jueves, 12 de marzo de 2026

CRISTIANISMO MILITANTE

 

La muerte de Dios afecta a la religión y a la política por igual. Pero el impacto de esta falta de solidez epocal es resuelta por dos pensadores postfundacionales como G. Vattimo y J-L Nancy, por ejemplo, de dos maneras muy diferentes. Y en esta nota se recogen sus respectivas lecturas sobre una eventual apuesta a lo religioso como a lo político superadora del viejo humanismo.  

 
 

1- La militancia carece hasta el momento de una reflexión sobre lo religioso, y esta llamativa ausencia probablemente se deba a la dificultad que presenta abordar la variedad de cuestiones que están imbricadas en dicho asunto. Porque, ¿de qué hablamos, estrictamente, cuando nos referimos a lo religioso?: una cosa es lo sagrado sin mas, otra distinta el cristianismo como religión particular y muy otra, por supuesto, la Iglesia como institución. 

Claro que también pueden darse todas estas cuestiones asociadas, como muy probablemente sucede en la cada vez más masiva peregrinación a Lujan. Porque esos casi tres millones de personas que participaron en septiembre seguro mezclaron estos tres grandes aspectos que, al menos en el mundo latino, caracteriza a lo religioso. Pero la actualidad de la cuestión no se limita a la vigencia que muestra sorprendente poseer aún en este siglo el fenómeno en nuestra región. Mas bien, se desprendería hoy de una renovada preocupación de la Iglesia por la cuestión social que, si había sido retomada ya en el papado de Francisco I, el actual parece querer también continuar.

La visita al Rio de la Plata de León XIV, a pocos meses de publicada su primera Encíclica, Magnifica Humanitas, significa una bocanada de aire fresco en medio de una desolación que en estas playas amenaza ir ganando terreno, incluso, dentro del mismo campo nacional y popular. También en nuestro país la Iglesia viene dando ya particulares muestras de sensibilidad social, y el documento 'Puentes para el bien común' con el que cerró su encuentro la Conferencia Episcopal Argentina, el mismo septiembre en Córdoba, es fiel ejemplo. Todo esto muestra que la Doctrina Social de la Iglesia, promulgada en 1891 por León XIII, ha cobrado hoy nuevo y renovado impulso, a punto tal que una institución que había perdido toda su tradicional influencia de pronto ha tomado protagonismo y renovado prestigio para quienes buscamos salida a una situación que aparenta tenerla ya clausurada.

Reconociendo lo saludable que este aggiornamento pueda resultar para la Iglesia misma, y agradeciendo por supuesto el inesperado apoyo que ello representa en nuestra desangelada situación política, resulta lícito y conveniente analizar los alcances de esta ocurrencia. Porque es la Iglesia misma la que en su última Encíclica se propone reflexionar de forma actualizada cuál es su papel en la historia. Y admitiendo, en consecuencia, que el lugar al que históricamente remitió las cosas eternas puede haber estado demasiado desligado de las temporales, se propone remediar este desenfoque relanzando su Doctrina Social. 

¿Sentar posición sobre determinadas cuestiones sociales, sin embargo, resulta acaso la única forma de aggiornamento posible?... Mas allá, por ejemplo, de que la opinión de la Iglesia sobre el 'bien común' no sea vinculante hoy para ningún gobierno, la cuestión a considerar es más profunda. Lo realmente vinculante, al menos desde el punto de vista de la militancia, sería clarificar en cambio qué implica ese concepto de 'bien común' esgrimido tan fácilmente como alternativa al egoísmo desenfrenado de la sociedad neoliberal. Porque, ¿qué es realmente el bien común?: ¿algo que todos poseeríamos o, mas bien, algo que nadie jamás poseería al estar, por definición, más allá de lo mío o lo tuyo?

La Iglesia parece adherir todavía a la primera opción. Si algo define a la militancia, al revés, es su decidida y explícita apuesta por la segunda alternativa. Como el mundo parece estar desmoronándose ante nuestros ojos, cabe sin embargo dar lugar a una objeción de rigor: ¿tiene sentido y resulta oportuno, dadas las cosas como están, poner en cuestión una sutileza como la forma de entender lo común?... ¿Y peor aún, sobre todo, por la manera como la Iglesia pretende resolver un enfoque espiritual de lo social?

Sin dejar de reconocer la pertinencia y el sentido de urgencia que legítimamente originan estas preguntas, la militancia entiende sin embargo que la cuestión no sólo tendría sentido, sino que es precisamente una vía regia para que todo cobre una suerte de sentido. No deseando faltarle a nadie el respeto, considera por eso que la cuestión a plantear es más bien la inversa: ¿a dónde nos condujo el tradicional intento de sustancializar lo común?... Y sobre todo: ¿cómo es que  permitimos, todavía, que lo espiritual se reduzca a una mera norma de convivencia?

 

2- La distinción que es posible señalar entre lo común como algo compartible entre muchos, por un lado, o algo por definición inapropiable, por el otro, se corresponde con la que se da, en el ámbito religioso, entre lo profano y lo sagrado. Es decir, entre lo que sólo expresa la lógica del intercambio propia del cálculo racional, y una lógica del don que señala lo que nada pide a cambio pues simplemente se regala. 

Respecto de lo sagrado, el cristianismo sacó a la luz esta distinción crucial: cuando podemos representarlo con una imagen, está en relación casi exclusiva con un beneficio a lograr. De modo que la esencia de la idolatría se expresa, entonces, en este concepto de lo sagrado que resulta organizado por la lógica del intercambio y, en definitiva, por el profano deseo de contener el desamparo vital. En tanto que la novedad que trajo Jesús se resume en haber inaugurado en cambio una participación en lo sagrado a partir del don y por tanto sin relación inmediata con lo profano, pues atestiguarse cristiano se correspondía de manera exclusiva, al menos en el primer siglo, con la oportunidad de ser parte de una contienda primordialmente celestial. 

Fundando la fe en una mera esperanza de salvación personal, esta original comprensión cristiana de lo sagrado terminó luego tergiversada, lamentablemente, en unos términos absolutamente opuestos a la de su intención inicial. Y la distinción entre un ídolo y el Dios de justicia del cristianismo se resolvió así muy pronto a favor exclusivo del primero. ¿Cómo fue posible que un Dios de justicia, sin embargo, se convirtiera tan fácilmente en su contrario?: muy probablemente debido a una confusión humana, demasiado humana de la justicia - como diría F. Nietzsche -, con una la lucha entre el bien y el mal. Y el Dios bondadoso que ofrece históricamente la Iglesia es, precisamente, expresión de este error garrafal que arrastra una civilización con inquietantes muestras de haber llegado hoy a un punto de no retorno. 

Proponer a la no violencia como criterio suficiente de la fe representa tomar el camino de la destrucción del cristianismo, pues entonces se confunde así al amor con la caridad. Y a la justicia, en definitiva, con un ídolo. Si la caridad resultase entendida en sentido no asistencial no sería otra cosa que el amor, pues su punto de partida no resultaría nunca el individuo sino la alteridad. Pero lejos de ser la caridad eclesiástica un afecto de tipo no asistencial, lo que efectivamente ofrece como distintivo suyo es exclusivamente en cambio su carácter no violento. Y si no ser violento puede ser una buena descripción del amor, claramente no resulta en cambio su condición suficiente.

Según los actuales términos eclesiásticos, el cristianismo resulta una comprensión superadora a la de la idolatría sólo por no estar ligada a la violencia características de las religiones paganas o pre-cristianas. Y dar cuenta de esa diferencia resultaría para el cristiano, según esta interpretación, toda la 'buena nueva' a comunicar. Pero si bien esta distinción axiomática entre paganismo y fe cristiana permite marcar, y dar un sentido, al antes y el después que representa la aparición de Jesús - y en consecuencia de lo que sería propiamente sagrado-, no sólo resulta confusa sino fundamentalmente equívoca, y por eso toda su argumentación se cae. O mejor dicho: termina con ella siendo partícipe sin querer de la profanación del cristianismo. 

Pensar que la caridad entendida en términos no violentos estaría cerca de un pensamiento más allá del bien y del mal, como pretende seguramente G. Vattimo, no tiene asidero alguno. La intención de la Iglesia al reflotar la Doctrina Social se asienta en una pretensión de reforma parecida, pero el resultado al que ambos llegan es precisamente sólo un lavado de cara: sólo satisface el criterio de las buenas intenciones liberales, y poco o nada mas. Para su descargo, es sin embargo preciso reconocer que el problema al que teóricamente Vattimo y la Iglesia se enfrentan no es para nada menor: proponer al amor y no a la caridad como criterio de una política por venir sólo da lugar a un pueblo que no es de este mundo. Y resolver el sentido de esta paradoja es, propiamente, el desafío de un cristianismo militante.


