de las elecciones de medio término en octubre del 2025 nos pide desensillar hasta que aclare. El oficialismo lleva para nuestro pesar las de ganar, y se impone reflexionar en la manera como hasta hoy nos presentamos en esta batalla e, incluso, si ella no estaba perdida de antemano. Lo que aquí se propone, asumiendo esta encrucijada, es un repaso de la teoría de la militancia que pueda resaltar sus aciertos e insinuar, a su vez, aspectos que merecerían quizás una respetuosa revisión.

 


1- Aunque Teoría de la Militancia sea un texto que Damián Selci publicara hace apenas siete años, bien puede decirse que fue escrito para un mundo que ya no existe. El Justicialismo había perdido entonces las elecciones, pero su fuego estaba de alguna manera intacto. Y aun cuando el triunfo del macrismo nos había resultado difícil de asimilar, todavía podíamos interpretarlo como un golpe de mala suerte, simplemente, mas que como un preámbulo de lo que efectivamente sobrevino: la pandemia, el albertismo y sobre todo el neofascismo, no estaban en su horizonte - ni, por supuesto, en el de nadie. 

Si resulta pertinente reflexionar acerca de la teoría de la militancia es porque, a pesar de que las circunstancias hayan cambiado en pocos años enormemente, el interrogante que a ella la animó es hoy el mismo de entonces: ¿por qué el poder nos resulta esquivo?... Y releer hoy sus principios, a la sombra de todo lo ocurrido, genera entonces una sensación por lo tanto ambivalente. No porque su explícito llamado a pasar a la ofensiva parezca hoy innecesario, por supuesto. Sino porque un estado de movilización popular, todavía en ese momento real, es algo que hoy sería necio pretender vigente y tomar como punto de partida. 

Cuando perdimos las generales de noviembre de 2023 teníamos muchas maneras de justificarlo: la sequía, la inflación y la pandemia oficiaban de chivos expiatorios. Transcurridos dos años, sin embargo, el oficialismo no sólo no se derrumbó, como pontificábamos, sino que adquirió una insólita mayoría legislativa. La disyuntiva política a fin de 2025 puede ser planteada entonces de esta manera: ¿el pueblo dio la espalda a nuestro movimiento? ¿o fue nuestro movimiento quien dio la espalda al pueblo?... No animarnos a explicitar este interrogante puede hacernos permanecer en la rosca eterna, y pasar así finalmente a ser lo peor que podría ocurrirnos como movimiento: un partido político mas del montón.

Hoy no alcanza con reflexionar acerca de los errores que, como movimiento, puedan habernos conducido sin querer a este estado de situación. El asunto a considerar no es más, como entonces, tratar de entender por qué perdimos el poder sino, directamente y aunque duela, por qué perdimos al pueblo. Pues ya no se trata de interpretar cómo, dónde o por qué se ralentizó la movilización popular, sino de entender por qué el pueblo, o lo que sea entendamos hoy por pueblo, la rechaza de manera cada vez más acentuada y explícita.
 
Encarar sinceramente esta cuestión resulta algo que decantaría por su propio peso, sin embargo, alcanzando a comprender que no está sólo en juego así el destino de nuestro movimiento, sino el de una propuesta emancipatoria universal. Pero aceptar este desafío secular implicaría, para nuestro movimiento, superar su actual tono provinciano y asumir que los males de nuestra nación no sólo son también los de la entera América Latina, sino a su vez y sobre todo de la civilización como tal. 
 
Pensar en grande, por fuera de toda chicana política y con verdadera vocación universal, fue y aún es, sin dudas, otro de los méritos de una teoría de la militancia. Por primera vez en la historia del Justicialismo, con ella se hace dialogar los principios de una comunidad organizada no sólo con los de los filósofos ya consagrados históricamente, sino con las ideas contemporáneas más novedosas. Y con la excusa de medir los alcances prácticos de la teoría del populismo de E. Laclau - quien, obviamente, juega un rol protagónico dentro de esta apuesta de una teoría de la militancia -, tremendos personajes intelectuales como S. Zizek, A. Badiou y P. Sloterdick terminan convirtiéndose, de esta forma, en interlocutores con quienes entablar de ahora en adelante una discusión de igual a igual.

La teoría de la militancia tuvo como premisa que la derrota de los gobiernos populares de Brasil, Ecuador, Bolivia y Argentina, en la segunda década de este siglo, no debe ser interpretada como una mala aplicación de la teoría populista sino como una posible falla dentro de la misma teoría. Pero que el señalamiento de dicha falla, a su vez, no pretende realizarse con espíritu crítico sino constructivo, pues lo esencial del populismo no sólo resulta compartido sino que debería ser mejor sostenido, incluso, incorporando las críticas de Zizek a Laclau.

