domingo, 1 de agosto de 2021

MALENTENDIDOS FECUNDOS


1- La reedición de un libro sobre B. Spinoza de G. Deleuze con la traducción argentina de D. Abadi (Spinoza y el problema de la expresión, Tinta Limón) fue excusa para un repaso de las lecturas que se están haciendo en nuestro país hoy sobre este pensador del s. 17 de insólita actualidad en los círculos intelectuales por sus derivas políticas.

 Piglia decía que al leer uno va haciendo fragmentos de acuerdo a sus intereses, puesto que la lectura es un ejercicio que también supone un nosotros con quienes la compartimos. Goethe afirmó que nadie entiende propiamente al otro porque, aún cuando nos impresione mucho la obra de alguien, eso no hace que estemos para nada seguros de que lo que pensamos sea lo que el autor efectivamente dice… Por supuesto que esto no sería un defecto, planteó y se respondió a sí mismo el primer presentador,
 D. Sztulwark, sino justo lo que hace rica una lectura,  siendo el mejor ejemplo de ello la recepción francesa de Spinoza en la década del ‘70, muy especialmente por parte de Deleuze.

La pregunta que debemos hacernos entonces sería básicamente entonces, continuó diciendo, qué pasa entre Spinoza y el mayo del 68, cuestión que puede formularse de la siguiente manera: ¿pueden preceder las singularidades libres al Estado?...Un nuevo modo de pensar lo revolucionario surge cuando, según el Spinoza de Sztulwark, advertimos que el Estado no es el elemento político fundamental y sólo expresa el modo por el cual se produce la cooperación, o la composición, es decir, el momento en que se forma lo común. El que el Estado, sin desaparecer, se convierta así en un efecto institucional de algo previo, sería la tesis spinozista que hoy articularía de esta forma muchos de los debates políticos contemporáneos.

Diego Tatián, por su parte, reflexionó cómo pensar a Spinoza desde el castellano. Siendo la lengua una forma de sentir el mundo, la traducción deja resonar la vida de los pueblos que cargan a la significación de un cierto sentido. Consideró que “el mayor lector argentino de Spinoza” fue Borges cuando traduce cogitatio como ‘tiempo sentido’, un malentendido según Tatián feliz y altamente productivo. Si bien hay cuidados que tomar, en consecuencia, señaló que también hay en una interpretación malentendidos altamente fecundos, y recordó que H. González, por ejemplo, decía que la base de muchas revoluciones son las malas lecturas.

Tatián redobló la apuesta y, contra Deleuze incluso, resaltó la necesidad de hablar de un programa de lectura de Spinoza diferente al de mayo del 68. Salirnos un poco, entonces, de la cuestión del deseo como modo de producción inmanente, tal como explora Deleuze, y leerlo en cambio desde las necesidades de la actual América Latina. Trabajar en Spinoza, entonces, para iniciar un programa de lectura diferente, donde en el centro del debate político esté la palabra ‘democracia’ como lo más permeable posible a las novedades que surjan. 


2- Toda la reflexión sobre lo que implica una traducción que, en definitiva, como decía Derrida respecto de la herencia, es siempre de alguna manera también siempre infiel, resultó para mí una ocasión inmejorable para escuchar a algunos de los mejores representantes del spinozismo vernáculo. Demás está decir que toda la apuesta actual para mí está del lado que planteó Diego Z y que Deleuze derrarrolló. Pero como yo, por mi parte, vengo releyendo a S. Kierkegaard, no pude ni quise entonces dejar de advertir mientras los escuchaba que, tal vez, el primer y mejor lector de Spinoza haya sido precisamente este autor del s. 19 que, al menos por lo que he podido hasta ahora investigar, como no sería una herencia que él mismo reconoconozca nunca explícitamente, aún no se lo ha señalado y reconocido en consecuencia como su mejor y más acabado intérprete.

Es cierto que Spinoza es monista y Kierkegaard, en cambio, un pensador indudablemente cristiano. Pero la referencia constante de Kierkegaard en toda su obra sobre la importancia de una perspectiva de la eternidad no se reduce, a mi modo de ver, a una simple inmortalidad del alma sino que alude, mas bien y sobre todo, a una apropiación kierkegaardiana absolutamente original de lo principal del pensamiento spinoziano: el tercer género del conocimiento.

La distinción que hace Spinoza entre conocimiento sensible, conocimiento racional y conocimiento intuitivo encuentran un paralelismo indudable en la distinción de los estadios estético, ético y religioso kierkeggardianos. Sin duda, lo principal sería analizar las similitudes y las diferencias que se dan en el desarrollo de la perspectiva de la eternidad que caracteriza tanto al conocimiento intuitivo en el primero como al estadio religioso en el segundo. Reduciendo al máximo la descripción spinozista, podríamos decir que su perspectiva de la eternidad consiste en superar el dualismo de una razón que sólo concibe causas separadas de su efecto, y aprender a pensar dentro de un campo de inmanencia donde en el efecto se encuentre contenida la causa. Y la cuestión es sin embargo cómo la razón claudicaría de forma semejante ante la intuición.

A mi modo de ver, la obra entera de Kierkegaard se ocupa de este problema, a saber, de las condiciones de posibilidad de esa perspectiva por la cual trascendemos es el orden del tiempo sucesivo en que se dan las causas inevitablemente separadas de su efecto, para acceder a la perspectiva en la que un efecto no se da después de la causa sino de manera simultánea. El que el Dios de Kierkegaard, al revés del de Spinoza, no sea la naturaleza sino un Dios personal resulta, obviamente, una diferencia mayúscula: pero ese resultaría justamente, para mí, el aporte kierkegaardiano por excelencia en su supuesta lectura de la Ética de Spinoza.