3- Vattimo se manifiesta contra el concepto de alteridad en Derrida y Levinas porque, según él, ello llevaría a reinstaurar el transmundo. Una tesis, esta última, que se limita a fundamentar por el rechazo que ambos experimentarían hacia la idea de un Dios amistoso. Mas allá de que Vattimo acierte o no en su consideración del cristianismo, sin embargo, y haciendo también abstracción de esta querella contra los franceses que resulta previa incluso a sus escritos sobre el cristianismo, cabe igual reflexionar en qué sentido puede pensarse que un retorno de lo religioso, y del cristianismo en especial, podría tener como pilar a la amistad de Dios con los hombres. Porque, políticamente hablando: ¿a quién puede beneficiar un Dios amistoso que resulta, en definitiva, la contracara de un Dios de Justicia?

Los pueblos colonizados lo sabemos por experiencia propia: este Dios débil sólo sirve a los colonizadores. El papel fundamental de la religión en el sometimiento de los pueblos originarios, por ejemplo, sin duda no fue otro que el de justificar todo tipo de opresión temporal bajo el manto de la bondad eterna. El retorno de lo religioso por lo tanto esta hoy día empantanado aún por una contraposición falaz: o un Dios bueno que nada pide, mandado a hacer para esta sociedad que a su vez ya nada ofrece, o un Dios vengativo y sumamente estricto, ejemplarmente protagonizado por el fundamentalismo islámico pero que quizás no se limite más adelante sólo a él si el mundo sigue en esta dirección.

Es un Dios que no sólo entrega, sino uno que fundamentalmente pide la amistad de los hombres, en cambio, el que podría cumplir una función social revolucionaria. Pero esa alternativa parece estar aún para la Iglesia, desde el Concilio de Nicea, sin la más mínima consideración. La militancia ha demostrado en cambio con su práctica misma que asume como su deber recuperarlo, pues sólo un Dios de justicia da sentido a una apuesta política por venir que ya no tiene al Estado como objetivo final de su práctica sino, por el contrario, un bien común entendido como resultado intangible de una organización permanente.

La militancia no rechaza de plano ese bien común que se define, simplemente, como aquello a tener en cuenta para beneficio de todos y cada uno. Lo que cuestiona es que eso sea lo único que importe. Por supuesto, admite que dicho bien común necesita ser debidamente potenciado frente a la pérdida de todo sentido solidario en el mundo actual, pero a su vez entiende, advierte y propone que sólo la potencia mesiánica de un bien común, entendido como la esperanza puesta en el reino de lo inapropiable, resultaría capaz de garantizarlo. 


4- Si algo manifiesta un cristiano militante es su compromiso a vivir en el mundo sin formar parte de él. Es decir, a comprometerse políticamente con una comunidad imposible, dado que todo lo efectiva y realmente posible sólo sirve para desmentirla. Y si su Dios resultase de alguna cierta manera 'débil', en consecuencia, sólo lo sería porque pide que se forme parte de su pueblo: no es un Dios que satisfaga inquietudes humanas, sino uno que solicita servicio. De que Su Hijo haya caminado en la tierra en forma humana no se desprende que haya traicionado entonces con eso sus principios sobre la justicia. Sería una contradicción en los términos pensar en un cristianismo debilitado, por lo tanto, pues para lo que Dios convoca indudablemente hace falta una dedicación de tiempo completo: militancia, compromiso y espíritu de cuerpo. 

Para alguien como J-L Nancy, un pensador del que sí puede decirse que toma el camino militante que lleva a la vida, el cristianismo supone esa apertura a la alteridad que hizo de Occidente un escenario deconstructivo privilegiado donde ateísmo y cristianismo terminan siendo sinónimos en la insustancialidad que abre la muerte de Dios. Pero no porque Dios se debilite, sino todo lo contrario. Ambos pensadores, Nancy y Vattimo, parecen quizás llegar a la misma conclusión respecto de cómo interpretar la relación del cristianismo con nuestra situación actual. Pero sus perspectivas resultan opuestas, y el punto de inflexión se manifiesta de forma plena en sus diferencias respecto de la naturaleza de Jesús.

Cuando piensa el cristianismo, Nancy no abandona las reflexiones acerca de la corporalidad que lo hicieron justamente famoso como pensador, e interpreta que la encarnación no consiste por eso un proceso de entrada en el cuerpo de alguna entidad no corporal: el cuerpo mismo, para él, y más aún en el caso de Jesús, no sería otra cosa que espíritu. O sea, el cuerpo es de por sí espíritu que sale de sí mismo o de su pura identidad. Y esto sería algo incluso prefigurado ya en la Creación como tal, porque desde el Génesis mismo el espíritu sería ya fuera de sí. Es sólo en este sentido que Nancy puede decir que el Dios cristiano es uno entonces que se aliena, y por tanto se 'a-teologiza'. Nunca un Dios que se debilita.

Para Vattimo ocurre en cambio todo lo contrario: el espíritu propiamente encarnaría en forma humana, y este supuesto debilitamiento divino sería lo que en última instancia fundaría en y por el cristianismo cierta humanización de la violencia, al mismo tiempo que anunciaría supuestamente así la progresiva pérdida de los fundamentos últimos en el ámbito del pensar contemporáneo. Lo que prima en esta concepción del cristianismo, que anima a un fiel representante del sentir de la Iglesia como Vattimo resulta, por eso, apenas una perspectiva ética que hace del mero rechazo a la violencia entonces su único principio.

De todo esto se desprende que hay dos concepciones del cristianismo, en consecuencia, totalmente diferentes. La de Nancy, antes que a la debilidad privilegia a la función dinamizadora del cristianismo, algo que no cabe duda resultó la característica mas relevante de Occidente al menos hasta ahora. En tanto la de Vattimo ofrece una visión edulcorada tanto del cristianismo como de Occidente. Ocurre que ambos tienen entonces un concepto distinto, no sólo del cristianismo y de Occidente sino, por sobre todo, de lo que significa un pensamiento desfondado y la diferencia ontológica: para Nancy es sinónimo del ser-en-común, mientras que para Vattimo sólo sería de la tolerancia.


5-  Cuando Nietzsche afirma que el mundo verdadero se convirtió en fábula no esta poniendo al mundo sensible en el lugar del de las ideas, sino aboliendo directamente la distinción. Ya no hay un lugar supuestamente verdadero, y simplemente a ello se refiere la famosa expresión 'Dios ha muerto'. Pero si en esto hay quizás un acuerdo casi unánime actualmente, la lectura de esta 'muerte' es materia aún de interpretación. Porque están quienes dicen que si murió todo depende de uno, y quienes consideran que es preciso transitar en cambio por ello un duelo imposible.

Una formulación débil de la fe ofrece, indirecta y generosamente, la exacta descripción de una perspectiva meramente relativista y por tanto no-militante acerca de la muerte de Dios. El ‘cristianismo débil’ de Vattimo se asienta en el supuesto ‘abajamiento’ de Dios expresado en la kenosis, es decir, en el hipotético ‘vaciamiento’ de la divinidad de Jesús al asumir su forma humana. Interpretación por supuesto tan válida como cualquier otra pero que convalidaría eso que Kierkegaard calificara peyorativamente como ‘cristiandad’: el cristianismo de los tibios que, según dice el propio Jesús, él vomitaría de su boca. 

Una perspectiva militante no tendría inconveniente en adherir cuando menos formalmente a la hipótesis eclesiástica general, a saber, que el cristianismo se relaciona con la insustancialidad epocal. Pero discrepa, por supuesto, en sus consideraciones acerca del alcance de la muerte de Dios dentro del cristianismo. Entiende que esa noción de ‘debilidad’ aplicada por Vattimo, tanto a la fe como al pensamiento, es un calificativo que permite apreciar cierta relación entre ambos pero que no agota toda interpretación posible. De modo que el disenso propio de una perspectiva militante es afirmativo ya que, ubicado por supuesto dentro de su mismo marco teórico postfundacional, considera que con un debilitamiento no se profundiza sin embargo el asunto.

La muerte de Dios y el cristianismo resultan también asuntos solidarios 
para la militancia, pero bajo un signo por completo distinto. Vattimo hace de la muerte de Dios apenas el imperio de la debilidad, y desde ese prisma interpreta al cristianismo. Para la militancia, en cambio, la muerte de Dios no puede sino ser algo absolutamente diferente: expresa mas bien la imposibilidad de sostener de algo sustancial la propia noción de esperanza. Es desde este desafío que interpreta y adhiere a un cristianismo militante, en consecuencia, para el cual la desesperación queda identificada no ya como un pecado sino, al decir del mismo Kierkegaard, el pecado por excelencia.