Debido a que, básicamente, coincide con Laclau en que el sujeto colectivo que lleve adelante una política emancipatoria no puede ya presentarse con una característica esencialista, l
a teoría de la militancia se propone a sí misma como una profundización y no como una corrección del populismo. ¿Qué significado tiene este antiesencialismo en política?: que un sujeto colectivo, por ejemplo, no está de ninguna manera destinado de manera irreversible a llevar adelante una transformación de sí mismo ni de su mundo, como suponía el marxismo con respecto al proletariado, sino que todo depende de su determinada forma de organizarse.

Pero esta puesta en cuestión del esencialismo – que va a adquirir mayor protagonismo aún en Organización Permanente, el segundo libro de Damián Selci, y sobre todo en Comunología, de Nicolás Vilela – no se agota en una mera crítica al enfoque político clasista sino que define, para empezar, la constitución de un sujeto que resulta siempre episódica dado que, técnicamente hablando, tanto en su formato individual como colectivo carecería de identidad. Para Laclau, y por extensión para la teoría de la militancia, ningún sujeto tiene características dadas de una vez y para siempre sino que debe construirse a sí mismo: no es sustancial, y por consiguiente no tiene existencia independiente de su determinada articulación.

Si bien puede decirse que el pueblo vendría a reemplazar entonces a la clase obrera como sujeto revolucionario, el pueblo del populismo es uno que ha perdido la consistencia tradicional. Todos aquellos valores, mitos y costumbres, que acostumbrábamos atribuirle y ciegamente veíamos reflejados en características culturales, estéticas o ideológicas, incluso, resultan barridas así de un plumazo. Y por este motivo puede decirse, con cierto rigor, que más que hablar del pueblo el populismo trata, directa y simplemente, de la muerte del pueblo.

Así como la muerte de Dios, por supuesto, nunca significó para Nietzsche sino la imposibilidad de seguir pensando en términos esencialistas, la muerte del pueblo no representaría tampoco nada malo en sí mismo sino, mas bien, un comienzo completamente liberador. Pero aún cuando la teoría de la militancia buscó extraer las consecuencias positivas de esta insubstancialidad del pueblo, hasta ahora quizás no las haya explotado al máximo y debamos seguir destilando comunitariamente, entonces, toda esa potencialidad que, en forma gratuita, carga esta época que apropiadamente llamamos de la insubstancia.


2- El concepto que del pueblo presenta el populismo puede chocarnos 
de entrada por su curioso aspecto desangelado. No tiene identidad, historia ni tradiciones comunes: sólo demandas. Y si bien la teoría de la militancia rescata, sin duda, el papel articulador de las demandas como resortes para la acción, ello no le impide terminar planteando que articular la subjetividad en función de demandas insatisfechas, en definitiva, pueda condenarla sin mas a la pasividad y la dependencia. Porque aún cuando ellas alcanzaran verdadera satisfacción, una subjetividad ligada meramente a demandas permanecería presa siempre de una ilusión de completitud que atenta contra toda verdadera responsabilidad.

La segunda objeción a la teoría del populismo, relacionada íntimamente con la primera, expresa un ajuste de cuentas más explícito y concreto porque operaría, al mismo tiempo, como causa del fracaso de los populismos americanos. Y la idea que propiamente inaugura entonces una teoría alternativa como la de la militancia es que la razón populista no sería fiel a su propia propuesta pues, en lugar de concebir al pueblo como un sujeto que de manera incondicional necesita actualizarse permanentemente, termina concediéndole sin embargo la luego la gracia de un instante de reposo y plenitud.

La tesis que propone la teoría de la militancia es que si bien el lazo popular está en principio subordinado para el populismo a las demandas, dicho lazo pasaría a convertirse luego misteriosamente según Laclau en su fundamento. Y aún cuando el pueblo para el populismo sea sólo el resultado de articular demandas, y nada mas, en última instancia entonces cristalizaría supuestamente en él cierta identidad. Esta resubstancialización no sólo definiría al populismo en el plano de la idea sino también en los hechos, y por eso una teoría de la militancia propone en cambio militar por un pueblo capaz de mantenerse fiel a su propia insubstancialidad. 

Lo interesante de esta objeción es que ofrece un diagnóstico político del momento totalmente original, pues atribuye el fracaso de los populismos a una falta de radicalidad que no se reduce sin embargo a sus contenidos sino que se origina, mas bien, en su propia forma. Según esta perspectiva propiamente militante, es la poca atención prestada por el pueblo a su propia insubstancialidad lo que atenta contra lo popular en sí mismo. Es decir: no precisamente su debilidad para llevar adelante tal o cual propuesta, sino su convencimiento de que poseería al contrario un supuesto derecho a realizarlas.

Un pueblo sólo resulta un verdadero sujeto político si renuncia de manera constante y metódica a su propia identidad, única forma de comprometerse así a su organización permanente. La teoría de la militancia se formula en torno a este postulado. Aunque mejor cabría decir militando concretamente este postulado, dado que el mismo carece como tal de todo fundamento. Y si la militancia tiene algún sentido, es precisamente ese: crear de la nada su propio lugar de enunciación.