3- Así como Deleuze leyó desprejuiciadamente en su momento a Spinoza desde F. Nietzsche, resultaría pertinente y necesario leer hoy a Kierkegaard desde Spinoza para librarlo así, definitivamente, de las interpretaciones contemplativas y metafísicas que desde el pensamiento dualista tradicional desvirtuó el carácter revolucionario de su propuesta.

 Si mi línea interpretativa es cierta, la enorme importancia que ha cobrado últimamente Spinoza para pensar lo político tal vez no pasaría entonces tanto por pensar al Estado como un efecto, como quiere Sztulwark, ni por cómo hacer para que la democracia sea cada vez más hospitalaria, como propone Tatian, sino, como apropiadamente señaló Roque Farrán en el segundo día del evento, por modificar las prácticas que caracterizaron a la militancia y promover y profundizar hasta el cansancio, en cambio, el replanteo de nuestras formas de vincularnos con nosotros mismos y con los demás. 

El acceso a ese plano de inmanencia que es el principio rector de la Ética de Spinoza no puede alcanzarse intelectualmente sino a partir siempre de un delicado trabajo sobre los afectos por el cual, y en definitiva, el otro resulte siempre el maestro, en tanto y en cuanto el vínculo esté mediado, ya sea en versión naturaleza o personal, por Dios.


lunes, 5 de julio de 2021

ÁRBOL DE LA VIDA: un encuentro biocéntrico



Idea general: 

Este es un Taller para permitirnos indagar lo que esté implicado en lo sagrado. Ayudarnos a pensarlo, primero, más allá del principio de autoridad que atribuimos al judeo cristianismo en general. Pero partir de este cuestionamiento para distinguirlo afirmativamente, luego, desde cuatro instancias vivenciales siguiendo criterios de integración que reconocemos ancestrales: con uno mismo como formando parte de una especie, con alguien particular a partir de dicha singularidad, con el grupo a partir de dicha singularidad, y finalmente con lo natural y/o animal como algo ya olvidado pero a recuperar.

Características:

El Taller constará de cuatro módulos, de aproximadamente dos horas cada uno. Comienza por la mañana, tiene un receso al mediodía para compartir entre todos un alimento y termina por la tarde. 
Estará precedido por una entrevista privada donde el Facilitador se familiariza respecto de lo que impide aceptarse a si mismo a cada participante. 
Se trata entonces de un abordaje teórico-vivencial de lo sagrado que se formula como una reflexión participativa sobre el mito del Árbol de la Vida. Cada módulo, a su vez, será precedido de una breve introducción teórica al tema. 
Al finalizar, se abrirá un relato de vivencias de la jornada.

Encuadre metodológico: 

Si el principio de autoridad ha de ser cuestionado, la propuesta es abordar lo sagrado en consonancia radical con este espíritu anárquico, y rechazar toda propuesta de unidad que no se vivencie íntimamente. 
El trabajo que proponemos, en consecuencia, no es con la totalidad - al menos en principio - sino con su opuesto: los límites.

Módulos: 

El primero tendrá como ejercicio nuclear una danza intrauterina donde los participantes son conducidos a un estado de regresión afectada por la presencia cercana de otros compañeros. El segundo, una eutonía de manos en un ritmo de acompañamiento y de simultánea sugerencia. El tercero, una danza de la tribu sin formación. El último, un ritual de agradecimiento y bendición de la Tierra.


Marco conceptual: 


Las descripciones que buscan acercarnos a una experiencia de lo sagrado holísticamente, por fuera ya de un criterio de autoridad, apuntan a señalarnos a los hombres como formando parte de una totalidad mucho mayor, pero el trabajo que intentamos desde Biodanza con la identidad al mismo tiempo que con la regresión, eje de nuestro Modelo Teórico, puede brindarnos una herramienta de abordaje alternativa muy poderosa. Al menos, esa es la apuesta de este taller: evitar, en la medida de lo posible, inducir vivencias a partir de pensamientos sobre la inmensidad que nos excede y facilitarlas, en cambio, en función de lo que más a mano tenemos como seres vivos: la necesidad de encarar nuestra separación y, por lo tanto, de asumir en todo caso nuestra identidad ahora desde el marco numinoso otorgado por esa sola misma exigencia de totalidad como nuestra forma más fidedigna de habitar lo sagrado.

miércoles, 23 de junio de 2021

EL SACRIFICIO DEL FIN

 

El aburrimiento es la esencia misma de nuestra captación contemporánea del tiempo. El orden de los sucesos se nos acumula por ello sin ton ni son, y el registro de los años sólo decanta entonces como a escondidas de una secuencia de fracasos: no porque los hechos mismos constituyan una puesta en escena, sin embargo, de la debacle de nuestros sueños, sino por ofrecerse apenas como suplentes de un presente que nunca aparece. 

No es el paso de los años el enemigo del hombre, entonces, ni los fracasos, ni las cabezas ya calvas, ni siquiera hijos no buscados los que nos enfrentan al absurdo. Es la impostura misma que adoptamos ante lo sucesivo - no ante los sucesos en sí mismos - lo que mina el manso discurrir de un tiempo profanado, por nosotros mismos, al convertirlo en un mero recipiente. Y en el decurso del tiempo experimentamos un vacío que nos empecinamos por eso luego en llenar, reproduciendo tontamente así un círculo vicioso donde gira la causa misma de nuestro desánimo.

¿Cómo hallar una base segura en este torbellino?: ¿afirmándonos una y otra vez ciegamente en alguna creencia, quizás? ¿O sobreviviendo, mas bien, a un completo naufragio?... Todo indica que dejar de concebir al tiempo como un mero recipiente a ser llenado habría de ser esa tierra a la que solo se puede llegar renunciando, con cada brazada, a la que quedó detrás. Pero no porque a esta nueva tierra la compartan muy pocos, por supuesto, sino porque la vieja quedó atrapada en otra figura del tiempo. 


ooo


Expresada como un rechazo al tiempo, la espiritualidad se presentó tradicionalmente como un cuestionamiento por la fragilidad de las cosas y el paralelo deseo de permanencia.