Un cristianismo resulta militante cuando la esperanza deja de ser una certeza. Lo mismo que para el cristianismo débil, sea de Vattimo o de la cristiandad en general, la fe se distingue para la militancia entonces de la mera creencia: reflexionando sobre sí se torna creencia de una creencia, con lo cual pierde toda pretensión de identidad consigo misma. Pero a diferencia de Vattimo y la cristiandad, entienden a su  militancia como un decidido compromiso a mantenerse practicando un delicado equilibrio, de forma permanente y al mismo tiempo, en el cielo y sobre la tierra. 

Lo religioso fue explicado e incluso legitimado, hasta el presente, como una simple expresión de la búsqueda del hombre por el sentido de la existencia. Pero la militancia boga hoy por el restablecimiento de un concepto alternativo de lo religioso por el cual, en lugar de un sentido, lo religioso venga en cambio a ofrecer algo así como la fórmula mágica para sobrevivir en el propio sin sentido. Y descubrir en el sin sentido mismo, en todo caso y sobre todo, el elemento mismo de un bien común que, más que servir al elegante desarrollo de cada cual, haya que por el contrario servir entonces con celo y dedicación absoluta.



 


viernes, 13 de febrero de 2026

UNA COMPRENSIÓN POLÍTICA DE LA FE





Desde que la militancia se define por la responsabilidad absoluta y se tiene por objeto en consecuencia a si misma, cómo y dónde sostenerla es un interrogante casi inevitable. Resulta natural concluir que militar tenga entonces algo que ver con la fe porque la fe misma esté pidiendo
, al mismo tiempo, recuperar en este siglo su tono militante. Y una forma de explorar esta novedosa alianza surge confrontando las respectivas miradas postfundacionales que del cristianismo ofrecieran dos destacados pensadores: J-L Nancy y G. Vattimo.



1- Los nórdicos no sólo hacen sólo excelentes series policiales. También se destacan por ofrecer unos dramas de carácter religioso que tienen como botón de muestra la enorme obra de I. Bergman. Pero la admiración que despiertan sus manifestaciones no puede ocultar que el tratamiento que hacen ellos del asunto, por supuesto generalizando mucho, no deja de parecer cercano siempre, de alguna manera, al paganismo. Porque como en líneas generales lo que convoca su problematización son las condiciones de posibilidad de la creencia, el milagro y lo milagroso resulta muchas veces central en ellos para sostener de algo a la fe.

Los latinos, en cambio, y siempre generalizando muy libremente, por supuesto, pareciéramos aceptar a la fe sencillamente como algo que de nada se sostiene y que, por lo tanto, no nos resulta necesariamente  un problema de razón como para los nórdicos. Ese círculo hermenéutico que inaugurara Agustín de Hipona, entonces, afirmando que creía para entender y entendía para creer, nos resulta así un lugar más hogareño que extraño. Y al no ofrecernos conflictivos análisis psicológicos, la fe explaya en nuestro ámbito cultural su propia comprensión del mundo con relativa comodidad.

Pero si bien la cuestión racional de las condiciones para la creencia no aparece con la misma intensidad en el ambiente latino que en el nórdico, tampoco puede afirmarse que, tan sólo por adaptarnos con mayor habilidad al carácter hermenéutico de la fe, el trato con Dios resulte en nuestro caso por ello totalmente sincero. Todo lo contrario, puede decirse que para nosotros pierde protagonismo la cuestión del trato personal con Dios, con lo que el cristianismo se convierte así en una mera imagen amable del mundo. Y un destacado representante de esta bondadosa tendencia latina es el filósofo italiano G. Vattimo.

Es en Creer que se cree donde Vattimo desarrolla de manera muy original y conveniente una concepción practicamente laica de la fe que interesa por el excelente desarrollo del carácter latino pero que no alcanza, sin embargo, a dar cuenta del verdadero motivo por el cual la creencia solicita, por sí misma, carecer de una identidad ciega a la que no le basta con ofrecerse simplemente como sinónimo creer. Si lo más rico del texto de Vattimo resulta su título, la explicación que brinda desilusiona entonces sobremanera.

Aunque Vattimo mismo no lo reconozca, por supuesto, la expresión 'creer que se cree' no admite una sola interpretación. Por un lado, puede ser una mera alocución en la cual alguien daría cuenta al interlocutor de cierta duda acerca de su propia creencia, o tal vez incluso hasta de su forma de creer. Pero la expresión ‘creer que se cree’ admite al menos dos interpretaciones debido a que la misma palabra ‘creer’ resulta por supuesto ambigua. Puede significar ‘me parece’, de acuerdo al sentido que le da Vattimo. Y por otro lado, significa también ‘doy crédito’.

Son dos acepciones si se quiere opuestas: el sentido de la expresión ‘me parece que creo’ es completamente diferente a ‘doy crédito que creo’: mientras ‘me parece que creo’ tiene un sentido evidente, ‘doy crédito que creo’ resulta confusa, o cuando menos redundante. ¿Cuál sería la necesidad de expresar ‘creer que se cree’, en este segundo sentido? O mejor: ¿qué diferencia hay entre expresar que se ‘cree’, y ‘creer que se cree’? Y más concretamente: ¿por qué sería preciso para un cristiano, en definitiva, acreditar o dar testimonio de su creencia?

Si la fe fuese sin mas una creencia no habría respuestas para ninguna de estas preguntas. Pero si por algo la primera resulta distinguible de la segunda es, precisamente, por la imposibilidad de la fe de ser idéntica a sí misma. Y ‘creer que se cree’ resulta una expresión muy conveniente que daría acabadamente cuenta, entonces, de ese movimiento que mantiene a la fe tomándose a sí misma de la cola. De esta forma, cuando alguien dice creer en Dios, por ejemplo, no estaría diciendo que El sea el objeto de su creencia. Porque Dios resultaría, en todo caso, apenas el nombre que para él recibiría el intersticio que impide a la fe, precisamente, hundirse en la solidez y opacidad propias de lo idéntico.

Para el sentido común, un hombre de fe es alguien que cree en Dios. Algo que desde esta perspectiva necesitaría sin embargo ser reconsiderado ya que la fe, para quien la profese, expresaría al revés una liberación de la necesidad de fundar el pensar. 
'Creer que se cree', además de expresar la ausencia de certeza respecto de nuestra creencia o forma de creer, da cuenta en consecuencia al mismo tiempo que la fe difiere y mucho del lugar común que le asigna a la creencia, inevitablemente, el refugio de un objeto.
 
Partiendo de una comprensión de la fe como esta, 'creer que se cree' da cuenta del compromiso mismo del creyente, entonces, a sostenerse en la incertidumbre. Y de esta forma, de paso y como remate, quedan expuestas entonces dos formas predominantes de concebir al desfondamiento contemporáneo del pensar. Una de carácter intelectual, que simplemente se contenta como Vattimo en acentuar sus beneficios para una dudosa concordia moral entre los hombres, y otra de naturaleza explícitamente política, en cambio, que hace hincapié en la exigencia militante que ella supone.

En líneas generales y para ambos ámbitos culturales, tanto el latino como el nórdico, se cumple entonces lo que el teólogo F. Overbeck, gran amigo de F. Nietzsche, señalara en su misma soledad: que el cristianismo, cuya fuente hay que buscarla indefectiblemente en el siglo primero, no tiene ninguna relación con lo que cabría calificar más simple y apropiadamente como ‘cristiandad’. Pues debido al completo abandono del carácter político, escatológico y mesiánico, que definiera al cristianismo en sus comienzo, carece por completo de razón de ser.

Lo que Overbeck reclamaba era, sin mas ni menos, el restablecimiento de una concepción política de la fe: para los primeros cristianos el asunto que los convocaba era la soberanía de Dios, poniéndose así de parte suya en la contienda con su opositor, el Diablo. Sólo en el marco que presentaba la soberanía de Dios, puesta en entredicho desde la desobediencia original, el sacrificio de Jesús oficiaba realmente como un rescate para aquella humanidad que lo testimoniara en palabra y por obra. Y apartarse del mundo, muy lejos de ser una cuestión moral, implicaba entonces para ellos un sentido muy concreto que no tenía que ver con el abstracto e intelectual creer o no en Dios, sino mas bien en su promesa: el restablecimiento del Reino.

Desde esta perspectiva, la fe no puede sino ser militante al tratarse de una creencia que necesita ser acreditada, y no sólo una vez sino de manera permanente. Esta comprensión política de la fe, por supuesto, es algo ni siquiera sospechamos hoy que se guarda celosamente en el cajón de los recuerdos. Pero es justo eso que el pensador francés J-L Nancy, otro latino también continuador de Heidegger, como el propio Vattimo, sacó en buena hora del olvido al confrontarlo, oportunamente, con la forma como en el pasado siglo se concibiera la acción política revolucionaria.