Pero la teoría de la militancia no se limita a denunciar que la razón populista no sostiene de manera consecuente la muerte del pueblo que presenta sin embargo como su punto de partida. Como para una razón militante sólo la renuncia explícita a resucitarlo garantiza su potencia, en cambio, el verdadero asunto es desnudar por lo tanto la raíz de dicha inconsecuencia a partir de una concesión que hace el populismo a cierta idea esencialista del pueblo por la cual éste se constituiría, exclusiva y supuestamente, en oposición a la oligarquía. 

La tercera objeción de la teoría de la militancia al populismo, entonces, y la más importante por sus consecuencias, es que desde el antagonismo tradicional entre el pueblo y la oligarquía se interpreta erróneamente que el pueblo en definitiva sería idéntico a sí mismo, sin contradicciones internas y con una sola vocación transparente a la que la oligarquía pretendería anular. Aún estando relacionada con las otras dos como su deriva lógica, esta idea de lo popular resulta justo la que, precisamente por estar tan arraigada en toda práctica política que se pretenda emancipatoria, en definitiva es la que funda las fallas institucionales que el populismo como teoría luego sólo traduce discursivamente.

El repetido ciclo de un empoderamiento popular que inevitablemente pierde potencia al cosificarse, hasta que vuelve a tomar la iniciativa para cosificarse otra vez, es el vicio que la teoría de la militancia propone romper al internalizar el antagonismo que para Laclau sólo sería externo: el pueblo ya no se constituye entonces para ella en oposición a la oligarquía, sino a los sectores del pueblo mismo que lo traicionan. Y como la necesidad de esta internalización del antagonismo es la crítica que hace Zizek al populismo, la teoría de la militancia la asume ahora explícitamente como propia con tal de seguir concibiendo al pueblo como sujeto político.

Para la teoría de la militancia, tal como hasta ahora fuera desarrollada, el pueblo se mantiene entonces libre de la tentación de una resubstancialización teniendo claro que aquello contra lo que combate no sería algo externo a sí mismo. Y es por eso que los resultados de su lucha, mas que en conquistas sociales se medirían en esas conquistas culturales por las cuales los representantes del anti pueblo se convencería de su pertenencia al campo popular. Este cambio de perspectiva es por supuesto interesante: en primer lugar, porque da cuenta de la realidad social contradictoria que hoy vivimos de manera mucho más eficaz que la anterior y, en segundo lugar, porque sienta además las bases de una práctica política que hoy se asume explícitamente como una batalla cultural.


3- Más allá de que los motivos por los cuales la batalla cultural no está dando por ahora los resultados esperados, y de que ellos puedan ser identificados y ampliamente discutidos en un bien venido plenario, cabe razonablemente preguntarnos si estamos también dispuestos a poner en cuestión la forma como la teoría de la militancia resolvió - o creyó resolver - la tercera objeción al populismo.

Dos circunstancias al menos legitimarían un replanteo como este: en primer lugar, la apropiación descarada que hace hoy la derecha de los conceptos mismos de batalla cultural y de hegemonía para su beneficio y, en segundo lugar, la sospecha de que una interiorización del antagonismo no ha garantizado, en ninguno de los dos lados de la grieta cultural, ninguna insubstancialidad - sino mas bien todo lo contrario.

¿Es coherente plantear la muerte del pueblo y, al mismo tiempo, mantener incólume la idea de antagonismo?: esta sería la cuestión que la misma teoría de la militancia de alguna manera admite como inconciliable, si bien tácitamente, cuando hace de la responsabilidad por la responsabilidad del otro, al menos en un plano teórico, el eje de su práctica política. Pero la idea del antagonismo, aunque sea interno, sigue operando allí en ella todavía como un fundamento último e impidiendo, en definitiva, esa organización permanente que pregonamos sin embargo como sinónimo de comunidad.

De alguna manera, es posible identificar en esta actual falla de la teoría de la militancia las razones mismas por las cuales fuimos derrotados en noviembre de 2023. El error del último y tumultuoso período en el poder no sería su debilidad, de acuerdo con esta perspectiva, sino haber persistido y acentuado, pandemia mediante, los términos de la batalla cultural. Es cierto que admitirlo nos sume en la mayor incertidumbre porque: ¿cómo sostener una política emancipatoria desterrando por completo todo antagonismo?... Pero esta y no otra es la encrucijada a la que la época de la insubstancia nos arroja, y cabe cuestionar si necesariamente alcanzaríamos a dilucidar una elección responsable tomados de la mano, todavía hoy, de un materialismo dialéctico de Zizek o de cualquier otro. 

No sólo no precisamos seguir necesariamente presos de la idea de antagonismo, sino que podría ser preciso dejarla decididamente de lado para adherir, de manera coherente, a una propuesta que parte de un concepto de pueblo que no precisa militar contra nada, sino que él mismo resulta, mas bien y al contrario, el objeto a favor de su propia militancia. Casi podría decirse que la teoría de la militancia se organizaría hoy en contra de la idea misma de antagonismo, pero ni tan siquiera, porque eso significaría una contradicción en los términos. Al antagonismo propiamente no se lo combatiría porque ambas ideas, de antagonismo y de combate, son solidarias. Al antagonismo simplemente lo respetaríamos para aprender a caminar sin él.