Pero hacer del tiempo un bien es descubrir el camino que se abre ante cada repliegue de nuestra ilusión de eternidad. La espiritualidad tiene para el camino del arquero, por eso, todos los colores del tiempo. 

De la misma manera que la flecha no está propiamente en ninguna de sus posiciones, sino siempre atravesándolas, uno mismo tampoco está sino virtualmente en los espacio-tiempo que transita cuando se experimenta despierto.

Las cosas no tienen libertad: son. Sólo el hombre oscila de modo permanente entre el ser y la nada, motivo por el cual goza - o padece, según sea el caso - su libertad. Y todo nuestro mal resulta de asustarnos ante esa levedad que nos obliga a ser libres sin descanso.


ooo


A veces, uno se pierde. Cree, entonces, que debe encontrarse cuando la solución, al revés de lo que parece, consiste en dejar de buscarse.

Uno no es uno: es dos. Y esa distancia, de uno a uno mismo, se recorre como lo hace una flecha recorriendo ciento cincuenta metros hasta la diana.

El camino del arquero comienza cuando se comprende que el blanco es uno mismo, aunque ello recién ocurre justo cuando, paradójicamente, uno aprende a dejar de apuntarse a sí mismo.

Uno es dos. No se trata, sin embargo, de aceptar esa distancia interna. Al revés, es preciso sortear con maestría la distancia que nos separa de la diana para aprender a dejar de buscarnos.


ooo


Cuando el blanco está cerca resulta difícil desprendernos de la exigencia de acertarle.  El enfrentamiento con el objetivo resulta entonces inevitable, y el tiro con arco a duras penas deja de ser así cómplice del deseo de plenitud que nuestra mente adora.

Pero si la diana está tan lejos que, para alcanzarla, no debemos apuntar a ella sino al cielo, uno tiene la impresión de que la flecha nos lleva siempre a ese centro del que la tierra entera es su necesaria mitad.

Cuando acertar es algo que sólo podemos saber por el ruido, dar en el blanco resulta entonces algo tan aleatorio que nuestra ocasional falta de pericia pasa desapercibida, y somos al fin libres para prescindir graciosamente del fin.

Sólo cuando se puede vivir el recorrido como fin en sí mismo, mágicamente la distancia se convierte  en profundidad: el mundo adquiere perspectiva, entonces, permitiendo experimentarnos propiamente dentro suyo. 

Este es el secreto del camino del arquero: con cada disparo redescubrimos el campo de tiro del que, hasta entonces, no sentíamos que formábamos parte. Y cada flechazo es, así, una refutación a Zenón. 


ooo


Zenón expresa el desafío más grande que puede tener todo arquero, porque negaba que fuese posible el movimiento mismo. Partía de un concepto del tiempo alambrado en infinitas parcelas de presentes donde la flecha se atascaba, inevitable y necesariamente, en cada una de ellas.

Sólo cuando uno logra dejar de buscarse a sí mismo comprende que la flecha nunca está, propiamente, en ninguno de esos corrales espacio-temporales.

Este es el modo como el movimiento adquiere realidad: abdicando del fin. Por eso el camino del arquero se recorre dejando de abrirnos camino por nosotros mismos. Cuando ello ocurre, uno deja de querer ser: deviene.


ooo


Cuando nos referimos a las cosas, ‘autenticas’ se llaman aquellas que se pretenden ‘originales’ porque no han sido copiadas. Pero aplicada al hombre, la ‘autenticidad’ pareciera remitirse justo a lo contrario: a lo que no puede ser idéntico a sí mismo. Es decir, a lo que no reconoce original alguno.

La noción de ‘originalidad’ es una falsa caracterización de la autenticidad que postula un supuesto núcleo fundacional – “el verdadero yo” -  a ser hallado y fortalecido.

Si algún sentido tiene concebir a la espiritualidad como ‘camino’ no es entonces el de indicar que puede ser algo que nos brinde una meta: es mero tránsito, al contrario, y se describe como lo que no tiene fin.

La pregunta por lo que la espiritualidad sea parece abrirse cuando nos damos cuenta que de la vida sólo nos importa llegar. El sacrificio del fin se convierte en perentorio, por lo tanto, una vez que advertimos en la ilusión de encontrarnos lo que impide conectarnos con la vida tal como es.

Concebir lo espiritual como un raro camino donde carecer de meta se ha convertido en única señal exige al arquero vivir cara a cara con la ansiedad. Pero sin este ánimo beligerante la espiritualidad es mera moral y sensiblería.


ooo


Si nos esforzamos por rechazar algo material encaramos una lucha externa que, lejos del camino del arquero, está todavía en el terreno de la moral. Recién cuando la lucha es puramente formal - es decir, que no rechaza algo determinado, sino algo sin mas - entramos en un ámbito propiamente espiritual.

La materialidad se degrada en 'materialismo' cuando se la proclama como antagonista del espíritu. Lo espiritual se pervierte como 'espiritualismo' cuando considera a lo material cual albergue transitorio.

La cuestión de lo que la espiritualidad sea se vislumbra en toda su complejidad recién cuando dejamos de concebirla como lo otro de lo material, dado que ella no puede entenderse cabalmente como una elevación al cielo: al contrario, resulta una bajada a tierra. 


ooo


El camino del arquero es el que recorremos con el compromiso militante a prescindir de la meta como regla de oroEn definitiva, por supuesto, dicho compromiso resulta uno con nuestra realidad más inmediata, ya que en la práctica implica admitir todo aquello que atenta contra los fines que uno se ha propuesto.

Ser consecuente con uno mismo no es ser auténtico, sino más bien lo que nos lleva a repetirnos, como lo hace la naturaleza, al ritmo ineluctable de sus leyes. Propiamente auténticos somos recién, entonces, cuando dejamos de querer salvar la distancia que nos separa de nosotros mismos.