2- La historia, muchas veces, se empeña en dar vuelta nuestras verdades más firmes. Y ejemplo cabal de ello fue esa idea de ‘tomar el cielo por asalto’, por ejemplo, que supo guiar y cobijar en el s. 20 cantidad enorme tanto de ilusiones como de errores y que, para Nancy, resultaría muy seguramente la metáfora por excelencia del espíritu de esa época. Sucintamente, ella indicaba que el cielo no se alcanzaba llamando amablemente a su puerta, es decir, a partir de un consenso racional, sino que debía ser tomado a la fuerza, y muchas veces inclusive hasta por medio de las armas, de manera inevitable. 

Tomar el cielo por asalto fue la consigna elegida por Marx para iniciar el Manifiesto Comunista porque graficaba la necesidad de romper una matrix. Y para una época en la que era indispensable explicar cómo el capitalismo se legitima a sí mismo ocultando que una mercancía es una estafa, el cielo representaba entonces algo así como el guardián y la fuente de dicha estafa. En el s. 21 a nadie más le preocupa por supuesto ya nada de eso, sin embargo. Estamos al tanto de la situación, sabemos de la existencia de la matrix, pero queremos hacer como que no nos importa. Nadie nos oculta ya que el mercado nos ha transformado en cosas, pero la idea misma de que sea algo que necesita ser denunciado nos resulta absurda. 

¿Es posible que se esté preparando silenciosamente, como contrapartida y al mismo tiempo, la gran ocasión de llegar a habitar ahora en el cielo?... De alguna manera, Nancy resulta sumamente contemporáneo cuando desde el mismo título del hermoso texto En el cielo y sobre la tierra parece estar pensando en que incluso ahora, nosotros mismos, tendríamos sin embargo una oportunidad sin par. Por supuesto que el cielo para él no tiene ya el significado de una matrix sino mas bien todo lo contrario. Pero justo por advertir él en dicha noción un cambio completo de perspectiva es que su pensamiento resulta una bocanada de aire fresco en nuestra actual falta absoluta de rumbo. 

El esquema que 
los asaltantes del cielo se hacían en general de la historia era que los períodos de incertidumbre consistían, apenas, esos lugares a atravesar para llegar a una supuesta zona de confort futura. Pero la incertidumbre resultará hoy el sapo a tragar, en cambio, para todos quienes renunciemos a tomar el cielo por asalto y busquemos vivir en el cielo sobre la tierra. Ello no significaría reflotar tampoco por eso la peregrina idea de que el cielo puede ser conquistado amablemente: no hay nada más alejado que la idea de consenso para el concepto que Nancy se hace del ser en común. Pero ocurre que de ninguna manera se trata ya de tomar al cielo - ni tan siquiera de bajarlo, como se dice poéticamente - sino de aprender, mas bien, a hacer celeste la tierra.

La incertidumbre es el elemento en el que se desarrolla esta nueva forma militante de vivir en tanto y en cuanto el cielo no sería algo que compartiríamos ya socialmente: nunca una supuesta comunión de almas bellas, sino un escenario muy parecido a ese abismo nietzscheano a cuyo alrededor cada uno, por su propia cuenta y riesgo, necesita aprender a danzar. Y es esta misma renuncia expresa y manifiesta a toda ilusión de comunión lo que, si bien nos mantiene en la incertidumbre más atroz, hace del cielo de Nancy algo a lo que hoy nos parecería razonable aspirar.

La consigna ‘en el cielo y sobre la tierra’ resulta más revolucionaria, incluso, que el convencimiento de que la toma de conciencia de la explotación capitalista podría llegar a revertir los valores de nuestra civilización. Porque este cielo no es sinónimo de matrix, pero tampoco de algún lugar, sea físico o espiritual, donde ocurrirían determinadas cosas. Mas bien, el cielo representa lo Altísimo porque, según Nancy, no sería ni un lugar ni un no-lugar: no resulta un más allá de la tierra sino una tierra, al contrario, que ya no se concibe cerrada en sí misma de manera irreversible. Pero tampoco abierta 
siquiera a algo identificable, sino propiamente en el cielo ya mismo de por sí. 

Este cielo no sería algo así como la otra cara de la tierra, porque fuera de la tierra nada es. Pero justamente por eso expresaría, entonces, que cualquier toma de conciencia, incluida la de la mismísima explotación capitalista, resulta finita por definición. Y que la señal de salida de la injusticia brilla vivenciando nuestro ser en la tierra, en cambio, abriéndonos a algo más que a cosas: a ser justos, a amar, y a la misericordia. Es esta misma posibilidad que tenemos de relacionarnos con aquello que despierte nuestra afectividad lo que para Nancy, en consecuencia, e independientemente de aquello con lo cual la afectividad se relacione, haría así de nuestro caminar la tierra una forma de hacerlo en el cielo.

Aquello a lo que el ser se abre no es propiamente hablando un otro porque, para empezar, no habría siquiera un mismo que apareciera como supuesto punto de partida. De alguna manera, sería entonces una apertura propiamente absoluta, en este caso, o si se quiere un absoluto concebido precisamente como apertura. Y el subtitulo de ese pequeño texto, En el cielo y sobre la tierra, antes que el de una ‘Conferencia sobre Dios a los niños’ bien podría ser entonces el de una conferencia sobre la diferencia ontológica a los niños. Pero sin dejar sugerir, por supuesto, que los niños no seríamos sino nosotros mismos cuando seguimos creyendo que la liberación consiste en tomar el cielo por asalto. 

Es en esta conjunción de lo político con la fe, precisamente, donde radica la riqueza de este pequeño y brillante texto. Porque si hablar del cielo, para Nancy, es por supuesto y claramente una excusa para hablar de forma poética acerca de la diferencia ontológica, la apuesta se demuestra siendo en definitiva la de una ontología política. Y 'política' no porque la tomaría de objeto, precisamente, sino porque expresaría la comprensión del ser como ser-en-común.

 

3- Cuando Nancy terminó la conferencia comprendió que su público, aunque infantil, podía admitir sin problema que las personas se relacionen con algo que no son exclusivamente cosas o otros seres y, sobre todo, que esa capacidad de afectación es en definitiva una señal de salida de sí mismas. Pero que era preciso hablarle también de las cuestiones que están siempre conectadas con la instalada idea de que eso totalmente otro, con lo cual entraríamos entonces así en relación, habría de ser considerado en definitiva el creador de estas relaciones a las que estamos habituados. Es decir, tomar una postura respecto de la idea tradicional por la cual viviríamos como aprisionados por el centro de una esfera y que conquistarlo representaría una liberación. 

La misma noción de 'apertura' implícita a la afectividad, desplegada en el cuerpo de la conferencia, daba ya apropiadamente cuenta de un concepto divino de la creación por el cual, Dios y lo creado, coincidiría de forma dinámica. Y por supuesto, no como algo que ocurriría en el orden del tiempo, donde existiría un antes y un después de la creación, sino mas bien en el de la eternidad. Pero Nancy había querido evitar enfocarse a propósito en la cuestión de la creación como asunto exclusivo de la fe porque su pensamiento rompe, precisamente, con el concepto de un Dios trascendente en derredor del cual todo giraría. 

Para entender a este Dios, o a este cambio en la forma de entender a Dios que Nancy propone, mejor dicho, la idea propuesta en el ensayo titulado "La Esfera de Pascal" por J. L. Borges habría resultado, por lo tanto, un ejemplo muy gráfico. En dicha esfera se da expresa cuenta de la transformación implicada entre una forma de concebir a Dios como el centro de dicha esfera, por un lado o, mas bien, como una esfera cuyo centro estaría en cambio en todas partes. Claramente, una esfera como la última  no tendría propiamente centro, y su circunferencia infinita carecería por definición de lugar. Con lo cual una esfera así anula su propia representación, y termina sacando en definitiva al pensamiento de sí mismo enfrentándolo, simplemente, a un imposible.

Pero Borges, con la sutileza quirúrgica que lo caracteriza, finalmente destaca que esta otra metáfora de la metáfora de la muerte de Dios - como es esta de una misteriosa Esfera cuyo centro habitaría en todos lados - resulta algo que Pascal no sabe, o no termina de decidir, si señalarla o no como espantosa. Muy probablemente, ello se debe a que la muerte de Dios es precisamente para Pascal, tanto como para nosotros hoy también, algo que duele de manera espantosa. El mundo literal y sus espejitos de colores es demasiado fascinante, y la comparación con el duelo imposible que supone la fe es entonces algo tan poco razonable que atreverse a elegir la segunda opción supone, para quien no milite la vida, haber perdido muy seguramente el juicio.







viernes, 9 de enero de 2026

REVOLUCIÓN ARGENTINA

 

El libro Plenario para un Manifiesto de la Militancia es un regalo al pensamiento. Damián Selci sigue allí ampliando su original teoría en un texto voluminoso y multifacético que nos obliga a sacar punta al tiempo para seguirle el ritmo. En esta reseña Tort pretende colaborar con ese debate a que su autor explícitamente convoca sugiriendo una línea de lectura que, como toda lectura atenta, se reconoce por supuesto tan acotada como seguramente sesgada. 