De acuerdo a este orden de ideas, un pueblo militante no sería ya ese que, triunfante de una batalla cultural, renacería consciente de las contradicciones del sistema en que le toca desarrollarse. Pueblo militante, en este sentido técnico de la palabra, resultaría uno capaz de asumir mas bien su propia muerte. Y como semejante duelo nunca podría confundirse, por supuesto, con una toma de conciencia, es justo ahí, cuando la época de la insubstancia nos atraviesa corporalmente, que una razón militante daría un giro inevitablemente entonces de carácter contracultural

Mientras toda batalla cultural se libra siempre en el campo de marte de la moral, una militancia de carácter contracultural renunciaría a imponer unos valores por sobre otros, en cambio, ya que en ese terreno está obligada a aceptar las condiciones de quien precisamente la pretende derrotar. Y en un caso como el del actual debate por la reforma laboral, por poner un ejemplo urgente, el desafío consecuente con esta perspectiva pasaría por diseñar una estrategia que no tuviera como único objetivo fundar nuestra posición en la justicia social ya que, partiendo de que nuestra oposición al oficialismo carece por sí de fundamento alguno, no extraeríamos nuestra potencia pretendiendo tener la verdad de nuestro lado sino poniendo mas bien la vida al centro. 








domingo, 16 de noviembre de 2025

MILITANCIA CONTRACULTURAL

 
 

Lo que a nuestro criterio carece de sentido es justo lo que generalmente provoca nuestra batalla por el sentido. Y eso que llamamos 'batalla cultural' sigue esta misma lógica cuando los dos frentes en que ella se desarrolla postulan como absoluto un antagonismo que nos libra de admitir así que el sentido no es algo que los acontecimientos puedan tener, sino que en sí mismos sólo son. Es con la intención de dar con un sentido militante realmente empoderado que se propone  recurrir por eso aquí a la puesta en valor del propio sinsentido que tiene a F. Nietzsche de abanderado.

  

1- En el año 1755 Lisboa fue destruida por un terremoto y el número de víctimas ascendió a casi 100.000 seres humanos. Ocurrió en un día de festividad católica, y esta catástrofe se convirtió en la excusa para que Voltaire, Rousseau y Kant, las mayores potencias intelectuales de su tiempo, dieran comienzo formal a la Ilustración inaugurando, con sus propios textos cruzados, los primeros intentos de interpretación de los hechos sin apelar en su tiempo a la voluntad divina.

En el año 2020 nada indicaba especialmente que una catástrofe sanitaria habría de inaugurar un nuevo período civilizatorio, pero la virulencia de textos que intentaron en su momento interpretarla y hallarle su sentido provocó, a pesar de la burla de muchos, una justificada expectativa. ¿Existe, sin embargo, podríamos preguntarnos hoy como corolario, algo así como un sentido de las cosas?... ¿O la pretensión de atribuir a dicho acontecimiento un sentido resultaba, antes bien, el verdadero virus que ha infectado a la razón, y respecto del cual deberíamos pensar en la posibilidad de comenzar a inmunizarnos de ahora en mas?

Mas allá de que la pandemia no abrió paso, por supuesto, ni al final del capitalismo ni a una mayor comprensión del vínculo entre el hombre y la naturaleza, sino mas bien todo lo contrario, ella nos presentó sin duda en ese momento un ‘significante vacío’ que, como tan bien lo expresara Rita Segato, hizo que muchos pensadores encontraron la ocasión inesperada de intentar llenar para dar así una batalla por el sentido. Pero con la perspectiva que nos da el tiempo transcurrido desde entonces, en todas las interpretaciones notamos que hubo un denominador común al cual, más allá de su carácter utópico o distópico, se impone prestar hoy especial atención y cuidado: querer hallar tozudamente siempre, en una adversidad, el resultado necesario de una culpa.

Quien mejor analizó la trascendental función de la culpa fue Federico Nietzsche, para quien toda pregunta por el sentido de la vida está viciada por la suposición de que ella estaría en falta y resultaría por ello culpable. Por eso salta a la vista que la objeción a vencer, por parte de quienes reconocemos la sacralidad de la vida, básicamente, consiste en rechazar entonces que ella necesite ser justificada o redimida. No para perdonarla, sino porque es inocente. Y rescatar su radical inocencia resulta clave para entender el paradigma en función del cual puede gestarse una nueva humanidad: porque, más que defendiendo la vida, es vivenciando al contrario que la vida no precisa ser justificada o defendida, mas bien, como recién participaríamos de lo sagrado implicado en el hecho de estar vivos.