El camino del arquero hace de la separación – y no de la unidad – su valor máximo. Vivir consiste en transformarnos, entonces, como ocurre que lo hace una obra con su propio creador, pues la autenticidad humana es esa extraña cualidad que consiste, y nos permite, ser diferentes a nosotros mismos.



HERIDOS POR EL ABSURDO


Sr. Camus:                                                                        22 de junio de 2014


Acabo de leer los poco felices comentarios de Sartre y su grupo de Les Temps Modernes a la publicación de su El Hombre Rebelde, y me tomo el atrevimiento de hacerle llegar, aunque más no sea desde el futuro, una solidaridad que sabrá por supuesto reconocer absurda. Sepa que esa famosa polémica (*) puso de manifiesto por primera vez, muy seguramente, toda la incomprensión y la molestia que provoca el rebelde cuando supongo por caballerosidad, Ud. ni siquiera sugiere. Lo que queda claro es que el rebelde no puede ser sino un enemigo público. Obviamente no porque se lo proponga, sino sólo por el mero coraje de poner en evidencia lo que nadie – ni siquiera él mismo – quisiera alguna vez admitir: su soledad.

Ud. ha dicho Yo me rebelo, luego, nosotros somos. Pero Ud. conoció en carne propia, Camus, que toda rebelión, en tanto evidencia primera de un ser auténticamente colectivo, suponga sin pretenderlo y al mismo tiempo una condena social.

Es cierto que la rebeldía consiste, indudablemente, una forma de participación. Pero no una entre varias: es la forma de participar de quienes, íntimamente heridos por el absurdo, se experimentan incapaces de participar de otra manera que absurdamente. La rebeldía es así, básicamente, una participación absurda. Mas: ¿cómo podría entender esto, por supuesto, quién hace tanto de la defensa como del ataque al statu quo una manera de hacer, precisamente, la vista gorda al absurdo?

Sartre interpretó que Ud. renunciaba a participar de forma activa en la realidad por el desgano que, ciertamente, le provocaban las revoluciones que se traicionaban a sí mismas. El Hombre Rebelde, sin embargo, declara en realidad algo mucho más duro que él seguro no alcanzó o no pudo apreciar: que una revolución resulta por sí misma un fracaso cuando sólo es contra los amos, y no contra la esclavitud en sí. 

Esto era algo que, sólo cuando todo el ruido revolucionario del s. 20 callara, nos sería dado escuchar. Pero afirmar ahora que la historia le dio a Ud. la razón resultaría, sin dudas, un flagrante contrasentido. En primer lugar, porque la historia no podría validar a quien, cuando todos los intelectuales creían más en ella aun que en Dios, se animó como Ud. a levantarse quijotescamente en su contra. La importancia de su legado, Camus, creo yo que no tiene que ver entonces tanto con la actual interpretación de la historia como simple relato sino, mas bien, con el original intento suyo de pensar  una alternativa emancipatoria por fuera de una órbita como la histórica donde todo obedece a un motivo ya prefijado de antemano.

Cuando Ud. le pide a Sartre que explique cómo congeniar la libertad esencial del existir con la necesidad histórica, supongo yo, lo hace retóricamente, sabiéndolo de por sí inútil. Pero si hay algo sustancial en la carta que luego Ud. le obligó a escribir son por eso los párrafos sobre la libertad: para él, nuestra libertad sólo es la libre elección de luchar para ser más adelante libres.

Lo que nos distingue a los rebeldes como tales resulta algo que quienes no logran vivenciar nunca a la libertad en sí misma: el corrimiento de la alternativa amo-esclavo que caracteriza al revolucionario. Las páginas más originales de El Hombre Rebelde están contenidas por eso, para mí, en esas dedicadas a cuestionar a Hegel y su famosa disyuntiva en el capítulo “Los deicidas”. Gracias a ellas comprendí que la rebelión es absurda o no es nada, y que sólo de esa manera, es decir, oponiéndonos a la injusticia sin dejar de ser coherentes nunca con la justicia, es como resulta posible ser con los demás.

La rebeldía es absurda, nos enseñó Ud., Camus, pues lo que nos subleva a los rebeldes, por sobre todas las cosas, es la reconciliación. En su lucha contra la injusticia, el revolucionario mata a Dios. El rebelde, al contrario, en lugar de matarlo lo convierte en su prisionero: le echa en cara la injusticia pero para ello lo mantiene vivo. Una y otra vez los revolucionarios nos incitan a eliminar la trascendencia proclamando por decreto la reconciliación del mundo consigo mismo. Una y otra vez, sin embargo, los rebeldes nos negamos a eliminar la razón de ser de nuestra rebeldía porque esa es la única manera como puede ser concebida la justicia: como ese reclamo propiamente absurdo y, por lo tanto, nunca satisfecho, de unidad.

Le asombraría a Ud., Camus, que apenas cincuenta años en el futuro se haya eliminado ya por completo a la figura de Dios como referente opositor del rebelde. En esto, tengo que advertírselo, su tratamiento de la rebeldía ha perdido alguna vigencia. La trascendencia ha sido eliminada prácticamente por completo. Me pregunto qué opinaría sobre esta cuestión. ¿Consideraría preciso restaurar la trascendencia, acaso, para afirmar un espíritu rebelde que muchos consideran desaparecido?... ¿O prestaría oídos nuevos, tal vez, a nuestro clamor de justicia?... ¿Es inevitable concluir que la rebelión metafísica ha culminado con la muerte de Dios?... ¿O es válido protestar que, despersonalizado, el mal resulta, hoy día, más absurdo que nunca?