 

 1- Plenario para un Manifiesto de la Militancia presenta en su misma inauguración a nuestra Argentina como la nueva Grecia del s. 21. Esta sorpresiva idea no sólo rompe con la manera de entender hasta hoy un pensamiento política y geográficamente situado sino que, a la vez, permea y explica la perspectiva de las comisiones de ficción que nombran luego cada uno de sus capítulos. Se trataría de una original idea rectora que viene muy a cuento tener presente, sin embargo, porque si Argentina ha resultado un excelente laboratorio de recetas neoliberales y gobernanzas neofacistas se debe, muy probablemente, a que existe un límite demasiado sutil y extremadamente fácil de pasar por alto entre el rechazo al Estado que expresa un emprendedor, por un lado, y el de una manifestación militante. 

La condición de posibilidad de un posible manifiesto de la militancia nace paradójicamente, entonces, de una interpretación revolucionaria del pobre individualismo nacional que toma a un pequeño ensayo de  J.L. Borges en Otras Inquisiciones como fuente de inspiración. El motivo por el cual Argentina resultaría una nueva Grecia no es otro que la circunstancia de que esta interpretación calificaría adecuadamente hoy también al mundo entero, y el propósito expreso de Damián Selci en este nuevo texto suyo es permitir que en el Plenario dichas condiciones propiamente se manifiesten, dado que esa y no otra es la razón de ser militante: manifestarse.

Si llama la atención que el debate para un manifiesto militante pueda comenzar como una interpretación sin recelos y hasta laudatoria del individualismo argentino es porque, o bien no se leyeron los dos libros anteriores de Selci, o acaso se los leyó sin atender a lo que su planteo tiene de original. El término mismo de ‘militancia’ adquiere en ellos un significado técnico que progresivamente discrepa con la interpretación moralista tradicional. Pero aún cuando en Teoría de la Militancia y en Organización Permanente todo esto ya está debida y explícitamente desarrollado, es en Plenario donde su tratamiento adquiere verdadero protagonismo.

En la primera entrega de esta trilogía, sobre todo, la descripción desfondada de la militancia convivía, todavía, con la práctica de quien se liga moralmente a una Causa y a la Organización. Pero el tono de la tercera es diferente a las dos anteriores o, al menos, se ajusta más al espíritu de la propuesta. Menos subordinada a una circunstancia inmediata, se da espacio para proyectarse así al futuro e, incluso, al mundo entero. Para decirlo en pocas palabras: si en Teoría de la Militancia el discurso se orientaba, por sobre todo, a una militancia activa y existente, ahora se dirige a una sociedad aturdida y a la deriva. Y de esta forma el concepto de militancia adquiere finalmente en Plenario entonces su real envergadura, proponiéndose explícita y concretamente como un pensamiento revolucionario.

Es verdad que sumergirnos hoy en el desarrollo de estas novedosas ideas ha de parecer algo en cierta forma banal para muchos de los que, a comienzos del 2026, nos desayunamos con la noticia de que la globalización ha fracasado, que el derecho internacional no rige mas y que el nuevo orden mundial se está configurando de una manera descabellada. Pero es justamente debido a que esta civilización ha entrado en una etapa cuya enfermedad también a varios nos parece terminal cuando el mismo intento de reflotar una apuesta revolucionaria adquiere su oportunidad y sentido. Es un mundo enloquecido el mismo que, de manera paradójica, hace que una propuesta que no se contente con sólo mejorar las cosas, y se enfoque en la raíz de los problemas, haya dejado de ser hoy una locura.

 

2- ¿Cuál sería el límite en función del cual se distinguen, respectivamente, los rechazos liberal y militante al Estado?... Es preciso no perder de vista esta pregunta porque, si bien la militancia designa para Selci una práctica, eso no significa que necesariamente signifique sólo una forma de alcanzar determinado objetivo relacionado, exclusiva e incondicionalmente, con la toma del poder. La originalidad de una teoría de la militancia, y el axioma que podría encabezar seguramente su potencial Manifiesto, consiste en barrer desde un comienzo entonces con una definición como esa que la confunde con una técnica y en cambio, simplemente, propone entenderla como el único lazo social digno de ese nombre.

Incluso cuando se la propone teóricamente, la militancia resulta una práctica porque el lazo social mismo resulta para nosotros una práctica: es decir, algo nunca dado por sentado sino que necesita, justa y precisamente, militarse. Y no una vez para siempre sino de manera constante, motivo por el cual el nombre alternativo que reciba una teoría de la militancia sea, de manera tan precisa, el de una organización permanente. Planteadas así las cosas ya desde entrada, resulta en consecuencia casi obvio que la toma del poder sea en cierta forma superflua desde esta perspectiva pero que, además y sobre todo, no habría tampoco una idea determinada de lo social que serviría de norte a su práctica dado que la práctica en sí misma consiste su propio norte y soporte.

Esta es sin duda la explicación por la cual la comisión con la que nos topamos inmediatamente a la de la nueva Grecia dentro del Plenario se titule, de manera tan apropiada, simplemente Marx. Porque si bien allí, como es lógico, también se habla del capital, de la mercancía y de la explotación, aquello con lo que una teoría de la militancia necesita en primera instancia medirse resulta, sin dudas, con un concepto decimonónico de emancipación. Pero medirse quizás no sea del todo la palabra adecuada, puesto que el propósito con este contraste no es rescatar lo que nos quede de la revolución una vez que la gran esperanza utópica ha muerto sino mas bien, y muy por el contrario, señalar cómo ella sólo puede ser concebida ahora en términos militantes.

Resulta imprescindible evitar una lectura de la teoría de la militancia que la presente como la respuesta nostálgica de un pensamiento que acusa la pérdida de fundamentos. Por eso Plenario manifiesta la oportunidad que significa hoy para nosotros vivir en este siglo y en este país que, con todos sus desmadres, habilita sin embargo también a una apuesta totalmente impensada en otro momento de la historia. Y esto no como consecuencia de una mera expresión de deseo sino porque, imposibilitados ya de justificar racionalmente nuestros actos, nadie puede actualmente recurrir a una supuesta atribución de inocencia.

Vivimos en un tiempo bisagra excepcional, donde la posibilidad de que el egoísmo más desenfrenado triunfe convive con la oportunidad de hacer del s. 21 el siglo de la militancia. Y ninguna de estas sendas opciones tiene mayores garantías que la otra. Si resulta tan importante manifestar que la militancia no se defina más en función de determinado objetivo sino de determinada práctica, es entonces porque la ocasión misma de que el s. 21 haya de ser el de la militancia pende de cómo logremos evadir cuanto antes el viejo esquema que haría aparecer este calificativo como si fuese el resultado de una esencia que se realiza y lo comprendamos, en cambio, como un acontecimiento sin fantasma alguno que lo celebre o lo justifique.


3- Plenario para un Manifiesto de la Militancia parte de una vindicación del pobre individualismo argentino debido a que sólo un país con un Estado fallido, como sin duda es el nuestro, puede convertirse en el escenario donde manifestar que la unidad debe ser construida sin que ello signifique para nadie alumbrar repentinamente algo oculto y permitiera confiar, a partir de entonces, en un Estado que garantice mediante la fuerza su continuidad. 

La militancia no puede manifestar otra cosa que la unidad propiamente no existe, si quiere mantenerse fiel al fin de la inocencia. Y su propuesta sólo resulta comprensible a partir de este decidido rechazo a ese uso de la fuerza que históricamente ha servido, con la excusa de representar el imperio de la ley, justo para hacernos olvidar que la unidad no existe y así librarnos de asumir nuestra responsabilidad por la responsabilidad del otro.

Si la militancia es el único nombre digno del lazo social no es porque ella conozca el secreto, sin embargo, del nudo que la mantenga sólidamente unida con un cierto pase de magia. Esta misma convicción militante acerca de la total ausencia de todo lazo, preexistente o futuro, claramente explica por qué la utopía marxista haya quedado demasiado chica para este momento de la humanidad.  Y por eso un manifiesto militante propone valientemente, en todo caso, un comunismo de nuevo cuño incapaz de pretenderse ya como una necesidad histórica, por un lado, pero por sobre todo demasiado comprometido con el otro militante como para ofrecer, todavía, dejar con ello atrás pomposamente la prehistoria de la humanidad. 