Los valores anti-vida surgieron de esta confusión histórica por la cual la santidad se originaba, según propusieron todas las religiones y escuelas espirituales tradicionales, en la convicción de que el dolor podía ser remediado tomándolo como una prueba, y que el sufrimiento, por su parte, debía ser interiorizado considerándolo un necesario castigo. Y fue considerar la vida cual valle de lágrimas lo que nos llevó a negar, aunque más no fuese implícitamente, que la vida sea suficientemente santa en sí misma.

La renuncia explícita a dar un sentido al dolor y al sufrimiento resulta por ello una condición necesaria para la afirmación de la vida. Porque no es la oscuridad lo que rechaza el paradigma de la luz, sino ese otro paradigma por el cual se supone que la oscuridad puede ser finalmente negada. De ahí que, aún cuando toda pregunta por el sentido de la vida suponga que ella deba ser inevitablemente redimida, la inocencia de la vida sí es algo que resulta urgente y necesario declararla aunque no tanto, por supuesto, con la pretensión de imponerla a nadie, sino como imperiosa necesidad de afirmarnos, de esta forma, en nuestros propios valores.

Cuando Nietzsche habla de valores anti-vida no se refiere tan sólo a unos aspectos meramente psicológicos sino, fundamentalmente, a esos principios de los que dependen tipos psicológicos específicos por los cuales se tiene como enemigos al azar, a lo múltiple y, en definitiva, a la voluntad. Pero dar cuenta de los valores pro-vida no se reduce a tomar como propios, ahora, los valores que fueron rechazados por quienes la profanaron de manera sistemática. Mas bien, ellos surgen naturalmente cuando, poniendo a la vida al centro, las oposiciones desaparecen y el azar se comprende como una forma de la necesidad, lo múltiple resulta una afirmación de la unidad y la voluntad, por último, se descubre siendo meramente nuestra capacidad de ser afectados.

Los valores pro-vida, que expresarían a quienes buscamos danzar la vida, no resultan una mera inversión de los anti-vida. Si tal fuese, la tarea sería sencilla. Pero ocurre que ellos no son ya, precisamente, meras pautas intelectuales para afrontar vicisitudes adversas, sino la forma que la vida misma adopta para cada uno, mas bien, en sus más variadas circunstancias. A la hora de pretender formularlos, debiéramos tomar nota entonces del peligro que representa el deseo de evitar, con la excusa de una mayor claridad conceptual, los meandros del pensamiento paradojal. Se trata, por supuesto, de un riesgo inevitable para quienes nos reconocemos afirmadores de la vida, porque en los hechos resulta lo que nos templa como tales cuando cada palabra o cada acto se convierte en una oportunidad para descartar esa odiosa pregunta por el sentido de la vida y pasar, en cambio, a preguntarnos todo los días sinceramente: “¿Qué sentido le doy yo a la vida?: ¿uno que la honra, o uno que la deshonra? O mejor, ¿uno que rescata su sacralidad, o uno que la profana?”

Poner la vida al centro resulta una militancia contracultural porque resigna, en primer lugar, la confianza en un sentido fuera de ella misma. En segundo lugar, y desde una formulación ya más elaborada, poner la vida al centro resulta en consecuencia una crítica explícita a la filosofía política que propuso tradicionalmente toda posibilidad de encuentro humano a partir de un sometimiento de su naturaleza instintiva: lo que se ha dado en llamar, justamente, control biopolítico. En tercer lugar, y en definitiva, poner la vida al centro consistirá entonces indagar las condiciones de posibilidad de una cultura tan revolucionaria que no pretenda ya cambiar nada sino que habite el cambio insensato mismo que es la vida.

El papel de una militancia contracultural, sin embargo, no se reduce a una defensa de la vida natural (como la que llevan a cabo los movimientos ecológicos) ni tan siquiera de la vida humana (como la que ejercen y sostienen muchos bien intencionados políticos y ciudadanos). Su desafío es completamente diferente: resistirse a intentar remediar los males que hemos o estamos cometiendo y advertir, en consecuencia, la necesidad de volver a empezar todo de raíz mediante un re-aprendizaje de las funciones originarias de vida. En definitiva: salir de la normalidad. Porque, aún cuando la normalidad no puede ser rechazada de plano, proponernos salir de ella es en sí una estrategia posible.

 

2- Para Nietzsche, la verdad es simplemente el resultado de un impulso, y hasta de un ‘instinto’, que fuerza a la persona a no mentir para que los demás confíen en ella. Es a esta naturaleza utilitaria en definitiva de la verdad a lo que Nietzsche califica como propia de un paradigma moral. La verdad sirve así para sobrevivir, es decir, para mantenerse y conservarse en medio de esa guerra de todos contra todos que supone el estado pre-social. De modo que la verdad resulta, en definitiva, tanto las condiciones como el mediador y el garante de un inestable tratado de paz social basado en la desconfianza.