Atte, Fernando Luis Tort


(*) http://www.fundanin.org/Polemica.pdf

 

 


 

 


domingo, 30 de mayo de 2021

UNA CONVERSIÓN BIOCÉNTRICA




1- Aún cuando Biodanza sea una práctica vivencial que se realiza en la intimidad de un salón ella es, no cabe ninguna duda, algo más que lo que aprendemos en las clases. Y, si bien esto es algo que queda siempre expresado cuando afirmamos la necesidad de llevar Biodanza a la vida, en esta especialísima circunstancia que estamos atravesando ha quedado, a mi entender, en un plano bastante poco manifiesto. Creo que no hace falta decir que lo que pienso es sólo una opinión mas. Pero la cuestión es que, para mi gusto, lo que llevar Biodanza a la vida signifique en una situación de aislamiento, inquietud social, exposición a la enfermedad tanto propia como de allegados y, pensando ya en términos más generales, de verdadera catástrofe planetaria, no he podido comprobar que sea algo que haya preocupado demasiado poner en palabras.

Las discusiones que se dieron en este tiempo tan especial fueron, como mucho, respecto a la legitimidad de continuar o no virtualmente las clases y, en el caso de quienes adoptaron dicho criterio, cómo hacerlas más ágiles y llevaderas. Obviamente, y esto también es quizás redundante aclararlo, tal vez los facilitadores intercambiaron y confrontaron entre sí pareceres, temores y opciones teóricas propias a nuestro paradigma que no tenían que ver específicamente con la necesidad de superar el obstáculo de la no presencialidad pero que, al no disponerlas públicamente, quedaron en un ámbito privado.

La cuestión, entonces, es que si estamos todos de acuerdo en que Biodanza no es sólo lo que tomamos en una clase es porque sabemos y sentimos que lo importante es la vida. Y cuando la vida asume características novedosas, de naturaleza evidentemente estresantes, es cuando el sistema Biodanza debiera mostrar realmente su valor. Y cuando pienso en su valor, sin embargo, no me refiero tanto a su eficacia - como demostrar estadísticamente, por ejemplo, el beneficio inmunológico de nuestra práctica - sino al especial enfoque que un principio biocéntrico habría de poder ofrecer ante una emergencia sanitaria mundial.

Lejos estoy de pensar que la consideración que se tenga de un principio biocéntrico haya de ser monolítica y que, en consecuencia, la opinión de todos haya de ser unánime al considerar las alternativas que nos presenta este momento. Pero son tantas y tan variadas las cuestiones que hoy podríamos estar debatiendo, precisamente, y tan originales sobre todo, en comparación con los mensajes anti vida que nos llegan desde los medios de desinformación, que no puedo dejar de asombrarme del silencio que siento. Eso hace que me pregunte, y necesite compartir mi pregunta, por lo tanto, de cómo es que no estamos danzando hoy más con las palabras y convirtiendo así en una verdadera fiesta intelectual este desastre.



2- Pero si hoy estoy buscándole palabras a esta pandemia no es porque sea ella algo sobre lo que importe demasiado tomar una determinada postura sino, al contrario, porque fue en medio de esta situación inédita que yo me encuentro vivenciando, al fin, el sentido emancipatorio de una apuesta biocéntrica. Me cuesta bastante, aún, articular discursivamente lo que una cosa tenga que ver con la otra; eso de alguna manera me desespera un poco muchas veces pero, al mismo tiempo, me regala un inesperado estímulo que me tiene asombrado y me anima, aunque mas no sea torpemente, a perseguirlo. Creo que es algo para celebrar, en definitiva, porque eso mismo es justo lo que busqué de manera infructuosa durante mis cuatro años de Formación como Facilitador: no sólo el manual, sino la pasión indispensable para facilitar a otros su propio proceso, esa misma pasión que no es otra cosa, por supuesto, que pasión por la vida.

Como el papel emancipatorio que yo intuyo en una perspectiva biocéntrica surgió para mí, entonces, en relación con esta pandemia, el análisis de los distintos modos de encararla no resulta sino un rodeo que hago, mas bien, para indagar o reflexionar qué fue lo que me ocurrió a mí en relación con ella. Haberme yo mismo contagiado ciertamente fue importante, no sólo porque me permite hoy sortear las discusiones a mi modo de ver superficiales que giran en torno a barbijos-si/barbijos-no, vacunas-si/vacunas-no, abrazos-si/abrazos-no, sino sobre todo porque me conectó con una soledad que no tiene tanto que ver con la del aislamiento forzado sino con la impresión extremadamente vívida de que uno es, ante una situación excepcional, verdaderamente único, irrepetible y asombroso.

Pero enfermarme no fue decisivo: apenas vino a rubricar algo que ya había comenzado hace un año al conectarme, desde la primera cuarentena estricta, con una pasividad esencial. A partir de ella algo se modificó profundamente en mí, a punto tal que la única transformación del mundo en la que hoy puedo confiar es en esa que resulte de una integración humana que nos permita no delegar ya más en una institución cualquiera la responsabilidad de mediar entre nuestra razón y nuestros instintos. Comprendí, en consecuencia, lo incoherente que me permitía muchas veces seguir siendo cuando, aún a sabiendas de resultar disociante, interpretaba la relación entre Biodanza y política con los valores de la política tradicional. Y es esta conversión, a mi modo de ver propiamente biocéntrica, lo que me parece interesante intentar poner en palabras.



3- Si a Biodanza no podemos separarla del desafío del principio biocéntrico es, para mí, porque en definitiva no tiene el significado meramente terapéutico de hacer que nos sintamos mejor. Biodanza resulta una práctica que sólo se hace efectiva plenamente al apostar por una transformación integral del ser humano y del mundo en el que participamos que tiene que ver, sintéticamente, con un reaprendizaje de las funciones originarias de vida mediante la cual nos transformamos radicalmente (genéticamente) a nosotros mismos.