Una utopía militante sería un concepto contradictorio, técnicamente hablando, dado que ahora la Causa que anima a la militancia queda en el Plenario ya claramente identificada como siendo inmanente a su propio efecto. No es un telos donde la acción apunte, sino la propia causa eficiente de su actuar. La militancia es causa de sí. Lo cual significa que eso a que la militancia apunta no es otra cosa entonces que a la militancia misma, y que al tenerse a sí como objeto no puede sino estar aferrada a un aquí y ahora específicos. No porque carezca de horizonte alguno, sino porque lo proyecta al contrario en su propio tiempo y lugar.

Es muy apropiado, otra vez, que la comisión con la que termina Plenario escuetamente se titule en consecuencia Revolución, porque esa misma palabra tan fuera hoy de moda precisa ser rescatada y actualizada desde una perspectiva que se precie militante. Y ello, según Selci, por varios motivos. En primer lugar, porque la militancia admitiría cierta dosis de inocencia si es administrada con responsabilidad. En segundo lugar, porque la palabra 'emancipación', con la que se ha pretendido hasta ahora reemplazarla, no sólo no mueve un pelo a nadie sino que está demasiado ligada conceptualmente aún al decimonónico sujeto y a su vieja libertad. Y en tercer lugar, aunque primero seguro en orden de importancia, debido a que la militancia misma, entendida como responsabilidad absoluta, no hace otra cosa que cambiar el mundo.

Mientras la revolución comunista suponía una unidad encubierta que debíamos sacar a luz, la militante la inventa en cambio pues no está nunca fuera de su práctica misma. Esta revolución no constituye así un objetivo que nos podamos representar sino, tan sólo, hacerla presente en cada caso. Y dado que no ofrece más a la imaginación cierto no-lugar paradisíaco, un proyecto revolucionario semejante ya no será en consecuencia propiamente utópico sino apropiada y orgullosamente topológico. 


 

jueves, 18 de diciembre de 2025

MATRIZ DE RENACIMIENTO

Lo que significa para uno el grupo que acompaña nuestro proceso se presta muchas veces a una peligrosa confusión. Rolando Toro llamaba al grupo de biodanza una matriz de renacimiento no porque allí las cosas fuesen tanto más fáciles o felices. Muchas veces puede ser totalmente al revés, porque si bien en la matriz se gestan cosas nuevas el nacimiento, en cambio, es responsabilidad de cada cual.



1-  El mayor obstáculo para una agrupación de tipo vivencial representa confundir la contención afectiva con dependencia afectiva. E idéntico peligro presenta tanto esa falsa contención que resulta compartir una esperanza ciega como suponer un peligro interno o externo para agruparnos. Teniendo todo esto en cuenta, el psicólogo social Wilfred Bion resumió tres formas básicas que asumen esos supuestos que terminan homogenizando las relaciones y volviendo normativa, en consecuencia, una forma de asociarnos que paradójicamente se ofrece como la solución a la normatividad:
 
i) estimular y aprovechar deliberadamente la dependencia, convirtiendo a los demás en objeto de nuestra propia debilidad
ii) introyectar en el grupo una esperanza de tipo mesiánico
iii) basar la cohesión grupal negativamente, por oposición a un otro considerado como no-amigo

Estos supuestos representan los vicios característicos de la forma como nos asociamos habitualmente cuando no ponemos la vida al centro. Si los invertimos, obtenemos resumidas las características de una buena facilitación. E incluso, por contraste, a partir de ellos destila la descripción más acabada de una dinámica grupal fundada en el respeto, el compromiso, la afectividad y, por sobre todas las cosas, la búsqueda sincera del propio deseo por parte de cada uno de sus participantes.  

Cabría señalar entonces dos formas de agruparnos en función de una determinada tarea. La que proviene de los supuestos básicos descriptos por Bion claramente apunta, por un lado, a fundir la identidad individual en lo grupal a partir de la dependencia afectiva, a la vez que le otorga al mismo grupo, incluso, una entidad que supuestamente preexistiría y sobreviviría a lo individual. La que resulta de una afectividad biocéntrica, en cambio, mantiene siempre al individuo en permanente oscilación entre el adentro y el afuera, y la específica grupalidad generada replica así en consecuencia dicha ambigüedad haciendo que ella subsista sólo en tanto y en cuanto los individuos la generen para que luego desaparezca, sin aviso previo, como un puño cuando se abre la mano.

Resulta cuando menos cuestionable, desde esta perspectiva, considerar a un grupo vivencial entonces como uno al que podríamos propiamente pertenecer.  Porque los así llamados 'grupos de pertenencia' resultan agrupaciones conformadas por esos supuestos básicos detallados por Bion que, muy lejos de estimular la sintonía con el propio deseo a partir del reconocimiento irrestricto de la diferencia, perpetúan en cambio la inercia característica del deseo fundado en la carencia y, en definitiva, del mero consumo. Un grupo vivencial, en lugar de estimular la pertenencia buscaría al contrario inhibirla: técnicamente, habría que decir por eso que los participantes de un grupo de este tipo no poseen nada en común pues eso que  circunstancialmente los relaciona es justo lo que los distingue y disocia.

Pertenecer a un grupo al que, paradójicamente, no se 'pertenece' en sentido estricto, no sería por supuesto un problema que los participantes de un grupo vivencial necesiten plantearse explícitamente. Mas bien, resulta tal vez la pregunta sin respuesta que define entonces la tarea más profunda de un facilitador biocéntrico: convocar a las personas a tener noticias de sí mismas a partir del otro, sabiendo que los encuentros van a traer consigo también todo lo que el intento de definirse aisladamente pretendía precisamente evitar. Celos, miedos, amotinamientos, envidias y resentimientos nunca desaparecerán en un grupo vivencial, por supuesto, pero se mezclarán sin embargo entonces con impulsos que reconocemos puros,  libres de todas y cada una de esas ocurrencias perniciosas que saldrán ahora amorosamente a la luz.


2- Uno de los argumentos relevantes en nuestro compromiso a continuar cualquier emprendimiento resulta la contención que un grupo nos brinde. Prestar atención al tipo de contención característico de una agrupación vivencial se torna entonces crucial, sobre todo cuando, como ya advertía no sin razón S. Freud, tal grupo puede ser fuente de potenciación o, también, de naturalización de patologías personales.

Si algo define a un grupo como ‘matriz de renacimiento’, tal como el que nosotros buscamos, es entonces esa vincularidad propia de lo vivencial por la cual nos relacionamos con los demás sin identificarnos con nada, ni mucho menos con nadie. Y alguien que muy apropiadamente advirtiera esta determinada forma de vincularnos fue por ejemplo Elias Canetti, con su conocida distinción entre 'masa' y 'manada'. En tanto la masa estaría representada, según él la describió en Masa y Poder, por el seguimiento a ese líder totalitario que mantiene la unidad del grupo apelando al mesianismo o a la rivalidad con otros grupos, la manada expresa esa agrupación salvaje, en cambio, aunque no por episódica menos intensa, en la cual los participantes deciden estar, desapegada y voluntariamente, hasta que llegue el momento de migrar :

“En las constelaciones cambiantes de la manada, el individuo se mantendrá siempre en su borde. Estará adentro e inmediatamente después en el margen, en el margen e inmediatamente después adentro. Cuando la manada hace círculo alrededor del fuego -es muy conmovedor-, cada uno podrá tener vecinos a derecha e izquierda, pero la espalda esta libre. La espalda es expuesta descubierta a la naturaleza salvaje.”

Es de fundamental importancia que el participante de un grupo vivencial se comprenda a sí mismo como un ser altruista sólo partiendo de esa particular forma de egoísmo, entonces, que consiste en reconocer como lo más propio en uno al deseo de donarse: es decir, y de esta forma, que lo más propio es lo que nos expropia. Y para ello, dirá luego G. Deleuze siguiendo a Canetti, es preciso reconocer como nuestro peor enemigo, en consecuencia, a ese miedo de quedar en los márgenes que se manifiesta como deseo de habitar el centro en lugar de los márgenes, tanto como jefe o como seguidor:

“La posición paranoica de masa es: yo estaría en la masa, no me separaría de la masa, estaría en el corazón de la masa; con dos títulos posibles: sea como jefe, entonces teniendo una cierta relación de identificación con la masa, pues la masa puede ser la tumba, puede ser masa vacía, poco importa -sea a título de seguidor donde, de todas maneras, hay que estar preso en la masa, estar muy cerca de la masa, con una condición: evitar estar en los lindes[...]Se puede decir que no hay fenómeno de margen, por la simple razón de que el problema de la masa es: determinar la segregación y la exclusión; simplemente, hay caídas, ascensos”.

Para poder dejar de lado ese individualismo tan caro a nuestra cultura no basta con proclamar, en consecuencia, que los hombres somos seres en relación y que nadie se salva solo. Es imprescindible detectar los elementos estructurales que hacen que nos relacionemos sin salir en definitiva de nosotros mismos, siendo uno de los más importantes, si no el principal, esa falsa idea de lo grupal como siendo simplemente un individuo más grande.