En cierta forma resulta gracioso que el progresismo de izquierda acuse a Nietzsche todavía de que su idea de verdad habría sido el caldo de cultivo para el auge contemporáneo de la derecha cuando lo que él plantea, al contrario, es entonces su importancia como lazo social. Claro que, una vez puesto dicho valor de manifiesto, la tarea o el desafío, para quienes quieran tomarlo, consiste por supuesto en observar, ya sea para aceptar o para discutir, la forma social que ella soporta. Y allí es cuando surge todo el potencial de una consideración de la verdad y la mentira en sentido extramoral: cuando tomamos nota de que lo que en realidad a Nietzsche le importa es el modo de ser con los demás que esté efectivamente en juego.

Del hecho de que el conocimiento sea para él un ejército móvil de metáforas no se sigue que la verdad no exista, sino una invitación a que nos alistemos en sentido extramoral. A ello es a lo que llamaría Nietzsche dejar de regirse por conceptos y pasar a dejarse llevar por intuiciones. Porque de ninguna manera se trata para él entonces de abolir ni menospreciar el pensamiento, sino de liberarlo. Y si de buscar un sentido al auge de la ultraderecha contemporánea se trata, la respuesta que surge de este planteo nietzscheano es que el caldo de cultivo no consistió una degradación de la idea de verdad sino, todo lo contrario, la consecuencia natural de una concepción utilitaria de la verdad que el totalitarismo ahora convierte en exclusiva.

La crítica de Nietzsche a ese mundo llamado ‘verdadero’ que, en cierta forma, englobaría y operaría de denominador común para toda la cultura occidental - partiendo de Platón, pasando por el cristianismo y, a través de Kant, culminando en el positivismo -, corre el riesgo de presentarse como el fin de toda su propuesta cuando, observado a través de un prisma más fino, ella resulta sólo y apenas su punto de partida. Es decir: el escenario sin el cual aquello que real y propiamente a él le ocupa no tendría lugar.

Si el mundo llamado verdadero tuviese que ser criticado debiera admitirse que existe. Pero eso para Nietzsche sería un contrasentido, dado que él pretende, en todo caso, simplemente dar cuenta de cómo ya se convirtió en fábula. Hoy día, todo ello resulta algo que casi ni precisa ser enunciado, pues hasta el mismo mundo llamado ‘aparente’ está perdiendo consistencia frente al virtual. Pocos saben actualmente ya en qué mundo viven, y sin embargo los intelectuales siguen apuntando a Nietzsche como responsable de una situación que él sólo se ocupó al contrario de clarificar habiéndola previsto cien años atrás.

La consecuencia inmediata de que el mundo llamado ‘verdadero’ por los filósofos se haya convertido en fábula es que el bien y el mal desaparezcan. O mas bien, que ya no sepamos qué significan. Pero como hemos puesto al mundo llamado por los filósofos ‘aparente’ en el lugar que antes ocupaba el que llamaban 'verdadero' estamos atravesando el peor momento del nihilismo. Suponemos por ello que, como el bien y el mal carecen hoy de legitimidad alguna, es imposible distinguir ya lo bueno de lo malo. Y de esta manera nos pasa lamentablemente inadvertido el momento crucial en que, desligados de su acepción moral, lo bueno y lo malo pueden adquirir un sentido militante para quien lo asuma con coraje.

Bueno y malo no califican actitudes, sin embargo, sino determinados tipos humanos desde esta perspectiva. Bueno, es quien aprende como nosotros a sobrevivir sin apoyarse en verdades. Malos, para Nietzsche, serán por eso todos los que sigan apostando por el bien aún cuando lo camuflen bajo consagrados apelativos de igualdad, libertad y fraternidad. Y este es el verdadero propósito de la filosofía nietzscheana: advertirnos sobre la necesidad de una transvaloración que no se limita ya a proponer nuevos valores, sino a modificar la manera de valer del valor.

Como ha de resultar seguramente obvio, el sostén del bien y el mal como criterio son los valores que se ponen en juego en toda batalla cultural. Pero no se trata de contraponer ahora una militancia contracultural a la batalla cultural, sino de proponer esta perspectiva que habría de inaugurar, tal vez, una nueva instancia de análisis en dicha batalla. Privilegiar ser bueno a la mera lucha por el bien es una forma de comprender que toda batalla cultural está atravesada en lo profundo por una concepción de lo vital. De manera tal que la disyuntiva política actual nunca se resumiría en una supuesta necesidad de tener menos batalla cultural y más militancia contracultural, sino de comenzar a apreciar cómo el sentido o sinsentido que se le confiere a la vida resulta lo que, finalmente, marca y marcará la diferencia.