Lamentablemente, parte de esa cultura que buscamos desaprender es la que nos lleva a muchos dentro de nuestro medio a suponer todavía que la transformación, tanto en lo personal como en lo social, tendría que ser llevada a cabo de forma consciente cuestionando, por ejemplo, a quienes creemos que adoptan una actitud que consideramos reñida con la solidaridad, o atribuyendo directamente la raíz de todos los males a la propiedad privada y criticando el individualismo imperante en nuestra época. En resumen, de esta manera suponemos que lo que está mal en nuestra cultura es el capitalismo, e incluso asimilamos rápidamente las dos cosas con lo cual, imperceptiblemente, una actitud meramente contracultural termina anteponiéndose a una de ofrecimiento y celebración de la vida.

En mi caso, desaprender lo que mamé de la cultura también pasa por la abolición de la propiedad privada, es verdad: pero, fundamentalmente, de mí mismo. Claro que dejar de ser dueño de uno mismo no es moco de pavo, ya que por definición ello es algo que debe venir necesariamente entonces de afuera. Dicha abolición, en consecuencia, no resulta entonces una que ejecuto de manera consciente y voluntaria, compartiendo cosas o interesándome por los demás como normas políticamente correctas sino, casi al revés, liberándome directamente del imperativo de ejecutar, provocar o emprender. Porque entonces ocurre la magia: como si sólo desapropiándome lograra paradójicamente ser de alguna extraña manera yo mismo y, cuando ya no soy, formara en consecuencia así parte de esa danza mayor que llamamos vida.

Muchas veces creemos que un reaprendizaje de las funciones originarias de vida se fundaría en hallar nuestro deseo, o en conectarnos de manera más firme y precisa con él. Yo siento que pasa, mas bien y al contrario, por lograr emanciparme incluso de esa absurda carga que en definitiva, según mi particular manera de verlo, es la que nos mantiene inmersos en la cultura del rendimiento y nos fuerza a ser originales. Por eso es que, en mi opinión, la idea implícita en un reaprendizaje de las funciones originarias de vida consiste en conectarnos, al revés y muy especialmente, con algo que se puede llamar 'la potencia del no': es decir, de poder no-poder. Y... ¿qué cosa ha sido esta pandemia, sino un acelerado y, como no cabría ser de otra forma, precisamente indeseado aprendizaje universal en el no-poder?



4- Las respuestas que se están dando de parte de pensadores reconocidos de la cultura a las preguntas que nos plantea la crisis sanitaria mundial, muy lejos de acusar un aprendizaje en el no poder, me parece que se pueden resumir en dos o tal vez tres grandes grupos sin que, siempre según mi modesta manera de ver, ninguno represente a quienes adherimos a un principio biocéntrico:

· Por un lado, hay quienes reducen toda la cuestión a lo ecológico o a lo espiritual, ignorando o restando valor a cualquier planteo político.

· Por el otro, la mayoría expresa una inquietud exclusiva por lo político, con lo cual se nos mantiene ya sea tanto a) en el plano de una demanda de justicia que refuerza la confianza en las instituciones y finalmente el Estado, o b) en el de una supuesta desconfianza en las instituciones y el Estado haciendo una apuesta abstracta por lo colectivo o la solidaridad  que, en definitiva, no hace sino afianzar aún mas la confianza en la moral al no buscar la justicia desde y a partir del compromiso con la vida.

Para pensar en esta situación actual desde una perspectiva biocéntrica, en cambio, nada mejor que acudir M. Heidegger, un pensador quu en su último período se abocó a una crítica de la técnica y el rescate de una actitud poética considerada no sólo como discurso alternativo a la prosa sino, más precisamente, como auténtica alternativa vital. En esta misma línea se incluyó sin dudas el creador de la Biodanza a sí mismo, ya que cuando 
Rolando Toro decía que “el hombre es un poema inacabado” gustaba repetir una cita heideggeriana que tiene que ver con lo bello del ser humano, por supuesto, pero especialmente con una comprensión de la belleza que no se limita al mero deleite ocasional de los sentidos sino que da cuenta de lo que ocurre, fundamentalmente, cuando renunciamos a poder.

Después de Heidegger, y aunque bastante por fuera del canon oficial, hoy ya son reconocidos los nombres de varios pensadores que fueron brindando, desde mediados de siglo pasado, elementos para una conceptualización de lo político a partir de la inoperosidad o, lo que es lo mismo, desde el no-poder: G. Bataille, M. Blanchot, W. Benjamin, J.L. Nancy y G. Agamben… Cuando pensamos a profundidad lo político desde los desarrollos realizados por esto pensadores enormes nos damos cuenta que la justicia social es una parte imprescindible del mismo pero que no la agota, ya que en esta dimensión político-poética que ellos conceptualizan, y que nosotros mismos vivenciamos al concebir Biodanza como una poética del encuentro humano, descubrimos que lo que en definitiva está en juego es la relación siempre vigente aunque oculta, entonces, entre la política y lo sagrado.

viernes, 14 de mayo de 2021

AUTOGRAFÍAS (poemario)

Lo que acontece a partir de un determinado intento expresivo no tiene necesariamente relación con el propio autoconocimiento sino, al revés, con el progresivo desconocimiento de sí. 

Lo poético se parece sin embargo aún entonces, todavía, a la verdad. Pero no a esa que dicen se encuentra. A la que se produce, tampoco. Si se parece a la verdad es porque, al contrario, se pierde y desaparece como el autógrafo de un don nadie sin obra y sin nombre.

Quien escribe es siempre alguien que nos acompaña, y la verdad que por la escritura despunta no es esa que estuviese esperando un alumbramiento sino apenas una que simplemente sorprende: extraña y ajena, la verdad poética no encanta sin a la vez extrañarnos y enajenarnos. De manera tal que, aún cuando la vida se nos muestra muchas veces como ese intento sistemático de vivir sin poesía, el de la poesía resulta vivirnos la vida.