Si el grupo vivencial es lo opuesto a un individuo mas grande es justo porque, al constituirse por participantes que habitan los márgenes, no puede ser concebido como una unidad cerrada, compacta e indiferenciada. Por eso, el arte del facilitador de tal grupo consistirá básicamente, entonces, en ayudar a legitimar la marginalidad misma como lugar vivencial por excelencia. Un lugar que todo facilitador debiera poder reconocer para sí mismo entonces al mismo tiempo como el de su propia residencia, naturalmente, si es que fuese acaso posible habitar constantemente donde soplan los vientos desolados de F. Perls:

“Yo soy Yo, Tú eres Tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas. Tú no estás en este mundo para cumplir las mías. Tú eres Tú, Yo soy Yo. Si en algún momento o en algún punto nos encontramos, será maravilloso. Si no, no puede remediarse. Falto de amor a Mí mismo cuando, en el intento de complacerte, me traiciono. Falto de amor a Ti cuando intento que seas como yo quiero, en vez de aceptarte como realmente eres. Tú eres Tú y Yo soy Yo”.
 
 

domingo, 7 de diciembre de 2025

EL GIRO DE UNA RAZON MILITANTE



Un parte de batalla cultural debiera conceder, al cierre de este año, que el resultado de las elecciones de medio término en octubre del 2025 nos pide desensillar hasta que aclare. El oficialismo lleva para nuestro pesar las de ganar, y se impone reflexionar en la manera como hasta hoy nos presentamos en esta batalla e, incluso, si ella no estaba perdida de antemano. Lo que aquí se propone, asumiendo esta encrucijada, es un repaso de la teoría de la militancia que pueda resaltar sus aciertos e insinuar, a su vez, aspectos que merecerían quizás una respetuosa revisión.

 


1- Aunque Teoría de la Militancia sea un texto que Damián Selci publicara hace apenas siete años, bien puede decirse que fue escrito para un mundo que ya no existe. El Justicialismo había perdido entonces las elecciones, pero su fuego estaba de alguna manera intacto. Y aun cuando el triunfo del macrismo nos había resultado difícil de asimilar, todavía podíamos interpretarlo como un golpe de mala suerte, simplemente, mas que como un preámbulo de lo que efectivamente sobrevino: la pandemia, el albertismo y sobre todo el neofascismo, no estaban en su horizonte - ni, por supuesto, en el de nadie. 

Si resulta pertinente reflexionar acerca de la teoría de la militancia es porque, a pesar de que las circunstancias hayan cambiado en pocos años enormemente, el interrogante que a ella la animó es hoy el mismo de entonces: ¿por qué el poder nos resulta esquivo?... Y releer hoy sus principios, a la sombra de todo lo ocurrido, genera entonces una sensación por lo tanto ambivalente. No porque su explícito llamado a pasar a la ofensiva parezca hoy innecesario, por supuesto. Sino porque un estado de movilización popular, todavía en ese momento real, es algo que hoy sería necio pretender vigente y tomar como punto de partida. 

Cuando perdimos las generales de noviembre de 2023 teníamos muchas maneras de justificarlo: la sequía, la inflación y la pandemia oficiaban de chivos expiatorios. Transcurridos dos años, sin embargo, el oficialismo no sólo no se derrumbó, como pontificábamos, sino que adquirió una insólita mayoría legislativa. La disyuntiva política a fin de 2025 puede ser planteada entonces de esta manera: ¿el pueblo dio la espalda a nuestro movimiento? ¿o fue nuestro movimiento quien dio la espalda al pueblo?... No animarnos a explicitar este interrogante puede hacernos permanecer en la rosca eterna, y pasar así finalmente a ser lo peor que podría ocurrirnos como movimiento: un partido político mas del montón.

Hoy no alcanza con reflexionar acerca de los errores que, como movimiento, puedan habernos conducido sin querer a este estado de situación. El asunto a considerar no es más, como entonces, tratar de entender por qué perdimos el poder sino, directamente y aunque duela, por qué perdimos al pueblo. Pues ya no se trata de interpretar cómo, dónde o por qué se ralentizó la movilización popular, sino de entender por qué el pueblo, o lo que sea entendamos hoy por pueblo, la rechaza de manera cada vez más acentuada y explícita.
 
Encarar sinceramente esta cuestión resulta algo que decantaría por su propio peso, sin embargo, alcanzando a comprender que no está sólo en juego así el destino de nuestro movimiento, sino el de una propuesta emancipatoria universal. Pero aceptar este desafío secular implicaría, para nuestro movimiento, superar su actual tono provinciano y asumir que los males de nuestra nación no sólo son también los de la entera América Latina, sino a su vez y sobre todo de la civilización como tal. 
 
Pensar en grande, por fuera de toda chicana política y con verdadera vocación universal, fue y aún es, sin dudas, otro de los méritos de una teoría de la militancia. Por primera vez en la historia del Justicialismo, con ella se hace dialogar los principios de una comunidad organizada no sólo con los de los filósofos ya consagrados históricamente, sino con las ideas contemporáneas más novedosas. Y con la excusa de medir los alcances prácticos de la teoría del populismo de E. Laclau - quien, obviamente, juega un rol protagónico dentro de esta apuesta de una teoría de la militancia -, tremendos personajes intelectuales como S. Zizek, A. Badiou y P. Sloterdick terminan convirtiéndose, de esta forma, en interlocutores con quienes entablar de ahora en adelante una discusión de igual a igual.

La teoría de la militancia tuvo como premisa que la derrota de los gobiernos populares de Brasil, Ecuador, Bolivia y Argentina, en la segunda década de este siglo, no debe ser interpretada como una mala aplicación de la teoría populista sino como una posible falla dentro de la misma teoría. Pero que el señalamiento de dicha falla, a su vez, no pretende realizarse con espíritu crítico sino constructivo, pues lo esencial del populismo no sólo resulta compartido sino que debería ser mejor sostenido, incluso, incorporando las críticas de Zizek a Laclau.

Debido a que, básicamente, coincide con Laclau en que el sujeto colectivo que lleve adelante una política emancipatoria no puede ya presentarse con una característica esencialista, l
a teoría de la militancia se propone a sí misma como una profundización y no como una corrección del populismo. ¿Qué significado tiene este antiesencialismo en política?: que un sujeto colectivo, por ejemplo, no está de ninguna manera destinado de manera irreversible a llevar adelante una transformación de sí mismo ni de su mundo, como suponía el marxismo con respecto al proletariado, sino que todo depende de su determinada forma de organizarse.

Pero esta puesta en cuestión del esencialismo – que va a adquirir mayor protagonismo aún en Organización Permanente, el segundo libro de Damián Selci, y sobre todo en Comunología, de Nicolás Vilela – no se agota en una mera crítica al enfoque político clasista sino que define, para empezar, la constitución de un sujeto que resulta siempre episódica dado que, técnicamente hablando, tanto en su formato individual como colectivo carecería de identidad. Para Laclau, y por extensión para la teoría de la militancia, ningún sujeto tiene características dadas de una vez y para siempre sino que debe construirse a sí mismo: no es sustancial, y por consiguiente no tiene existencia independiente de su determinada articulación.

Si bien puede decirse que el pueblo vendría a reemplazar entonces a la clase obrera como sujeto revolucionario, el pueblo del populismo es uno que ha perdido la consistencia tradicional. Todos aquellos valores, mitos y costumbres, que acostumbrábamos atribuirle y ciegamente veíamos reflejados en características culturales, estéticas o ideológicas, incluso, resultan barridas así de un plumazo. Y por este motivo puede decirse, con cierto rigor, que más que hablar del pueblo el populismo trata, directa y simplemente, de la muerte del pueblo.

Así como la muerte de Dios, por supuesto, nunca significó para Nietzsche sino la imposibilidad de seguir pensando en términos esencialistas, la muerte del pueblo no representaría tampoco nada malo en sí mismo sino, mas bien, un comienzo completamente liberador. Pero aún cuando la teoría de la militancia buscó extraer las consecuencias positivas de esta insubstancialidad del pueblo, hasta ahora quizás no las haya explotado al máximo y debamos seguir destilando comunitariamente, entonces, toda esa potencialidad que, en forma gratuita, carga esta época que apropiadamente llamamos de la insubstancia.


2- El concepto que del pueblo presenta el populismo puede chocarnos 
de entrada por su curioso aspecto desangelado. No tiene identidad, historia ni tradiciones comunes: sólo demandas. Y si bien la teoría de la militancia rescata, sin duda, el papel articulador de las demandas como resortes para la acción, ello no le impide terminar planteando que articular la subjetividad en función de demandas insatisfechas, en definitiva, pueda condenarla sin mas a la pasividad y la dependencia. Porque aún cuando ellas alcanzaran verdadera satisfacción, una subjetividad ligada meramente a demandas permanecería presa siempre de una ilusión de completitud que atenta contra toda verdadera responsabilidad.