Toda propuesta que se centra sólo en modificar determinadas instituciones para lograr otro modo de sociedad no hace sino repetir la apelación ya clásica a una toma de conciencia capaz de proyectar, desde el intelecto, un mundo mejor. Pero éste es, justamente, el paradigma que nos ha llevado a un punto límite como civilización pues, aunque seria demasiado desconsiderado alegar que ha fracasado de cabo a rabo, hoy evidencia síntomas de desgaste y, al mismo tiempo, compartidas ansias de renovación. Una perspectiva realmente revolucionaria sería aquella que, en primerísimo lugar, cambiara entonces el sentido mismo de un esquema que se sostiene exclusivamente en la posibilidad de intervenir y modificar nuestro sistema de cosas desde las estructuras. 

domingo, 27 de julio de 2025

LA EXPULSIÓN DE LO COMÚN

 





Los tiempos en que podíamos asegurar que la patria era el otro parecen haber terminado. Pero no su vigencia como consigna, cuyo sentido militante no se recuesta ni en el eco que ella despierte ni en su olvido, sino en el latir de nuestros corazones. Pero como el desafío no es sólo proclamarla, sino ponerla por obra, una caracterización política comunológica como la propuesta por el coreano Byung-Chul Han ayuda a sostener nuestra coherencia y cordura.




1- Políticamente hablando, resulta esencial recuperar a nivel social la fe en lo colectivo sobre todo evitando, si es que realmente queremos sumarlos a un proyecto común, descalificar grotescamente a quienes no la comparten. La interpretación más instalada, y por lo tanto más dañina para una descripción adecuada de nuestro presente en aras a su transformación, es por eso la de que debemos supuestamente enfrentarnos al odio y a la crueldad. Porque, aún cuando tanto el odio como la crueldad representan hoy ciertamente los criterios aberrantes de muchas conductas, seguir insistiendo en esta calificación sólo sirve para señalar y agrandar, pero nunca para salvar efectivamente, la grieta que nos divide actualmente.

La pregunta a contestar es entonces la siguiente: ¿qué les ocurre a quienes naturalizan que un jefe de Estado grite “muerte al socialismo” en un foro internacional, o trate públicamente de “pichón de Stalin” al gobernador de la provincia más importante de la Nación?... Necesitamos lúcidos analistas que nos hablen sin tecnicismos pero con profundidad para poder comprenderlos sin prejuicios. Y el texto de Byung-Chul Han titulado La expulsión de lo distinto, por ejemplo, posee oportunos y originales elementos teóricos para describir sin viejos presupuestos nuestro complicado presente.

La tesis de que la etapa actual del capitalismo se caracteriza por la explotación de uno mismo, y que esta misma exigencia implantada se convirtió en la mejor forma de garantizar actualmente la gobernabilidad, no es por supuesto del mismo Han sino de M. Foucault. Pero el desarrollo que Han hace de esta cuestión, sin embargo, cincuenta años después de que Foucault la formulase, ofrece una novedad que permite comprender lo que por entonces recién comenzaba a hacerse efectivo y hoy, en cambio, se expresa cada día con mayor fuerza en forma de cansancio, depresión y, en definitiva, expulsión de lo común.

La expulsión que Han tematiza en su texto resulta en última instancia, y aunque resulte paradójico, una expulsión sobre todo de lo común. Porque lo común, en el sentido comunológico de la palabra, no es nunca lo idéntico que anula toda diferencia sino lo que tiene y precisa, justamente, las notas de lo distinto. Y aún cuando en su análisis Han se centra en una especial conformación de la subjetividad, lo que a dicha subjetividad básicamente le acontece es que se encuentra incapacitada para salir de sí misma: pero no porque odie al otro sino porque, como nos dice el mismo comienzo del texto, los tiempos en los que existía el otro propiamente se han ido, y la vital negatividad a que el otro hacía lugar permitiendo y forzando a adecuarnos a las variables circunstancias deja paso, en cambio, a la inerte positividad del imperio de lo igual.

Aunque de manera implícita e indirectamente, lo que en La expulsión de lo distinto Han nos está advirtiendo es que la consideración de lo común hasta hoy sostenida está entonces en crisis debido a que no es bajo los rasgos de lo que compartimos con los demás que ella propiamente se sostiene sino, muy por el contrario, de esa tensión muchas veces por supuesto casi insostenible con lo distinto. Y la conclusión que podemos extraer de este original cuadro de situación es entonces que la confianza en lo colectivo nunca podrá volver a afirmarse insistiendo como un mantra que nadie se salva solo ante quienes están firmemente convencidos que, de manera inevitable, lo común repite eternamente lo igual.



2- Cuando Han reflexiona sobre la expulsión de lo distinto no se refiere, por supuesto, a que el otro haya sido eliminado como tal sino sólo en virtud de su alteridad. En eso consiste su tesis del triunfo del imperio de lo igual. Es indudable entonces que lo distinto permanece asediando en latencia, y que la tan sonada expulsión de lo distinto no resulta algo concluido e irreversible sino que, antes bien, ella representa sólo una suerte de delirio en la que como sociedad estamos, quien mas quien menos, en cierta medida todos inmersos.