Llamarme primero a silencio,

esperar que las palabras se laman entre sí

para aceptar llamar a eso

mi nombre.

Quedar detrás mío,

espiar el ritmo de mis zarpazos y

darme por tierra firme

antes que sea Yo.

Sostenerme del peso de una pluma, girar

sobre un pivote ajeno, levantarme

en puntas de pie

y quitar

la pluma.



La fe

se escapa

por las plantas de los pies

donde insisto en sostenerme, 

hago cosquillas y vuelven 

en sí.



El niño

es una canastita de mimbre

donde río

del tiempo.



Hace unos días perdí

mi lugar: para hallarme,

ofrece la recompensa de siempre.



La abundancia 

me prueba a cuentagotas. 

Acaso tema

verme derramado o quizás

se nutra de esas lágrimas

nunca derramadas en el mismo

cauce seco que llamo

camino.



El borrador de una obra

que sólo la muerte termina se llama 

Yo.



Hacho ciego libertades huecas.

Una trepa 

mi espalda y el machete,

loco me parte en dos. Pero la libertad

unta el hueco y ríe.


Pasadizo o tumba,

de este túnel ya conozco todas las oscuras

formas de perseguirme: incluso la luz,

sobre todo la luz.



Llevo en el puño una puerta

que da al frío. Lo cierro

y me pongo a temblar

 lo abro

y me sacan de las manos.

La soga que tira de mí

no deja marcas en el cuello: 

no por invisible

sino porque ella soy

 huyendo.



Los instantes salen

como el sol:

hay que esperarlos en paz,

mirarlos

de reojo y hacer

como si no supiéramos

que quienes nos movemos

somos los otros.



Nerviosa como el tiempo,

la distancia

me sacude y sueña mi perdón.

Detenida como el espacio

la distancia

me recorre y pide

abrazarnos.



Entré solo al círculo de fuego.

Como con pasos de paloma

rompí el vacío

pero mis alas fueron garras

en golpes de tambores y al espacio

salí con el corazón

de los invictos.



Cuando la victoria cierra los ojos

hay un faro menos en el mundo

para organizar los verbos

que cripta el futuro: 

muescas brillantes celan cada fecha festiva 

y los cruceros del amor 

parten amotinados.



La verdad no está fuera

ni tampoco dentro. Aparece

cuando estar adentro

es al mismo tiempo fuera.

Ser un afuera sin adentro

son las reglas:

decirse adiós,

extrañarse,

decirse adiós



Es falso que haya instantes eternos:

son mandalas en el aire.

Las entrañas silenciosas de las cosas

hacen eco con la mudez

de nuestra propia corteza.

Lo que llaman La Creación 

es la realidad misma 

que no cansa.



Hoy regalé mis personajes.

Mañana me lo cobrarán caro.

Cuando digo Yo 

encarno la utopía trasnochada 

de un nido abandonado.



Nadie saltó nunca de adentro

hacia afuera.

Hay que hacerlo desde afuera

hacia adentro:

las rejas 

están dentro nuestro.



Cuando descubro ser

mi vecino más molesto, con un perdón

me desalojo. Cualquier lugar es bueno

para estar cuando no preciso ser.

No hay un camino para salir del abismo:

la observación del abismo es el camino.



¿Sería una revolución semejante

a la de la vida cuando salió del agua

alguna vez 

salir de uno mismo?



Un ritmo cojo transpira la cueva del cielo.

La luna mastica su agujero

sobre el fuego y uno, voraz,

recoge la fantasía en su pelvis

de otra chispa que escapó.

La sonrisa interior no está

debajo o detrás de toda la cáscara

sino en la gracia de sabernos

cascarudos.



¿Quién llega cuando llega?

¿Soy yo quien abre la puerta y se saca

los zapatos

mientras comienza a boquear?

¿O alguien

llega siempre por mí y yo soy

quien los lustra?

El tránsito es la señal

que separa un arbitrario afuera

del adentro mágico cuando descubro

mi vocación de portero.

Circular, entonces, se reduce a permanecer

bajo las puertas.



La luz es un regalo

de la noche.

El lado lleno del vaso desborda

y, sin vaso, escapo lado a lado

con el vacío.

Vivir en blanco y negro,

contrastar perfiles,

sustraer contenidos,

habitar las sombras.



El día que pueda hablar

encontrará su noche.

Atiborrado de preguntas –

"¿quién cambió el malestar en la boca

por la espera, la encandilada espera

de saberse siendo?" –

hasta morder el anzuelo y ya:

la palabra duerme a la vera

de un crimen perfecto.



Los patos

se desplazan quietos por el lago.

Mis palabras bordean el abismo

y quedan mudas.

El tiempo

las impulsa como a mis patos

el lago.



Imagino un mundo a punto de llorar.

Inclino la balanza para que las lágrimas

mojen su desierto y convenzo al mundo

para que me mire.

"Ahí estás", escribe en la arena,

y el desierto me levanta

cuando me inclino a salvarlo.

Siempre aparezco en mis sueños.

Sólo el sueño de otro me haría despertar.



EROS


En la puerta de la biblioteca escolar me divierto mirando un panel del sexto grado con varios cartelitos pinchados sobre el corcho. Uno de ellos dice que han leído sobre los mitos y nos quieren presentar algunos personajes. El de las sirenas, por ejemplo, explica que ellas descienden de un animal mitológico y se comen a los hombres. El de Afrodita, que nació de la espuma del mar y que, salirse siempre con la suya, es parte de su belleza...

Me quedo pensando en el imperio de esa diosa y la imagino, entonces, hijo como soy yo de la abundancia y la pobreza, una mujer cualquiera de esas que sale de su casa, toma un colectivo, y de improviso se enamora de un hombre que ve en un afiche publicitario de calzoncillos a través de una ventana abierta a su deseo. Le supongo a ella incluso una cara que, indiferente al prejuicio o desprejuicio, no gira con voluntad propia para prologar la desaparición de ese cuerpo tallado sino, absorta, por la fortaleza real de su duelo imantado.