La segunda objeción a la teoría del populismo, relacionada íntimamente con la primera, expresa un ajuste de cuentas más explícito y concreto porque operaría, al mismo tiempo, como causa del fracaso de los populismos americanos. Y la idea que propiamente inaugura entonces una teoría alternativa como la de la militancia es que la razón populista no sería fiel a su propia propuesta pues, en lugar de concebir al pueblo como un sujeto que de manera incondicional necesita actualizarse permanentemente, termina concediéndole sin embargo la luego la gracia de un instante de reposo y plenitud.

La tesis que propone la teoría de la militancia es que si bien el lazo popular está en principio subordinado para el populismo a las demandas, dicho lazo pasaría a convertirse luego misteriosamente según Laclau en su fundamento. Y aún cuando el pueblo para el populismo sea sólo el resultado de articular demandas, y nada mas, en última instancia entonces cristalizaría supuestamente en él cierta identidad. Esta resubstancialización no sólo definiría al populismo en el plano de la idea sino también en los hechos, y por eso una teoría de la militancia propone en cambio militar por un pueblo capaz de mantenerse fiel a su propia insubstancialidad. 

Lo interesante de esta objeción es que ofrece un diagnóstico político del momento totalmente original, pues atribuye el fracaso de los populismos a una falta de radicalidad que no se reduce sin embargo a sus contenidos sino que se origina, mas bien, en su propia forma. Según esta perspectiva propiamente militante, es la poca atención prestada por el pueblo a su propia insubstancialidad lo que atenta contra lo popular en sí mismo. Es decir: no precisamente su debilidad para llevar adelante tal o cual propuesta, sino su convencimiento de que poseería al contrario un supuesto derecho a realizarlas.

Un pueblo sólo resulta un verdadero sujeto político si renuncia de manera constante y metódica a su propia identidad, única forma de comprometerse así a su organización permanente. La teoría de la militancia se formula en torno a este postulado. Aunque mejor cabría decir militando concretamente este postulado, dado que el mismo carece como tal de todo fundamento. Y si la militancia tiene algún sentido, es precisamente ese: crear de la nada su propio lugar de enunciación.

Pero la teoría de la militancia no se limita a denunciar que la razón populista no sostiene de manera consecuente la muerte del pueblo que presenta sin embargo como su punto de partida. Como para una razón militante sólo la renuncia explícita a resucitarlo garantiza su potencia, en cambio, el verdadero asunto es desnudar por lo tanto la raíz de dicha inconsecuencia a partir de una concesión que hace el populismo a cierta idea esencialista del pueblo por la cual éste se constituiría, exclusiva y supuestamente, en oposición a la oligarquía. 

La tercera objeción de la teoría de la militancia al populismo, entonces, y la más importante por sus consecuencias, es que desde el antagonismo tradicional entre el pueblo y la oligarquía se interpreta erróneamente que el pueblo en definitiva sería idéntico a sí mismo, sin contradicciones internas y con una sola vocación transparente a la que la oligarquía pretendería anular. Aún estando relacionada con las otras dos como su deriva lógica, esta idea de lo popular resulta justo la que, precisamente por estar tan arraigada en toda práctica política que se pretenda emancipatoria, en definitiva es la que funda las fallas institucionales que el populismo como teoría luego sólo traduce discursivamente.

El repetido ciclo de un empoderamiento popular que inevitablemente pierde potencia al cosificarse, hasta que vuelve a tomar la iniciativa para cosificarse otra vez, es el vicio que la teoría de la militancia propone romper al internalizar el antagonismo que para Laclau sólo sería externo: el pueblo ya no se constituye entonces para ella en oposición a la oligarquía, sino a los sectores del pueblo mismo que lo traicionan. Y como la necesidad de esta internalización del antagonismo es la crítica que hace Zizek al populismo, la teoría de la militancia la asume ahora explícitamente como propia con tal de seguir concibiendo al pueblo como sujeto político.

Para la teoría de la militancia, tal como hasta ahora fuera desarrollada, el pueblo se mantiene entonces libre de la tentación de una resubstancialización teniendo claro que aquello contra lo que combate no sería algo externo a sí mismo. Y es por eso que los resultados de su lucha, mas que en conquistas sociales se medirían en esas conquistas culturales por las cuales los representantes del anti pueblo se convencería de su pertenencia al campo popular. Este cambio de perspectiva es por supuesto interesante: en primer lugar, porque da cuenta de la realidad social contradictoria que hoy vivimos de manera mucho más eficaz que la anterior y, en segundo lugar, porque sienta además las bases de una práctica política que hoy se asume explícitamente como una batalla cultural.


3- Más allá de que los motivos por los cuales la batalla cultural no está dando por ahora los resultados esperados, y de que ellos puedan ser identificados y ampliamente discutidos en un bien venido plenario, cabe razonablemente preguntarnos si estamos también dispuestos a poner en cuestión la forma como la teoría de la militancia resolvió - o creyó resolver - la tercera objeción al populismo.

Dos circunstancias al menos legitimarían un replanteo como este: en primer lugar, la apropiación descarada que hace hoy la derecha de los conceptos mismos de batalla cultural y de hegemonía para su beneficio y, en segundo lugar, la sospecha de que una interiorización del antagonismo no ha garantizado, en ninguno de los dos lados de la grieta cultural, ninguna insubstancialidad - sino mas bien todo lo contrario.

¿Es coherente plantear la muerte del pueblo y, al mismo tiempo, mantener incólume la idea de antagonismo?: esta sería la cuestión que la misma teoría de la militancia de alguna manera admite como inconciliable, si bien tácitamente, cuando hace de la responsabilidad por la responsabilidad del otro, al menos en un plano teórico, el eje de su práctica política. Pero la idea del antagonismo, aunque sea interno, sigue operando allí en ella todavía como un fundamento último e impidiendo, en definitiva, esa organización permanente que pregonamos sin embargo como sinónimo de comunidad.

De alguna manera, es posible identificar en esta actual falla de la teoría de la militancia las razones mismas por las cuales fuimos derrotados en noviembre de 2023. El error del último y tumultuoso período en el poder no sería su debilidad, de acuerdo con esta perspectiva, sino haber persistido y acentuado, pandemia mediante, los términos de la batalla cultural. Es cierto que admitirlo nos sume en la mayor incertidumbre porque: ¿cómo sostener una política emancipatoria desterrando por completo todo antagonismo?... Pero esta y no otra es la encrucijada a la que la época de la insubstancia nos arroja, y cabe cuestionar si necesariamente alcanzaríamos a dilucidar una elección responsable tomados de la mano, todavía hoy, de un materialismo dialéctico de Zizek o de cualquier otro. 

No sólo no precisamos seguir necesariamente presos de la idea de antagonismo, sino que podría ser preciso dejarla decididamente de lado para adherir, de manera coherente, a una propuesta que parte de un concepto de pueblo que no precisa militar contra nada, sino que él mismo resulta, mas bien y al contrario, el objeto a favor de su propia militancia. Casi podría decirse que la teoría de la militancia se organizaría hoy en contra de la idea misma de antagonismo, pero ni tan siquiera, porque eso significaría una contradicción en los términos. Al antagonismo propiamente no se lo combatiría porque ambas ideas, de antagonismo y de combate, son solidarias. Al antagonismo simplemente lo respetaríamos para aprender a caminar sin él.

De acuerdo a este orden de ideas, un pueblo militante no sería ya ese que, triunfante de una batalla cultural, renacería consciente de las contradicciones del sistema en que le toca desarrollarse. Pueblo militante, en este sentido técnico de la palabra, resultaría uno capaz de asumir mas bien su propia muerte. Y como semejante duelo nunca podría confundirse, por supuesto, con una toma de conciencia, es justo ahí, cuando la época de la insubstancia nos atraviesa corporalmente, que una razón militante daría un giro inevitablemente entonces de carácter contracultural. 

Mientras toda batalla cultural se libra siempre en el campo de marte de la moral, una militancia de carácter contracultural renunciaría a imponer unos valores por sobre otros, en cambio, ya que en ese terreno está obligada a aceptar las condiciones de quien precisamente la pretende derrotar. Y en un caso como el del actual debate por la reforma laboral, por poner un ejemplo urgente, el desafío consecuente con esta perspectiva pasaría por diseñar una estrategia que no tuviera como único objetivo fundar nuestra posición en la justicia social ya que, partiendo de que nuestra oposición al oficialismo carece por sí de fundamento alguno, no extraeríamos nuestra potencia pretendiendo tener la verdad de nuestro lado sino poniendo mas bien la vida al centro. 








  La apuesta militante se formula como una a-teología política, en definitiva, pues expresa una comprensión de lo político para la cual lo s...