Es verdad que el tono empleado por Han al describirlo suena muchas veces a una resignada denuncia ante la que sólo cabe una respuesta de tipo personal. Pero la ausencia en su discurso de posibles estrategias transformadoras de carácter colectivo explícitas a esta patología social no sólo no impide imaginarlas, sino que pareciera incluso dejarlas también servidas al brindar herramientas para no insistir más con esas mismas que estaban muy bien en los siglos 19 y 20 pero que, en el s. 21, han quedado ya muchas veces desactualizadas.

Hoy en Argentina, por ejemplo, estamos celebrando el despertar de una movilización popular que estuvo prácticamente dormida por un año desde el triunfo de la ultraderecha. Pero si bien ello es índice de una siempre bien venida resiliencia del movimiento popular, basar el éxito de nuestro proyecto sólo en la movilización callejera no toma en consideración el hartazgo de una enorme masa de población que no siente a la calle como canal de expresión de su inclinación ideológica y hace de su mismo ausentismo cívico, en cambio, el eje de su manifestación política.

La novedad que ofrece La expulsión de lo distinto parte por ello de una original síntesis que propone entre el estudio sobre el neoliberalismo de Foucault con la metafísica de Heidegger. El nudo que amalgama ambas propuestas es así la noción de ‘autenticidad’ que el neoliberalismo instaló y que, en definitiva, representa la antítesis de la interpretación que Heidegger realizara de la misma. Porque si bien, como dice Han, “hoy se habla mucho de autenticidad, de ella viene el imperativo de ser igual solo a sí mismo, de definirse únicamente por sí mismo, es más, de ser autor y creador de sí mismo”. De modo que ser auténtico en esta restringida acepción neoliberal de la palabra, y ser empresario de uno mismo, terminan dramáticamente en nuestro tiempo por coincidir.

Si bien Han se apoya muchas veces en la noción de ‘negatividad’ de lo distinto frente a la positividad de lo igual, conviene advertir que su propuesta no es por lo tanto reivindicar nunca con ella, sin embargo, la vigencia de un paradigma oposicional de tipo dialéctico. Mas bien, su análisis resulta un irreverente y audaz intento de enfocar los avatares de la sociedad contemporánea a la luz del olvido del ser heideggeriano. De manera que esa diferencia que en ella se denuncia expulsada no es otra cosa, en consecuencia, que la diferencia ontológica a partir de la cual Heidegger elabora su crítica a la metafísica.

Todo lo que nos abre al misterio y, por lo tanto, habilitaría ese militante modo de ser para el cual nuestro actuar no estaría ya ligado al consumo sino al acontecimiento, es propiamente lo distinto socialmente desaparecido. El imperio de lo igual ha hecho que nuestra sociedad olvide ese miedo esencial y vivificante que se daba en presencia de la nada, de lo siniestro y por lo tanto de lo totalmente distinto, para transformarse entonces en ese tonto miedo empírico y superficial a quedarnos al margen, a fracasar y a ser culpables de nuestra propia mediocridad tan propios de nuestro presente.



3- En La Expulsión de lo Distinto, Han aborda entonces un aspecto de la sociedad actual a partir de una perspectiva original y desprejuiciada por la cual, además de la violencia al otro, existiría para él una violencia autodestructiva que tiene como explicación el terror a lo igual. Y la riqueza de esta perspectiva es doble.

En primer lugar, no parte de la irrreconciabilidad de las diferencias como si fuera el problema de la sociedad contemporánea por excelencia sino que, por el contrario, denuncia que este consiste en la imposibilidad que muchas personas experimentan de poder hallar hoy algo verdaderamente distinto capaz de generar experiencias y acontecimientos. Y esta señalización resulta central para, en segundo lugar ahora, ayudarnos a caracterizar las notas esenciales entonces del neofascismo y tener claro a qué nos enfrentamos.

El fascismo, tal como hasta ahora lo conocíamos, fue la manifestación extrema de una inclinación propiamente inmunológica ínsita ya en la propia democracia. ¿Cabría hablar, entonces, de un neofascismo post-inmunológico, en y por el cual la violencia que caracterizaba al fascismo tradicional no desaparece, pero el miedo como motor resulta reemplazado hoy por el terror que provoca la desaparición del horizonte que habilitaba la diferencia? Esta es precisamente la indicación que ofrece Han al calificar de manera expresa la etapa actual del neoliberalismo como post-inmunológica.

Proponer el concepto de 'lo igual' como nueva categoría, cuyo imperio calificaría a una sociedad neoliberal post-inmunológica, permite comprender que la expulsión de lo común que define a la sociedad actual exige ser abordada con nuevas estrategias. Porque la 'igualdad' a la que Han se refiere ya no es más la vieja ‘mismidad’ que sí precisaba del otro para constituirse como tal negándolo, sino una igualdad infinita, sin tensión, sin límite y por lo tanto sin alteridad posible. En una sociedad post-inmunologica el problema a considerar no es ya por tanto el de identidades que se encierran ante la amenaza de la infección del o de los otros sino, al contrario, el peligro que les presenta no alcanzar a visualizar en el imperio de lo igual su propio límite.

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