La primera impresión la levanta entonces del suelo. Ese torso masculino le desnuda a ella su misterio, y a partir del primer encuentro no hace del tiempo sino una excusa para retornar a su misterio mismo, a qué propone si propone, a si será capaz de nunca o siempre abandonarla, a si lo siente rendido a sus pies y erguido como su amo.

Cada vez que ella gira la cabeza - lo supongo - él hombre del afiche siempre 
en calzones siente que esa mirada lo desprende poco a poco del plano en dos dimensiones que hasta entonces ha tomado por mundo. Comienza a intuir, de pronto, que la profundidad supone una dimensión espacial que resulta técnicamente viable y, sin por ello proponérselo, llega así el día en que deja de estar dibujado y sale, desnudo, a vivir la fábula de sí mismo.

Ávido de compañera, finalmente, descubrir el deseo de una mujer traduce lo que él en ese momento puede llamar ‘amor’. Y así va, con su pregunta a flor de piel coleccionando respuestas: “¿qué siente, qué clase de tumulto experimenta, en qué vivencia es llevada en andas, si un hombre se mueve ante ella, en cueros, cual dios griego en calzoncillos?”


viernes, 30 de abril de 2021

UNA AFIRMACIÓN VITAL

Cuando la salud falla nos pasan muchas cosas por la mente. La sensación de ser víctimas de una injusticia, por un lado, y un sordo resentimiento sin destinatario, por el otro, son los pensamientos que generalmente predominan en uno: la debilidad orgánica hace que nos convirtamos a nosotros mismos sin pudor en el centro del universo, y los pensamientos más mezquinos se adueñan por consiguiente de uno.

A la vez, sin embargo, de cara a nuestra fragilidad de pronto desenmascarada tenemos también la sensación de que el mero hecho de vivir cobra esa dimensión sobrenatural que las tareas de los días rutinarios no permiten nunca manifestarse: uno intuye vagamente entonces, al fin, la bendita distancia entre lo superfluo y lo esencial. Y quedamos así a merced de dos fuerzas antagónicas que luchan por tomar el poder dentro nuestro reproduciendo, en la mente, el combate que se libra en nuestro cuerpo.

Algo de todo esto se me hizo patente a mí cuando, habiéndome contagiado hace unos días, recibí por WhatsApp las instrucciones de una sanación a distancia en la que me indicaban a) hacerme responsable de mi malestar y b) arrepentirme profundamente. Por supuesto, y de acuerdo a mi ethos profundamente nietzscheano, lo primero que hice fue estallar por dentro: “¡¿responsable por qué y arrepentirme de qué!?"

Cada vez que nos enfrentamos con algo que no concuerda con nuestra forma de ver las cosas debería encendernos la alarma a quienes buscamos esa Gran Salud de la que habla Nietzsche pero que sin embargo nos encerramos tantas veces, sin darnos cuenta, en los sentidos literales que les damos a las palabras. Por eso, una vez que dejé paso a la furia espontánea y el automático desprecio que me generaron esas recomendaciones, tan ajenas a mi propia comprensión del mundo, comencé a darles lentamente un sentido dentro de mi experiencia que ahora, convaleciente aunque todavía cauto ante posibles secuelas, puedo resumir como una verdadera afirmación vital.

"Hacernos responsables de nuestra enfermedad" puede no tener que significar, necesariamente, suponer que ella sea una suerte de castigo divino. Mas bien, puede querer decir simplemente que no somos propiamente víctimas, al revés, de ninguna injusticia. En este sentido, admitirse responsable puede querer indicar solamente que una enfermedad forma parte de un desorden natural de cosas dentro del cual uno está necesariamente inmerso, y tomar entonces la parte que nos corresponde sin negarla ni sentirla como algo ajeno.

"Arrepentirse a profundidad", en este misma línea interpretativa, puede no querer significar tampoco tener que asumir una culpa que no sentimos sino, mas bien, y a partir de una sincera y sonante carcajada, abandonar la soberbia implicada en cada uno de nuestros juicios en los que nos tomamos con derecho como primera persona del singular y permitirnos vernos por un rato desde afuera, entonces, como ese puntito que somos y fluye, dentro de un universo de puntitos, danzando sin primacía de ninguno sobre los otros.

Cuando hacemos las paces tanto con lo que nos toca como con nuestra insignificancia nos resulta manifiesto hasta qué punto estamos normalmente tan poco resueltos - y mucho menos preparados - para vivir sin esas convicciones a las que nos aferramos y que nos esclavizan. Más que para definir el grado de verdad o falsedad de tal o cual enunciado, el pensamiento se nos manifiesta entonces, al fin, como un mero instrumento para intentar dar cuenta simplemente de las condiciones que gestan determinados enunciados (¿afirmativas, o negativas?) y qué tipo de uso han de dárseles (¿activo, o reactivo?).

Hasta esos mismos chispazos de humilde sin razón, que de vez en cuando gratuitamente nos iluminan, se dilapidan sin razón, también, formando así parte de la misma trama de la Gran Salud. Por eso, pienso que este acontecimiento llamado Covid mal podría ser considerado síntoma alguno de una enfermedad supuestamente propia de la civilización occidental, del capitalismo o incluso de la misma humanidad como tal. Mas bien, yo lo vivencio como algo que nos está atravesando sin sentido alguno: que no expresa ninguna culpa, ni resulta en sí mismo ninguna redención, sino que, antes bien, elimina violentamente y de raíz el consuelo de construir un sentido.

SENTIR, AMAR Y SOÑAR

  El propósito de una teoría de la militancia nunca es explicar cómo militar, sino favorecer que la teoría salga espantada de su propio refl...